jueves 30 de abril de 2009

Subte de Buenos Aires



(Fotos: M. Pisarro)

Subte de Buenos Aires



(Fotos: M. Pisarro)

miércoles 29 de abril de 2009

Destino de gusanos

El poeta Baldomero Fernández Moreno detestaba el subterráneo. “No me gusta el subterráneo por eso, por subterráneo”, escribió. Luego aclaraba: “Me limito a hablar del viejo subterráneo, el de la calle Rivadavia, el que vi construir, el que fue dedicado a nuestra generación, como si tuviéramos un destino de gusanos”.

Más que un refunfuño entre nostálgico y escéptico, más que una ocurrencia literaria fundada en un juego de palabras (odiar el subterráneo por subterráneo), la afirmación habla de un modo particular de entender la cultura urbana: el mundo de Baldomero Fernández continuaba siendo profundamente rural. A comienzos del siglo XX, sólo una de cada diez personas vivía en ciudades; hacia mediados de siglo, eran poco más de dos de cada diez. El siglo XXI comenzó con un hecho inédito en la historia del hombre: más de la mitad de la humanidad habita en zonas urbanas. Esto significa que una de cada dos personas del planeta vive en una ciudad.

Y el subterráneo es, ante todo, un fenómeno urbano. Una cosa de la ciudad.

Las palabras “cultura” y “subterráneo” siempre han llevado un maridaje complicado. Muchas veces, cuando se habla de “cultura subterránea”, se piensa en oscuros antros donde unos pocos exhiben su arte para otros pocos. Es una maldición que carga el término underground: se lo asocia a lo extraño, lo elitista, lo difícil, lo marginal, lo bizarro. Hay mucho de trillado en esa caracterización, pero sus raíces históricas podrían establecerse sin demasiado esfuerzo: el subsuelo siempre despertó temor o curiosidad. El transporte subterráneo nació en una sociedad mayoritariamente rural que avanzaba hacia la industrialización y que no pudo dejar de lado varios de sus miedos folklóricos tradicionales. Alejarse de la luz del sol, penetrar en la oscuridad, significaba convivir con fuerzas desconocidas e inexplicables. Significaba enfrentarse cara a cara con todo un mundo nuevo y ajeno.

Hay otros malentendidos. Quizás el principal provenga de la palabra “cultura”. Se presta para presunciones erróneas: que algunas actividades son más “cultas” que otras, que algunas personas están más preparadas para la “cultura” que las demás. La cultura no se trata de eso. “Cultura” es el conjunto de normas, hábitos, bienes materiales e inmateriales; el conjunto de sueños, anhelos, logros y fracasos de una sociedad. Son sus metas alcanzadas y son sus cuentas pendientes; son sus formas de saludarse, de entretenerse, de relacionarse o de separar lo que es deseable de lo que no lo es. La cultura es el ambiente que una sociedad crea para vivir: sus edificios, alimentos, bailes, tradiciones, tecnología y saberes. No existe sociedad sin cultura, pues sin cultura ―que es siempre un lenguaje en común, un código compartido― no existiría posible comunicación.

La cultura de una sociedad se puede acrecentar conscientemente, siguiendo sus definiciones más rígidas: por ejemplo, haciendo cuadros o esculturas, componiendo una canción o escribiendo un poema. Pero eso que se llama “cultura” también crece con las pequeñas interacciones diarias: con la manera de sonreír, la manera de hablar o de caminar. La cultura no es una cosa estática que puede extraerse de la sociedad como un cubito de una cubetera. Eso no es más que un mal truco pedagógico. Por el contrario, la cultura está en perpetuo movimiento y transformación. En cuanto se la quiere aislar, se escurre de las manos. Ese es su chiste, de eso está hecha.

De cosas que se escurren.

El ferrocarril urbano es un medio de transporte característicamente metropolitano. Se trata de un sistema de trenes de alta capacidad y frecuencia de servicio que está separado de otras formas de tráfico. Mientras taxis, colectivos o autos particulares comparten un mismo espacio de tránsito, el ferrocarril urbano tiene un espacio que le es propio. De allí su velocidad y supuesta eficiencia.

Aunque todavía existen ferrocarriles urbanos cuyo trayecto transcurre total o parcialmente en la superficie, el concepto se asocia generalmente al ferrocarril subterráneo (llamado, en castellano, Subte o Metro). Todas las grandes metrópolis del planeta van adoptando progresivamente este sistema, y ello se debe a varias razones: calidad estética y ambiental del trazado subterráneo, mayor seguridad, falta de terreno disponible, cuidado de la salud pública.

El sistema de transporte subterráneo suele planificarse para hacer posible una combinación con otros medios de locomoción. Piénsese, por ejemplo, en estaciones como Constitución, Retiro, Plaza Once. Muchos analistas consideran que el subterráneo es el esqueleto del sistema de transporte público de toda metrópoli. Sin subterráneos eficientes y confiables, las grandes ciudades simplemente colapsarían. Basta imaginarse un millón de usuarios tomando de repente las calles de Buenos Aires. Cada vez que hay una huelga, y el millón de usuarios toma las calles, los titulares de los periódicos del otro día no omiten la expresión “¡Caos!”.

Los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo sobre si el colectivo es un invento argentino: algunos dicen que sí, otros que no. Pero los lingüistas concuerdan en que “subte” es un término bien porteño. El idioma español siempre tuvo dos palabras en danza para referirse a este sistema de transporte urbano: metro y subte. En castellano, “metro” es un neologismo exportado a España desde Inglaterra: viene del Metropolitan Railway, el primer subterráneo construido en Londres.

En Buenos Aires el término es “subte”, obviamente derivado de “subterráneo”. Lo curioso es que, mientras que Buenos Aires tuvo su primer Subte en 1913, España tuvo su primer Metro en 1919 (en Madrid). Algunos investigadores señalan que los españoles prefirieron la cercanía geográfica con Inglaterra antes que la cercanía lingüística con Argentina, y que por eso se quedaron con el término “metro”. El escritor Julio Cortázar tenía su propia impresión: decía que los porteños hablan de Subte “casi como si le tuvieran miedo a la palabra completa y quisieran neutralizarla con un corte desacralizador”.

Entonces tenemos: la vida urbana, la cultura, lo subterráneo. Los tres elementos son inseparables entre sí, y también son inseparables de su época. Una gran metrópoli es impensable sin un sistema de transporte de trenes subterráneos: sin él, las calles colapsarían, nadie llegaría a tiempo a ningún lado, el caos acecharía a cada actividad mundana. A diferencia del mundo de Baldomero Fernández, el viaje en subterráneo es hoy una actividad trivial y desapercibida. Nadie se pensaría un gusano por viajar en el tren metropolitano. En una ciudad, el Subte es tan básico como los edificios o el tendido eléctrico.

Pero el transporte es mucho más que moverse de un punto a otro. Implica, sí, “cultura”. Aunque estén bajo tierra, aunque tengan molinetes, estaciones y vagones, no todos los subterráneos del planeta son iguales. En parte se diferencian por sus recorridos, su extensión, su tecnología y su organización; pero ante todo, la diferencia la hace la cultura de su sociedad. Cada subterráneo tiene su propio matiz, su propio modo de mirar el mundo y de encontrar un lugar en él. Cada subte tiene su propio color.

La cultura de una sociedad es invariablemente autónoma. Aunque se la quiera tipificar, manipular, aislar, guiar, la cultura se resiste, da vueltas, se contorsiona: encuentra su propio ritmo. Se escurre. Lo que sí puede hacerse es impulsar, facilitar, proveer puentes y oportunidades para que esa cultura se desarrolle y crezca. Aunque no se le puede decir qué dirección tomar, sí es posible hacerle el camino más fácil.

Cualquier tipo de gestión cultural debe balancearse pues entre el estímulo y la salvaguarda. Por un lado, incentivar la creación de nuevos “objetos culturales”, acrecentar ese patrimonio tangible e intangible de la ciudad y su gente. Por el otro lado, preservar esa “cultura” que emerge de lo vivido, del día a día: la pareja de enamorados en el andén, el niño mirando los túneles que quedan atrás, el hombre que lee el periódico en un banco, la mujer que sonríe ante un nuevo mensaje de texto en su teléfono celular, los amigos que charlan, las personas que cierran los ojos y sueñan. Se trata de preservar aquello que le da color a una ciudad: sus prácticas cotidianas.

Porque cuando hablamos de color, hablamos de identidad. Hablamos de memoria sin que eso implique el rictus del museo. Hablamos de emoción sin caer en melodrama. Hablamos de buenas maneras sin desplomarse en la tilinguería. Hablamos de descubrir quiénes somos como sociedad y quiénes queremos ser. Hablamos de encontrar el color con que pintamos nuestra aldea. Porque eso dicen: pintando nuestra aldea, pintaremos el mundo.

En todo eso pensaba hoy, mientras viajaba en subterráneo. Mientras miraba los valiosos murales tapados por afiches de candidatos en campaña, los viajeros arrojando latas de gaseosas hacia las vías, los pibitos poxirraneados durmiendo detrás de los carteles de publicidad.

Pensé que cualquier definición mundana de “cultura” está condenada a la sensiblería o el ridículo; que tenemos, indefectiblemente, un destino de gusanos.

Al final, me dediqué a observar la oscuridad de los túneles y preferí no pensar en nada.

Destino de gusanos

El poeta Baldomero Fernández Moreno detestaba el subterráneo. “No me gusta el subterráneo por eso, por subterráneo”, escribió. Luego aclaraba: “Me limito a hablar del viejo subterráneo, el de la calle Rivadavia, el que vi construir, el que fue dedicado a nuestra generación, como si tuviéramos un destino de gusanos”.

Más que un refunfuño entre nostálgico y escéptico, más que una ocurrencia literaria fundada en un juego de palabras (odiar el subterráneo por subterráneo), la afirmación habla de un modo particular de entender la cultura urbana: el mundo de Baldomero Fernández continuaba siendo profundamente rural. A comienzos del siglo XX, sólo una de cada diez personas vivía en ciudades; hacia mediados de siglo, eran poco más de dos de cada diez. El siglo XXI comenzó con un hecho inédito en la historia del hombre: más de la mitad de la humanidad habita en zonas urbanas. Esto significa que una de cada dos personas del planeta vive en una ciudad.

Y el subterráneo es, ante todo, un fenómeno urbano. Una cosa de la ciudad.

Las palabras “cultura” y “subterráneo” siempre han llevado un maridaje complicado. Muchas veces, cuando se habla de “cultura subterránea”, se piensa en oscuros antros donde unos pocos exhiben su arte para otros pocos. Es una maldición que carga el término underground: se lo asocia a lo extraño, lo elitista, lo difícil, lo marginal, lo bizarro. Hay mucho de trillado en esa caracterización, pero sus raíces históricas podrían establecerse sin demasiado esfuerzo: el subsuelo siempre despertó temor o curiosidad. El transporte subterráneo nació en una sociedad mayoritariamente rural que avanzaba hacia la industrialización y que no pudo dejar de lado varios de sus miedos folklóricos tradicionales. Alejarse de la luz del sol, penetrar en la oscuridad, significaba convivir con fuerzas desconocidas e inexplicables. Significaba enfrentarse cara a cara con todo un mundo nuevo y ajeno.

