lunes 30 de marzo de 2009

Apología del desorden: feliz en el chiquero


En los últimos tiempos estuve recibiendo un reproche sorprendente. Nunca nadie me había dicho semejante cosa, y nunca pensé que llegaría el momento en que alguien la diría. Ante todo, me deja perplejo. Quizás sea cierto eso de que uno se sube al caballo por la izquierda y se baja por la derecha, como escribió el súbitamente resucitado Arturo Jauretche, y puede que esto se aplique también al orden y el desorden: luego de una vida de desorden, uno se vuelve una suerte de maniático del orden. Hasta se compra un plumero y discute con las clientas viejas del supermercado cuál es el mejor lavavajilla.

No estoy siendo metafórico, poético, ni nada de eso. No estoy hablando de estados emocionales, ni del cuidado de la salud y las relaciones personales. “Ay, voy a poner orden en mi vida”. No me refiero a esa clase de orden, pues les adelanto que imponerse esa clase de orden nunca funciona. Las personas que una mañana radiante exclaman que ordenarán sus vidas sólo consiguen ser unos cabrones insoportables durante dos días y, al tercero, ya han vuelto a sus fechorías. ¿De qué sirve ver la luz, si la luz es una lamparita de 40 watts?

Estoy hablando sobre orden de una manera más literal y más mundana. Me refiero al modo en que administramos nuestros espacios cotidianos: la casa, la habitación, el estudio, el escritorio, la oficina, el cubículo, lo que sea. Me refiero a no dejar todo tirado por cualquier lado, a usar tachos de basura, a evitar que se acumulen capas geológicas de intereses efímeros, a que haya una suerte de orden entendible no sólo para el dueño de ese orden sino para el resto de los seres humanos. Y por sobre todo, hablo de mi nueva regla de oro: que el piso esté lo suficientemente limpio como para recoger la comida que se nos cae e ingerirla sin culpas.

Esta regla me la impuse un día en que se me cayó un pedazo de Mantecol al piso de la cocina y pensé, mecánicamente, en que debería tirarlo a la basura. Normalmente lo hubiese recogido, también mecánicamente, y lo hubiese comido. No de mugroso ni muerto de hambre, sino porque es lo que es; si se te cae algo al piso del lugar en el que vivís, simplemente lo levantás y lo comés. Uno da por sentado que no vive en una pocilga donde el piso está lleno de pelusas, polvo y cucarachas muertas. Que si se cae y no pasaron más de cinco segundos, todavía es comestible. Y esto vale para un lujoso palacio como para una humilde casilla de pisos de tierra: uno confía en el suelo que está pisando.

Pensar en arrojar al tacho de basura el pedazo muerto de Mantecol me dio la pauta de que me había acostumbrado a que el piso de la cocina estuviera recubierto de objetos prominentes y muchas veces movedizos; me había acostumbrado a que tocar el piso fuera como entrar en una zona desconocida y hostil, como lo sería el piso de una estación de trenes o de un estadio de fútbol.

Decidí, pues, revertir esta situación e imponerme cierto orden cotidiano: mantener el hábitat de tal forma que, al estar cada cosa en su lugar, permita observarse que en el piso de la cocina se ha formado todo un ecosistema. Lo primero que hice fue buscar pala y escoba, y juntar el cadáver del Mantecol. Ya que estaba, junté todos los demás cadáveres que yacían ahí en el piso a la espera de que el hada mágica de la limpieza se los llevara a una tierra de felicidades. Fue toda una revelación. Tenía 40 watts, pero la luz es luz y punto. Había descubierto que barriendo una vez al día uno puede mejorar su calidad de vida. Imagínense barriendo dos o tres veces. Imagínense barriendo una vez por hora.

En lugar de felicitarme por mi iniciativa y mi nueva actitud hacia los quehaceres domésticos, mis allegados sólo han respondido con escarnios e injurias, acusándome de estar hecho un dandy o de parecerme cada vez más a Monica Geller, la obsesiva de la limpieza de Friends. Incluso algunas personas me han amenazado con hacer miguitas sobre la alfombra, apoyar un vaso lejos del posavasos, poner un libro en un lugar diferente al que yo lo he puesto. Y lo peor de todo es que son amenazas que surten efecto, que tienen la habilidad de inquietarme. ¿Saben lo que cuesta limpiar la alfombra? ¿Vieron las manchas que dejan las tazas de café si las apoyan en cualquier lado?

Ahora bien, ¿alcanza con ser ordenado para tener todo en orden? Sospecho que no. Cuando pretendo ordenar de un modo entendible para otras personas, acabo encontrándome en la incómoda situación de no saber dónde está esto, dónde guardé lo otro, dónde dejé aquello otro. El concepto de orden, me parece, no puede desligarse de la idea de que el orden (o la aparente falta del mismo) sólo es orden para aquel que ordena, no para algún tercero con ganas de buscar la paja en el ojo ajeno.

―¿Dónde hay un sacapuntas?

―En el cenicero verde de Teem donde guardo monedas y pilas que está detrás de los comics de DC que están sobre la carpeta de resúmenes fiscales, entre medio del amplificador de la guitarra y esas cajas con fotocopias, al lado de la bandejita de comer mirando la tele y abajo del cajón de las medias y los pañuelos.

―Tenés 34 años. ¿Cómo podés vivir en este chiquero? ¿Cómo podés ser tan desordenado?

Y no, justamente: “orden” quiere decir, en estos casos, que uno sabe que el sacapuntas está donde dijo que estaría. Pueden verificarlo: el sacapuntas está allí.

Es cierto que a veces uno se cansa de su particular orden y empieza a tirar cosas para hacer un poco de espacio (se deshace de volantes callejeros, diarios, envoltorios de caramelos, revistas, papelitos con números de chicas busconas, etc.), o para hacer la vista un poco más amena ante posibles visitantes (especialmente si son las chicas busconas), pero no pasa demasiado tiempo antes de que el hábitat vuelva a sumirse en cierto aparente caos.

Y este aparente caos no es más que el resultado de un uso específico y cotidiano de ese hábitat. Cuando veo un espacio de trabajo, estudio o recreación desordenado, pienso: bueno, acá sí saben de qué se trata.

Por supuesto que hay órdenes y órdenes, y hay también desórdenes y desórdenes. Si me van a hacer una operación a corazón abierto, espero, por lo menos, que hayan barrido el suelo y que no haya medias y restos de Big Macs sobre las máquinas que hacen ping (cortesía de los Monty Python). Pero si entro en la redacción de un periódico o en el desván de un anticuario, y me encuentro con un espacio aséptico que permite recoger y comer lo que a uno se le cae al piso, desconfiaré. En algunos casos el aparente desorden sólo indica orden; indica que uno está haciendo bien su trabajo. Lo mismo sucede con el orden. En algunos casos, el orden extremo señala responsabilidad; en otros, inutilidad.

La acumulación de objetos es una manera fantástica de contribuir al aparente desorden. En lo personal, adoro acumular objetos inútiles (especialmente libros y discos), apilados en estantes o atornillados aquí y allá. Una cocina de campo llena de sartenes, pavas y frascos; un almacén rural repleto de productos vencidos de marcas caducas; una habitación punk donde no queda ni un hueco disponible para pegar calcomanías o frases ingeniosas sacadas de un manual de clichés hardcore; una pulpería de provincia que, aunque más no sea por el gusto del pastiche por el pastiche en sí mismo, llena el mostrador de botellas y envases rancios. Todos estos lugares me despiertan una inevitable sensación de bienestar. No sólo porque cada objeto tiene una historia rastreable y uno, a pesar de haberse dedicado a otro campo de estudio, no reniegue del costado arqueológico de su formación; no sólo porque la acumulación de objetos ilustra una práctica específica de reapropiaciones y resignificaciones que merece varios libros, papers y conferencias. No, no es sólo eso. Estos lugares me provocan una terrible sensación de calidez, de tranquilidad. Hacen que me sienta cómodo; que me sienta ―vaya― en casa.

Acaso sea el miedo burgués al vacío, como leí una vez en un libro de no recuerdo quién (me suena a Susan Sontag o Abraham Moles o Jean Baudrillard o alguien así; creo que Sontag), el horror existencial que lleva a ocupar todos los espacios disponibles en la habitación con algún objeto. No lo sé. Lo cierto es que nunca le encontré el chiste al minimalismo ni al diseño despojado de ciertos espacios de trabajo, estudio, recreación. No tanto por insípidos, sino ―como dije― por sospechosos. Cuando veo un lugar de estudio o trabajo ordenado según los parámetros de pocas-cosas-y-ocultas-de-la-vista, sospecho que allí no se trabaja o estudia lo suficiente. Y cuando me siento en una habitación blanca y despojada, ocupada sólo por un sillón naranja y una mesita donde no falta un vaso con un trago verde, presiento que fui teletransportado a las páginas de una revista de diseños y tendencias, que ahora entrará una señorita de piernas largas y andar elegante, y que me preguntará si prefiero a Sarah Beetson o a Maciej Hajnrich.

Habrá sido en ese mismo libro cuyo autor no recuerdo, o en uno parecido, que leí sobre el “ataque sinestético” de los objetos. Se refería a cuando uno entra en un lugar en el que los objetos parecen saltarle encima, en el que los objetos emiten mucha información al mismo tiempo. Los cambalaches, las tiendas de antigüedades, las viejas pulperías, los negocios de suvenires y las buenas habitaciones adolescentes son lugares así. Y como dije, me siento más cómodo en sitios de este tipo: pequeños, llenos de objetos, dominados por diferentes capas geológicas de productos de la industria cultural, ordenados según los propios recorridos de la persona o las personas que mayor tiempo pasan allí, y no según lo que se supone “buen gusto” según las revistas Elle o Sophia (“¡Diez maneras de darle un color étnico a tu living!”, “¡Ordená tu espacio según el feng-shui!”, “¡Piso compartido! ¡Cuatro amigas y su experiencia de vivir juntas!”).

De aquí surge mi gran descubrimiento de 40 watts: se puede vivir en un chiquero inundado de basura y escombros de la industria cultural, y aún así comer cualquier cosa que haya permanecido en el suelo por menos de cinco segundos. Es lo mejor de dos mundos.

Todo parece desordenado a primera vista, y eso es lo que la ciencia y el arte comparten: insertar un principio de orden en un universo que aparece como desordenado.

Cuando uno mira y sólo ve desorden, es porque no está viendo lo suficientemente de cerca. Porque no está viendo lo suficientemente bien.

No culpen al chancho; culpen al que lo mira comer.

