sábado 28 de febrero de 2009

El mundo en un texto, Vol. 3 y final: Colgando de los pájaros

Esto sucedió una tarde cualquiera de 1997 ó 1998. Bebía un café y conversaba con LM, una secretaria administrativa de la editorial donde trabajaba. Habíamos recordado “A little peace and quiet”, un capítulo de la versión años 80 de La dimensión desconocida, la serie creada por Rod Serling a fines de la década de 1950 y venerada desde entonces como un clásico de la ciencia ficción. En ese capítulo, dirigido por Wes Craven, el director de Pesadilla en lo profundo de la noche (A nightmare on Elm street, 1984), un ama de casa (harta de los gritos de los hijos, las colas del supermercado, las protestas del marido) encontraba un medallón mágico que le permitía detener el tiempo y dejar todo inmóvil a su alrededor. La mujer no se cohibía: cada vez que estaba por perder la paciencia, detenía el tiempo.

El final del episodio es indisociable de la Guerra Fría y la amenaza nuclear: la mujer oía sirenas, detenía el tiempo, salía al patio y se encontraba con que los misiles atómicos soviéticos estaban por estrellarse en su vecindario. Si dejaba correr el tiempo de nuevo, sería el final.

―¿Qué harías si pudieras detener el tiempo? ―preguntó LM.

Estimo que esperaba una respuesta estándar: robar bancos, cambiar objetos de lugar, tocarle el trasero a las chicas, todas esas cosas. Por desgracia, tuve la absurda idea de ser honesto. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, hay que ser honestos en estos casos.

El asunto me había fascinado desde pequeño. Había fantaseado durante muchos años con la posibilidad de que un buen día todos hicieran silencio y dejaran de fastidiarme. De presentarse la oportunidad, de tener la chance de detener el mundo a mi antojo, sabía exactamente qué haría. Desvalijar bancos, manosear mujeres e importunar a terceros eran alternativas atractivas ―digan lo que digan las compañías de seguro, las feministas o los buenos cristianos―, pero ya había decidido desde niño que mi primera opción sería de otra índole: colgarme de los pájaros.

Al detener la marcha del mundo ―pensaba yo, con mucha astucia―, también se detendrían los pájaros, que quedarían suspendidos en pleno vuelo. Entonces, todo cuanto había que hacer era sujetarse de algún ave endurecida y balancearse como si uno estuviera suspendido en un pasamanos. Diversión asegurada.

El comentario fue poco inteligente. Creo que LM se estuvo riendo durante las siguientes cinco o seis horas, marcando todos los números internos de la oficina para contarle a todo el mundo qué haría yo si pudiera detener el tiempo. Y desde ese día, cada vez que se enojaba conmigo, solía gritarme:

―¡Salí de acá, infeliz, andá a colgarte de los pájaros!

La actividad científica guarda una estrecha relación con colgarse de los pájaros. En cuanto uno se sumerge en la posibilidad de balancearse de algún ave, emergen nuevas e interesantes preguntas: ¿Y qué si el pájaro está muy alto? ¿Existe el riesgo de que el pájaro se rompa y uno caiga torpemente al suelo? (en tal caso, con el mundo detenido, ¿quién va a prestarle primeros auxilios?) ¿Podría emplearse, en lugar de un pájaro, algún insecto robusto, como esos intimidantes abejorros negros que a veces aparecen en el jardín? ¿Sería posible arrojar un ladrillo al aire, detener el tiempo y colgarse del ladrillo suspendido?

Todos éstos podrían ser los grandes interrogantes científicos de nuestra época. Es cierto que los científicos no se hacen esta clase de preguntas, al menos no la mayor parte de los científicos. Pero son las preguntas que los más perspicaces entre ellos podrían hacerse si tuvieran la ocasión de… bien, de detener el tiempo con un medallón mágico.

No pretendo debatir cuáles son los límites entre la ciencia y aquello que no lo es, sencillamente porque conozco dónde acaban esta clase de rencillas: en nada que resulte digno de mención. La epistemología es apasionante, pero sólo para verla durante un rato desde la vereda del frente. Nunca para tomársela en serio.

Llevo ya demasiados años escuchando a personas de todo tipo predicando sobre qué es lo que la ciencia debería hacer, qué es lo que la ciencia no debería hacer, qué es lo que la ciencia debería ser, qué es lo que no debería ser. Si un buen día alguien detuviese el tiempo con un medallón mágico, la mayor parte de los abogados de la ciencia organizaría un congreso para determinar la manera más rentable de burocratizar el fenómeno, de sistematizar su discurso, de convertirlo en un precioso filón con el cual costear más seminarios, más debates, más congresos.

Pero un puñado de infelices, estoy convencido, insistirían en colgarse de los pájaros. Luego, intentarían relacionar este hecho con todos los demás; intentarían convertir la sorpresa en discurso público y darle una forma que no le permita al tiempo disolverla. Intentarían darle una voz más atractiva que las voces que llenan claustros y anaqueles prestigiosos, que colman papers y artículos de divulgación, a la espera de que alguien pueda estar interesado; a la espera de que ellos mismos puedan estar interesados. O como dijo alguien hace ya también varios años: sólo por disfrutar del momentáneo poder adquirido por personas que jamás en sus vidas habían tenido una razón para pensar que alguien pudiera estar interesado en lo que tenían para decir.

En una entrevista de 1966, Peter Medawar, ganador del Premio Nobel por sus estudios sobre el sistema inmunológico y una especie de Mussolini de la esterilidad textual, afirmó:


El único momento de mi vida en que tuve la impresión de que se me abría un nuevo mundo fue durante mi carrera de estudiante. Un amigo y yo fuimos a trabajar en los laboratorios de Oundle para realizar algunas tareas científicas sin importancia, y yo estaba hojeando un libro de la biblioteca de Oundle cuando, en el anaquel superior (recuerdo que me subí a una escalerilla para alcanzarlo) me topé con Los principios de la matemática de Bertrand Russell. Leí el párrafo inicial, que aún puedo citar literalmente, y por alguna razón inexplicable quedé tremendamente impresionado. Ignoraba que alguien pudiera escribir sobre matemática de esa manera. Eso inició un permanente interés por la filosofía, la lógica y la lógica matemática. Es el único momento de revelación súbita que he experimentado. Accidental, como usted ve.


Creo que la mayor parte de las personas que estudian, investigan, trabajan o se interesan de alguna manera en el difuso “campo científico” han experimentado alguna vez esa sensación. Han leído algo que los dejó tremendamente impresionados y se han sorprendido de que alguien pudiera escribir sobre esos temas de esa manera. Han tenido ese momento de súbita revelación.

Parafraseando al físico Richard Feynman, la ciencia es como el sexo: seguramente tiene una utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos.

Lo hacemos por otra cosa: para colgarnos de los pájaros.