Hay otros malentendidos. Quizás el principal provenga de la palabra “cultura”. Se presta para presunciones erróneas: que algunas actividades son más “cultas” que otras, que algunas personas están más preparadas para la “cultura” que las demás. La cultura no se trata de eso. “Cultura” es el conjunto de normas, hábitos, bienes materiales e inmateriales; el conjunto de sueños, anhelos, logros y fracasos de una sociedad. Son sus metas alcanzadas y son sus cuentas pendientes; son sus formas de saludarse, de entretenerse, de relacionarse o de separar lo que es deseable de lo que no lo es. La cultura es el ambiente que una sociedad crea para vivir: sus edificios, alimentos, bailes, tradiciones, tecnología y saberes. No existe sociedad sin cultura, pues sin cultura ―que es siempre un lenguaje en común, un código compartido― no existiría posible comunicación.

La cultura de una sociedad se puede acrecentar conscientemente, siguiendo sus definiciones más rígidas: por ejemplo, haciendo cuadros o esculturas, componiendo una canción o escribiendo un poema. Pero eso que se llama “cultura” también crece con las pequeñas interacciones diarias: con la manera de sonreír, la manera de hablar o de caminar. La cultura no es una cosa estática que puede extraerse de la sociedad como un cubito de una cubetera. Eso no es más que un mal truco pedagógico. Por el contrario, la cultura está en perpetuo movimiento y transformación. En cuanto se la quiere aislar, se escurre de las manos. Ese es su chiste, de eso está hecha.

De cosas que se escurren.

El ferrocarril urbano es un medio de transporte característicamente metropolitano. Se trata de un sistema de trenes de alta capacidad y frecuencia de servicio que está separado de otras formas de tráfico. Mientras taxis, colectivos o autos particulares comparten un mismo espacio de tránsito, el ferrocarril urbano tiene un espacio que le es propio. De allí su velocidad y supuesta eficiencia.

Aunque todavía existen ferrocarriles urbanos cuyo trayecto transcurre total o parcialmente en la superficie, el concepto se asocia generalmente al ferrocarril subterráneo (llamado, en castellano, Subte o Metro). Todas las grandes metrópolis del planeta van adoptando progresivamente este sistema, y ello se debe a varias razones: calidad estética y ambiental del trazado subterráneo, mayor seguridad, falta de terreno disponible, cuidado de la salud pública.

El sistema de transporte subterráneo suele planificarse para hacer posible una combinación con otros medios de locomoción. Piénsese, por ejemplo, en estaciones como Constitución, Retiro, Plaza Once. Muchos analistas consideran que el subterráneo es el esqueleto del sistema de transporte público de toda metrópoli. Sin subterráneos eficientes y confiables, las grandes ciudades simplemente colapsarían. Basta imaginarse un millón de usuarios tomando de repente las calles de Buenos Aires. Cada vez que hay una huelga, y el millón de usuarios toma las calles, los titulares de los periódicos del otro día no omiten la expresión “¡Caos!”.

Los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo sobre si el colectivo es un invento argentino: algunos dicen que sí, otros que no. Pero los lingüistas concuerdan en que “subte” es un término bien porteño. El idioma español siempre tuvo dos palabras en danza para referirse a este sistema de transporte urbano: metro y subte. En castellano, “metro” es un neologismo exportado a España desde Inglaterra: viene del Metropolitan Railway, el primer subterráneo construido en Londres.

En Buenos Aires el término es “subte”, obviamente derivado de “subterráneo”. Lo curioso es que, mientras que Buenos Aires tuvo su primer Subte en 1913, España tuvo su primer Metro en 1919 (en Madrid). Algunos investigadores señalan que los españoles prefirieron la cercanía geográfica con Inglaterra antes que la cercanía lingüística con Argentina, y que por eso se quedaron con el término “metro”. El escritor Julio Cortázar tenía su propia impresión: decía que los porteños hablan de Subte “casi como si le tuvieran miedo a la palabra completa y quisieran neutralizarla con un corte desacralizador”.

Entonces tenemos: la vida urbana, la cultura, lo subterráneo. Los tres elementos son inseparables entre sí, y también son inseparables de su época. Una gran metrópoli es impensable sin un sistema de transporte de trenes subterráneos: sin él, las calles colapsarían, nadie llegaría a tiempo a ningún lado, el caos acecharía a cada actividad mundana. A diferencia del mundo de Baldomero Fernández, el viaje en subterráneo es hoy una actividad trivial y desapercibida. Nadie se pensaría un gusano por viajar en el tren metropolitano. En una ciudad, el Subte es tan básico como los edificios o el tendido eléctrico.

Pero el transporte es mucho más que moverse de un punto a otro. Implica, sí, “cultura”. Aunque estén bajo tierra, aunque tengan molinetes, estaciones y vagones, no todos los subterráneos del planeta son iguales. En parte se diferencian por sus recorridos, su extensión, su tecnología y su organización; pero ante todo, la diferencia la hace la cultura de su sociedad. Cada subterráneo tiene su propio matiz, su propio modo de mirar el mundo y de encontrar un lugar en él. Cada subte tiene su propio color.

La cultura de una sociedad es invariablemente autónoma. Aunque se la quiera tipificar, manipular, aislar, guiar, la cultura se resiste, da vueltas, se contorsiona: encuentra su propio ritmo. Se escurre. Lo que sí puede hacerse es impulsar, facilitar, proveer puentes y oportunidades para que esa cultura se desarrolle y crezca. Aunque no se le puede decir qué dirección tomar, sí es posible hacerle el camino más fácil.

Cualquier tipo de gestión cultural debe balancearse pues entre el estímulo y la salvaguarda. Por un lado, incentivar la creación de nuevos “objetos culturales”, acrecentar ese patrimonio tangible e intangible de la ciudad y su gente. Por el otro lado, preservar esa “cultura” que emerge de lo vivido, del día a día: la pareja de enamorados en el andén, el niño mirando los túneles que quedan atrás, el hombre que lee el periódico en un banco, la mujer que sonríe ante un nuevo mensaje de texto en su teléfono celular, los amigos que charlan, las personas que cierran los ojos y sueñan. Se trata de preservar aquello que le da color a una ciudad: sus prácticas cotidianas.

Porque cuando hablamos de color, hablamos de identidad. Hablamos de memoria sin que eso implique el rictus del museo. Hablamos de emoción sin caer en melodrama. Hablamos de buenas maneras sin desplomarse en la tilinguería. Hablamos de descubrir quiénes somos como sociedad y quiénes queremos ser. Hablamos de encontrar el color con que pintamos nuestra aldea. Porque eso dicen: pintando nuestra aldea, pintaremos el mundo.

En todo eso pensaba hoy, mientras viajaba en subterráneo. Mientras miraba los valiosos murales tapados por afiches de candidatos en campaña, los viajeros arrojando latas de gaseosas hacia las vías, los pibitos poxirraneados durmiendo detrás de los carteles de publicidad.

Pensé que cualquier definición mundana de “cultura” está condenada a la sensiblería o el ridículo; que tenemos, indefectiblemente, un destino de gusanos.

Al final, me dediqué a observar la oscuridad de los túneles y preferí no pensar en nada.

lunes 27 de abril de 2009

La soledad pasará


Estaba sentado en el local de McDonald’s de Córdoba y Uruguay. Tenía una reunión a la vuelta, había llegado temprano y me dispuse a hacer tiempo hasta la hora indicada. Saqué la computadora portátil y la apoyé junto al gran vaso de café. Había señal de Wi-Fi, así que me entretuve leyendo los diarios. Pasaban de las 14.00, esa hora que no es ni mediodía ni es tarde, que se lleva bien con el almuerzo y con la merienda (creo que no existe, aún, un neologismo que incorpore el almuerzo y la merienda, tal como el brunch apelmaza el desayuno y el almuerzo: breakfast + lunch = brunch). Miraba a las otras personas, comiendo hamburguesas o bebiendo café, y pensé en cuán triste es comer solo en estos lugares. La mayoría se da cuenta, y mira de reojo a los demás, preguntándose si ellos también se dan cuenta, si de tanto estar sentado comiendo solo en una casa de comidas rápidas te sale una roncha en la frente, si salta a la vista de inmediato que uno pasa buena parte de su vida hablando en soledad.

La mayoría finge que tiene algo para hacer, algo de qué ocuparse. Sacan un libro, se consiguen el diario, desparraman marcadores y apuntes sobre la mesa. Pero nunca dejan de mirar de reojo, incómodos, rendidos. Acaso el éxito de la comida rápida consista en hacerte sentir tan miserable que solo querés consumir e irte, lo más rápido posible, a cualquier lugar donde puedas seguir moviéndote, seguir circulando. “Ce grand malheur, de ne pouvoir être seul”, se lamentó Jean de La Bruyère en Les Caracteres ou Les moeurs de ce siècle, publicado en 1688: “Qué gran desgracia la de no poder estar solo”. Edgar Allan Poe usó la frase para encabezar ”El hombre de la multitud”, cuento de 1840 sobre un tipo que deja su periódico y se dedica a observar a la multitud por la ventana de un bar.

Traté de recordar una expresión de Douglas Coupland en su novela Planeta Champú: “La soledad pasará. Sobrevivirás y serás más humano gracias a ella”. Luego, ya en casa, la busqué; el párrafo estaba subrayado:

Hacia los treinta años empezarás a perder interés por conocer a gente nueva. Fíjate en lo que te digo. La idea de iniciar una nueva historia con una persona nueva te parecerá tan agotadora que te limitarás a no querer molestarte. Te harás demasiado perezoso para inventar recuerdos nuevos. Preferirás seguir con personas que no te gustan, sencillamente porque ya las conoces. Nada de sorpresas. (…) Cuando uno se hace mayor le domina una sensación espantosa, horrible, que se llama soledad. Uno piensa que ya sabe lo que es, pero no lo sabe. Aquí va una lista de síntomas, y no te preocupes: la soledad es la sensación más universal del planeta. Simplemente recuerda un hecho: la soledad pasará. Sobrevivirás y serás más humano gracias a ella.

De vuelta en el McDonald’s, con el recuerdo elíptico de la expresión del libro de Coupland, pensé que la soledad del McDonald’s, la soledad que podía leer en el rostro de esas personas, estaba más cerca de tratados de sociología como La multitud solitaria de David Riesman antes que de aquello a lo que se refería Coupland. Se viene hablando sobre el tema desde los días de Walter Benjamin, si no mucho antes: la soledad urbana, la sensación de saberse desguarnecido en medio de una gran cantidad de personas. Pensé en el flâneur de Charles Baudelaire reversionado por Benjamin: solo en medio de la muchedumbre, abriéndose camino entre una multitud que lo atrae y lo repele.

El miedo de acercarse a alguien y el miedo de no hacerlo, como dijo Iggy Pop.

El disco es de 1999 y se llama Avenue B. Es un gran álbum, y los ecos de The boatman’s call de Nick Cave y Magic and loss de Lou Reed son más que aritmética: el momento en que un hombre se enfrenta con los límites de su destino, o que sólo tiene un mal día; el momento en que alguna chica lo ha dejado solo en una habitación silenciosa (“Ahora este lugar está tranquilo como una tumba/ Está muerto sin ella y sus estúpidos programas de televisión/ Y su risa de chica joven/ Siempre me sorprendió que leyera la Cosmopolitan/ Debería haberme sentido orgulloso”) y el hombre afronta eso que en 1917 Sigmund Freud denominó “duelo”: “La reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal”.