Apología del desorden: feliz en el chiquero


En los últimos tiempos estuve recibiendo un reproche sorprendente. Nunca nadie me había dicho semejante cosa, y nunca pensé que llegaría el momento en que alguien la diría. Ante todo, me deja perplejo. Quizás sea cierto eso de que uno se sube al caballo por la izquierda y se baja por la derecha, como escribió el súbitamente resucitado Arturo Jauretche, y puede que esto se aplique también al orden y el desorden: luego de una vida de desorden, uno se vuelve una suerte de maniático del orden. Hasta se compra un plumero y discute con las clientas viejas del supermercado cuál es el mejor lavavajilla.

No estoy siendo metafórico, poético, ni nada de eso. No estoy hablando de estados emocionales, ni del cuidado de la salud y las relaciones personales. “Ay, voy a poner orden en mi vida”. No me refiero a esa clase de orden, pues les adelanto que imponerse esa clase de orden nunca funciona. Las personas que una mañana radiante exclaman que ordenarán sus vidas sólo consiguen ser unos cabrones insoportables durante dos días y, al tercero, ya han vuelto a sus fechorías. ¿De qué sirve ver la luz, si la luz es una lamparita de 40 watts?

Estoy hablando sobre orden de una manera más literal y más mundana. Me refiero al modo en que administramos nuestros espacios cotidianos: la casa, la habitación, el estudio, el escritorio, la oficina, el cubículo, lo que sea. Me refiero a no dejar todo tirado por cualquier lado, a usar tachos de basura, a evitar que se acumulen capas geológicas de intereses efímeros, a que haya una suerte de orden entendible no sólo para el dueño de ese orden sino para el resto de los seres humanos. Y por sobre todo, hablo de mi nueva regla de oro: que el piso esté lo suficientemente limpio como para recoger la comida que se nos cae e ingerirla sin culpas.

Esta regla me la impuse un día en que se me cayó un pedazo de Mantecol al piso de la cocina y pensé, mecánicamente, en que debería tirarlo a la basura. Normalmente lo hubiese recogido, también mecánicamente, y lo hubiese comido. No de mugroso ni muerto de hambre, sino porque es lo que es; si se te cae algo al piso del lugar en el que vivís, simplemente lo levantás y lo comés. Uno da por sentado que no vive en una pocilga donde el piso está lleno de pelusas, polvo y cucarachas muertas. Que si se cae y no pasaron más de cinco segundos, todavía es comestible. Y esto vale para un lujoso palacio como para una humilde casilla de pisos de tierra: uno confía en el suelo que está pisando.

Pensar en arrojar al tacho de basura el pedazo muerto de Mantecol me dio la pauta de que me había acostumbrado a que el piso de la cocina estuviera recubierto de objetos prominentes y muchas veces movedizos; me había acostumbrado a que tocar el piso fuera como entrar en una zona desconocida y hostil, como lo sería el piso de una estación de trenes o de un estadio de fútbol.

Decidí, pues, revertir esta situación e imponerme cierto orden cotidiano: mantener el hábitat de tal forma que, al estar cada cosa en su lugar, permita observarse que en el piso de la cocina se ha formado todo un ecosistema. Lo primero que hice fue buscar pala y escoba, y juntar el cadáver del Mantecol. Ya que estaba, junté todos los demás cadáveres que yacían ahí en el piso a la espera de que el hada mágica de la limpieza se los llevara a una tierra de felicidades. Fue toda una revelación. Tenía 40 watts, pero la luz es luz y punto. Había descubierto que barriendo una vez al día uno puede mejorar su calidad de vida. Imagínense barriendo dos o tres veces. Imagínense barriendo una vez por hora.

En lugar de felicitarme por mi iniciativa y mi nueva actitud hacia los quehaceres domésticos, mis allegados sólo han respondido con escarnios e injurias, acusándome de estar hecho un dandy o de parecerme cada vez más a Monica Geller, la obsesiva de la limpieza de Friends. Incluso algunas personas me han amenazado con hacer miguitas sobre la alfombra, apoyar un vaso lejos del posavasos, poner un libro en un lugar diferente al que yo lo he puesto. Y lo peor de todo es que son amenazas que surten efecto, que tienen la habilidad de inquietarme. ¿Saben lo que cuesta limpiar la alfombra? ¿Vieron las manchas que dejan las tazas de café si las apoyan en cualquier lado?

Ahora bien, ¿alcanza con ser ordenado para tener todo en orden? Sospecho que no. Cuando pretendo ordenar de un modo entendible para otras personas, acabo encontrándome en la incómoda situación de no saber dónde está esto, dónde guardé lo otro, dónde dejé aquello otro. El concepto de orden, me parece, no puede desligarse de la idea de que el orden (o la aparente falta del mismo) sólo es orden para aquel que ordena, no para algún tercero con ganas de buscar la paja en el ojo ajeno.

―¿Dónde hay un sacapuntas?

―En el cenicero verde de Teem donde guardo monedas y pilas que está detrás de los comics de DC que están sobre la carpeta de resúmenes fiscales, entre medio del amplificador de la guitarra y esas cajas con fotocopias, al lado de la bandejita de comer mirando la tele y abajo del cajón de las medias y los pañuelos.

―Tenés 34 años. ¿Cómo podés vivir en este chiquero? ¿Cómo podés ser tan desordenado?

Y no, justamente: “orden” quiere decir, en estos casos, que uno sabe que el sacapuntas está donde dijo que estaría. Pueden verificarlo: el sacapuntas está allí.

Es cierto que a veces uno se cansa de su particular orden y empieza a tirar cosas para hacer un poco de espacio (se deshace de volantes callejeros, diarios, envoltorios de caramelos, revistas, papelitos con números de chicas busconas, etc.), o para hacer la vista un poco más amena ante posibles visitantes (especialmente si son las chicas busconas), pero no pasa demasiado tiempo antes de que el hábitat vuelva a sumirse en cierto aparente caos.

Y este aparente caos no es más que el resultado de un uso específico y cotidiano de ese hábitat. Cuando veo un espacio de trabajo, estudio o recreación desordenado, pienso: bueno, acá sí saben de qué se trata.

Por supuesto que hay órdenes y órdenes, y hay también desórdenes y desórdenes. Si me van a hacer una operación a corazón abierto, espero, por lo menos, que hayan barrido el suelo y que no haya medias y restos de Big Macs sobre las máquinas que hacen ping (cortesía de los Monty Python). Pero si entro en la redacción de un periódico o en el desván de un anticuario, y me encuentro con un espacio aséptico que permite recoger y comer lo que a uno se le cae al piso, desconfiaré. En algunos casos el aparente desorden sólo indica orden; indica que uno está haciendo bien su trabajo. Lo mismo sucede con el orden. En algunos casos, el orden extremo señala responsabilidad; en otros, inutilidad.

La acumulación de objetos es una manera fantástica de contribuir al aparente desorden. En lo personal, adoro acumular objetos inútiles (especialmente libros y discos), apilados en estantes o atornillados aquí y allá. Una cocina de campo llena de sartenes, pavas y frascos; un almacén rural repleto de productos vencidos de marcas caducas; una habitación punk donde no queda ni un hueco disponible para pegar calcomanías o frases ingeniosas sacadas de un manual de clichés hardcore; una pulpería de provincia que, aunque más no sea por el gusto del pastiche por el pastiche en sí mismo, llena el mostrador de botellas y envases rancios. Todos estos lugares me despiertan una inevitable sensación de bienestar. No sólo porque cada objeto tiene una historia rastreable y uno, a pesar de haberse dedicado a otro campo de estudio, no reniegue del costado arqueológico de su formación; no sólo porque la acumulación de objetos ilustra una práctica específica de reapropiaciones y resignificaciones que merece varios libros, papers y conferencias. No, no es sólo eso. Estos lugares me provocan una terrible sensación de calidez, de tranquilidad. Hacen que me sienta cómodo; que me sienta ―vaya― en casa.

Acaso sea el miedo burgués al vacío, como leí una vez en un libro de no recuerdo quién (me suena a Susan Sontag o Abraham Moles o Jean Baudrillard o alguien así; creo que Sontag), el horror existencial que lleva a ocupar todos los espacios disponibles en la habitación con algún objeto. No lo sé. Lo cierto es que nunca le encontré el chiste al minimalismo ni al diseño despojado de ciertos espacios de trabajo, estudio, recreación. No tanto por insípidos, sino ―como dije― por sospechosos. Cuando veo un lugar de estudio o trabajo ordenado según los parámetros de pocas-cosas-y-ocultas-de-la-vista, sospecho que allí no se trabaja o estudia lo suficiente. Y cuando me siento en una habitación blanca y despojada, ocupada sólo por un sillón naranja y una mesita donde no falta un vaso con un trago verde, presiento que fui teletransportado a las páginas de una revista de diseños y tendencias, que ahora entrará una señorita de piernas largas y andar elegante, y que me preguntará si prefiero a Sarah Beetson o a Maciej Hajnrich.

Habrá sido en ese mismo libro cuyo autor no recuerdo, o en uno parecido, que leí sobre el “ataque sinestético” de los objetos. Se refería a cuando uno entra en un lugar en el que los objetos parecen saltarle encima, en el que los objetos emiten mucha información al mismo tiempo. Los cambalaches, las tiendas de antigüedades, las viejas pulperías, los negocios de suvenires y las buenas habitaciones adolescentes son lugares así. Y como dije, me siento más cómodo en sitios de este tipo: pequeños, llenos de objetos, dominados por diferentes capas geológicas de productos de la industria cultural, ordenados según los propios recorridos de la persona o las personas que mayor tiempo pasan allí, y no según lo que se supone “buen gusto” según las revistas Elle o Sophia (“¡Diez maneras de darle un color étnico a tu living!”, “¡Ordená tu espacio según el feng-shui!”, “¡Piso compartido! ¡Cuatro amigas y su experiencia de vivir juntas!”).

De aquí surge mi gran descubrimiento de 40 watts: se puede vivir en un chiquero inundado de basura y escombros de la industria cultural, y aún así comer cualquier cosa que haya permanecido en el suelo por menos de cinco segundos. Es lo mejor de dos mundos.

Todo parece desordenado a primera vista, y eso es lo que la ciencia y el arte comparten: insertar un principio de orden en un universo que aparece como desordenado.

Cuando uno mira y sólo ve desorden, es porque no está viendo lo suficientemente de cerca. Porque no está viendo lo suficientemente bien.