El mundo en un texto, Vol. 3 y final: Colgando de los pájaros

Esto sucedió una tarde cualquiera de 1997 ó 1998. Bebía un café y conversaba con LM, una secretaria administrativa de la editorial donde trabajaba. Habíamos recordado “A little peace and quiet”, un capítulo de la versión años 80 de La dimensión desconocida, la serie creada por Rod Serling a fines de la década de 1950 y venerada desde entonces como un clásico de la ciencia ficción. En ese capítulo, dirigido por Wes Craven, el director de Pesadilla en lo profundo de la noche (A nightmare on Elm street, 1984), un ama de casa (harta de los gritos de los hijos, las colas del supermercado, las protestas del marido) encontraba un medallón mágico que le permitía detener el tiempo y dejar todo inmóvil a su alrededor. La mujer no se cohibía: cada vez que estaba por perder la paciencia, detenía el tiempo.

El final del episodio es indisociable de la Guerra Fría y la amenaza nuclear: la mujer oía sirenas, detenía el tiempo, salía al patio y se encontraba con que los misiles atómicos soviéticos estaban por estrellarse en su vecindario. Si dejaba correr el tiempo de nuevo, sería el final.

―¿Qué harías si pudieras detener el tiempo? ―preguntó LM.

Estimo que esperaba una respuesta estándar: robar bancos, cambiar objetos de lugar, tocarle el trasero a las chicas, todas esas cosas. Por desgracia, tuve la absurda idea de ser honesto. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, hay que ser honestos en estos casos.

El asunto me había fascinado desde pequeño. Había fantaseado durante muchos años con la posibilidad de que un buen día todos hicieran silencio y dejaran de fastidiarme. De presentarse la oportunidad, de tener la chance de detener el mundo a mi antojo, sabía exactamente qué haría. Desvalijar bancos, manosear mujeres e importunar a terceros eran alternativas atractivas ―digan lo que digan las compañías de seguro, las feministas o los buenos cristianos―, pero ya había decidido desde niño que mi primera opción sería de otra índole: colgarme de los pájaros.

Al detener la marcha del mundo ―pensaba yo, con mucha astucia―, también se detendrían los pájaros, que quedarían suspendidos en pleno vuelo. Entonces, todo cuanto había que hacer era sujetarse de algún ave endurecida y balancearse como si uno estuviera suspendido en un pasamanos. Diversión asegurada.

El comentario fue poco inteligente. Creo que LM se estuvo riendo durante las siguientes cinco o seis horas, marcando todos los números internos de la oficina para contarle a todo el mundo qué haría yo si pudiera detener el tiempo. Y desde ese día, cada vez que se enojaba conmigo, solía gritarme:

―¡Salí de acá, infeliz, andá a colgarte de los pájaros!

La actividad científica guarda una estrecha relación con colgarse de los pájaros. En cuanto uno se sumerge en la posibilidad de balancearse de algún ave, emergen nuevas e interesantes preguntas: ¿Y qué si el pájaro está muy alto? ¿Existe el riesgo de que el pájaro se rompa y uno caiga torpemente al suelo? (en tal caso, con el mundo detenido, ¿quién va a prestarle primeros auxilios?) ¿Podría emplearse, en lugar de un pájaro, algún insecto robusto, como esos intimidantes abejorros negros que a veces aparecen en el jardín? ¿Sería posible arrojar un ladrillo al aire, detener el tiempo y colgarse del ladrillo suspendido?

Todos éstos podrían ser los grandes interrogantes científicos de nuestra época. Es cierto que los científicos no se hacen esta clase de preguntas, al menos no la mayor parte de los científicos. Pero son las preguntas que los más perspicaces entre ellos podrían hacerse si tuvieran la ocasión de… bien, de detener el tiempo con un medallón mágico.

No pretendo debatir cuáles son los límites entre la ciencia y aquello que no lo es, sencillamente porque conozco dónde acaban esta clase de rencillas: en nada que resulte digno de mención. La epistemología es apasionante, pero sólo para verla durante un rato desde la vereda del frente. Nunca para tomársela en serio.

Llevo ya demasiados años escuchando a personas de todo tipo predicando sobre qué es lo que la ciencia debería hacer, qué es lo que la ciencia no debería hacer, qué es lo que la ciencia debería ser, qué es lo que no debería ser. Si un buen día alguien detuviese el tiempo con un medallón mágico, la mayor parte de los abogados de la ciencia organizaría un congreso para determinar la manera más rentable de burocratizar el fenómeno, de sistematizar su discurso, de convertirlo en un precioso filón con el cual costear más seminarios, más debates, más congresos.

Pero un puñado de infelices, estoy convencido, insistirían en colgarse de los pájaros. Luego, intentarían relacionar este hecho con todos los demás; intentarían convertir la sorpresa en discurso público y darle una forma que no le permita al tiempo disolverla. Intentarían darle una voz más atractiva que las voces que llenan claustros y anaqueles prestigiosos, que colman papers y artículos de divulgación, a la espera de que alguien pueda estar interesado; a la espera de que ellos mismos puedan estar interesados. O como dijo alguien hace ya también varios años: sólo por disfrutar del momentáneo poder adquirido por personas que jamás en sus vidas habían tenido una razón para pensar que alguien pudiera estar interesado en lo que tenían para decir.

En una entrevista de 1966, Peter Medawar, ganador del Premio Nobel por sus estudios sobre el sistema inmunológico y una especie de Mussolini de la esterilidad textual, afirmó:


El único momento de mi vida en que tuve la impresión de que se me abría un nuevo mundo fue durante mi carrera de estudiante. Un amigo y yo fuimos a trabajar en los laboratorios de Oundle para realizar algunas tareas científicas sin importancia, y yo estaba hojeando un libro de la biblioteca de Oundle cuando, en el anaquel superior (recuerdo que me subí a una escalerilla para alcanzarlo) me topé con Los principios de la matemática de Bertrand Russell. Leí el párrafo inicial, que aún puedo citar literalmente, y por alguna razón inexplicable quedé tremendamente impresionado. Ignoraba que alguien pudiera escribir sobre matemática de esa manera. Eso inició un permanente interés por la filosofía, la lógica y la lógica matemática. Es el único momento de revelación súbita que he experimentado. Accidental, como usted ve.


Creo que la mayor parte de las personas que estudian, investigan, trabajan o se interesan de alguna manera en el difuso “campo científico” han experimentado alguna vez esa sensación. Han leído algo que los dejó tremendamente impresionados y se han sorprendido de que alguien pudiera escribir sobre esos temas de esa manera. Han tenido ese momento de súbita revelación.

Parafraseando al físico Richard Feynman, la ciencia es como el sexo: seguramente tiene una utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos.