Sobre un colchón de teclados, Iggy Pop recita:

Miro al gato durmiendo sobre mis almohadones
Temeroso de acercarse a alguien y temeroso de no hacerlo
La necesidad de todas las criaturas de sentirse protegidas y queridas.

Me pareció una cosa extraña para recordar cuando uno está haciendo tiempo en un McDonald’s, mientras lee el periódico y toma café, y entonces me acordé de otra parte de la expresión de Coupland que luego buscaría en casa: la soledad es la sensación más universal del planeta.

En Loneliness: Human nature and the need for social connection, libro publicado en 2008, John Cacioppo ―presentado como pionero de algo llamado neurociencia social― escribió:

Casi todo el mundo ha sentido la punzada de la soledad en ciertos momentos. Puede ser breve y superficial ―por ser el último en ser elegido para un equipo en el campo de juegos― o puede ser aguda y severa ―sufrir la muerte de un conyugue o un amigo querido. Atravesar la soledad es tan común, de hecho, que simplemente lo aceptamos como parte de la vida. Los humanos somos, después de todo, seres inherentemente sociales.

Quizás por eso, pensaba mientras miraba de reojo a los consumidores solitarios de otras mesas, es que hay tantas baratijas de mercado ―discos, libros, películas― que hablan sobre la soledad: porque somos seres inherentemente sociales y porque la soledad es la sensación más universal del planeta. Casi todos podríamos evocar alguna frase ajena que hable de soledad, y entonces noté con sorpresa que la que podría considerar mi frase favorita leída en un libro, se ajusta a la consigna. Es de Rastros de carmín, el libro de 1989 de Greil Marcus, y dice:

Llevo demasiados libros en la cabeza, producto de haber vivido demasiado tiempo en soledad, ¿pero cuántos son demasiados libros, en realidad, cuando los cátaros aún están escribiendo otros nuevos?

Reconozco que como frase-favorita-de-todos-los-tiempos puede sonar extraña, pero acaso resulte más extraña al ponérsela en contexto:

En Berkeley, cerca de un bar atestado de gente, acabo el periódico de la mañana en el que he leído estas historias, y observo a antiguos pacientes mentales que se abalanzan sobre la ocupada burguesía bohemia, mendigando veinticinco centavos, rasgándose las vestiduras, invocando la ira de Dios. Un hombre, a quien se puede ver cada día retrocediendo cuidadosamente sobre sus pasos a lo largo de toda la parte norte de la ciudad (nunca la parte sur: en la ciudad hay una frontera que sólo él puede ver), lleva, como sello distintivo, un arco sin cuerda y un carcaj lleno de palos; otro muestra una serie de mensajes claramente pintados sobre sus pantalones y zapatos echados a perder. Mientras yo miraba, esos seres abandonados y superfluos, ninguno de ellos viejo, todos ellos con el reloj parado, se convierten en Vociferantes y gritan obscenidades en las iglesias del siglo XVII, adeptos del Espíritu Libre que se acurrucan en los portales en la Suabia del siglo XIV: extraños vestigios culturales, viajeros que trazan espirales en el tiempo. Llevo demasiados libros en la cabeza, producto de haber vivido demasiado tiempo en soledad, ¿pero cuántos son demasiados libros, en realidad, cuando los cátaros aún están escribiendo otros nuevos?

Que Marcus estuviera hablando de periódicos, bares, ciudades, soledad y extraños vestigios culturales podía ser sólo una coincidencia, pero resultaba mucho más interesante si no lo era. Acaso esas personas del local de McDonald’s también eran viajeros que trazan espirales en el tiempo; acaso eso era lo que Poe observó por la ventana del bar, cuando comenzó a identificar a quienes constituían la multitud; y acaso eso es lo que Benjamin no pudo ver al remitirse al género, el colectivo: “la multitud”.

Se hizo la hora, cerré la computadora, eché una última mirada a los demás consumidores solitarios y salí a la calle. Antes de perderme en la muchedumbre solitaria de Riesman, me dije que todas las criaturas necesitan sentirse protegidas y queridas.

Que la soledad pasará, y seremos más humanos gracias a ella.

La soledad pasará


Estaba sentado en el local de McDonald’s de Córdoba y Uruguay. Tenía una reunión a la vuelta, había llegado temprano y me dispuse a hacer tiempo hasta la hora indicada. Saqué la computadora portátil y la apoyé junto al gran vaso de café. Había señal de Wi-Fi, así que me entretuve leyendo los diarios. Pasaban de las 14.00, esa hora que no es ni mediodía ni es tarde, que se lleva bien con el almuerzo y con la merienda (creo que no existe, aún, un neologismo que incorpore el almuerzo y la merienda, tal como el brunch apelmaza el desayuno y el almuerzo: breakfast + lunch = brunch). Miraba a las otras personas, comiendo hamburguesas o bebiendo café, y pensé en cuán triste es comer solo en estos lugares. La mayoría se da cuenta, y mira de reojo a los demás, preguntándose si ellos también se dan cuenta, si de tanto estar sentado comiendo solo en una casa de comidas rápidas te sale una roncha en la frente, si salta a la vista de inmediato que uno pasa buena parte de su vida hablando en soledad.

La mayoría finge que tiene algo para hacer, algo de qué ocuparse. Sacan un libro, se consiguen el diario, desparraman marcadores y apuntes sobre la mesa. Pero nunca dejan de mirar de reojo, incómodos, rendidos. Acaso el éxito de la comida rápida consista en hacerte sentir tan miserable que solo querés consumir e irte, lo más rápido posible, a cualquier lugar donde puedas seguir moviéndote, seguir circulando. “Ce grand malheur, de ne pouvoir être seul”, se lamentó Jean de La Bruyère en Les Caracteres ou Les moeurs de ce siècle, publicado en 1688: “Qué gran desgracia la de no poder estar solo”. Edgar Allan Poe usó la frase para encabezar ”El hombre de la multitud”, cuento de 1840 sobre un tipo que deja su periódico y se dedica a observar a la multitud por la ventana de un bar.

Traté de recordar una expresión de Douglas Coupland en su novela Planeta Champú: “La soledad pasará. Sobrevivirás y serás más humano gracias a ella”. Luego, ya en casa, la busqué; el párrafo estaba subrayado:

Hacia los treinta años empezarás a perder interés por conocer a gente nueva. Fíjate en lo que te digo. La idea de iniciar una nueva historia con una persona nueva te parecerá tan agotadora que te limitarás a no querer molestarte. Te harás demasiado perezoso para inventar recuerdos nuevos. Preferirás seguir con personas que no te gustan, sencillamente porque ya las conoces. Nada de sorpresas. (…) Cuando uno se hace mayor le domina una sensación espantosa, horrible, que se llama soledad. Uno piensa que ya sabe lo que es, pero no lo sabe. Aquí va una lista de síntomas, y no te preocupes: la soledad es la sensación más universal del planeta. Simplemente recuerda un hecho: la soledad pasará. Sobrevivirás y serás más humano gracias a ella.

De vuelta en el McDonald’s, con el recuerdo elíptico de la expresión del libro de Coupland, pensé que la soledad del McDonald’s, la soledad que podía leer en el rostro de esas personas, estaba más cerca de tratados de sociología como La multitud solitaria de David Riesman antes que de aquello a lo que se refería Coupland. Se viene hablando sobre el tema desde los días de Walter Benjamin, si no mucho antes: la soledad urbana, la sensación de saberse desguarnecido en medio de una gran cantidad de personas. Pensé en el flâneur de Charles Baudelaire reversionado por Benjamin: solo en medio de la muchedumbre, abriéndose camino entre una multitud que lo atrae y lo repele.

El miedo de acercarse a alguien y el miedo de no hacerlo, como dijo Iggy Pop.

El disco es de 1999 y se llama Avenue B. Es un gran álbum, y los ecos de The boatman’s call de Nick Cave y Magic and loss de Lou Reed son más que aritmética: el momento en que un hombre se enfrenta con los límites de su destino, o que sólo tiene un mal día; el momento en que alguna chica lo ha dejado solo en una habitación silenciosa (“Ahora este lugar está tranquilo como una tumba/ Está muerto sin ella y sus estúpidos programas de televisión/ Y su risa de chica joven/ Siempre me sorprendió que leyera la Cosmopolitan/ Debería haberme sentido orgulloso”) y el hombre afronta eso que en 1917 Sigmund Freud denominó “duelo”: “La reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal”.

Sobre un colchón de teclados, Iggy Pop recita:

Miro al gato durmiendo sobre mis almohadones
Temeroso de acercarse a alguien y temeroso de no hacerlo
La necesidad de todas las criaturas de sentirse protegidas y queridas.

Me pareció una cosa extraña para recordar cuando uno está haciendo tiempo en un McDonald’s, mientras lee el periódico y toma café, y entonces me acordé de otra parte de la expresión de Coupland que luego buscaría en casa: la soledad es la sensación más universal del planeta.

En Loneliness: Human nature and the need for social connection, libro publicado en 2008, John Cacioppo ―presentado como pionero de algo llamado neurociencia social― escribió:

Casi todo el mundo ha sentido la punzada de la soledad en ciertos momentos. Puede ser breve y superficial ―por ser el último en ser elegido para un equipo en el campo de juegos― o puede ser aguda y severa ―sufrir la muerte de un conyugue o un amigo querido. Atravesar la soledad es tan común, de hecho, que simplemente lo aceptamos como parte de la vida. Los humanos somos, después de todo, seres inherentemente sociales.

Quizás por eso, pensaba mientras miraba de reojo a los consumidores solitarios de otras mesas, es que hay tantas baratijas de mercado ―discos, libros, películas― que hablan sobre la soledad: porque somos seres inherentemente sociales y porque la soledad es la sensación más universal del planeta. Casi todos podríamos evocar alguna frase ajena que hable de soledad, y entonces noté con sorpresa que la que podría considerar mi frase favorita leída en un libro, se ajusta a la consigna. Es de Rastros de carmín, el libro de 1989 de Greil Marcus, y dice:

Llevo demasiados libros en la cabeza, producto de haber vivido demasiado tiempo en soledad, ¿pero cuántos son demasiados libros, en realidad, cuando los cátaros aún están escribiendo otros nuevos?