No culpen al chancho; culpen al que lo mira comer.

sábado 28 de marzo de 2009

La metafísica sobrevive a todo

Al final no sería desacertado comparar a la metafísica con las cucarachas: aunque se piense que fueron erradicadas de la casa, allí están, prontas a asomar sus antenitas y corretear por la sala de estar. El relato que Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Versalles) está siguiendo en El señor, el amante y el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica, publicado por Eterna Cadencia, es similar: aunque se le haya tirado todo el Flit posible, aunque se la haya dado por muerta y enterrada, la pregunta metafísica no sólo sobrevivió sino que estuvo, y está, en el corazón del pensamiento contemporáneo.

“La metafísica busca conocer el porqué de cualquier cosa, su condición de aparición, y a ese porqué lo llama causa primera. Prima causa, a decir verdad, es la expresión latina que los escolásticos escogieron para traducir una locución griega: arjê. Sólo que arjê no significaba únicamente causa, origen o principio sino también fundamento, soberanía y poder”.

La pregunta de la metafísica ―explica Scavino― es por qué hay algo en vez de nada. Se la juzgó ridícula, pues responderla significaría hablar de algo que existía antes de que existiese algo. Estos interrogantes, creía Kant, desembocan en antinomias y paralogismos insuperables, así que lo más recomendable es no hacerse estas preguntas y, ante todo, no intentar responderlas. Antes de que hubiese algo no había nada; y nada (o sea, alguna cosa) surge de la nada. Y sin embargo, aunque el pensamiento moderno haya renunciado a estas cuestiones, la arjê, “olvidada, irrelevada, latente o, si se prefiere, inaudita, sigue siendo el asunto filosófico por excelencia donde está en juego la cuestión de la alienación y la desalienación del hombre, de su sujeción o su de-sujeción a los poderes de turno”.

Aunque con diferentes nombres y formas, a esta pregunta por la arjê se la encuentra en Friedrich Nietzsche, en Aristóteles, Richard Rorty, Jacques Lacan, Judith Butler, David Hume, Jacques Derrida y en cualquiera que se pregunte por la dominación o el poder. “El día en que Michel Foucault anunció que su pensamiento era una ‘arqueología’ o una ‘genealogía’, tampoco se desvió de la dirección señalada dos mil quinientos años antes por los filósofos griegos. La metafísica siempre fue un discurso sobre el génos o la arjê, y por este motivo se convirtió en la rival de esos mitos que hasta entonces narraban esos orígenes, aunque a veces ―y a decir verdad, muchas veces― ella misma elaborase narraciones semejantes, sobre todo a la hora de abordar la cuestión de los comienzos, los fundamentos o los principios”.

En sus versiones metafísica y teológica-política, afirma Scavino, la arjê ha recibido numerosos nombres a lo largo del tiempo: Uno, Dios, Sujeto, producción, poder, significante-amo, performatividad, poeta vigoroso, clinamen, acontecimiento, archi-huella, y más. “Estos nombres suelen aludir a una excepción, un fundador excesivo, pavoroso, unheimlich, ápolis, obsceno o sacer, un centro marginal, para proseguir con los oxímoron, en donde la filosofía encuentra un límite, un silencio místico o traumático, que la lleva a bascular hacia la poesía o hacia la narración mítica. Cada época se da así sus fundamentos y se confronta, por consiguiente, con algún indecible. Y cada época ve aparecer en torno a estos indecibles a sus poetas. Desde muy temprano, no obstante, la propia metafísica comprendió que ese indecible no era, paradójicamente, sino el decir mismo”.

Nietzsche anunció la voluntad de poder del ser humano, el deseo de dominar todos los entes (personas, otras especies, la tierra). La voluntad divina se sustituyó por la voluntad humana. Las especies vivas se convirtieron en una suma de contingencias evolutivas; los átomos de la materia se volvieron manipulables. “La naturaleza no tiene ninguna ‘naturaleza’, ninguna ‘esencia’, ninguna ‘identidad’ eterna e inmutable. Sólo hay, para nosotros, contingencias más o menos perdurables. Nada le impide al hombre modificarlas, y como nada se lo impide, lo hace y lo va a seguir haciendo”.

Este nuevo escenario supone preguntas que, en las ciencias humanas, parecen responderse en el campo de la biogenética, la neurobiología, el cognitivismo y la etología. Sin embargo, propone Scavino, la pregunta metafísica perdura. “Desplazamos la arjê para decirnos que el hombre tal como lo conocemos, el hombre de la bio-genética y la física sub-atómica, el hombre de los organismos genéticamente modificados y las centrales nucleares, también obedece y responde a un llamado, aunque ese llamado no provenga de una voz inaudible sino de su propia voz, de las palabras que profiere cada día cuando se consagra a la ciencia, a la política, a la poesía e incluso al amor”. La filosofía debe preguntarse no si el conocimiento científico es ético, sino a qué llamado histórico obedece. Es lo que la metafísica siempre quiso saber, y todavía continúa en eso.

Revista Ñ, Diario Clarín, 28 de marzo de 2009.

La metafísica sobrevive a todo

Al final no sería desacertado comparar a la metafísica con las cucarachas: aunque se piense que fueron erradicadas de la casa, allí están, prontas a asomar sus antenitas y corretear por la sala de estar. El relato que Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Versalles) está siguiendo en El señor, el amante y el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica, publicado por Eterna Cadencia, es similar: aunque se le haya tirado todo el Flit posible, aunque se la haya dado por muerta y enterrada, la pregunta metafísica no sólo sobrevivió sino que estuvo, y está, en el corazón del pensamiento contemporáneo.

“La metafísica busca conocer el porqué de cualquier cosa, su condición de aparición, y a ese porqué lo llama causa primera. Prima causa, a decir verdad, es la expresión latina que los escolásticos escogieron para traducir una locución griega: arjê. Sólo que arjê no significaba únicamente causa, origen o principio sino también fundamento, soberanía y poder”.

La pregunta de la metafísica ―explica Scavino― es por qué hay algo en vez de nada. Se la juzgó ridícula, pues responderla significaría hablar de algo que existía antes de que existiese algo. Estos interrogantes, creía Kant, desembocan en antinomias y paralogismos insuperables, así que lo más recomendable es no hacerse estas preguntas y, ante todo, no intentar responderlas. Antes de que hubiese algo no había nada; y nada (o sea, alguna cosa) surge de la nada. Y sin embargo, aunque el pensamiento moderno haya renunciado a estas cuestiones, la arjê, “olvidada, irrelevada, latente o, si se prefiere, inaudita, sigue siendo el asunto filosófico por excelencia donde está en juego la cuestión de la alienación y la desalienación del hombre, de su sujeción o su de-sujeción a los poderes de turno”.

Aunque con diferentes nombres y formas, a esta pregunta por la arjê se la encuentra en Friedrich Nietzsche, en Aristóteles, Richard Rorty, Jacques Lacan, Judith Butler, David Hume, Jacques Derrida y en cualquiera que se pregunte por la dominación o el poder. “El día en que Michel Foucault anunció que su pensamiento era una ‘arqueología’ o una ‘genealogía’, tampoco se desvió de la dirección señalada dos mil quinientos años antes por los filósofos griegos. La metafísica siempre fue un discurso sobre el génos o la arjê, y por este motivo se convirtió en la rival de esos mitos que hasta entonces narraban esos orígenes, aunque a veces ―y a decir verdad, muchas veces― ella misma elaborase narraciones semejantes, sobre todo a la hora de abordar la cuestión de los comienzos, los fundamentos o los principios”.

En sus versiones metafísica y teológica-política, afirma Scavino, la arjê ha recibido numerosos nombres a lo largo del tiempo: Uno, Dios, Sujeto, producción, poder, significante-amo, performatividad, poeta vigoroso, clinamen, acontecimiento, archi-huella, y más. “Estos nombres suelen aludir a una excepción, un fundador excesivo, pavoroso, unheimlich, ápolis, obsceno o sacer, un centro marginal, para proseguir con los oxímoron, en donde la filosofía encuentra un límite, un silencio místico o traumático, que la lleva a bascular hacia la poesía o hacia la narración mítica. Cada época se da así sus fundamentos y se confronta, por consiguiente, con algún indecible. Y cada época ve aparecer en torno a estos indecibles a sus poetas. Desde muy temprano, no obstante, la propia metafísica comprendió que ese indecible no era, paradójicamente, sino el decir mismo”.

Nietzsche anunció la voluntad de poder del ser humano, el deseo de dominar todos los entes (personas, otras especies, la tierra). La voluntad divina se sustituyó por la voluntad humana. Las especies vivas se convirtieron en una suma de contingencias evolutivas; los átomos de la materia se volvieron manipulables. “La naturaleza no tiene ninguna ‘naturaleza’, ninguna ‘esencia’, ninguna ‘identidad’ eterna e inmutable. Sólo hay, para nosotros, contingencias más o menos perdurables. Nada le impide al hombre modificarlas, y como nada se lo impide, lo hace y lo va a seguir haciendo”.

Este nuevo escenario supone preguntas que, en las ciencias humanas, parecen responderse en el campo de la biogenética, la neurobiología, el cognitivismo y la etología. Sin embargo, propone Scavino, la pregunta metafísica perdura. “Desplazamos la arjê para decirnos que el hombre tal como lo conocemos, el hombre de la bio-genética y la física sub-atómica, el hombre de los organismos genéticamente modificados y las centrales nucleares, también obedece y responde a un llamado, aunque ese llamado no provenga de una voz inaudible sino de su propia voz, de las palabras que profiere cada día cuando se consagra a la ciencia, a la política, a la poesía e incluso al amor”. La filosofía debe preguntarse no si el conocimiento científico es ético, sino a qué llamado histórico obedece. Es lo que la metafísica siempre quiso saber, y todavía continúa en eso.

Revista Ñ, Diario Clarín, 28 de marzo de 2009.

miércoles 25 de marzo de 2009

¿Por qué poner a una lesbiana a hacer el trabajo de un académico?


La pregunta es retórica, cínica, pero pertinente. El objetivo no es llamar la atención con un título escandaloso, sino llamar la atención acerca de un fenómeno escandaloso. Y en estos casos uno no tiene más remedio que valerse de las mismas herramientas que los nihilistas y los negativistas, tal como las enumeraba Greil Marcus hace unos años: violencia real o simbólica, blasfemia, disipación, desprecio, ridículo.

Ayer me reía leyendo un comentario en este blog, en el que alguien decía: “Me da vergüenza ser antropólogo. No pienso entrar nunca más. Tu actitud provocadora es muy triste. Deberías tener una mirada distinta de los hechos sociales, ya que muchas lecturas te amplían la mirada. Pero parece que el mutimedio te nubló la vista”.