Lo hacemos por otra cosa: para colgarnos de los pájaros.

viernes 27 de febrero de 2009

Fotos de fotos


Una muestra de fotografías en medio de la revuelta autonomista, mediados de 2008 en Santa Cruz, Bolivia. (Foto: M. Pisarro)

Fotos de fotos


Una muestra de fotografías en medio de la revuelta autonomista, mediados de 2008 en Santa Cruz, Bolivia. (Foto: M. Pisarro)

jueves 26 de febrero de 2009

El mundo en un texto, Vol. 2: Escribir

Al igual que sucede con cualquier otro juego de palabras, al igual que sucede con cualquier otra fictio, con cualquier otra actividad científica o académica cuando los oropeles caen, cuando asoman los mecanismos más toscos e ineludibles (la vida cotidiana: dólares y centavos, el dinero manda y la mierda anda), el mérito de cualquier obra antropológica (o científica en general, pero prefiero atenerme a lo que mejor conozco) reside en las ganas del lector de seguir volteando las páginas para enterarse de qué viene a continuación, y no ―como sucede en la mayor parte de los casos― en contar las páginas para verificar cuánto falta para que acabe de una bendita vez.

En una novela o un cuento, digan lo que digan los estetas y los listillos, no es “el lenguaje” el que impulsa a seguir pasando las páginas; es la historia. Uno pasa las páginas para ver si la bomba explota, si el detective detiene al asesino serial, si el platillo volador destruye Nueva York o si el héroe recupera el corazón de la damisela. Queremos saber qué pasa, qué viene a continuación.

En las ciencias sociales el mecanismo textual es diferente: por lo general ya sabemos cómo termina el cuento. Ya sabemos qué se puede decir sobre tal o cual tema, pues casi todo está dicho y redicho (y hasta las pocas novedades se presentan al principio, en forma de hipótesis a comprobar o refutar); entonces aquí sí importa el lenguaje.

Es el lenguaje el que despierta en el lector ese deseo de voltear las páginas y seguir leyendo; es el lenguaje el que tiene la capacidad de transmitir la sorpresa de cada nuevo hallazgo. Se trata de una suerte de catarsis: se completa al producirse la transición entre lo interesante en el texto a lo interesante del texto.

A casi cualquiera puede resultarle interesante leer sobre gente que come cucarachas escurridizas en rituales exóticos o que se agujerea el clítoris antes de ir a bailar al Love Parade. Eso no es una novedad. La prensa amarillista lo explota a diario; también National Geographic o Discovery Channel. Pero si uno se toma en serio su trabajo, su responsabilidad reside en algo más que repetir alguna muletilla sobre las nuevas costumbres juveniles, sobre las estructuras sociales, sobre el imaginario colectivo, la consciencia de clase, las tribus urbanas, el cuerpo, la perfomance, la pulsión social, la interacción o una chorradita semejante.

Lo que el texto necesita para producir la catarsis es asumir un riesgo. Reconocer su herencia cultural (esto es sociología, esto es neurolingüística, esto es arqueología, y éstas son las reglas que producen un texto identificado con esta tradición), y a su vez, comprender que también esta herencia cultural es un objeto construido, una restricción cuyos límites pueden ponerse en consideración. Pueden negociarse y transgredirse, aunque nunca ignorarse.

“Toda tradición es ambigua ―escribió Renato Ortiz―. Por un lado, es fuente de identidad, el suelo al cual pertenecemos; por otro, las raíces, que son demasiado profundas, impiden que surjan otros movimientos. El campo científico, al reproducir las razones de su existencia, consagra determinadas maneras de ver y de proceder que, al legitimarse, funcionan como obstáculos para cualquier apertura hacia lo nuevo. En ese sentido, hay mucho conservadurismo. La dificultad para innovar es resultado de una estructura que privilegia la fijeza en detrimento del riesgo. Simmel asociaba la práctica sociológica con la aventura, con el ejercicio contante de la duda. Los nichos del ‘candombe académico’ actúan en la dirección opuesta: como en los rituales religiosos, se celebra la memoria de lo que se conoce desde tiempo atrás”.

Este conservadurismo se refleja en el acto concreto de escribir. Parafraseando a Ortiz, aunque puede que ni siquiera haga falta: el campo científico, al reproducir las razones de su existencia, consagra determinadas maneras de escribir que, al legitimarse, funcionan como obstáculos para cualquier apertura hacia lo nuevo.

Y uno podría agregar, como lo hacía Stephen King: “Joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel”. Sin embargo, cuando uno lee monografías y papers, tiene la sensación de que se escribe con la misma liviandad con que alguien lava el coche o se pone rímel.

“El acto de escribir ―anotó King― puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar al mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera”.

La mayor parte de los textos antropológicos (o científicos y académicos en general) tiene esta misma simiente: tomar la página en blanco a la ligera. Hay un malentendido irremediable, ineludible a la hora de sentarse a escribir: la creencia de que, al escribir, uno está “contando”, “representado”, “reflejando” algo que existe por fuera del texto. Los investigadores suelen hacerse preguntas sobre eso que existe más allá del texto (en antropología se lo llama “trabajo de campo” y en los cursos introductorios se habla de él como si fuese el mayor misterio humano, fuente de toda razón y aventura). Pero nunca, o casi nunca, se preguntan nada sobre el lenguaje.

¿Y por qué deberían preguntarse algo sobre el lenguaje? “No sólo porque los escritores estudian el lenguaje para escribir mejor”, respondió Umberto Eco cuando Richard Rorty le hizo esta misma pregunta, “sino también porque el asombro (y por lo tanto la curiosidad) es la fuente de todo conocimiento, el conocimiento es una fuente de placer y es sencillamente hermoso descubrir por qué y cómo determinado texto puede producir tantas interpretaciones buenas”.

Para el caso de la antropología (y afines), puede ofrecerse una respuesta todavía más mundana: porque la antropología se trata de escribir, y escribir es un asunto que concierne al lenguaje.

Ya oigo a unos cuantos acusándome de colocar una insistencia excesiva en la escritura. Lo niego. Escribir está en la médula de la actividad científica, y al afirmarlo es necesario cruzar una vez más la línea entre lo coloquial y lo académico, esta vez en sentido inverso. Cuando Arnold Schönberg afirmaba que uno pinta un cuadro y no lo que el cuadro representa, estaba completando el camino entre lo coloquial y lo académico: uno escribe un texto, no lo que el texto representa. Aún así, ni el cuadro ni el texto científico soportan una división rectilínea entre modo de representación y contenido sustantivo; lo que puede considerarse contenido sustantivo está explícita e inevitablemente ligado al modo de representación (al soporte técnico, material, quiero decir), y el verdadero artificio académico versa, entonces, en efectuar la separación con fines metodológicos.

Pero puede avanzarse un paso más.

La afirmación de Schönberg de que uno pinta un cuadro y no lo que representa rompe con la idea de adecuación e inadecuación, con la idea de que el lenguaje es un medio que está entre “el mundo” como cosa ontológica y “el yo” en cualquiera de sus versiones (idealista, realista, reduccionista, expansionista, etc.). El mundo no es algo que puede expresarse correcta o incorrectamente mediante un lenguaje determinado, sino que es creado por el uso mismo de un lenguaje.