Reconozco que como frase-favorita-de-todos-los-tiempos puede sonar extraña, pero acaso resulte más extraña al ponérsela en contexto:

En Berkeley, cerca de un bar atestado de gente, acabo el periódico de la mañana en el que he leído estas historias, y observo a antiguos pacientes mentales que se abalanzan sobre la ocupada burguesía bohemia, mendigando veinticinco centavos, rasgándose las vestiduras, invocando la ira de Dios. Un hombre, a quien se puede ver cada día retrocediendo cuidadosamente sobre sus pasos a lo largo de toda la parte norte de la ciudad (nunca la parte sur: en la ciudad hay una frontera que sólo él puede ver), lleva, como sello distintivo, un arco sin cuerda y un carcaj lleno de palos; otro muestra una serie de mensajes claramente pintados sobre sus pantalones y zapatos echados a perder. Mientras yo miraba, esos seres abandonados y superfluos, ninguno de ellos viejo, todos ellos con el reloj parado, se convierten en Vociferantes y gritan obscenidades en las iglesias del siglo XVII, adeptos del Espíritu Libre que se acurrucan en los portales en la Suabia del siglo XIV: extraños vestigios culturales, viajeros que trazan espirales en el tiempo. Llevo demasiados libros en la cabeza, producto de haber vivido demasiado tiempo en soledad, ¿pero cuántos son demasiados libros, en realidad, cuando los cátaros aún están escribiendo otros nuevos?

Que Marcus estuviera hablando de periódicos, bares, ciudades, soledad y extraños vestigios culturales podía ser sólo una coincidencia, pero resultaba mucho más interesante si no lo era. Acaso esas personas del local de McDonald’s también eran viajeros que trazan espirales en el tiempo; acaso eso era lo que Poe observó por la ventana del bar, cuando comenzó a identificar a quienes constituían la multitud; y acaso eso es lo que Benjamin no pudo ver al remitirse al género, el colectivo: “la multitud”.

Se hizo la hora, cerré la computadora, eché una última mirada a los demás consumidores solitarios y salí a la calle. Antes de perderme en la muchedumbre solitaria de Riesman, me dije que todas las criaturas necesitan sentirse protegidas y queridas.

Que la soledad pasará, y seremos más humanos gracias a ella.

sábado 25 de abril de 2009

McDonald's

McDonald's, desde las alturas. (Foto: M. Pisarro)

McDonald's

McDonald's, desde las alturas. (Foto: M. Pisarro)

viernes 24 de abril de 2009

Yo escribo, no trabajo en McDonald’s


No sé si será algo relacionado con la edad o qué, pero me parece que el Suplemento Sí de Clarín viene cada vez más sonso. Tengo la sospecha de que se trata de una manía típica de los medios gráficos, que es asignarle a sus lectores el nivel intelectual de un corcho. Mucho peor tratándose de adolescentes. Cuando le pego un vistazo al Sí tengo la impresión de estar leyendo un suplemento escrito para amebas en estado de coma.

Y no me digan que todos los adolescentes son amebas en estado de coma, porque no me lo creo.

Entiendo que los “lectores jóvenes” no son fáciles para ninguna publicación. Sin embargo, sé por experiencia que entre los “lectores jóvenes” no hay más infradotados que entre los “lectores culturales”, los “lectores académicos” o los “lectores literarios” (por llamarlos de alguna manera). Que los hay, los hay, pero no todos los lectores son idiotas.

Creerlo, suponer que es así, significa que uno, que escribe, está haciendo mal su trabajo. Y digo esto con las manos en la investigación: malos lectores hay muchos, pero malos escritores hay muchos más.

Pensaba en todo esto hace unas semanas, al toparme de casualidad con una entrevista, en el Sí, con una tal Laura Meradi, escritora, 25 años, que acaba de publicar un libro llamado Alta rotación. El trabajo precario de los jóvenes (Tusquets). ¿De qué se trata el libro? En el diario La Capital, de Rosario, lo describen así:

Laura Meradi vivió una temporada en el infierno. Se hizo invisible ante miles de clientes. En bares, supermercados, financieras, call centers y locales de comida rápida. Laura tenía una ventaja sobre el resto de sus compañeros, sabía que era provisorio, más allá de la precariedad laboral. Ella formaba parte de la escena, pero a la vez era como una cámara testigo que registraba todo. Estaba escribiendo un libro: Alta rotación.

No voy a hablar del libro, porque no lo leí, ni de los dotes literarios de la autora, porque no los conozco y, aún cuando los conociera, tampoco sabría qué decir. No es mi campo de estudio, como decimos los tipos listos cuando no sabemos qué decir.

Pero sí me gustaría hacer un comentario sobre una línea de la entrevista con la que me topé en el Sí, pues quizá esa línea sí guarde alguna relación con mi campo de estudio. O al menos me mosquea lo suficiente como para convertirla en mi campo de estudio.

―¿Te pesaba saber que vos estabas de paso y que ellos no?

―Todo el tiempo me pasaba que me decía: “Yo no tengo que estar acá, me quiero ir a mi casa a escribir”. Pensaba: “¿Cómo puede ser que ellos estén todos los días de su vida haciendo algo que no tienen ganas?”. Los veía como condenados.

Por lo ya expresado, no confío demasiado en los criterios para sintetizar una respuesta de una publicación orientada a amebas en estado en coma; quizás la autora mantuvo un soliloquio de tres horas y, tras la edición, quedó eso (nótese que la edición es espantosa: “Todo el tiempo me pasaba que me decía” bien pudo resolverse en: “Todo el tiempo me decía”). Pero sí confío en que la idea se mantuvo. Que esta chica, en el mostrador de McDonald’s, pensaba en que no tenía que estar ahí mientras miraba a los otros empleados; que los veía como condenados, que quería ir a su casa a escribir.

Que estaba en el infierno, en un trabajo de mierda, sirviendo hamburguesas y llenándose el pelo de grasa. Pero también sabía que era “provisorio”, que pronto saldría del fango y ascendería al cielo de los cielos: su casa, donde se sentaría a escribir.

Por una suma de azares que ni siquiera sé cómo explicar, escribo. Lo hago todos los días (todos, literalmente), desde hace tantos años que ya ni me imagino cómo hacer algo diferente. Escribo montones de cosas. Algunas son más técnicas y quedan restringidas a un pequeño grupo de colegas y burócratas; otras tienen una jerga más abierta y son leídas cada semana, o cada mes, por unos cuantos millares de personas; otras simplemente pagan las cuentas y no tengo idea de quién las lee y con qué propósito. Aunque escribo, no soy escritor. Nunca anotaría en un certificado: “Profesión: escritor”. No sueño con ser escritor, ni me veo escribiendo las cosas que se supone que escriben los escritores (¿qué será? ¿cuentos, novelas, poesías?). De hecho, creo que ni siquiera me agradan demasiado los escritores. Escribo porque es parte de mi trabajo y porque a veces es más fácil hacer las cosas que no hacerlas. Escribo porque las circunstancias se dieron de una manera y no de otra. Escribo porque es lo que me tocó.

Acaso sea porque no soy escritor, acaso sea porque simplemente escribo, que nunca, ni una vez, sentí “placer” al sentarme a escribir. Supongo que es más divertido escribir alguna anécdota para este blog que escribir un informe para algún oscuro instituto universitario. Y sin embargo, la palabra “placer” no califica; ni siquiera la palabra “ganas”. Si no tuviese que hacerlo, no lo haría. Y si tengo que hacerlo, es porque simplemente la vida siguió este rumbo y no otro. Jamás pensaría: ¡quiero ir a mi casa a escribir! Iría porque tengo que hacerlo, no porque quiero hacerlo.

―¿Qué querés hacer? ―me preguntó hace unos días IC, que justo acababa de dejar su trabajo de escribir en el que estuvo diecisiete años.

―Nada.

―¿Nada?

―Nada. Mirar la tele, dormir, salir a dar un paseo. Quiero ser Hugh Grant en About a boy, esa película en la que su papá había escrito un villancico navideño y entonces vivía de regalías y no tenía que trabajar. No quiero trabajar. No quiero hacer nada.

Por supuesto que la gente hace cosas que no tiene ganas de hacer todos los días. Eso se llama “vida”. Hacemos cosas que no queremos, estamos en lugares que no queremos y tenemos ganas de estar en otro lado haciendo algo completamente diferente.

Entonces hojeo el Sí, con mala cara, y me encuentro a esta escritora de 25 años (¿dónde se recibe uno de “escritor”? ¿qué diferencia al aspirante y al profesional?) diciendo que no tenía que estar ahí, entre los condenados, entre quienes hacen todos los días algo que no tienen ganas.

Primero pensé: ¡Bienvenida a mi mundo! Luego lo repensé: ¡Momento! ¿Ahora una escritora de 25 años va a ponderar sobre el “trabajo precario de los jóvenes” poniéndose en una hipotética posición ajena?

Quizás me haya perdido algo en el camino, ¿pero hay trabajo más precario que ser un escritor de 25 años?

Hace unos días, en el Diario Crítica, un artículo preguntaba ―o afirmaba― desde el título: “De qué viven los escritores”. El cálculo es interesante: el 10% del precio de tapa de un libro va para el autor. El resto se lo reparten editoriales, librerías, distribuidores y demás. Las novelas nacionales tienen una tirada promedio de 2000 ó 3000 ejemplares. Si el libro sale $50 y por un milagro vendió 2000 ejemplares, el autor recibirá $10.000. Suponiendo que le llevó un año escribirlo, y que pasará un año hasta un nuevo libro, sus ingresos serán de $830 mensuales. Y no sé si $830 le alcanzarán para vivir con mucha holgura, a menos de que el escritor tenga pretensiones absurdas como cenar todos los días.

“La mayoría de los escritores ―dice el artículo― trabajan como periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas, libreros, dan talleres literarios y/o clases en la universidad. Pero también hay otros que se dedican a asuntos distantes de la literatura: entre los narradores nacionales hubo remiseros, vendedores ambulantes, cadetes, repositores de supermercado y fumigadores”.

Supongo que un “escritor” es una persona que escribe textos de ficción, y que “escribir” se relaciona con ese campo difuso llamado “literatura”: ser “escritor” significa “escribir literatura”. La definición es pésima, pero como dije: que uno escriba no quiere decir que sea escritor.

En otro lado propuse ya que la condición epistemológica de la producción científico-académica es la generación de nuevos lenguajes, y que estos nuevos lenguajes no pueden circular socialmente más que a través del soporte material del texto escrito. La actividad científico-académica consiste, en gran parte, en producir textos. En escribir. Pero también se dedican a eso los periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas y demás. Escriben. Viven de escribir. Les pagan por escribir.

Y no es que ganarse la vida como científico, académico, profesor universitario, periodista, traductor, corrector, etc., sea mucho más fácil que vivir de escritor. El periodista chileno Juan Pablo Meneses, que no tiene 25 años sino que ya anda por los 40, observó: “Cada vez con más frecuencia me preguntan: ¿conviene ser un periodista freelance? Y siempre, irremediablemente, aunque sea en la cafetería de una ciudad helada o en una playa tibia, digo claramente que no. No conviene, amigo. Y lo digo seriamente”.

Les cuento que en este negocio se paga poco, mal y tarde. Que no hay contrato fijo (hasta los periodistas de redacciones cada vez tienen menos contratos en blanco). Que se vive de lo que se produce (con el terrible peligro de mercantilizar tu vida). Que trabajar sin horarios equivale, finalmente, a estar todo el tiempo conectado. Y a los nuevos, que se creyeron eso de que la era digital —con tecnología al alcance de cualquier mano— democratizó los medios, les recuerdo la frase base de la economía de hoy: el grande se come al chico. Y el periodista independiente, por mucho trabajo que tenga, siempre será el insignificante dentro de un océano de tiburones. Les advierto que no sólo van a tener que escribir, sino que deberán aprender a buscar temas, producir historias, vender artículos, financiar reportajes, negociar una buena paga, y además cobrarla. Y para cobrarla no sólo deberán tener paciencia (algunos, especialmente en Latinoamérica, llegan a tardar más de un año en cancelarte), sino que también deben tener una adecuada cuenta de banco, facturas internacionales (el freelance suele trabajar para varios países) y hasta un código swift para los reembolsos en otras monedas.