La actitud provocadora por la actitud provocadora en sí misma es insufrible, pero si el tema en cuestión se aproxima al pensamiento políticamente correcto, las únicas herramientas útiles con las que uno cuenta son la violencia, la blasfemia, la disipación, el desprecio y el ridículo. Es una exigencia metodológica. Uno no puede sostener que llamar “personas con capacidades diferentes” a las personas con capacidades diferentes es ofensivo y hostil hacia esas personas; uno debe decir, si quiere hacer bien su trabajo, que llamar “personas con capacidades diferentes” a los tullidos y los paralíticos es ofensivo y hostil. Está obligado a ser cínico, un poco cruel, aunque el resultado final, cuando se leen esa clase de comentarios, es que el intento de probar que el mundo no es como parece, sólo conduce a reconocer que el mundo sí es como parece.

Entonces pregunto: ¿Por qué poner a una lesbiana a hacer el trabajo de un académico?

Puede responderse la pregunta con un rodeo. ¿Usted pondría a un marica a conducir un tren? ¿Pondría a un marica a hacer una cirugía de corazón? ¿Lo pondría a pasear perros? ¿A enseñar matemática en una escuela primaria? La respuesta es que no. Es decir, no pondría a alguien a conducir trenes, hacer operaciones, pasear perros o enseñar matemática por el hecho de ser marica; lo pondría porque hizo el curso de maquinista, porque es cirujano, paseador de perros o un docente de matemática. Si es marica o no es marica resulta secundario e irrelevante. Es cierto que no vivimos en ningún cuento de hadas y que algún consternado progenitor pondrá el grito en el cielo al enterarse de que un marica le está enseñando a sumar y restar a su hijo, pero en general no es por ser marica que alguien obtiene un empleo de maquinista, cirujano, paseador de perros o docente. Lo obtiene porque se preparó para ocupar ese cargo, ese puesto, ese rol. Ser marica no debería estar encabezando ningún curriculum vitae.

“Hola, mi nombre es Pedro, soy marica y quiero manejar trenes”.

No, no funciona así. Funciona así:

“Hola, mi nombre es Pedro, soy maquinista y quiero manejar trenes”.

Sin embargo, desde hace unas décadas, todas las universidades del mundo han sido protagonistas de un curioso fenómeno: ser militante por los derechos de alguna nominal minoría sexual (mujeres, homosexuales, travestis, etc.) se convirtió en un atributo importantísimo para obtener algún puesto en un instituto o cátedra de los así llamados “estudios de género”, especie de cruce posmoderno entre feminismo, estudios culturales, psicoanálisis, lingüística y corrección política. Pregunten por ahí. Exceptuando a quienes los practican, nadie en las universidades se toma en serio los estudios de género. No por el tema, sin dudas importantísimo, sino por el enfoque, la jerga y el estilo intelectual.

Es interesante observar cómo en muchos C.V. se destaca, como argumento insoslayable para justificar el puesto académico pretendido u ocupado en esta área de estudio, la larga militancia en organizaciones feministas, homosexuales o similares. Lo cual, siguiendo al buen Pedro, sería algo así:

“Hola, mi nombre es Pedro, soy maquinista y quiero ordenar todo el trazado ferroviario del país y, de ser posible, del continente, en base a mi experiencia como maquinista”.

No alcanza con ser taxista para convertirse en urbanista y reordenar el tráfico de la ciudad bajo la premisa de que uno conoce las calles, al igual que no alcanza con ser marica para convertirse en un estudioso profesional de los maricas. Los estudios de género son el mejor ejemplo de qué sucede cuando se transgrede esta premisa tan básica: que identificarse con el fenómeno estudiado no alcanza para estar formalmente entrenado para hacer una investigación académica sobre dicho fenómeno.

“Hola, mi nombre es Pedro, soy marica y quiero estudiar a los maricas”.

El punto de partida está errado, descentrado. No hay ninguna pregunta; sólo una respuesta dada por sentada a partir del sentido común (el gran enemigo de la investigación académica), y lo demás es un intento por justificar eso que uno ya da por sentado valiéndose de un lenguaje tomado en préstamo de acá y allá. Eso no es investigación académica; eso es militancia. Son actividades distintas, que legitiman su conocimiento de formas diferentes. Pueden convivir, y muchas veces es inevitable que así sea, pero no pueden confundirse los métodos de una y otra actividad. La militancia está bien, siempre y cuando quede en el pasillo; no tiene lugar en el claustro. Que lo que se produce en el claustro sirva para la militancia, bien; pero lo inverso no sirve. No aporta, sólo entorpece.

Pues uno pone a una astuta activista sexual a hacer el trabajo de un académico y se encuentra con que decir “médicos” es discriminador; ahora debe decir “personas que ejercen la medicina”.

Y esto no es broma.

Según estos maravillosos estudios, si usted dice “voy al médico” está discriminando a las mujeres. Pero si dice “voy al médico/a” está afeando el lenguaje, además de que es complicado de pronunciar. Así que lo correcto, si no quiere avasallar los derechos de las mujeres, es que diga: “Voy a lo de las personas que ejercen la medicina”.

El sábado abrí el diario y me encontré con una de esas noticias que provocan simultánea satisfacción y enfado. Satisfacción, porque tienden a respaldar las argumentaciones que uno parece hacer en vano; enfado, porque le hacen preguntar si uno se está volviendo cada vez más insignificante en el espacio social, si lo que cree correcto simplemente ya ha dejado de serlo, si lo que dice se lo lleva el viento, si las personas se están volviendo cada vez más estúpidas y esa estupidez se considera el colmo de la inteligencia.

Decía el diario que el Parlamento Europeo elaboró un manual de estilo y uso de la lengua (de las 22 oficiales de la Eurocámara) a fin de acabar con la discriminación de la mujer entre los eurodiputados y funcionarios de la institución multinacional.

El Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad (en general suelen ponerse estos nombres pomposos), con el aval del Secretario General del Parlamento, Harald Romer, estableció que “el uso del masculino genérico puede producir ambigüedades y confusiones que pueden dar lugar a una falta de visibilidad de las mujeres”, y de ahí que “los médicos” deba ser sustituido por “las personas que ejercen la medicina”.

Cualquier expresión donde aparezca la palabra “hombre” como referencia al conjunto de género humano deberá ser cambiada por “las personas”, “la gente”, “los seres humanos” o “la especie humana”. No se puede decir “hombre medio”, sino “las personas corrientes”. Nada de “hombres de negocios”; lo no discriminador es “clase empresarial”. Basta de “día-hombre”; la afirmación no sexista es “día-persona”. Jamás hay que hablar de “niños”, pues los “niños” se convertirán en “hombres”, y entonces la mujer no estará lo suficientemente visible. Nada de “los derechos del niño”; ahora, sólo “los derechos de la infancia”. Se acabaron “las secretarias”; ahora debe hablarse de “el personal de secretaría”, a menos que uno quiera que un grupo de feministas le arroje huevos y tomates.

Ya no hay “pilotos y azafatas”, sino “personal de vuelo”; ya no puede hablarse de “señoras” y “señoritas”, pues apelar al estado civil se considera sexista y discriminador. Ni siquiera se podrá hablar de “bomberos”, sino que habrá que emplear algún otro término desmañado. En inglés, se insta a erradicar las palabras terminadas en “man” (hombre, en singular) o “men” (hombres, plural); por ejemplo, sustituyendo “fireman” (bombero) por “firefighter” (persona que lucha contra el fuego).

¿Han escuchado alguna vez una expresión más discriminatoria hacia las mujeres que “El solicitante debe presentar el formulario antes del día 15”? Por suerte el Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad ha determinado la manera correcta de acabar con la discriminación y el sexismo: “El formulario debe ser presentado antes del día 15”. Quien no lo diga así, abusando de la horrible voz pasiva, será un sexista y un discriminador. Será tan irrespetuoso con los derechos de las mujeres como quien afirme: “Es necesario que el usuario preste atención”, en lugar del aceptable: “Es necesario prestar atención”.

Y ya no quiero seguir, pues de veras que me hace cabrear. Pueden remitirse al informe y comprobar si son parte de la solución o del problema: si consideran que es una cosa estúpida y degradante afirmar que uno es sexista por decir “los profesores” en lugar de “el profesorado”, o si consideran que ahora las mujeres han alcanzado la igualdad gracias a que uno ya no dirá “el interesado” sino “la persona interesada”.

Para rematarlo, en el artículo de Clarín aparece la psicoanalista Mabel Burín, directora del Programa de Género y Subjetividad de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), afirmando: “Esta es una batalla en el plano simbólico. Para muchos parecerá una estupidez e intentarán ridiculizarlo, pero hay que pensar que las palabras no son neutras, tienen sexo. Si el mundo está designado en masculino ―pensemos en ‘el hombre’ como raza humana―, las mujeres nos quedamos afuera: somos las ‘no dichas’”.

Tiene razón, mujer. Es una estupidez y la única respuesta responsable es ridiculizarlo. Y por cierto: hace décadas que nadie dice “raza humana”. Pero no le pidamos pertinencia o rigor a un psicoanalista.

Perdón, a una persona que ejerce el psicoanálisis.

¿Por qué poner a una lesbiana a hacer el trabajo de un académico?


La pregunta es retórica, cínica, pero pertinente. El objetivo no es llamar la atención con un título escandaloso, sino llamar la atención acerca de un fenómeno escandaloso. Y en estos casos uno no tiene más remedio que valerse de las mismas herramientas que los nihilistas y los negativistas, tal como las enumeraba Greil Marcus hace unos años: violencia real o simbólica, blasfemia, disipación, desprecio, ridículo.

Ayer me reía leyendo un comentario en este blog, en el que alguien decía: “Me da vergüenza ser antropólogo. No pienso entrar nunca más. Tu actitud provocadora es muy triste. Deberías tener una mirada distinta de los hechos sociales, ya que muchas lecturas te amplían la mirada. Pero parece que el mutimedio te nubló la vista”.

La actitud provocadora por la actitud provocadora en sí misma es insufrible, pero si el tema en cuestión se aproxima al pensamiento políticamente correcto, las únicas herramientas útiles con las que uno cuenta son la violencia, la blasfemia, la disipación, el desprecio y el ridículo. Es una exigencia metodológica. Uno no puede sostener que llamar “personas con capacidades diferentes” a las personas con capacidades diferentes es ofensivo y hostil hacia esas personas; uno debe decir, si quiere hacer bien su trabajo, que llamar “personas con capacidades diferentes” a los tullidos y los paralíticos es ofensivo y hostil. Está obligado a ser cínico, un poco cruel, aunque el resultado final, cuando se leen esa clase de comentarios, es que el intento de probar que el mundo no es como parece, sólo conduce a reconocer que el mundo sí es como parece.

Entonces pregunto: ¿Por qué poner a una lesbiana a hacer el trabajo de un académico?