Marx, Lévi-Strauss, Freud, Durkheim, Weber, Smith, Peirce, Saussure son, todos ellos, escritores cuya jerga hemos encontrado útil; son, por emplear una expresión de Roland Barthes que Clifford Geertz explotó a sus anchas, “fundadores de discursividad”, autores que no sólo han producido sus propias obras sino que, al hacerlo, han producido también la posibilidad y reglas de otros textos.

Ahora bien, de ahí a afirmar que su lenguaje “se adapta al mundo” hay un largo, enorme trecho. Posiblemente resulte cómodo hablar de clases, estructuras y conciencia, pero sostener que el mundo está hecho de clases, estructuras y consciencia es tan válido como sostener que está hecho de burbujas, ondas cósmicas y trayectos circulares de platillos volantes. Nada privilegia el uso de una metáfora por sobre otra más que su mismo uso, su convención. Las descripciones de la física o la biología no son menos metafóricas que las de un sociólogo o un historiador; no están más cerca de alguna verdad revelada o de alguna esencia de las cosas más profunda.

El mundo puede entenderse tanto en términos de funciones como de colores, una teoría del juego o del conflicto de clases no es más rigurosa que una teoría en base al popcorn saltando en el microondas. El hecho de que la comunidad considere más pertinente una analogía que otra ―que sea más aceptado entender la sociedad como una estructura clasista escalonada antes que como popcorn saltando en papel de aluminio― no debe pasar por alto el proceso mismo de la enunciación.

Que una analogía sea más aceptada que otra no quiere decir que el mundo sea como esa analogía, que al salir a pasear al perro uno encuentre árboles, edificios y clases sociales; quiere decir, más bien, que esa analogía es mejor que otras analogías (porque de hecho lo es) y que casi nada excepto su convención justifica su permanencia. Que el lenguaje sea arbitrario significa que en algún momento (“algún momento” tan ambiguo como el estado natural de Rousseau o John Locke) toda afirmación fue susceptible de recibir la réplica: “¿Está hablando metafóricamente, verdad?”.

Hubo un momento en que hablar de estructuras, órbitas, clases, energía o fusión era considerado una metáfora; en palabras del filósofo Donald Davidson, “alguna vez, supongo, los ríos y las botellas no tenían literalmente bocas, como las tienen hoy”. Que algunas palabras empleadas en determinados contextos hayan alcanzado el status de verdades literales es parte de las triquiñuelas del lenguaje. Por eso, una réplica de este tipo no puede hacerse en sus propios términos. Una crítica a la insuficiencia conceptual de, por ejemplo, el psicoanálisis o el marxismo no puede llevarse a cabo con su propio lenguaje. Semejante réplica, negativa, contiene también su polo positivo: la convicción de que uno posee una analogía, o un lenguaje, o un sistema explicativo, mucho mejor.

El progreso moral e intelectual, dijo una vez Rorty, es más la historia de metáforas cada vez más sutiles que la historia de una comprensión cada vez más acabada de cómo es el mundo. La historia de la ciencia es también la historia de los descubrimientos de nuevos lenguajes; de la creación de nuevos lenguajes: la capacidad de concebir determinado conocimiento que, de no existir determinado lenguaje, jamás hubiese sido posible.

La escritura no está al final; está al comienzo.

El mundo en un texto, Vol. 2: Escribir

Al igual que sucede con cualquier otro juego de palabras, al igual que sucede con cualquier otra fictio, con cualquier otra actividad científica o académica cuando los oropeles caen, cuando asoman los mecanismos más toscos e ineludibles (la vida cotidiana: dólares y centavos, el dinero manda y la mierda anda), el mérito de cualquier obra antropológica (o científica en general, pero prefiero atenerme a lo que mejor conozco) reside en las ganas del lector de seguir volteando las páginas para enterarse de qué viene a continuación, y no ―como sucede en la mayor parte de los casos― en contar las páginas para verificar cuánto falta para que acabe de una bendita vez.

En una novela o un cuento, digan lo que digan los estetas y los listillos, no es “el lenguaje” el que impulsa a seguir pasando las páginas; es la historia. Uno pasa las páginas para ver si la bomba explota, si el detective detiene al asesino serial, si el platillo volador destruye Nueva York o si el héroe recupera el corazón de la damisela. Queremos saber qué pasa, qué viene a continuación.

En las ciencias sociales el mecanismo textual es diferente: por lo general ya sabemos cómo termina el cuento. Ya sabemos qué se puede decir sobre tal o cual tema, pues casi todo está dicho y redicho (y hasta las pocas novedades se presentan al principio, en forma de hipótesis a comprobar o refutar); entonces aquí sí importa el lenguaje.

Es el lenguaje el que despierta en el lector ese deseo de voltear las páginas y seguir leyendo; es el lenguaje el que tiene la capacidad de transmitir la sorpresa de cada nuevo hallazgo. Se trata de una suerte de catarsis: se completa al producirse la transición entre lo interesante en el texto a lo interesante del texto.

A casi cualquiera puede resultarle interesante leer sobre gente que come cucarachas escurridizas en rituales exóticos o que se agujerea el clítoris antes de ir a bailar al Love Parade. Eso no es una novedad. La prensa amarillista lo explota a diario; también National Geographic o Discovery Channel. Pero si uno se toma en serio su trabajo, su responsabilidad reside en algo más que repetir alguna muletilla sobre las nuevas costumbres juveniles, sobre las estructuras sociales, sobre el imaginario colectivo, la consciencia de clase, las tribus urbanas, el cuerpo, la perfomance, la pulsión social, la interacción o una chorradita semejante.

Lo que el texto necesita para producir la catarsis es asumir un riesgo. Reconocer su herencia cultural (esto es sociología, esto es neurolingüística, esto es arqueología, y éstas son las reglas que producen un texto identificado con esta tradición), y a su vez, comprender que también esta herencia cultural es un objeto construido, una restricción cuyos límites pueden ponerse en consideración. Pueden negociarse y transgredirse, aunque nunca ignorarse.

“Toda tradición es ambigua ―escribió Renato Ortiz―. Por un lado, es fuente de identidad, el suelo al cual pertenecemos; por otro, las raíces, que son demasiado profundas, impiden que surjan otros movimientos. El campo científico, al reproducir las razones de su existencia, consagra determinadas maneras de ver y de proceder que, al legitimarse, funcionan como obstáculos para cualquier apertura hacia lo nuevo. En ese sentido, hay mucho conservadurismo. La dificultad para innovar es resultado de una estructura que privilegia la fijeza en detrimento del riesgo. Simmel asociaba la práctica sociológica con la aventura, con el ejercicio contante de la duda. Los nichos del ‘candombe académico’ actúan en la dirección opuesta: como en los rituales religiosos, se celebra la memoria de lo que se conoce desde tiempo atrás”.

Este conservadurismo se refleja en el acto concreto de escribir. Parafraseando a Ortiz, aunque puede que ni siquiera haga falta: el campo científico, al reproducir las razones de su existencia, consagra determinadas maneras de escribir que, al legitimarse, funcionan como obstáculos para cualquier apertura hacia lo nuevo.