Les recuerdo que todas esas actividades juntas (las periodísticas y administrativas), las deberán hacer por lo menos una vez a la semana: no hay en toda habla hispana un medio que te pague un trabajo con lo suficiente para vivir un mes. Les agrego que la mayoría de la gente trabaja con horario de oficina, así que por las tardes se sentirán solos. Que las cuentas llegan cada 30 días, y que no te esperan. Les digo que en muchos casos serán tratados con la óptica del inmigrante ilegal: si no te gusta, te jodes.

El año pasado, en el sitio web El Interpretador hicieron una “encuesta a escritores argentinos contemporáneos”, cuya primera pregunta consistía en si vivían de la literatura, qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida, qué otros trabajos han hecho. La mayor parte decía que no, que no vivía de la literatura (pero pronto “literatura” se mezclaba con “escritura”). La respuesta que más me gustó es del escritor Martín Kohan: “Podría decir que vivo de la literatura, sólo ensayando una definición ampliada de lo que es literatura. Por lo pronto, una que presuponga que escribir sobre libros es literatura, o que dar clases de teoría literaria es literatura, o que dar talleres de lectura sobre textos literarios es literatura. Ahora bien, si lo que se quiere saber es si me gano la vida con lo que recibo en concepto de derechos de autor por los libros que escribí, la respuesta es no”.

Hay algo sospechoso en las respuestas. No conozco (ni personalmente, ni de nombre) a la mayoría de quienes responden, pero sé que muchos otros no tienen un kiosquito o un almacén para generar los ingresos que les permiten pagar los impuestos, el almuerzo, las zapatillas y el teléfono. Viven de lo que escriben, aunque en muchas de sus respuestas (titubeantes, ¿culposas?) salta a la vista que aún cuando alguien tenga el suficiente nombre como para que vayan a preguntarle si vive de su escritura, el trabajo de escribir es un trabajo precario. Quiero decir: percibido como precario por quienes lo ejercen.

La escritura como oficio o profesión, en la forma que adquiera, es cualquier cosa excepto estable, no-precaria.

Yo vivo de lo que escribo. Sé que no me convertiré en uno de los primeros turistas espaciales del planeta, pero sí alcanza para el café, la Coca Cola, el techo, la prepaga, las pastillas de la presión, los caprichos y los caprichos de las chicas del momento que después ni me saludan por el cumpleaños. Sin embargo, cada cosa que describe Meneses es cierta. Escribir es un trabajo precario, ya sea para el novelista o el investigador del Conicet, para quien se ocupa en un diario importante o en uno pequeño, para el autor fantasma o el redactor de gacetillas. En general la “seguridad jurídico-legal” debe armársela uno mismo: contratar medicina prepaga, hacer aportes jubilatorios, tributos impositivos, etc., y obviamente ni sueñen con vacaciones pagas, aguinaldos, seguros o ridiculeces así. No sé si la definición de “trabajo precario” tiene más de un sentido, pero la mayor parte de quienes viven de escribir (que son la menor parte de quienes quisieran hacerlo) están en peor situación jurídico-laboral que cualquier pibe de un mostrador de McDonald’s. Si “precariedad laboral” quiere decir que uno no sabe si en tres o cuatro meses podrá pagar las cuotas de la batidora eléctrica, entonces nada hay más precario que exclamar: “¡Quiero ir a mi casa a escribir!”.

Si me preguntan, alentaría a cualquiera que quiera vivir de la escritura, pero también alentaría a cualquiera que quiera dedicarse a la albañilería, la danza, la otorrinolaringología, la venta ambulante o las tareas contables. A quienes quieren escribir y recibir una paga decente por ello, les recordaría algo que Charles Bukowski anotó en su novela Hollywood: “Los abogados, los médicos y los fontaneros, ellos eran los que ganaban todo el dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos”.

Pero también agregaría algo que Bukowski anotó en el mismo libro: “Tres cosas necesitaba un hombre: fe, práctica y suerte”.

Fe, práctica y suerte. Suena bastante simple.

Y de hecho, lo es.

Yo escribo, no trabajo en McDonald’s


No sé si será algo relacionado con la edad o qué, pero me parece que el Suplemento Sí de Clarín viene cada vez más sonso. Tengo la sospecha de que se trata de una manía típica de los medios gráficos, que es asignarle a sus lectores el nivel intelectual de un corcho. Mucho peor tratándose de adolescentes. Cuando le pego un vistazo al Sí tengo la impresión de estar leyendo un suplemento escrito para amebas en estado de coma.

Y no me digan que todos los adolescentes son amebas en estado de coma, porque no me lo creo.

Entiendo que los “lectores jóvenes” no son fáciles para ninguna publicación. Sin embargo, sé por experiencia que entre los “lectores jóvenes” no hay más infradotados que entre los “lectores culturales”, los “lectores académicos” o los “lectores literarios” (por llamarlos de alguna manera). Que los hay, los hay, pero no todos los lectores son idiotas.

Creerlo, suponer que es así, significa que uno, que escribe, está haciendo mal su trabajo. Y digo esto con las manos en la investigación: malos lectores hay muchos, pero malos escritores hay muchos más.

Pensaba en todo esto hace unas semanas, al toparme de casualidad con una entrevista, en el Sí, con una tal Laura Meradi, escritora, 25 años, que acaba de publicar un libro llamado Alta rotación. El trabajo precario de los jóvenes (Tusquets). ¿De qué se trata el libro? En el diario La Capital, de Rosario, lo describen así:

Laura Meradi vivió una temporada en el infierno. Se hizo invisible ante miles de clientes. En bares, supermercados, financieras, call centers y locales de comida rápida. Laura tenía una ventaja sobre el resto de sus compañeros, sabía que era provisorio, más allá de la precariedad laboral. Ella formaba parte de la escena, pero a la vez era como una cámara testigo que registraba todo. Estaba escribiendo un libro: Alta rotación.

No voy a hablar del libro, porque no lo leí, ni de los dotes literarios de la autora, porque no los conozco y, aún cuando los conociera, tampoco sabría qué decir. No es mi campo de estudio, como decimos los tipos listos cuando no sabemos qué decir.

Pero sí me gustaría hacer un comentario sobre una línea de la entrevista con la que me topé en el Sí, pues quizá esa línea sí guarde alguna relación con mi campo de estudio. O al menos me mosquea lo suficiente como para convertirla en mi campo de estudio.

―¿Te pesaba saber que vos estabas de paso y que ellos no?

―Todo el tiempo me pasaba que me decía: “Yo no tengo que estar acá, me quiero ir a mi casa a escribir”. Pensaba: “¿Cómo puede ser que ellos estén todos los días de su vida haciendo algo que no tienen ganas?”. Los veía como condenados.

Por lo ya expresado, no confío demasiado en los criterios para sintetizar una respuesta de una publicación orientada a amebas en estado en coma; quizás la autora mantuvo un soliloquio de tres horas y, tras la edición, quedó eso (nótese que la edición es espantosa: “Todo el tiempo me pasaba que me decía” bien pudo resolverse en: “Todo el tiempo me decía”). Pero sí confío en que la idea se mantuvo. Que esta chica, en el mostrador de McDonald’s, pensaba en que no tenía que estar ahí mientras miraba a los otros empleados; que los veía como condenados, que quería ir a su casa a escribir.

Que estaba en el infierno, en un trabajo de mierda, sirviendo hamburguesas y llenándose el pelo de grasa. Pero también sabía que era “provisorio”, que pronto saldría del fango y ascendería al cielo de los cielos: su casa, donde se sentaría a escribir.

Por una suma de azares que ni siquiera sé cómo explicar, escribo. Lo hago todos los días (todos, literalmente), desde hace tantos años que ya ni me imagino cómo hacer algo diferente. Escribo montones de cosas. Algunas son más técnicas y quedan restringidas a un pequeño grupo de colegas y burócratas; otras tienen una jerga más abierta y son leídas cada semana, o cada mes, por unos cuantos millares de personas; otras simplemente pagan las cuentas y no tengo idea de quién las lee y con qué propósito. Aunque escribo, no soy escritor. Nunca anotaría en un certificado: “Profesión: escritor”. No sueño con ser escritor, ni me veo escribiendo las cosas que se supone que escriben los escritores (¿qué será? ¿cuentos, novelas, poesías?). De hecho, creo que ni siquiera me agradan demasiado los escritores. Escribo porque es parte de mi trabajo y porque a veces es más fácil hacer las cosas que no hacerlas. Escribo porque las circunstancias se dieron de una manera y no de otra. Escribo porque es lo que me tocó.

Acaso sea porque no soy escritor, acaso sea porque simplemente escribo, que nunca, ni una vez, sentí “placer” al sentarme a escribir. Supongo que es más divertido escribir alguna anécdota para este blog que escribir un informe para algún oscuro instituto universitario. Y sin embargo, la palabra “placer” no califica; ni siquiera la palabra “ganas”. Si no tuviese que hacerlo, no lo haría. Y si tengo que hacerlo, es porque simplemente la vida siguió este rumbo y no otro. Jamás pensaría: ¡quiero ir a mi casa a escribir! Iría porque tengo que hacerlo, no porque quiero hacerlo.

―¿Qué querés hacer? ―me preguntó hace unos días IC, que justo acababa de dejar su trabajo de escribir en el que estuvo diecisiete años.

―Nada.

―¿Nada?

―Nada. Mirar la tele, dormir, salir a dar un paseo. Quiero ser Hugh Grant en About a boy, esa película en la que su papá había escrito un villancico navideño y entonces vivía de regalías y no tenía que trabajar. No quiero trabajar. No quiero hacer nada.

Por supuesto que la gente hace cosas que no tiene ganas de hacer todos los días. Eso se llama “vida”. Hacemos cosas que no queremos, estamos en lugares que no queremos y tenemos ganas de estar en otro lado haciendo algo completamente diferente.

Entonces hojeo el Sí, con mala cara, y me encuentro a esta escritora de 25 años (¿dónde se recibe uno de “escritor”? ¿qué diferencia al aspirante y al profesional?) diciendo que no tenía que estar ahí, entre los condenados, entre quienes hacen todos los días algo que no tienen ganas.

Primero pensé: ¡Bienvenida a mi mundo! Luego lo repensé: ¡Momento! ¿Ahora una escritora de 25 años va a ponderar sobre el “trabajo precario de los jóvenes” poniéndose en una hipotética posición ajena?

Quizás me haya perdido algo en el camino, ¿pero hay trabajo más precario que ser un escritor de 25 años?