Puede responderse la pregunta con un rodeo. ¿Usted pondría a un marica a conducir un tren? ¿Pondría a un marica a hacer una cirugía de corazón? ¿Lo pondría a pasear perros? ¿A enseñar matemática en una escuela primaria? La respuesta es que no. Es decir, no pondría a alguien a conducir trenes, hacer operaciones, pasear perros o enseñar matemática por el hecho de ser marica; lo pondría porque hizo el curso de maquinista, porque es cirujano, paseador de perros o un docente de matemática. Si es marica o no es marica resulta secundario e irrelevante. Es cierto que no vivimos en ningún cuento de hadas y que algún consternado progenitor pondrá el grito en el cielo al enterarse de que un marica le está enseñando a sumar y restar a su hijo, pero en general no es por ser marica que alguien obtiene un empleo de maquinista, cirujano, paseador de perros o docente. Lo obtiene porque se preparó para ocupar ese cargo, ese puesto, ese rol. Ser marica no debería estar encabezando ningún curriculum vitae.

“Hola, mi nombre es Pedro, soy marica y quiero manejar trenes”.

No, no funciona así. Funciona así:

“Hola, mi nombre es Pedro, soy maquinista y quiero manejar trenes”.

Sin embargo, desde hace unas décadas, todas las universidades del mundo han sido protagonistas de un curioso fenómeno: ser militante por los derechos de alguna nominal minoría sexual (mujeres, homosexuales, travestis, etc.) se convirtió en un atributo importantísimo para obtener algún puesto en un instituto o cátedra de los así llamados “estudios de género”, especie de cruce posmoderno entre feminismo, estudios culturales, psicoanálisis, lingüística y corrección política. Pregunten por ahí. Exceptuando a quienes los practican, nadie en las universidades se toma en serio los estudios de género. No por el tema, sin dudas importantísimo, sino por el enfoque, la jerga y el estilo intelectual.

Es interesante observar cómo en muchos C.V. se destaca, como argumento insoslayable para justificar el puesto académico pretendido u ocupado en esta área de estudio, la larga militancia en organizaciones feministas, homosexuales o similares. Lo cual, siguiendo al buen Pedro, sería algo así:

“Hola, mi nombre es Pedro, soy maquinista y quiero ordenar todo el trazado ferroviario del país y, de ser posible, del continente, en base a mi experiencia como maquinista”.

No alcanza con ser taxista para convertirse en urbanista y reordenar el tráfico de la ciudad bajo la premisa de que uno conoce las calles, al igual que no alcanza con ser marica para convertirse en un estudioso profesional de los maricas. Los estudios de género son el mejor ejemplo de qué sucede cuando se transgrede esta premisa tan básica: que identificarse con el fenómeno estudiado no alcanza para estar formalmente entrenado para hacer una investigación académica sobre dicho fenómeno.

“Hola, mi nombre es Pedro, soy marica y quiero estudiar a los maricas”.

El punto de partida está errado, descentrado. No hay ninguna pregunta; sólo una respuesta dada por sentada a partir del sentido común (el gran enemigo de la investigación académica), y lo demás es un intento por justificar eso que uno ya da por sentado valiéndose de un lenguaje tomado en préstamo de acá y allá. Eso no es investigación académica; eso es militancia. Son actividades distintas, que legitiman su conocimiento de formas diferentes. Pueden convivir, y muchas veces es inevitable que así sea, pero no pueden confundirse los métodos de una y otra actividad. La militancia está bien, siempre y cuando quede en el pasillo; no tiene lugar en el claustro. Que lo que se produce en el claustro sirva para la militancia, bien; pero lo inverso no sirve. No aporta, sólo entorpece.

Pues uno pone a una astuta activista sexual a hacer el trabajo de un académico y se encuentra con que decir “médicos” es discriminador; ahora debe decir “personas que ejercen la medicina”.

Y esto no es broma.

Según estos maravillosos estudios, si usted dice “voy al médico” está discriminando a las mujeres. Pero si dice “voy al médico/a” está afeando el lenguaje, además de que es complicado de pronunciar. Así que lo correcto, si no quiere avasallar los derechos de las mujeres, es que diga: “Voy a lo de las personas que ejercen la medicina”.

El sábado abrí el diario y me encontré con una de esas noticias que provocan simultánea satisfacción y enfado. Satisfacción, porque tienden a respaldar las argumentaciones que uno parece hacer en vano; enfado, porque le hacen preguntar si uno se está volviendo cada vez más insignificante en el espacio social, si lo que cree correcto simplemente ya ha dejado de serlo, si lo que dice se lo lleva el viento, si las personas se están volviendo cada vez más estúpidas y esa estupidez se considera el colmo de la inteligencia.

Decía el diario que el Parlamento Europeo elaboró un manual de estilo y uso de la lengua (de las 22 oficiales de la Eurocámara) a fin de acabar con la discriminación de la mujer entre los eurodiputados y funcionarios de la institución multinacional.

El Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad (en general suelen ponerse estos nombres pomposos), con el aval del Secretario General del Parlamento, Harald Romer, estableció que “el uso del masculino genérico puede producir ambigüedades y confusiones que pueden dar lugar a una falta de visibilidad de las mujeres”, y de ahí que “los médicos” deba ser sustituido por “las personas que ejercen la medicina”.

Cualquier expresión donde aparezca la palabra “hombre” como referencia al conjunto de género humano deberá ser cambiada por “las personas”, “la gente”, “los seres humanos” o “la especie humana”. No se puede decir “hombre medio”, sino “las personas corrientes”. Nada de “hombres de negocios”; lo no discriminador es “clase empresarial”. Basta de “día-hombre”; la afirmación no sexista es “día-persona”. Jamás hay que hablar de “niños”, pues los “niños” se convertirán en “hombres”, y entonces la mujer no estará lo suficientemente visible. Nada de “los derechos del niño”; ahora, sólo “los derechos de la infancia”. Se acabaron “las secretarias”; ahora debe hablarse de “el personal de secretaría”, a menos que uno quiera que un grupo de feministas le arroje huevos y tomates.

Ya no hay “pilotos y azafatas”, sino “personal de vuelo”; ya no puede hablarse de “señoras” y “señoritas”, pues apelar al estado civil se considera sexista y discriminador. Ni siquiera se podrá hablar de “bomberos”, sino que habrá que emplear algún otro término desmañado. En inglés, se insta a erradicar las palabras terminadas en “man” (hombre, en singular) o “men” (hombres, plural); por ejemplo, sustituyendo “fireman” (bombero) por “firefighter” (persona que lucha contra el fuego).

¿Han escuchado alguna vez una expresión más discriminatoria hacia las mujeres que “El solicitante debe presentar el formulario antes del día 15”? Por suerte el Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad ha determinado la manera correcta de acabar con la discriminación y el sexismo: “El formulario debe ser presentado antes del día 15”. Quien no lo diga así, abusando de la horrible voz pasiva, será un sexista y un discriminador. Será tan irrespetuoso con los derechos de las mujeres como quien afirme: “Es necesario que el usuario preste atención”, en lugar del aceptable: “Es necesario prestar atención”.

Y ya no quiero seguir, pues de veras que me hace cabrear. Pueden remitirse al informe y comprobar si son parte de la solución o del problema: si consideran que es una cosa estúpida y degradante afirmar que uno es sexista por decir “los profesores” en lugar de “el profesorado”, o si consideran que ahora las mujeres han alcanzado la igualdad gracias a que uno ya no dirá “el interesado” sino “la persona interesada”.

Para rematarlo, en el artículo de Clarín aparece la psicoanalista Mabel Burín, directora del Programa de Género y Subjetividad de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), afirmando: “Esta es una batalla en el plano simbólico. Para muchos parecerá una estupidez e intentarán ridiculizarlo, pero hay que pensar que las palabras no son neutras, tienen sexo. Si el mundo está designado en masculino ―pensemos en ‘el hombre’ como raza humana―, las mujeres nos quedamos afuera: somos las ‘no dichas’”.

Tiene razón, mujer. Es una estupidez y la única respuesta responsable es ridiculizarlo. Y por cierto: hace décadas que nadie dice “raza humana”. Pero no le pidamos pertinencia o rigor a un psicoanalista.

Perdón, a una persona que ejerce el psicoanálisis.

martes 24 de marzo de 2009

24 de marzo


24 de marzo, Día de la Memoria. (Foto: M. Pisarro)

24 de marzo


24 de marzo, Día de la Memoria. (Foto: M. Pisarro)

lunes 23 de marzo de 2009

Susana Giménez, Hebe de Bonafini, putas y vedettes

Durante las últimas semanas, en buena parte de los medios masivos de comunicación de Argentina, tuvo lugar un interesante debate: pena de muerte, sí o no. Fue interesante no por el debate en sí mismo, que sobrevoló todos los lugares comunes habituales, sino por el modo en que los actores sociales se colocaron en el tablero. Luego, por el modo en que intentó mantenerse el debate en ese nivel en vez de observarlo como parte de una discusión mucho mayor: aquello que suele llamarse “inseguridad”.

Todo comenzó ―simbólicamente― cuando la actriz y conductora de televisión Susana Giménez fue interceptada por un grupo de periodistas a la salida de su casa o de algún otro lugar. La noticia era que su florista y amigo había sido asesinado. La conductora, visiblemente enojada y desencajada, estalló. Dijo que ya no se puede vivir así, que los chorros te matan por nada, que al que mata hay que matarlo, que los derechos humanos son también de las víctimas y no sólo de los victimarios.

No dijo nada que no se escuche todos los días, en todos lados, pero en ese momento pareció que nada más terrible hubiese sido dicho nunca. Le respondieron músicos, políticos, celebridades, universitarios, periodistas, maricas profesionales y gente biempensante. Algunos dijeron que tenía razón y otros dijeron que no. Pero lo más interesante fue observar cómo se sacudió el palomar intelectual: no sólo señalaron que Susana Giménez estaba atentando contra los valores democráticos y republicanos en los que se funda este país, sino que además su irrupción en el espacio público para hablar de un tema como éste representaba otra afrenta contra la dignidad de los ciudadanos. Tal como lo expresó esa suerte de epítome del fascismo latinoamericano que es Hebe de Bonafini, titular de Madres de Plaza de Mayo, Susana Giménez ni siquiera es una vedette; es una puta que bailó y se acostó con represores.

¿Y por qué alguien debería escuchar lo que tiene para decir una puta como Susana Giménez? Susana Giménez no tiene que hablar de inseguridad, de derechos humanos, de asuntos públicos. Susana Giménez es una vedette, una puta, tiene que abrirse de gambas, callarse la boca y no meterse en lo que no le incumbe.