Y uno podría agregar, como lo hacía Stephen King: “Joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel”. Sin embargo, cuando uno lee monografías y papers, tiene la sensación de que se escribe con la misma liviandad con que alguien lava el coche o se pone rímel.

“El acto de escribir ―anotó King― puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar al mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera”.

La mayor parte de los textos antropológicos (o científicos y académicos en general) tiene esta misma simiente: tomar la página en blanco a la ligera. Hay un malentendido irremediable, ineludible a la hora de sentarse a escribir: la creencia de que, al escribir, uno está “contando”, “representado”, “reflejando” algo que existe por fuera del texto. Los investigadores suelen hacerse preguntas sobre eso que existe más allá del texto (en antropología se lo llama “trabajo de campo” y en los cursos introductorios se habla de él como si fuese el mayor misterio humano, fuente de toda razón y aventura). Pero nunca, o casi nunca, se preguntan nada sobre el lenguaje.

¿Y por qué deberían preguntarse algo sobre el lenguaje? “No sólo porque los escritores estudian el lenguaje para escribir mejor”, respondió Umberto Eco cuando Richard Rorty le hizo esta misma pregunta, “sino también porque el asombro (y por lo tanto la curiosidad) es la fuente de todo conocimiento, el conocimiento es una fuente de placer y es sencillamente hermoso descubrir por qué y cómo determinado texto puede producir tantas interpretaciones buenas”.

Para el caso de la antropología (y afines), puede ofrecerse una respuesta todavía más mundana: porque la antropología se trata de escribir, y escribir es un asunto que concierne al lenguaje.

Ya oigo a unos cuantos acusándome de colocar una insistencia excesiva en la escritura. Lo niego. Escribir está en la médula de la actividad científica, y al afirmarlo es necesario cruzar una vez más la línea entre lo coloquial y lo académico, esta vez en sentido inverso. Cuando Arnold Schönberg afirmaba que uno pinta un cuadro y no lo que el cuadro representa, estaba completando el camino entre lo coloquial y lo académico: uno escribe un texto, no lo que el texto representa. Aún así, ni el cuadro ni el texto científico soportan una división rectilínea entre modo de representación y contenido sustantivo; lo que puede considerarse contenido sustantivo está explícita e inevitablemente ligado al modo de representación (al soporte técnico, material, quiero decir), y el verdadero artificio académico versa, entonces, en efectuar la separación con fines metodológicos.

Pero puede avanzarse un paso más.

La afirmación de Schönberg de que uno pinta un cuadro y no lo que representa rompe con la idea de adecuación e inadecuación, con la idea de que el lenguaje es un medio que está entre “el mundo” como cosa ontológica y “el yo” en cualquiera de sus versiones (idealista, realista, reduccionista, expansionista, etc.). El mundo no es algo que puede expresarse correcta o incorrectamente mediante un lenguaje determinado, sino que es creado por el uso mismo de un lenguaje.

Marx, Lévi-Strauss, Freud, Durkheim, Weber, Smith, Peirce, Saussure son, todos ellos, escritores cuya jerga hemos encontrado útil; son, por emplear una expresión de Roland Barthes que Clifford Geertz explotó a sus anchas, “fundadores de discursividad”, autores que no sólo han producido sus propias obras sino que, al hacerlo, han producido también la posibilidad y reglas de otros textos.

Ahora bien, de ahí a afirmar que su lenguaje “se adapta al mundo” hay un largo, enorme trecho. Posiblemente resulte cómodo hablar de clases, estructuras y conciencia, pero sostener que el mundo está hecho de clases, estructuras y consciencia es tan válido como sostener que está hecho de burbujas, ondas cósmicas y trayectos circulares de platillos volantes. Nada privilegia el uso de una metáfora por sobre otra más que su mismo uso, su convención. Las descripciones de la física o la biología no son menos metafóricas que las de un sociólogo o un historiador; no están más cerca de alguna verdad revelada o de alguna esencia de las cosas más profunda.

El mundo puede entenderse tanto en términos de funciones como de colores, una teoría del juego o del conflicto de clases no es más rigurosa que una teoría en base al popcorn saltando en el microondas. El hecho de que la comunidad considere más pertinente una analogía que otra ―que sea más aceptado entender la sociedad como una estructura clasista escalonada antes que como popcorn saltando en papel de aluminio― no debe pasar por alto el proceso mismo de la enunciación.

Que una analogía sea más aceptada que otra no quiere decir que el mundo sea como esa analogía, que al salir a pasear al perro uno encuentre árboles, edificios y clases sociales; quiere decir, más bien, que esa analogía es mejor que otras analogías (porque de hecho lo es) y que casi nada excepto su convención justifica su permanencia. Que el lenguaje sea arbitrario significa que en algún momento (“algún momento” tan ambiguo como el estado natural de Rousseau o John Locke) toda afirmación fue susceptible de recibir la réplica: “¿Está hablando metafóricamente, verdad?”.

Hubo un momento en que hablar de estructuras, órbitas, clases, energía o fusión era considerado una metáfora; en palabras del filósofo Donald Davidson, “alguna vez, supongo, los ríos y las botellas no tenían literalmente bocas, como las tienen hoy”. Que algunas palabras empleadas en determinados contextos hayan alcanzado el status de verdades literales es parte de las triquiñuelas del lenguaje. Por eso, una réplica de este tipo no puede hacerse en sus propios términos. Una crítica a la insuficiencia conceptual de, por ejemplo, el psicoanálisis o el marxismo no puede llevarse a cabo con su propio lenguaje. Semejante réplica, negativa, contiene también su polo positivo: la convicción de que uno posee una analogía, o un lenguaje, o un sistema explicativo, mucho mejor.

El progreso moral e intelectual, dijo una vez Rorty, es más la historia de metáforas cada vez más sutiles que la historia de una comprensión cada vez más acabada de cómo es el mundo. La historia de la ciencia es también la historia de los descubrimientos de nuevos lenguajes; de la creación de nuevos lenguajes: la capacidad de concebir determinado conocimiento que, de no existir determinado lenguaje, jamás hubiese sido posible.

La escritura no está al final; está al comienzo.

martes 24 de febrero de 2009

El mundo en un texto, Vol. 1: Juegos de palabras

El sociólogo y antropólogo brasileño Renato Ortiz comenzó su libro de 2004, Taquigrafiando lo social, con una afirmación rotunda: “Las ciencias sociales viven de los conceptos. Tallarlos es un arte. No necesariamente en el sentido artístico de la palabra, sino en cuanto artesanía, un hacer, como decía Wright Mills”.

El objeto sociológico ―propuso Ortiz― es un artefacto hecho pieza por pieza. Comparaba la tarea con un tipo específico de quehacer doméstico: la costura. “Coser requiere habilidad y cierto conocimiento. Y es sólo con la práctica, acumulada a lo largo de los años, como se llega a confeccionar, satisfactoriamente, una prenda, una toalla, un adorno”.