Hace unos días, en el Diario Crítica, un artículo preguntaba ―o afirmaba― desde el título: “De qué viven los escritores”. El cálculo es interesante: el 10% del precio de tapa de un libro va para el autor. El resto se lo reparten editoriales, librerías, distribuidores y demás. Las novelas nacionales tienen una tirada promedio de 2000 ó 3000 ejemplares. Si el libro sale $50 y por un milagro vendió 2000 ejemplares, el autor recibirá $10.000. Suponiendo que le llevó un año escribirlo, y que pasará un año hasta un nuevo libro, sus ingresos serán de $830 mensuales. Y no sé si $830 le alcanzarán para vivir con mucha holgura, a menos de que el escritor tenga pretensiones absurdas como cenar todos los días.

“La mayoría de los escritores ―dice el artículo― trabajan como periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas, libreros, dan talleres literarios y/o clases en la universidad. Pero también hay otros que se dedican a asuntos distantes de la literatura: entre los narradores nacionales hubo remiseros, vendedores ambulantes, cadetes, repositores de supermercado y fumigadores”.

Supongo que un “escritor” es una persona que escribe textos de ficción, y que “escribir” se relaciona con ese campo difuso llamado “literatura”: ser “escritor” significa “escribir literatura”. La definición es pésima, pero como dije: que uno escriba no quiere decir que sea escritor.

En otro lado propuse ya que la condición epistemológica de la producción científico-académica es la generación de nuevos lenguajes, y que estos nuevos lenguajes no pueden circular socialmente más que a través del soporte material del texto escrito. La actividad científico-académica consiste, en gran parte, en producir textos. En escribir. Pero también se dedican a eso los periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas y demás. Escriben. Viven de escribir. Les pagan por escribir.

Y no es que ganarse la vida como científico, académico, profesor universitario, periodista, traductor, corrector, etc., sea mucho más fácil que vivir de escritor. El periodista chileno Juan Pablo Meneses, que no tiene 25 años sino que ya anda por los 40, observó: “Cada vez con más frecuencia me preguntan: ¿conviene ser un periodista freelance? Y siempre, irremediablemente, aunque sea en la cafetería de una ciudad helada o en una playa tibia, digo claramente que no. No conviene, amigo. Y lo digo seriamente”.

Les cuento que en este negocio se paga poco, mal y tarde. Que no hay contrato fijo (hasta los periodistas de redacciones cada vez tienen menos contratos en blanco). Que se vive de lo que se produce (con el terrible peligro de mercantilizar tu vida). Que trabajar sin horarios equivale, finalmente, a estar todo el tiempo conectado. Y a los nuevos, que se creyeron eso de que la era digital —con tecnología al alcance de cualquier mano— democratizó los medios, les recuerdo la frase base de la economía de hoy: el grande se come al chico. Y el periodista independiente, por mucho trabajo que tenga, siempre será el insignificante dentro de un océano de tiburones. Les advierto que no sólo van a tener que escribir, sino que deberán aprender a buscar temas, producir historias, vender artículos, financiar reportajes, negociar una buena paga, y además cobrarla. Y para cobrarla no sólo deberán tener paciencia (algunos, especialmente en Latinoamérica, llegan a tardar más de un año en cancelarte), sino que también deben tener una adecuada cuenta de banco, facturas internacionales (el freelance suele trabajar para varios países) y hasta un código swift para los reembolsos en otras monedas.

Les recuerdo que todas esas actividades juntas (las periodísticas y administrativas), las deberán hacer por lo menos una vez a la semana: no hay en toda habla hispana un medio que te pague un trabajo con lo suficiente para vivir un mes. Les agrego que la mayoría de la gente trabaja con horario de oficina, así que por las tardes se sentirán solos. Que las cuentas llegan cada 30 días, y que no te esperan. Les digo que en muchos casos serán tratados con la óptica del inmigrante ilegal: si no te gusta, te jodes.

El año pasado, en el sitio web El Interpretador hicieron una “encuesta a escritores argentinos contemporáneos”, cuya primera pregunta consistía en si vivían de la literatura, qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida, qué otros trabajos han hecho. La mayor parte decía que no, que no vivía de la literatura (pero pronto “literatura” se mezclaba con “escritura”). La respuesta que más me gustó es del escritor Martín Kohan: “Podría decir que vivo de la literatura, sólo ensayando una definición ampliada de lo que es literatura. Por lo pronto, una que presuponga que escribir sobre libros es literatura, o que dar clases de teoría literaria es literatura, o que dar talleres de lectura sobre textos literarios es literatura. Ahora bien, si lo que se quiere saber es si me gano la vida con lo que recibo en concepto de derechos de autor por los libros que escribí, la respuesta es no”.

Hay algo sospechoso en las respuestas. No conozco (ni personalmente, ni de nombre) a la mayoría de quienes responden, pero sé que muchos otros no tienen un kiosquito o un almacén para generar los ingresos que les permiten pagar los impuestos, el almuerzo, las zapatillas y el teléfono. Viven de lo que escriben, aunque en muchas de sus respuestas (titubeantes, ¿culposas?) salta a la vista que aún cuando alguien tenga el suficiente nombre como para que vayan a preguntarle si vive de su escritura, el trabajo de escribir es un trabajo precario. Quiero decir: percibido como precario por quienes lo ejercen.

La escritura como oficio o profesión, en la forma que adquiera, es cualquier cosa excepto estable, no-precaria.

Yo vivo de lo que escribo. Sé que no me convertiré en uno de los primeros turistas espaciales del planeta, pero sí alcanza para el café, la Coca Cola, el techo, la prepaga, las pastillas de la presión, los caprichos y los caprichos de las chicas del momento que después ni me saludan por el cumpleaños. Sin embargo, cada cosa que describe Meneses es cierta. Escribir es un trabajo precario, ya sea para el novelista o el investigador del Conicet, para quien se ocupa en un diario importante o en uno pequeño, para el autor fantasma o el redactor de gacetillas. En general la “seguridad jurídico-legal” debe armársela uno mismo: contratar medicina prepaga, hacer aportes jubilatorios, tributos impositivos, etc., y obviamente ni sueñen con vacaciones pagas, aguinaldos, seguros o ridiculeces así. No sé si la definición de “trabajo precario” tiene más de un sentido, pero la mayor parte de quienes viven de escribir (que son la menor parte de quienes quisieran hacerlo) están en peor situación jurídico-laboral que cualquier pibe de un mostrador de McDonald’s. Si “precariedad laboral” quiere decir que uno no sabe si en tres o cuatro meses podrá pagar las cuotas de la batidora eléctrica, entonces nada hay más precario que exclamar: “¡Quiero ir a mi casa a escribir!”.

Si me preguntan, alentaría a cualquiera que quiera vivir de la escritura, pero también alentaría a cualquiera que quiera dedicarse a la albañilería, la danza, la otorrinolaringología, la venta ambulante o las tareas contables. A quienes quieren escribir y recibir una paga decente por ello, les recordaría algo que Charles Bukowski anotó en su novela Hollywood: “Los abogados, los médicos y los fontaneros, ellos eran los que ganaban todo el dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos”.

Pero también agregaría algo que Bukowski anotó en el mismo libro: “Tres cosas necesitaba un hombre: fe, práctica y suerte”.

Fe, práctica y suerte. Suena bastante simple.

Y de hecho, lo es.

miércoles 22 de abril de 2009

Al diablo con los voluntarios y sus buenas intenciones


La palabra “voluntario” es imbatible. Más aún en la forma que adoptó en los últimos años: “voluntariado”, que refiere tanto a la acción como al plural del sujeto. Voluntariado: montones de voluntarios haciendo tareas voluntarias. Se oye fantástico. Exclamar “voluntariado” es casi tan noble como exclamar “ONG”. Ni que hablar si alguien dice: “Soy voluntario de una ONG”. Listo. Le brota una aureola en la cabeza por combustión espontánea.

Como persona básicamente cínica y miserable, impulsada sólo por la ambición y la codicia, nunca me llevé bien con la idea de “voluntariado” (leer despectivamente). Cuando algún docente anunciaba que había que preparar una lección para la próxima clase, y seguía el anuncio con la exultante pregunta: “¿Hay algún voluntario?”, yo no podía creer que existiesen personas tan estúpidas como para levantar la mano. ¡Levantaban la mano! Gritaban: “¡Yo, yo, yo!”. No lo entendía, y sigo sin entenderlo ahora. ¿Por qué alguien se ofrecería de voluntario para tener el doble de tarea? ¿Por qué hacer algo que uno no está obligado a hacer? ¿Por qué molestarse?

La mayor parte de las definiciones de “voluntariado” hablan de personas que trabajan en beneficio de otras personas sin estar motivadas por fines de lucro o intereses materiales. La palabra “altruista” y “humanidad” nunca faltan en estas definiciones. “Voluntarios” se llaman las personas abnegadas que construyen casas para los pobres, que se meten en la selva a curar a los enfermos, que enseñan a leer y escribir a los negritos africanos que tienen la desdicha de no ser comprados por nuestras celebridades de la música pop. Los voluntarios hacen las cosas que nadie más quiere hacer, y lo que es mejor: las hacen con una sonrisa y cobrando poco o nada.

Y encima, luego de ayudar a los desdichados, los voluntarios suelen escribir memorias donde relatan sus profundas vivencias de superación personal. O sea que no sólo dan una luz de esperanza material a los desdichados, sino que también iluminan el camino espiritual de nosotros los privilegiados, lindos y normales.

Al final del día, uno concluye que seguramente Dios no envió a su único hijo a sacrificarse por nosotros; seguro que Jesús se ofreció de voluntario.

DIOS: ¿Quién se ofrece de voluntario para llevar una vida miserable, ser traicionado por sus amigos y crucificado a los 33 años?

JESÚS: ¡Yo, yo, yo!

Hay muchas buenas razones para sostener que la tarea de los voluntarios es encomiable, pero también hay muchas otras buenas razones para sostener que el trabajo voluntario debería erradicarse de una buena vez del mercado laboral contemporáneo, como deberían erradicarse el trabajo esclavo, el trabajo infantil o el trabajo precario.

Esta crítica no es algo que yo me invente. Hace décadas que por cada voluntario hay alguien criticando a los voluntarios. En una conferencia ya clásica de 1968, dictada en México para felices voluntarios norteamericanos, el filósofo austríaco Ivan Illich señaló el aspecto profundamente paternalista y condescendiente del trabajo voluntario.

Hablando a los voluntarios, dijo que le impresionaba su hipocresía: unas vacaciones-misioneras entre los pobres mexicanos, excursiones benevolentes entre la miseria del sur de la frontera combinada con una ceguera de la pobreza de la propia casa.

La existencia de organizaciones como la suya es hoy ofensiva para México. Quiero hacer esta afirmación a fin de explicar por qué me enferma tanto y a fin de advertirles que las buenas intenciones no tienen mucho que ver con lo que estamos discutiendo aquí. ¡Al diablo con las buenas intenciones! Esta es una afirmación teológica. No ayudarán a nadie a causa de sus buenas intenciones. Hay un dicho irlandés que afirma que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones; esto resume la idea teológica misma.

El discurso de Illich, en 1968, no puede separarse de las luchas por la descolonización de la época, donde la “invasión benevolente a México” tiene una inevitable arista anticolonial. “No vengo aquí para debatir ―dijo Illich a los voluntarios norteamericanos―. Estoy acá para decirles, y de ser posible para convencerlos, y con suerte para detenerlos, de imponerse presuntuosamente sobre los mexicanos”.