La opinión de Susana Giménez no cuenta porque es una puta.

Y las putas no tienen voz ni voto.

Según todas las lecturas de la historia que nuestra sociedad ha hecho pasar por ciertas, una vedette y una puta tienen el mismo derecho a expresar sus convicciones que cualquier otro ciudadano. Uno puede impugnar la opinión o la acción de otra persona (por ejemplo, porque piensa que esa persona está equivocada), pero lo que no puede hacer es impugnarlas porque la otra persona es una puta (o porque uno piensa que la otra persona es una puta, signifique lo que signifique “puta” en este contexto). Uno puede decirle a otra persona que esta equivocada por tal y cual motivo, pero no que está equivocada porque es una puta.

Obviemos que el fascismo latinoamericano ha generado sus propios discursos de legitimación que permiten que Bonafini pueda acusar de puta a otra persona y que ningún organismo contra la discriminación ponga el grito en el cielo. Obviémoslo porque, antes de que Bonafini abriera la boca, ya se habían oído argumentos similares sólo que con mejores formas: no decían que Susana Giménez no puede hablar por ser una puta, sino por ser Susana Giménez. Lo que hizo Bonafini fue igualar las apuestas e ir un paso más allá. Susana Giménez no podía hablar de inseguridad, derechos humanos, justicia, por algo que nadie se atrevía a explicitar (por ser conductora de televisión, por ser tonta, frívola, millonaria, etc.), y que Bonafini no debió explicitar: sólo lo reconoció, y luego lo duplicó.

No puede hablar por vedette. Por puta. Porque ni siquiera las tetas son suyas.

Una vez presencié cómo en un barrio muy humilde un grupo de vecinos prendía fuego la casa de un tipo que había violado a una nena. Lo habían pescado in fraganti y la policía lo había rescatado semimuerto, magullado, salvado por un pelo de ser linchado. Como la policía se llevó al tipo, le quemaron la casa.

―Si queman la casa van a quemar las pruebas ―dije, según lo que pareció sentido común básico tras muchas noches perdidas frente a CSI.

―Si no quemamos la casa ―me respondió uno de los vecinos―, el tipo está de vuelta la semana que viene, y con él todos sus parientes.

Al final le quemaron la casa y el tipo, cuando salió a la semana siguiente, debió buscarse otro barrio donde encontrar nenas para violar.

La corrección política contemporánea ha generado un discurso en el cual, si yo expreso algo como “el tipo debió buscarse otro barrio donde encontrar nenas para violar”, estoy condicionando la libertad y los derechos de esa persona por presuponer (prejuzgar) que volverá a las andadas en cuanto tenga la posibilidad de hacerlo. De eso hablaba Susana Giménez, cuando decía que habría que respetar también los derechos humanos de las víctimas y no sólo de los victimarios.

Y hay que ser demasiado hipócrita, demasiado insolente, para no reconocer esto como un hecho empírico que excede cualquier conceptualización posterior. Las personas tienen derechos, comenzando por el derecho a la vida, y cuando a una persona le han quitado ese derecho de manera absurda y gratuita, uno puede enojarse, rabiarse, golpear paredes y, ¿por qué no?, desear que al que mató absurda y gratuitamente le peguen tres balazos en un descampado.

Hay cosas que se supone que no deben decirse en voz alta si uno ocupa determinada posición en la vitrina de la industria cultural contemporánea, pero en lo personal desconfío de cualquiera que impugne a una Susana Giménez desencajada, impotente, gritando que al que mata hay que matarlo. Susana Giménez estaba clamando por algo mucho más básico que justicia: clamaba venganza.

Y está bien. Cualquiera que, en su posición, no lo haga, es porque ha sido consumido por el concepto, la abstracción, la ideología. La venganza no es ninguna anomalía cultural. El registro etnográfico está lleno de ejemplos de sociedades (pretéritas y presentes) que han institucionalizado la venganza como parte de su sistema ético y judicial. Estoy convencido de que no es aconsejable ni posible aplicarlo a las sociedades capitalistas del siglo XXI, pero las personas tienen derecho a sentirse impotentes, encolerizadas, a querer matar a aquel que mató a un ser querido. Es completamente comprensible.

Los niveles suelen confundirse: que la institucionalización de la pena de muerte atente contra los valores en que se funda esta sociedad no quiere decir que mucha gente no se merezca que le peguen tres balazos en un descampado. No porque vayan a bajar los índices de inseguridad o porque las calles vayan a ser lugares más seguros, sino porque es lo correcto.

Lo correcto es que el que mata, muera. Lo correcto es que al que viole, le corten la poronga. Lo correcto es que el que tortura, sea torturado. Pero nuestra sociedad se sostiene en valores morales y legales que afirman que matar (mutilar, torturar) a otra persona atenta contra la sociedad misma, contra lo que la sociedad debería ser en el mejor de los mundos. El debate que Susana Giménez disparó tiende a flotar entre estos dos niveles: entre lo que es correcto y lo que es aceptable.

Que lo aceptable prevalezca sobre lo correcto debería hacernos sentir satisfechos por el tipo de sociedad en que vivimos; pues, cuando lo correcto y lo aceptable coinciden, cuando son una misma cosa, estamos ante el tipo de sociedad que Bonafini entiende y festeja: las dictaduras.

Más que impugnar o descalificar a quien ilumina esta tensión, deberíamos ser capaces de revaluar qué es lo correcto, qué es lo aceptable, y cuáles son sus límites.

Susana Giménez, Hebe de Bonafini, putas y vedettes

Durante las últimas semanas, en buena parte de los medios masivos de comunicación de Argentina, tuvo lugar un interesante debate: pena de muerte, sí o no. Fue interesante no por el debate en sí mismo, que sobrevoló todos los lugares comunes habituales, sino por el modo en que los actores sociales se colocaron en el tablero. Luego, por el modo en que intentó mantenerse el debate en ese nivel en vez de observarlo como parte de una discusión mucho mayor: aquello que suele llamarse “inseguridad”.

Todo comenzó ―simbólicamente― cuando la actriz y conductora de televisión Susana Giménez fue interceptada por un grupo de periodistas a la salida de su casa o de algún otro lugar. La noticia era que su florista y amigo había sido asesinado. La conductora, visiblemente enojada y desencajada, estalló. Dijo que ya no se puede vivir así, que los chorros te matan por nada, que al que mata hay que matarlo, que los derechos humanos son también de las víctimas y no sólo de los victimarios.

No dijo nada que no se escuche todos los días, en todos lados, pero en ese momento pareció que nada más terrible hubiese sido dicho nunca. Le respondieron músicos, políticos, celebridades, universitarios, periodistas, maricas profesionales y gente biempensante. Algunos dijeron que tenía razón y otros dijeron que no. Pero lo más interesante fue observar cómo se sacudió el palomar intelectual: no sólo señalaron que Susana Giménez estaba atentando contra los valores democráticos y republicanos en los que se funda este país, sino que además su irrupción en el espacio público para hablar de un tema como éste representaba otra afrenta contra la dignidad de los ciudadanos. Tal como lo expresó esa suerte de epítome del fascismo latinoamericano que es Hebe de Bonafini, titular de Madres de Plaza de Mayo, Susana Giménez ni siquiera es una vedette; es una puta que bailó y se acostó con represores.

¿Y por qué alguien debería escuchar lo que tiene para decir una puta como Susana Giménez? Susana Giménez no tiene que hablar de inseguridad, de derechos humanos, de asuntos públicos. Susana Giménez es una vedette, una puta, tiene que abrirse de gambas, callarse la boca y no meterse en lo que no le incumbe.

La opinión de Susana Giménez no cuenta porque es una puta.

Y las putas no tienen voz ni voto.

Según todas las lecturas de la historia que nuestra sociedad ha hecho pasar por ciertas, una vedette y una puta tienen el mismo derecho a expresar sus convicciones que cualquier otro ciudadano. Uno puede impugnar la opinión o la acción de otra persona (por ejemplo, porque piensa que esa persona está equivocada), pero lo que no puede hacer es impugnarlas porque la otra persona es una puta (o porque uno piensa que la otra persona es una puta, signifique lo que signifique “puta” en este contexto). Uno puede decirle a otra persona que esta equivocada por tal y cual motivo, pero no que está equivocada porque es una puta.

Obviemos que el fascismo latinoamericano ha generado sus propios discursos de legitimación que permiten que Bonafini pueda acusar de puta a otra persona y que ningún organismo contra la discriminación ponga el grito en el cielo. Obviémoslo porque, antes de que Bonafini abriera la boca, ya se habían oído argumentos similares sólo que con mejores formas: no decían que Susana Giménez no puede hablar por ser una puta, sino por ser Susana Giménez. Lo que hizo Bonafini fue igualar las apuestas e ir un paso más allá. Susana Giménez no podía hablar de inseguridad, derechos humanos, justicia, por algo que nadie se atrevía a explicitar (por ser conductora de televisión, por ser tonta, frívola, millonaria, etc.), y que Bonafini no debió explicitar: sólo lo reconoció, y luego lo duplicó.

No puede hablar por vedette. Por puta. Porque ni siquiera las tetas son suyas.

Una vez presencié cómo en un barrio muy humilde un grupo de vecinos prendía fuego la casa de un tipo que había violado a una nena. Lo habían pescado in fraganti y la policía lo había rescatado semimuerto, magullado, salvado por un pelo de ser linchado. Como la policía se llevó al tipo, le quemaron la casa.

―Si queman la casa van a quemar las pruebas ―dije, según lo que pareció sentido común básico tras muchas noches perdidas frente a CSI.

―Si no quemamos la casa ―me respondió uno de los vecinos―, el tipo está de vuelta la semana que viene, y con él todos sus parientes.

Al final le quemaron la casa y el tipo, cuando salió a la semana siguiente, debió buscarse otro barrio donde encontrar nenas para violar.

La corrección política contemporánea ha generado un discurso en el cual, si yo expreso algo como “el tipo debió buscarse otro barrio donde encontrar nenas para violar”, estoy condicionando la libertad y los derechos de esa persona por presuponer (prejuzgar) que volverá a las andadas en cuanto tenga la posibilidad de hacerlo. De eso hablaba Susana Giménez, cuando decía que habría que respetar también los derechos humanos de las víctimas y no sólo de los victimarios.

Y hay que ser demasiado hipócrita, demasiado insolente, para no reconocer esto como un hecho empírico que excede cualquier conceptualización posterior. Las personas tienen derechos, comenzando por el derecho a la vida, y cuando a una persona le han quitado ese derecho de manera absurda y gratuita, uno puede enojarse, rabiarse, golpear paredes y, ¿por qué no?, desear que al que mató absurda y gratuitamente le peguen tres balazos en un descampado.