Pero Ortiz fue un paso más allá, un paso que suele ser incómodo en el campo científico en general, y de las ciencias sociales en particular: Ortiz habló de escritura.

“Los científicos sociales insisten en decir que la construcción del objeto sociológico es fundamental en el movimiento de comprensión de la sociedad. Tienen razón, pero se olvidan a veces de añadir: ella se realiza en el texto. La escritura es el soporte y la concretización del recorte conceptual. Las mismas informaciones, los mismos datos, pueden ser cosidos de manera diferente. No hay objeto fuera del texto y su contenido, para existir, debe formalizarse”.

Aunque cueste creerlo, una afirmación tan obvia sigue teniendo un carácter casi repulsivo en determinados ámbitos, que en general coinciden con los espacios de poder del mundo académico, universitario, científico en general (el mundo de las subvenciones, las becas, los cargos, las conferencias y las conspiraciones palaciegas). Afirmar que la escritura es el soporte y la concretización del recorte conceptual de las ciencias sociales sigue teniendo una importante resistencia. Decir que lo que uno hace es escribir, y peor aún, animarse a hacerlo en público desentendiéndose de la jerga más desmañada, supone ratificar una sospecha: que lo que uno está haciendo no es serio.

Que es, a lo sumo, un divertimento literario.

En 1973 el antropólogo Clifford Geertz publicó su libro La interpretación de las culturas, una suerte de pequeño clásico y piedra de toque para muchas corrientes académicas contemporáneas (aquí completo). Hay una línea, breve aunque rotunda, que condensa gran parte de la tensión de ese punto de ruptura. Esta línea ha sido debatida, analizada, festejada e injuriada, y aún así tengo la impresión de que no muchos recordaron tomarla, también, en su sentido más literal y menos académico. La línea dice:


¿Qué hace el etnógrafo? El etnógrafo escribe.


El antropólogo escribe, y lo hace en lo más mundano de la expresión. Lo que el antropólogo entrega al mundo cuando el día llega a su fin no es un debate epistemológico, ni el diploma de asistencia a un congreso, ni siquiera las ampollas por haber estado en medio de la selva rodeado de tipos en taparrabos; lo que entrega al mundo, en el mejor de los casos, es un artículo o un libro. Un texto.

¿Qué se espera de un realizador cinematográfico? Una película. Allá los debates sobre creación artística, presupuestos, maravillas técnicas o lo que Leopoldo Torre Nilsson llamó cualquier “apriorismo cultural o anecdótico o moral”. Como espectador, lo que espero del realizador cinematográfico es una película: que me cuente algo ―una historia de mafiosos o cowboys, las penurias de una comunidad marginada o un engendro artsy sin pies ni cabeza―, y que lo haga de la manera más creativa en que le sea posible. Lo que espero es que me sorprenda, que es lo mismo que espero de cada libro, cada ciudad, cada calle o cada persona que conozco.

Los antropólogos pueden justificar de mil modos lo que hacen o dejan de hacer; pero al igual que un semiólogo, un historiador o un sociólogo, lo que hacen es escribir sobre un aspecto específico de la cultura, la sociedad y la vida del hombre en general.

Stephen King comenzó su libro Mientras escribo diciendo que una vez consultó a la escritora Ami Tan sobre qué pregunta jamás le habían hecho luego de una conferencia; tras meditarlo un momento, la mujer le respondió: “Nunca me preguntan nada sobre el lenguaje”.

Es un buen punto. Los antropólogos tampoco suelen preguntarse nada sobre el lenguaje. “Lo que un buen etnógrafo debe hacer ―escribió Geertz en El antropólogo como autor, recargando las tintas con ironía― es ir a los sitios, volver con información sobre la gente que vive allí, y poner dicha información a disposición de la comunidad profesional de un modo práctico, en vez de vagar por las bibliotecas reflexionando sobre cuestiones literarias”.

El problema, explicó, es que centrarse en esas “cuestiones literarias” acarrea el riesgo de convertir a la antropología en “un mero juego de palabras” y demostrar que, al igual que el truco de la mujer partida al medio con un serrucho, no se trata más que de una simple ilusión. Para las ciencias sociales, tan acomplejadas por la búsqueda de legitimidad en sus presupuestos, nada podría ser más grave.

Un juego de palabras es una figura retórica que afecta la forma de las palabras o las frases; consiste en la sustitución de unos fonemas por otros muy semejantes que alteran el sentido de la expresión. Es una metábola de la clase de los metaplasmos y se produce por sustitución parcial, vale decir, supresión y adición de fonemas. Pero esto no es más que aritmética. Seguramente Geertz no pensaba en esto cuando escribió que centrarse en las “cuestiones literarias” supone el riesgo de transformar a cierta producción científica en “un mero juego de palabras”, aunque el texto deja entrever la idea principal: que un juego de palabras pone en funcionamiento una gran multitud de figuras retóricas.

De ahí a hablar de “ilusión”, o de algo peor, hay un paso pequeño.

La expresión “juego de palabras” es de por sí incómoda. La existencia misma de un vocablo semejante, observó el lingüista búlgaro Tzvetan Todorov, implica una oposición, un entredicho, respecto a “la utilización de las palabras tal como ésta es practicada dentro de todas las circunstancias de la vida cotidiana”. Es decir, un choque entre el uso “natural” y el uso “artificial” del lenguaje.

Un juego de palabras, como lo entendía Todorov, es un texto breve cuya construcción obedece a una regla explícita que concierne preferentemente al significante. Entonces: regla explícita, brevedad, nivel del significante. La brevedad no es pertinente en el caso de las ciencias sociales y la preponderancia del significante es discutible según qué entienda uno por “preponderancia del significante”; lo que importa es la regla explícita.

Una regla explícita choca contra un conjunto de textos cuyas reglas no necesitan explicitarse; el lenguaje “natural” ―de reglas implícitas― no necesita ser explicado, allí no hay trucos, lo que uno ve es lo que hay, la mujer partida al medio por un serrucho se muere en lugar de mover los piecitos.

La legitimidad del discurso científico opera bajo esa premisa: que su lenguaje no necesita de explicación, que no necesita de reglas explícitas (que no es lo mismo que decir que no necesita de sistematización de reglas metodológicas), pues allí no hay nada que explicar o explicitar. Los trucos son para ilusionistas de circo, no para científicos. Un juego de palabras supone una regla explícita, no implícita; una regla explícita supone un truco de oratoria, una desviación del grado cero, un desplazamiento del serio mundo de lo denotativo hacia… bueno, vaya a saber uno hacia dónde (Todorov hizo notar que, históricamente, los juegos de palabras fueron explicados por el mal, el demonio, la locura y la irresponsabilidad política).

“La literatura es el discurso construido por excelencia ―advirtió Todorov―, de allí su afinidad congénita con el juego de palabras”. La asociación era precisa. “Discurso construido” era el sentido que Geertz le daba a “fictio”: “Ficciones en el sentido de que son algo ‘hecho’, algo ‘formado’, ‘compuesto’”.