El altruismo del trabajo voluntario, argumentó Illich, es una extensión de la ideología misionera cristiana, la transformación de la responsabilidad/obligación en una suerte de nobleza obliga que mantiene el status quo: un mundo con asistencialistas y asistidos, con dominantes y dominados que abren las manos a la caridad de los dominadores.

Supongamos que este verano van a un gueto norteamericano y tratan de ayudar a los pobres para que “se ayuden a sí mismos”. Muy pronto, o bien los van a escupir, o bien se les van reír en la cara. Las personas ofendidas por su esnobismo los van a golpear o escupir. Las personas que entienden que es su propia mala conciencia lo que los empuja a este gesto se reirán condescendientemente. Pronto van a advertir su irrelevancia entre los pobres, su estatus de estudiantes universitarios de clase media con una tarea de verano.

El trabajo de los voluntarios es autocomplaciente e irrelevante, les espetó Illich a los voluntarios. “Es increíblemente injusto que se impongan en un pueblo siendo tan sordos y tontos lingüísticamente que ni siquiera pueden entender qué están haciendo, o qué piensa la gente de ustedes. Y es profundamente dañino para ustedes mismos cuando definen algo que quieren hacer como un ‘bien’, un ‘sacrificio’ y una ‘ayuda’”.

Cuarenta años más tarde, las afirmaciones de Illich suenan a la vez extrañas y familiares. Los voluntarios tienen su “día internacional” cortesía de la UNESCO, brotan por doquier las Organizaciones No Gubernamentales que trabajan con “voluntarios”. Ya no sólo hay asociaciones de voluntarios, sino que hay asociaciones que nuclean a las asociaciones de voluntarios. Ser voluntario es más que una actividad que lava conciencias, rescata de la rutina, provee aventuras fundadas en la alteridad y otorga prestigio social; ser voluntario se convirtió en una forma concreta de insertarse en el mercado laboral a través de un empleo muchas veces agotador, sin resguardos legales y casi siempre en los límites (o por fuera) de las disposiciones jurídicas básicas.

“Voluntariado” es, en muchos casos, otra manera de llamar al trabajo en negro y a la explotación laboral de una franja etaria específica, la de los jóvenes. No hace falta ahondar demasiado en el mercado para comprobar cuántos veinteañeros con títulos universitarios, o a punto de conseguirlos, trabajan por $400 ó $500 en jornadas de 10 ó 12 horas, a las que se suman viajes, tareas para el hogar y demás asignaciones administrativas (no crean que ser “voluntario” implica montarse en el primer avión que salga a África; ser “voluntario” significa estar sentado en una oficina tratando de conseguir fondos para mantener esa oficina). No tienen prestaciones médicas, aportes jubilatorios, registros impositivos. Nada. Son “voluntarios”, pero en los papeles no hay mucha diferencia con un trabajador en negro.

El voluntariado se convirtió también en una forma barata, más o menos legal y bien vista de mantener esas verdaderas empresas que son las Asociaciones Civiles y las Organizaciones No Gubernamentales. Un profesional trabajando por $400 ó $500 mensuales es una ganga. Y mucho mejor cuando al voluntario no sólo no hay que pagarle un sueldo, sino que debe pagar por trabajar.

Por ejemplo, en el sitio web de una conocida asociación que “promueve la recuperación de pueblos que se encuentran en riesgo de desaparición o en graves crisis”, se muestran impunemente las tarifas que los “voluntarios” extranjeros deben abonar para hacer su voluntariado en estos pequeños pueblos rurales. Señor voluntario: ¿quiere hacer voluntariado durante dos semanas en San Francisco, pueblito de la Provincia de Santa Fe? Son sólo U$S350. ¿Tres semanas? U$S475. ¿Un mes? U$S575. ¿Quiere trabajar para nosotros durante un mes en Ñorquinco, Río Negro? Sólo deberá abonar U$S725, más U$S125 por semana adicional. Y la lista sigue. Por un promedio de U$S600, cualquier chico de veinte años sin más merito que abonar el monto podrá trabajar como voluntario en un pueblito. No hace falta preparación, formación, nada de eso; sólo girar el cheque por adelantado.

Me pregunto por la dimensión ética, por así llamarla. ¿Alcanza con las buenas intenciones? ¿O deberíamos mandar las buenas intenciones al demonio? ¿Es ético que se monten empresas sobre la base de voluntarios que cobran $400 ó $500 mensuales, o que directamente pagan en dólares para trabajar? Supongo que se debe a que soy cínico y miserable, pero la aceptación del voluntariado como elemento estable del mercado laboral supone convertir en norma que unos pibitos de veinte años sin mayores calificaciones profesionales que sus buenas intenciones y sus chequeras universitarias se ocupen de las responsabilidades de bienestar social que deben ser garantizadas por las administraciones centrales. No necesitamos más voluntarios organizados por asociaciones que no rinden cuentas a nadie; necesitamos más profesionales organizados por el poder administrativo central. Magro consuelo que haya voluntarios allí donde hay un Estado ausente. Debemos insistir en que la administración central cumpla sus roles, no aceptar sus falencias y rellenar los huecos con más voluntariado, cada vez menos profesional, cada vez más explotado.

Hace cuarenta años, Illich terminó así su conferencia a los voluntarios extranjeros que esperaban lavar sus conciencias y aumentar sus curriculum en México: “Estoy aquí para implorarles que utilicen su dinero, su estatus y su educación para viajar por América Latina. Vengan a observar, vengan a escalar nuestras montañas, a disfrutar nuestras flores. Vengan a estudiar. Pero no vengan a ayudar”.

Al diablo con los voluntarios y sus buenas intenciones


La palabra “voluntario” es imbatible. Más aún en la forma que adoptó en los últimos años: “voluntariado”, que refiere tanto a la acción como al plural del sujeto. Voluntariado: montones de voluntarios haciendo tareas voluntarias. Se oye fantástico. Exclamar “voluntariado” es casi tan noble como exclamar “ONG”. Ni que hablar si alguien dice: “Soy voluntario de una ONG”. Listo. Le brota una aureola en la cabeza por combustión espontánea.

Como persona básicamente cínica y miserable, impulsada sólo por la ambición y la codicia, nunca me llevé bien con la idea de “voluntariado” (leer despectivamente). Cuando algún docente anunciaba que había que preparar una lección para la próxima clase, y seguía el anuncio con la exultante pregunta: “¿Hay algún voluntario?”, yo no podía creer que existiesen personas tan estúpidas como para levantar la mano. ¡Levantaban la mano! Gritaban: “¡Yo, yo, yo!”. No lo entendía, y sigo sin entenderlo ahora. ¿Por qué alguien se ofrecería de voluntario para tener el doble de tarea? ¿Por qué hacer algo que uno no está obligado a hacer? ¿Por qué molestarse?

La mayor parte de las definiciones de “voluntariado” hablan de personas que trabajan en beneficio de otras personas sin estar motivadas por fines de lucro o intereses materiales. La palabra “altruista” y “humanidad” nunca faltan en estas definiciones. “Voluntarios” se llaman las personas abnegadas que construyen casas para los pobres, que se meten en la selva a curar a los enfermos, que enseñan a leer y escribir a los negritos africanos que tienen la desdicha de no ser comprados por nuestras celebridades de la música pop. Los voluntarios hacen las cosas que nadie más quiere hacer, y lo que es mejor: las hacen con una sonrisa y cobrando poco o nada.

Y encima, luego de ayudar a los desdichados, los voluntarios suelen escribir memorias donde relatan sus profundas vivencias de superación personal. O sea que no sólo dan una luz de esperanza material a los desdichados, sino que también iluminan el camino espiritual de nosotros los privilegiados, lindos y normales.

Al final del día, uno concluye que seguramente Dios no envió a su único hijo a sacrificarse por nosotros; seguro que Jesús se ofreció de voluntario.

DIOS: ¿Quién se ofrece de voluntario para llevar una vida miserable, ser traicionado por sus amigos y crucificado a los 33 años?

JESÚS: ¡Yo, yo, yo!

Hay muchas buenas razones para sostener que la tarea de los voluntarios es encomiable, pero también hay muchas otras buenas razones para sostener que el trabajo voluntario debería erradicarse de una buena vez del mercado laboral contemporáneo, como deberían erradicarse el trabajo esclavo, el trabajo infantil o el trabajo precario.

Esta crítica no es algo que yo me invente. Hace décadas que por cada voluntario hay alguien criticando a los voluntarios. En una conferencia ya clásica de 1968, dictada en México para felices voluntarios norteamericanos, el filósofo austríaco Ivan Illich señaló el aspecto profundamente paternalista y condescendiente del trabajo voluntario.

Hablando a los voluntarios, dijo que le impresionaba su hipocresía: unas vacaciones-misioneras entre los pobres mexicanos, excursiones benevolentes entre la miseria del sur de la frontera combinada con una ceguera de la pobreza de la propia casa.

La existencia de organizaciones como la suya es hoy ofensiva para México. Quiero hacer esta afirmación a fin de explicar por qué me enferma tanto y a fin de advertirles que las buenas intenciones no tienen mucho que ver con lo que estamos discutiendo aquí. ¡Al diablo con las buenas intenciones! Esta es una afirmación teológica. No ayudarán a nadie a causa de sus buenas intenciones. Hay un dicho irlandés que afirma que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones; esto resume la idea teológica misma.

El discurso de Illich, en 1968, no puede separarse de las luchas por la descolonización de la época, donde la “invasión benevolente a México” tiene una inevitable arista anticolonial. “No vengo aquí para debatir ―dijo Illich a los voluntarios norteamericanos―. Estoy acá para decirles, y de ser posible para convencerlos, y con suerte para detenerlos, de imponerse presuntuosamente sobre los mexicanos”.

El altruismo del trabajo voluntario, argumentó Illich, es una extensión de la ideología misionera cristiana, la transformación de la responsabilidad/obligación en una suerte de nobleza obliga que mantiene el status quo: un mundo con asistencialistas y asistidos, con dominantes y dominados que abren las manos a la caridad de los dominadores.

Supongamos que este verano van a un gueto norteamericano y tratan de ayudar a los pobres para que “se ayuden a sí mismos”. Muy pronto, o bien los van a escupir, o bien se les van reír en la cara. Las personas ofendidas por su esnobismo los van a golpear o escupir. Las personas que entienden que es su propia mala conciencia lo que los empuja a este gesto se reirán condescendientemente. Pronto van a advertir su irrelevancia entre los pobres, su estatus de estudiantes universitarios de clase media con una tarea de verano.

El trabajo de los voluntarios es autocomplaciente e irrelevante, les espetó Illich a los voluntarios. “Es increíblemente injusto que se impongan en un pueblo siendo tan sordos y tontos lingüísticamente que ni siquiera pueden entender qué están haciendo, o qué piensa la gente de ustedes. Y es profundamente dañino para ustedes mismos cuando definen algo que quieren hacer como un ‘bien’, un ‘sacrificio’ y una ‘ayuda’”.