Hay cosas que se supone que no deben decirse en voz alta si uno ocupa determinada posición en la vitrina de la industria cultural contemporánea, pero en lo personal desconfío de cualquiera que impugne a una Susana Giménez desencajada, impotente, gritando que al que mata hay que matarlo. Susana Giménez estaba clamando por algo mucho más básico que justicia: clamaba venganza.

Y está bien. Cualquiera que, en su posición, no lo haga, es porque ha sido consumido por el concepto, la abstracción, la ideología. La venganza no es ninguna anomalía cultural. El registro etnográfico está lleno de ejemplos de sociedades (pretéritas y presentes) que han institucionalizado la venganza como parte de su sistema ético y judicial. Estoy convencido de que no es aconsejable ni posible aplicarlo a las sociedades capitalistas del siglo XXI, pero las personas tienen derecho a sentirse impotentes, encolerizadas, a querer matar a aquel que mató a un ser querido. Es completamente comprensible.

Los niveles suelen confundirse: que la institucionalización de la pena de muerte atente contra los valores en que se funda esta sociedad no quiere decir que mucha gente no se merezca que le peguen tres balazos en un descampado. No porque vayan a bajar los índices de inseguridad o porque las calles vayan a ser lugares más seguros, sino porque es lo correcto.

Lo correcto es que el que mata, muera. Lo correcto es que al que viole, le corten la poronga. Lo correcto es que el que tortura, sea torturado. Pero nuestra sociedad se sostiene en valores morales y legales que afirman que matar (mutilar, torturar) a otra persona atenta contra la sociedad misma, contra lo que la sociedad debería ser en el mejor de los mundos. El debate que Susana Giménez disparó tiende a flotar entre estos dos niveles: entre lo que es correcto y lo que es aceptable.

Que lo aceptable prevalezca sobre lo correcto debería hacernos sentir satisfechos por el tipo de sociedad en que vivimos; pues, cuando lo correcto y lo aceptable coinciden, cuando son una misma cosa, estamos ante el tipo de sociedad que Bonafini entiende y festeja: las dictaduras.

Más que impugnar o descalificar a quien ilumina esta tensión, deberíamos ser capaces de revaluar qué es lo correcto, qué es lo aceptable, y cuáles son sus límites.

sábado 21 de marzo de 2009

Subtes

En el Subte de Buenos Aires. (Foto: M. Pisarro)

Subtes

En el Subte de Buenos Aires. (Foto: M. Pisarro)

Estudios de género: patrañas

Leo en el diario de la mañana que el Parlamento Europeo ha publicado un manual de estilo para acabar con el sexismo y la discriminación contra la mujer. Entre las interesantísimas propuestas se destaca, por ejemplo, que ya no debemos decir “médicos” sino “personas que ejercen la medicina”

Una tal Mabel Burín, directora del Programa de Género y Subjetividad de UCES, dice: “Esta es una batalla en el plano simbólico. Para muchos parecerá una estupidez e intentarán ridiculizarlo, pero hay que pensar que las palabras no son neutras, tienen sexo. Si el mundo está designado en masculino -pensemos en 'el hombre' como raza humana-, las mujeres nos quedamos afuera: somos las 'no dichas'".

Sí, mujer. Es una estupidez y los estudios de género son una estupidez. Superchería académica. Filosofía marica hipostasiada. Feminismo berreta racionalizado. Un montón de mierda. 

Por lo demás, prefiero no repetir los mismos argumentos de siempre, así que si a alguien le interesa, unos pocos artículos de Nerds All Star versión 1.0:

Y no sigo, porque temo que un grupo de lesbianas gritonas me haga un escrache. Para eso sirven los UBACyT. 

PD: Acá el informe oficial de la Eurocámara sobre el lenguaje sexista. Precioso, de veras.

viernes 20 de marzo de 2009

Elogio de la carambola. Parte 4 de 4: Maldito Lévi-Strauss

Y a pesar de lo dicho, a pesar de haber puesto a prueba la paciencia de más de uno, sigo teniendo mis dudas. La obra de Claude Lévi-Strauss me provoca una tremenda admiración, aunque reconozco que necesitaría dos mondadientes impregnados en pimentón entre los párpados para que mis ojos no se cierren a causa del aburrimiento que me provocan las partes de detalladas descripciones etnográficas de tal y cual tribu de morondanga que no le importa a nadie. Quiero decir: también Lévi-Strauss tenía sus malos vicios.

Pero si algo tiene de excitante su propuesta, ya sea que la llamemos hipótesis o gustemos elevarla al rango de teoría, es ese carácter inconcluso y abierto, cierto sano escepticismo muchas veces inadvertido hacia lo que el producto final de la actividad científica debería ser. La búsqueda de una relación cualquiera, su mejoría respecto a la ausencia de relaciones, es sin dudas una empresa desafiante, una actividad intelectual atractiva se la mire por donde se la mire. La antropología estructural, tal como la definía y practicaba Lévi-Strauss, ofrecía un sinnúmero de posibilidades, al menos para aquél que la tomara como lo que era: un principio de explicación, no la explicación, como muchas veces se la intentó hacer pasar.

En este aspecto, las dudas se incrementan. Las explicaciones del mundo que determinadas teorías generan deben ser entendidas en el marco de esas mismas teorías: en el ámbito de sus reglas, sus métodos, sus herramientas conceptuales, sus límites. La agudeza del debate, y toda su riqueza, consiste en mantener una posición lúcida respecto al marco teórico a través del cual se está operando: el principio de realidad está mediado por signos que se desprenden de esta teoría. Uno no debería protestar airado si un hombre comienza a volar en un comic de Superman; para entender por qué allí la gente vuela debe aceptar las reglas de ese relato: su principio de realidad.

La explicación sobre los cacerolazos de diciembre de 2001 en base a dicotomías como naturaleza/cultura, crudo/cocido, interno/externo, femenino/masculino, sólo puede ser convincente en los límites del análisis estructuralista en que fue planteada. Suponer otra cosa es un error, al igual que una crítica pueril: es cierto, los hombres no vuelan.

En lo personal, no hubiera sido mi primera elección; de hecho, ni siquiera acaba de satisfacerme. Admito (y admiro) la importancia de reconocer el aspecto inconcluso de toda investigación, tal como sostenía Lévi-Strauss, pero algunos casos exigen conceptos más pequeños, herramientas más refinadas, más modestas tal vez. “Naturaleza” y “cultura” son conceptos demasiado grandes, demasiado poco operativos. Uno comienza a preguntarse qué hacer con semejantes Tiranosaurios. Siempre me impresionó un comentario de Pierre Bourdieu, cuando decía que le gustaba oír qué decía la gente en el subterráneo de París, con qué fragmentos de sentido podía encontrarse por casualidad. Y eso lo decía en la década de 1990, cuando nadie dudaba de su excelencia y podría haberse dedicado a bosquejar alguna teoría unificada “bourdieuana”.

A la hora de contrastar teorías, o métodos, muchas veces esta modesta metodología da por tierra con esas construcciones teóricas inmensas, universalistas. La gente en las calles, sus anclajes nacionalistas heroicos, son por lo general melodramas finamente elaborados y no tan finamente investigados. Los macroconceptos (naturaleza, cultura, público, privado, masculino, femenino…) no hacen más que fijarlos en la retina pública como hechos consumados. Pensar en términos estructurales tiene una ventaja: es como tirar al montón. ¿O no es más sencillo acertarle a una bola de pool cuando están amuchadas con forma de triángulo, que cuando están dispersas sobre el paño?

A pesar de todas las reservas y precauciones, en el hormiguero no tienen cómo defenderse de la bomba atómica.

Unos meses después de la hecatombe, a mediados de 2002, viajaba en Subte. Para acceder al tren subterráneo de la ciudad de Buenos Aires se emplean tarjetas descartables de cartón, con una franja electromagnética que el molinete debe leer para permitir el acceso; estas tarjetas suelen tener publicidades impresas en uno de sus lados. Estábamos dejando la época del Mundial de Fútbol de Japón-Corea 2002, en la que el Himno Nacional se oía como música funcional en los andenes y las tarjetas traían impresa la bandera argentina, con el dibujo de un hincha con la camiseta de la selección más la inscripción “Vamos Argentina!!!” (así, con los signos de exclamación sólo al final).

Hacia fines de septiembre comenzó a circular una tarjeta con una publicidad de seguro médico; aparecía la bandera argentina y el siguiente slogan: “Tenemos bronca. Tengamos esperanza”. Uno podía preguntarse qué relación guardaba esa consigna con un seguro médico, o por qué una incautación estatal ilegítima de bienes privados y un quiebre institucional habían ido a parar a una publicidad de medicina prepaga de una tarjeta de subterráneo. Era mucho más enriquecedor, no obstante, tomarlo como paradigma del modo en que el pensamiento de época queda grabado en sus productos. La bronca y la esperanza, la argentinidad como valor positivo, era la tendencia de aquellos días; era la tendencia legítima, correcta, tanto valía para una publicidad como para una investigación académica. El desplazamiento de “la gente” desde el “ámbito interno” al “ámbito externo” no era más que una manifestación de índole retórica; el movimiento de cacerolas repiqueteando era sólo publicidad barata en un pase del subterráneo metropolitano.

Resultaba sencillo darse cuenta en las calles, no en esas calles imaginarias que caminan los textos académicos o los programas de televisión, esas calles en que “la gente” se manifiesta contra “las instituciones”, sino en la otra calle, la que está repleta de pequeños detalles, de síntomas, de índices desapercibidos cuando uno piensa en términos de “el 17 de octubre de la clase media” o “la división entre espacio privado y espacio público en torno al espacio interior y exterior”.

¿De qué clase de “bronca” se trataba? ¿En diciembre de 2001, y en los meses posteriores, existió esa venganza carnavalesca? Posiblemente no. La venganza de “la calle” es mucho menos evidente, mucho menos selectiva; mucho menos articulada, por así decirlo, aunque quizás por eso mucho más simpática.

Algunas veces me detengo a observar los afiches publicitarios que rellenan las paredes de la ciudad, de ésos que en tiempos electorales pululan por doquier y que ningún funcionario se atrevería a catalogar como contaminación visual. Todos los afiches son ultrajados con igual vehemencia, con igual futilidad, con igual desgano: ojos vacíos, dientes ennegrecidos, cuernos, anteojos y globitos de comic que ostentan confesiones sobre la orientación sexual del casual protagonista. No existen distinciones. No existen movimientos organizados por fuerzas políticas tradicionales ni por repiqueteos de cacerolas. No existen épocas en que dichas acciones queden legitimadas por la coyuntura y, por ende, sus practicantes no estén comportándose como asnos o realizando una acción estúpida (diría Woody Allen).