Estoy convencido de que no sería ningún desacierto, y mucho menos ningún menosprecio, afirmar que el texto antropológico (al igual que el texto de la sociología, la semiótica, la economía, la matemática, la física, la historia, y más) consiste en un juego de palabras. Un juego de palabras que requiere una formación específica, seguro; un juego de palabras que exige una preparación sistemática en un campo determinado, sin dudas.

Pero el producto final, aquello que el antropólogo le ofrece al mundo, es un juego de palabras cuyo fin es ―diría Geertz― instruir, entretener, aconsejar, fomentar el progreso moral, descubrir el orden de la conducta y, principalmente, ampliar el universo del discurso humano.

El mundo en un texto, Vol. 1: Juegos de palabras

El sociólogo y antropólogo brasileño Renato Ortiz comenzó su libro de 2004, Taquigrafiando lo social, con una afirmación rotunda: “Las ciencias sociales viven de los conceptos. Tallarlos es un arte. No necesariamente en el sentido artístico de la palabra, sino en cuanto artesanía, un hacer, como decía Wright Mills”.

El objeto sociológico ―propuso Ortiz― es un artefacto hecho pieza por pieza. Comparaba la tarea con un tipo específico de quehacer doméstico: la costura. “Coser requiere habilidad y cierto conocimiento. Y es sólo con la práctica, acumulada a lo largo de los años, como se llega a confeccionar, satisfactoriamente, una prenda, una toalla, un adorno”.

Pero Ortiz fue un paso más allá, un paso que suele ser incómodo en el campo científico en general, y de las ciencias sociales en particular: Ortiz habló de escritura.

“Los científicos sociales insisten en decir que la construcción del objeto sociológico es fundamental en el movimiento de comprensión de la sociedad. Tienen razón, pero se olvidan a veces de añadir: ella se realiza en el texto. La escritura es el soporte y la concretización del recorte conceptual. Las mismas informaciones, los mismos datos, pueden ser cosidos de manera diferente. No hay objeto fuera del texto y su contenido, para existir, debe formalizarse”.

Aunque cueste creerlo, una afirmación tan obvia sigue teniendo un carácter casi repulsivo en determinados ámbitos, que en general coinciden con los espacios de poder del mundo académico, universitario, científico en general (el mundo de las subvenciones, las becas, los cargos, las conferencias y las conspiraciones palaciegas). Afirmar que la escritura es el soporte y la concretización del recorte conceptual de las ciencias sociales sigue teniendo una importante resistencia. Decir que lo que uno hace es escribir, y peor aún, animarse a hacerlo en público desentendiéndose de la jerga más desmañada, supone ratificar una sospecha: que lo que uno está haciendo no es serio.

Que es, a lo sumo, un divertimento literario.

En 1973 el antropólogo Clifford Geertz publicó su libro La interpretación de las culturas, una suerte de pequeño clásico y piedra de toque para muchas corrientes académicas contemporáneas (aquí completo). Hay una línea, breve aunque rotunda, que condensa gran parte de la tensión de ese punto de ruptura. Esta línea ha sido debatida, analizada, festejada e injuriada, y aún así tengo la impresión de que no muchos recordaron tomarla, también, en su sentido más literal y menos académico. La línea dice:


¿Qué hace el etnógrafo? El etnógrafo escribe.


El antropólogo escribe, y lo hace en lo más mundano de la expresión. Lo que el antropólogo entrega al mundo cuando el día llega a su fin no es un debate epistemológico, ni el diploma de asistencia a un congreso, ni siquiera las ampollas por haber estado en medio de la selva rodeado de tipos en taparrabos; lo que entrega al mundo, en el mejor de los casos, es un artículo o un libro. Un texto.

¿Qué se espera de un realizador cinematográfico? Una película. Allá los debates sobre creación artística, presupuestos, maravillas técnicas o lo que Leopoldo Torre Nilsson llamó cualquier “apriorismo cultural o anecdótico o moral”. Como espectador, lo que espero del realizador cinematográfico es una película: que me cuente algo ―una historia de mafiosos o cowboys, las penurias de una comunidad marginada o un engendro artsy sin pies ni cabeza―, y que lo haga de la manera más creativa en que le sea posible. Lo que espero es que me sorprenda, que es lo mismo que espero de cada libro, cada ciudad, cada calle o cada persona que conozco.

Los antropólogos pueden justificar de mil modos lo que hacen o dejan de hacer; pero al igual que un semiólogo, un historiador o un sociólogo, lo que hacen es escribir sobre un aspecto específico de la cultura, la sociedad y la vida del hombre en general.

Stephen King comenzó su libro Mientras escribo diciendo que una vez consultó a la escritora Ami Tan sobre qué pregunta jamás le habían hecho luego de una conferencia; tras meditarlo un momento, la mujer le respondió: “Nunca me preguntan nada sobre el lenguaje”.

Es un buen punto. Los antropólogos tampoco suelen preguntarse nada sobre el lenguaje. “Lo que un buen etnógrafo debe hacer ―escribió Geertz en El antropólogo como autor, recargando las tintas con ironía― es ir a los sitios, volver con información sobre la gente que vive allí, y poner dicha información a disposición de la comunidad profesional de un modo práctico, en vez de vagar por las bibliotecas reflexionando sobre cuestiones literarias”.

El problema, explicó, es que centrarse en esas “cuestiones literarias” acarrea el riesgo de convertir a la antropología en “un mero juego de palabras” y demostrar que, al igual que el truco de la mujer partida al medio con un serrucho, no se trata más que de una simple ilusión. Para las ciencias sociales, tan acomplejadas por la búsqueda de legitimidad en sus presupuestos, nada podría ser más grave.

Un juego de palabras es una figura retórica que afecta la forma de las palabras o las frases; consiste en la sustitución de unos fonemas por otros muy semejantes que alteran el sentido de la expresión. Es una metábola de la clase de los metaplasmos y se produce por sustitución parcial, vale decir, supresión y adición de fonemas. Pero esto no es más que aritmética. Seguramente Geertz no pensaba en esto cuando escribió que centrarse en las “cuestiones literarias” supone el riesgo de transformar a cierta producción científica en “un mero juego de palabras”, aunque el texto deja entrever la idea principal: que un juego de palabras pone en funcionamiento una gran multitud de figuras retóricas.

De ahí a hablar de “ilusión”, o de algo peor, hay un paso pequeño.

La expresión “juego de palabras” es de por sí incómoda. La existencia misma de un vocablo semejante, observó el lingüista búlgaro Tzvetan Todorov, implica una oposición, un entredicho, respecto a “la utilización de las palabras tal como ésta es practicada dentro de todas las circunstancias de la vida cotidiana”. Es decir, un choque entre el uso “natural” y el uso “artificial” del lenguaje.

Un juego de palabras, como lo entendía Todorov, es un texto breve cuya construcción obedece a una regla explícita que concierne preferentemente al significante. Entonces: regla explícita, brevedad, nivel del significante. La brevedad no es pertinente en el caso de las ciencias sociales y la preponderancia del significante es discutible según qué entienda uno por “preponderancia del significante”; lo que importa es la regla explícita.