Cuarenta años más tarde, las afirmaciones de Illich suenan a la vez extrañas y familiares. Los voluntarios tienen su “día internacional” cortesía de la UNESCO, brotan por doquier las Organizaciones No Gubernamentales que trabajan con “voluntarios”. Ya no sólo hay asociaciones de voluntarios, sino que hay asociaciones que nuclean a las asociaciones de voluntarios. Ser voluntario es más que una actividad que lava conciencias, rescata de la rutina, provee aventuras fundadas en la alteridad y otorga prestigio social; ser voluntario se convirtió en una forma concreta de insertarse en el mercado laboral a través de un empleo muchas veces agotador, sin resguardos legales y casi siempre en los límites (o por fuera) de las disposiciones jurídicas básicas.

“Voluntariado” es, en muchos casos, otra manera de llamar al trabajo en negro y a la explotación laboral de una franja etaria específica, la de los jóvenes. No hace falta ahondar demasiado en el mercado para comprobar cuántos veinteañeros con títulos universitarios, o a punto de conseguirlos, trabajan por $400 ó $500 en jornadas de 10 ó 12 horas, a las que se suman viajes, tareas para el hogar y demás asignaciones administrativas (no crean que ser “voluntario” implica montarse en el primer avión que salga a África; ser “voluntario” significa estar sentado en una oficina tratando de conseguir fondos para mantener esa oficina). No tienen prestaciones médicas, aportes jubilatorios, registros impositivos. Nada. Son “voluntarios”, pero en los papeles no hay mucha diferencia con un trabajador en negro.

El voluntariado se convirtió también en una forma barata, más o menos legal y bien vista de mantener esas verdaderas empresas que son las Asociaciones Civiles y las Organizaciones No Gubernamentales. Un profesional trabajando por $400 ó $500 mensuales es una ganga. Y mucho mejor cuando al voluntario no sólo no hay que pagarle un sueldo, sino que debe pagar por trabajar.

Por ejemplo, en el sitio web de una conocida asociación que “promueve la recuperación de pueblos que se encuentran en riesgo de desaparición o en graves crisis”, se muestran impunemente las tarifas que los “voluntarios” extranjeros deben abonar para hacer su voluntariado en estos pequeños pueblos rurales. Señor voluntario: ¿quiere hacer voluntariado durante dos semanas en San Francisco, pueblito de la Provincia de Santa Fe? Son sólo U$S350. ¿Tres semanas? U$S475. ¿Un mes? U$S575. ¿Quiere trabajar para nosotros durante un mes en Ñorquinco, Río Negro? Sólo deberá abonar U$S725, más U$S125 por semana adicional. Y la lista sigue. Por un promedio de U$S600, cualquier chico de veinte años sin más merito que abonar el monto podrá trabajar como voluntario en un pueblito. No hace falta preparación, formación, nada de eso; sólo girar el cheque por adelantado.

Me pregunto por la dimensión ética, por así llamarla. ¿Alcanza con las buenas intenciones? ¿O deberíamos mandar las buenas intenciones al demonio? ¿Es ético que se monten empresas sobre la base de voluntarios que cobran $400 ó $500 mensuales, o que directamente pagan en dólares para trabajar? Supongo que se debe a que soy cínico y miserable, pero la aceptación del voluntariado como elemento estable del mercado laboral supone convertir en norma que unos pibitos de veinte años sin mayores calificaciones profesionales que sus buenas intenciones y sus chequeras universitarias se ocupen de las responsabilidades de bienestar social que deben ser garantizadas por las administraciones centrales. No necesitamos más voluntarios organizados por asociaciones que no rinden cuentas a nadie; necesitamos más profesionales organizados por el poder administrativo central. Magro consuelo que haya voluntarios allí donde hay un Estado ausente. Debemos insistir en que la administración central cumpla sus roles, no aceptar sus falencias y rellenar los huecos con más voluntariado, cada vez menos profesional, cada vez más explotado.

Hace cuarenta años, Illich terminó así su conferencia a los voluntarios extranjeros que esperaban lavar sus conciencias y aumentar sus curriculum en México: “Estoy aquí para implorarles que utilicen su dinero, su estatus y su educación para viajar por América Latina. Vengan a observar, vengan a escalar nuestras montañas, a disfrutar nuestras flores. Vengan a estudiar. Pero no vengan a ayudar”.

lunes 20 de abril de 2009

La pollera es elegante y cultural, dice un rugbier

Está bien, seamos prejuiciosos. Seamos obtusos. Seamos unos cabezas de tacho. Lo que quieran. Pero el día en que un jugador de rugby venga a darme lecciones de buena conducta social, en que venga a explicarme qué cosa es “elegante y cultural”, y le responda que sí señor rugbier, que muchas gracias por compartir su sabiduría y conocimiento conmigo, entonces será hora de bajar la persiana y marcharse a casa.

Las ediciones domingueras de los periódicos son tradicionalmente insufribles, pero últimamente se están rompiendo varias marcas. Ayer, por ejemplo, leí en Clarín que existe una nueva tendencia entre hombres de entre 18 y 30 años: usar polleras, porque “dicen que así se sienten más cómodos y que no les importa el qué dirán”.

Primero me alegré de estar excedido por cuatro años de la franja 18-30, pues así no estoy obligado a experimentar ningún tipo de vergüenza generacional, puedo abstenerme de salir a la calle con una bolsa de papel sobre la cabeza, como el hijo del Gato Silvestre. Después pensé que la raíz de todo artículo periodístico dominguero es el caso aislado que se convierte en corriente de época. Por ejemplo, si conozco a un señor que tiene relaciones sexuales con tortugas, o que al menos posee la fantasía de tener relaciones sexuales con tortugas, o que yo me imagino que posee la fantasía de tener relaciones sexuales con tortugas en base a su cara de desviado de porquería, entonces la edición del domingo dirá: “Una tendencia que crece: sexo con tortugas”. Este tipo de artículos se inventan todos los días. Es parte del género periodístico y está bien. Lo de veras molesto es el tono.

Los artículos costumbristas de las ediciones domingueras son buenos parangones de cuál es la moral predominante en determinada sociedad y en determinada época. “Moral”, digo, en tanto maneras biempensantes tomadas como base de una deseada conducta media, “normal”, en el sentido de norma. El artículo desfila los lugares comunes esperados: que los chicos usan polleras, que algunos mayores los miran con escepticismo y que las chicas los miran con interés; que hace quichicientos años los hombres usaban faldas; que muchos “famosos” instan a usarlas y que allí tenemos una buena justificación de por qué habría que jubilar los pantalones. También se argumenta que las polleras no aprietan las partes pudendas, que es más fácil para hacer pis, que entra vientito y mantiene todo super-refrigerado. Hasta ponchan a un pobre urólogo, que parece querer estar en cualquier lado excepto en este artículo, diciendo que no hay nada comprobado, aunque se le roba una cita validadora de la supuesta tendencia: la ropa ajustada disminuye la capacidad espermática y puede ocasionar hongos y bacterias.

Todo esto no importa. Todo esto zafa. Todo esto se olvida al pasar la página. Lo molesto del artículo es el tono. La idea fuerte, primaria, subyacente, es que la sociedad no entiende a estos tipos que quieren tener sus pelotas frescas; que los discriminan; que les hacen gestos; que les gritan: “¡Eh, puto, andá a lavar los platos!”.

Y entonces tenemos al jugador de rugby Agustín Pichot, que hace años viene insistiendo con esa tontería de las faldas: “Me encantaría que todos los hombres usaran pollera como yo. Para mí no hay límites, todo depende del gusto. Sé que cuando me pongo pollera y salgo a pasear con mi mujer Florencia, en París, no me dicen nada. Pero en Buenos Aires muchos hombres me prenderían fuego. La pollera es elegante, cultural, cómoda. Ese fue mi último desafío después de hacer remeras rosas y corazones: diseñarlas pero pensadas para hombres”.

La tonadilla es reconocible, y debe leerse con un despectivo tono clasista: Ay, en París, cuando paseo con mi mujer Florencia, está todo bien porque los franceses son capaces de reconocer la prenda elegante y cultural que visto, pero en Buenos Aires, donde no se reconoce mi objeto elegante y cultural, me prenderían fuego.

Insoportable. Esnob. Bobo.

La pregunta es qué debe hacer uno si viaja en el tren junto a un tipo en polleras. Estimo que lo más indicado, lo más correcto, es no prestarle atención y que el tipo en polleras haga de su culo una flor. El problema es que ante nuestra posible neutralidad o desinterés, tenemos al jugador de rugby afirmando que esa prenda es “elegante y cultural”, lo cual quiere decir que cualquiera que no lo vea así carece de esos atributos (signifique lo que signifique “elegante y cultural” para un rugbier concheto).

La lectura feminista, o “de género” (como se dice ahora que el mundo es más moderno), insiste con que “el varón” y “la mujer” son construcciones de época, identidades culturalmente determinadas que se calzan sobre las funciones reproductivas o sexuales de machos y hembras para legitimar el predominio de la sociedad patriarcal. La primera parte de la proposición es una perogrullada; la segunda, un gritito histérico. Pero quedémonos con la primera parte, que no por trivial deja de ser válida. Entonces, si aparece un tipo de treinta años en polleras, ¿cómo debe actuar ese sujeto que ha sido socializado para hacer pis parado, vestir pantalones y jugar concursos de eructos? ¿Cómo debe actuar ese sujeto socializado para ser varón?

Insisto en que la salida correcta es callarse la boca y preocuparse por los propios asuntos, pero si a esa solapada neutralidad comienzan a recargarla con los grititos histéricos de “¡discriminación!”, “¡prejuicios!”, “¡elegante y cultural!”, entonces uno tiene todo el derecho de cabrearse y aferrarse a los signos culturalmente determinados que lo hacen reconocible, en una época y lugar específicos, como varón.

Las polleras son para mujeres, maricas y escoceses.

El resto tenemos los pantalones bien puestos. Tenemos hongos, bacterias y reducción espermática, y eso garantiza nuestra bien ganada masculinidad.

(*) Sólo como experimento, en su próximo viaje a París junto a su mujer Florencia, sería apropiado dejar a Agustín Pichot en algunas zonas particularmente interesantes de Pigalle o Montmartre, con su pollera y dos letreros. Un letrero debe decir: “La pollera es elegante y cultural”. El otro letrero debe decir: “Sudamericano”. Florencia puede cronometrar en cuánto tiempo lo prenden fuego.

(**) La palabra “cultural” hace doler los oídos. Acepto que se acentúa por deformación profesional, pero igualmente produce malestar. Hay términos fastidiosos para referirse a las prácticas a las que un determinado grupo social asigna atributos positivos, las prácticas que generan prestigio en base a determinada jerarquía histórica y coyuntural. Cuento dos que me molestan mucho: “sofisticado” y “fino”. En cuanto alguien dice que algo es “sofisticado” o “fino”, ya me perdió. Pero “cultural” va mucho más lejos. Decir que una pollera es “cultural” ya hiere los oídos. Voto por que lo prendan fuego.

(***) Todo lo dicho no se aplica a Sean Connery. El único hombre que puede usar pollera y mantener nuestro respeto, es Sean Connery. Plus: no es mujer, no es marica, y es escocés.

(****) Ya que estamos en esto, usar sandalias hippies también es una mariconeada. Combinen sandalias y polleras, y después no faltará alguno diciendo que los hombres deben usar corpiño porque es elegante y cultural.