Políticos en campaña, actores presentando su nueva obra de teatro, músicos en concierto, muchachas exhibiendo una línea de crema facial. Todos son ridiculizados sin excepción. Por allí discurre el hilo explicativo de los cacerolazos: entre la futilidad de agujerear los ojos de un afiche con una moneda mientras uno aguarda el colectivo y la publicidad de una empresa internacional de seguro médico afirmando que tenemos bronca pero debemos tener esperanza. La calle no cree en la auto-reflexión; el marketing la toma como razón de ser. Los cacerolazos quedaron a mitad de camino: una auto-reflexión estratégicamente impuesta como razón de ser.
¿Y a que esta expresión, perfectamente ambigua, no es digna de Lévi-Strauss?

En última instancia, y más allá de oposiciones binarias y estructuras, ése es el principio levistraussiano que debe tenerse en cuenta: que, de una forma particular, un afiche agujereado y una tarjeta de subte pueden “ir juntos”, formar parte de un mismo universo explicativo donde las manifestaciones espontáneas no son más que el producto de una puesta en escena orquestada.

Es como esa expresión de Lévi-Strauss en una entrevista: “La operación no surge de un plan premeditado: los mitos se reconstruyen a sí mismos por mi intermedio. Trato de ser el lugar por donde los mitos pasan”, sólo comparable con aquella de W. R. Burnett, en La jungla del asfalto, su novela de 1949, cuando Brannom le decía a Emmerich: “¿Qué se propone usted, pasearse por la ciudad con una chica de dieciséis años? Búsquesela de catorce. Las de dieciséis ya saben latín”.

En uno y otro caso, es casi imposible saber de qué diablos estaban hablando. Pero uno podría pasarse los días siguientes dándole vueltas a la expresión.

Todo eso se oye de lo más interesante.

Elogio de la carambola. Parte 4 de 4: Maldito Lévi-Strauss

Y a pesar de lo dicho, a pesar de haber puesto a prueba la paciencia de más de uno, sigo teniendo mis dudas. La obra de Claude Lévi-Strauss me provoca una tremenda admiración, aunque reconozco que necesitaría dos mondadientes impregnados en pimentón entre los párpados para que mis ojos no se cierren a causa del aburrimiento que me provocan las partes de detalladas descripciones etnográficas de tal y cual tribu de morondanga que no le importa a nadie. Quiero decir: también Lévi-Strauss tenía sus malos vicios.

Pero si algo tiene de excitante su propuesta, ya sea que la llamemos hipótesis o gustemos elevarla al rango de teoría, es ese carácter inconcluso y abierto, cierto sano escepticismo muchas veces inadvertido hacia lo que el producto final de la actividad científica debería ser. La búsqueda de una relación cualquiera, su mejoría respecto a la ausencia de relaciones, es sin dudas una empresa desafiante, una actividad intelectual atractiva se la mire por donde se la mire. La antropología estructural, tal como la definía y practicaba Lévi-Strauss, ofrecía un sinnúmero de posibilidades, al menos para aquél que la tomara como lo que era: un principio de explicación, no la explicación, como muchas veces se la intentó hacer pasar.

En este aspecto, las dudas se incrementan. Las explicaciones del mundo que determinadas teorías generan deben ser entendidas en el marco de esas mismas teorías: en el ámbito de sus reglas, sus métodos, sus herramientas conceptuales, sus límites. La agudeza del debate, y toda su riqueza, consiste en mantener una posición lúcida respecto al marco teórico a través del cual se está operando: el principio de realidad está mediado por signos que se desprenden de esta teoría. Uno no debería protestar airado si un hombre comienza a volar en un comic de Superman; para entender por qué allí la gente vuela debe aceptar las reglas de ese relato: su principio de realidad.

La explicación sobre los cacerolazos de diciembre de 2001 en base a dicotomías como naturaleza/cultura, crudo/cocido, interno/externo, femenino/masculino, sólo puede ser convincente en los límites del análisis estructuralista en que fue planteada. Suponer otra cosa es un error, al igual que una crítica pueril: es cierto, los hombres no vuelan.

En lo personal, no hubiera sido mi primera elección; de hecho, ni siquiera acaba de satisfacerme. Admito (y admiro) la importancia de reconocer el aspecto inconcluso de toda investigación, tal como sostenía Lévi-Strauss, pero algunos casos exigen conceptos más pequeños, herramientas más refinadas, más modestas tal vez. “Naturaleza” y “cultura” son conceptos demasiado grandes, demasiado poco operativos. Uno comienza a preguntarse qué hacer con semejantes Tiranosaurios. Siempre me impresionó un comentario de Pierre Bourdieu, cuando decía que le gustaba oír qué decía la gente en el subterráneo de París, con qué fragmentos de sentido podía encontrarse por casualidad. Y eso lo decía en la década de 1990, cuando nadie dudaba de su excelencia y podría haberse dedicado a bosquejar alguna teoría unificada “bourdieuana”.

A la hora de contrastar teorías, o métodos, muchas veces esta modesta metodología da por tierra con esas construcciones teóricas inmensas, universalistas. La gente en las calles, sus anclajes nacionalistas heroicos, son por lo general melodramas finamente elaborados y no tan finamente investigados. Los macroconceptos (naturaleza, cultura, público, privado, masculino, femenino…) no hacen más que fijarlos en la retina pública como hechos consumados. Pensar en términos estructurales tiene una ventaja: es como tirar al montón. ¿O no es más sencillo acertarle a una bola de pool cuando están amuchadas con forma de triángulo, que cuando están dispersas sobre el paño?

A pesar de todas las reservas y precauciones, en el hormiguero no tienen cómo defenderse de la bomba atómica.

Unos meses después de la hecatombe, a mediados de 2002, viajaba en Subte. Para acceder al tren subterráneo de la ciudad de Buenos Aires se emplean tarjetas descartables de cartón, con una franja electromagnética que el molinete debe leer para permitir el acceso; estas tarjetas suelen tener publicidades impresas en uno de sus lados. Estábamos dejando la época del Mundial de Fútbol de Japón-Corea 2002, en la que el Himno Nacional se oía como música funcional en los andenes y las tarjetas traían impresa la bandera argentina, con el dibujo de un hincha con la camiseta de la selección más la inscripción “Vamos Argentina!!!” (así, con los signos de exclamación sólo al final).

Hacia fines de septiembre comenzó a circular una tarjeta con una publicidad de seguro médico; aparecía la bandera argentina y el siguiente slogan: “Tenemos bronca. Tengamos esperanza”. Uno podía preguntarse qué relación guardaba esa consigna con un seguro médico, o por qué una incautación estatal ilegítima de bienes privados y un quiebre institucional habían ido a parar a una publicidad de medicina prepaga de una tarjeta de subterráneo. Era mucho más enriquecedor, no obstante, tomarlo como paradigma del modo en que el pensamiento de época queda grabado en sus productos. La bronca y la esperanza, la argentinidad como valor positivo, era la tendencia de aquellos días; era la tendencia legítima, correcta, tanto valía para una publicidad como para una investigación académica. El desplazamiento de “la gente” desde el “ámbito interno” al “ámbito externo” no era más que una manifestación de índole retórica; el movimiento de cacerolas repiqueteando era sólo publicidad barata en un pase del subterráneo metropolitano.

Resultaba sencillo darse cuenta en las calles, no en esas calles imaginarias que caminan los textos académicos o los programas de televisión, esas calles en que “la gente” se manifiesta contra “las instituciones”, sino en la otra calle, la que está repleta de pequeños detalles, de síntomas, de índices desapercibidos cuando uno piensa en términos de “el 17 de octubre de la clase media” o “la división entre espacio privado y espacio público en torno al espacio interior y exterior”.

¿De qué clase de “bronca” se trataba? ¿En diciembre de 2001, y en los meses posteriores, existió esa venganza carnavalesca? Posiblemente no. La venganza de “la calle” es mucho menos evidente, mucho menos selectiva; mucho menos articulada, por así decirlo, aunque quizás por eso mucho más simpática.

Algunas veces me detengo a observar los afiches publicitarios que rellenan las paredes de la ciudad, de ésos que en tiempos electorales pululan por doquier y que ningún funcionario se atrevería a catalogar como contaminación visual. Todos los afiches son ultrajados con igual vehemencia, con igual futilidad, con igual desgano: ojos vacíos, dientes ennegrecidos, cuernos, anteojos y globitos de comic que ostentan confesiones sobre la orientación sexual del casual protagonista. No existen distinciones. No existen movimientos organizados por fuerzas políticas tradicionales ni por repiqueteos de cacerolas. No existen épocas en que dichas acciones queden legitimadas por la coyuntura y, por ende, sus practicantes no estén comportándose como asnos o realizando una acción estúpida (diría Woody Allen).

Políticos en campaña, actores presentando su nueva obra de teatro, músicos en concierto, muchachas exhibiendo una línea de crema facial. Todos son ridiculizados sin excepción. Por allí discurre el hilo explicativo de los cacerolazos: entre la futilidad de agujerear los ojos de un afiche con una moneda mientras uno aguarda el colectivo y la publicidad de una empresa internacional de seguro médico afirmando que tenemos bronca pero debemos tener esperanza. La calle no cree en la auto-reflexión; el marketing la toma como razón de ser. Los cacerolazos quedaron a mitad de camino: una auto-reflexión estratégicamente impuesta como razón de ser.
¿Y a que esta expresión, perfectamente ambigua, no es digna de Lévi-Strauss?

En última instancia, y más allá de oposiciones binarias y estructuras, ése es el principio levistraussiano que debe tenerse en cuenta: que, de una forma particular, un afiche agujereado y una tarjeta de subte pueden “ir juntos”, formar parte de un mismo universo explicativo donde las manifestaciones espontáneas no son más que el producto de una puesta en escena orquestada.

Es como esa expresión de Lévi-Strauss en una entrevista: “La operación no surge de un plan premeditado: los mitos se reconstruyen a sí mismos por mi intermedio. Trato de ser el lugar por donde los mitos pasan”, sólo comparable con aquella de W. R. Burnett, en La jungla del asfalto, su novela de 1949, cuando Brannom le decía a Emmerich: “¿Qué se propone usted, pasearse por la ciudad con una chica de dieciséis años? Búsquesela de catorce. Las de dieciséis ya saben latín”.

En uno y otro caso, es casi imposible saber de qué diablos estaban hablando. Pero uno podría pasarse los días siguientes dándole vueltas a la expresión.

Todo eso se oye de lo más interesante.