Una regla explícita choca contra un conjunto de textos cuyas reglas no necesitan explicitarse; el lenguaje “natural” ―de reglas implícitas― no necesita ser explicado, allí no hay trucos, lo que uno ve es lo que hay, la mujer partida al medio por un serrucho se muere en lugar de mover los piecitos.

La legitimidad del discurso científico opera bajo esa premisa: que su lenguaje no necesita de explicación, que no necesita de reglas explícitas (que no es lo mismo que decir que no necesita de sistematización de reglas metodológicas), pues allí no hay nada que explicar o explicitar. Los trucos son para ilusionistas de circo, no para científicos. Un juego de palabras supone una regla explícita, no implícita; una regla explícita supone un truco de oratoria, una desviación del grado cero, un desplazamiento del serio mundo de lo denotativo hacia… bueno, vaya a saber uno hacia dónde (Todorov hizo notar que, históricamente, los juegos de palabras fueron explicados por el mal, el demonio, la locura y la irresponsabilidad política).

“La literatura es el discurso construido por excelencia ―advirtió Todorov―, de allí su afinidad congénita con el juego de palabras”. La asociación era precisa. “Discurso construido” era el sentido que Geertz le daba a “fictio”: “Ficciones en el sentido de que son algo ‘hecho’, algo ‘formado’, ‘compuesto’”.

Estoy convencido de que no sería ningún desacierto, y mucho menos ningún menosprecio, afirmar que el texto antropológico (al igual que el texto de la sociología, la semiótica, la economía, la matemática, la física, la historia, y más) consiste en un juego de palabras. Un juego de palabras que requiere una formación específica, seguro; un juego de palabras que exige una preparación sistemática en un campo determinado, sin dudas.

Pero el producto final, aquello que el antropólogo le ofrece al mundo, es un juego de palabras cuyo fin es ―diría Geertz― instruir, entretener, aconsejar, fomentar el progreso moral, descubrir el orden de la conducta y, principalmente, ampliar el universo del discurso humano.

lunes 23 de febrero de 2009

Azules

Al sur de Mar del Plata. (Foto: M. Pisarro)

Azules

Al sur de Mar del Plata. (Foto: M. Pisarro)

domingo 22 de febrero de 2009

Una gambeta al lugar común

Buenos Aires está pegajosa en el Día de San Valentín. Calor insoportable, asfalto reblandecido, gente grande cargando osos de peluche. Atardece en Costanera Sur cuando Palo Pandolfo interpreta algunos hits de la bisagra años 80/90: agua tónica en la dulzura pop. “Ella vendrá/ y al fin el techo dejara de aplastarme/ Dejará de verme/ Solitario besando mi almohada/ Solitario quemando mi cama/ Solitario esperándote”, canta cortesía de Don Cornelio y La Zona, 1987, y más tarde, cortesía de Los Visitantes en 1993: “Tiempo, tiempo sin una palabra/ viajes, soledad y depresión/ Y al fin -suerte- su destino/ ella sola y otra ropa/ Y en el silencio del cuarto/ otro color en la silla”. La melancolía oscura queda flotando en el aire. “Gracias, salud y...”, dice Pandolfo, y ahí se queda, como para no decir “dinero”, por superficial, ni “amor”, por trivial. 

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 282, Diario Clarín, sábado 21 de febrero de 2009.

Ruta 2

Amanecer lluvioso en la Ruta 2, camino a Mar del Plata. (Foto: M. Pisarro)

Ruta 2

Amanecer lluvioso en la Ruta 2, camino a Mar del Plata. (Foto: M. Pisarro)

¿Qué pasa con los años?

En la plaza central de Viedma, Provincia de Río Negro. (Foto: M. Pisarro)

¿Qué pasa con los años?

En la plaza central de Viedma, Provincia de Río Negro. (Foto: M. Pisarro)

sábado 21 de febrero de 2009

San Valentín

Buenos Aires está pegajosa en el Día de San Valentín. Calor insoportable, asfalto reblandecido, gente grande cargando osos de peluche.

Atardece en Costanera Sur cuando Palo Pandolfo interpreta algunos hits de la bisagra años 80/90: agua tónica en la dulzura pop. “Ella vendrá/ y al fin el techo dejara de aplastarme/ Dejará de verme/ Solitario besando mi almohada/ Solitario quemando mi cama/ Solitario esperándote”, canta cortesía de Don Cornelio y La Zona, 1987, y más tarde, cortesía de Los Visitantes en 1993: “Tiempo, tiempo sin una palabra/ viajes, soledad y depresión/ Y al fin -suerte- su destino/ ella sola y otra ropa/ Y en el silencio del cuarto/ otro color en la silla”. La melancolía oscura queda flotando en el aire.

“Gracias, salud y...”, dice Pandolfo, y ahí se queda, como para no decir “dinero”, por superficial, ni “amor”, por trivial.

Revista Ñ, 282, febrero de 2009

San Valentín

Buenos Aires está pegajosa en el Día de San Valentín. Calor insoportable, asfalto reblandecido, gente grande cargando osos de peluche.

Atardece en Costanera Sur cuando Palo Pandolfo interpreta algunos hits de la bisagra años 80/90: agua tónica en la dulzura pop. “Ella vendrá/ y al fin el techo dejara de aplastarme/ Dejará de verme/ Solitario besando mi almohada/ Solitario quemando mi cama/ Solitario esperándote”, canta cortesía de Don Cornelio y La Zona, 1987, y más tarde, cortesía de Los Visitantes en 1993: “Tiempo, tiempo sin una palabra/ viajes, soledad y depresión/ Y al fin -suerte- su destino/ ella sola y otra ropa/ Y en el silencio del cuarto/ otro color en la silla”. La melancolía oscura queda flotando en el aire.

“Gracias, salud y...”, dice Pandolfo, y ahí se queda, como para no decir “dinero”, por superficial, ni “amor”, por trivial.

Revista Ñ, 282, febrero de 2009

viernes 20 de febrero de 2009

Juventud divino tesoro

Sucedió en algún momento del siglo XX: la juventud dejó de ser una edad para convertirse en un concepto. El concepto dio pie a un mercado, y el mercado generó sus propios valores, que pronto se convirtieron en la moral predominante en buena parte de Occidente. La juventud se volvió un bien preciado, y decir que alguien ya no es joven (pues, convertida en concepto, ¿qué es la juventud más que un “estado del alma”?) se parece a señalar que alguien no tiene boca, o nariz, u orejas.

Sin embargo, los datos empíricos son enfáticos: el promedio etario de las personas que el lunes se arremolinaban en el Centro Cultural de la Cooperación superaba con creces la edad jubilatoria. Queda mal decir que estaba lleno de viejos, pero estaba lleno de viejos. Y lleno en serio.

Faltaba media hora para que empezara la charla y la sala ya estaba colmada. Un caos en la recepción. “No hay más capacidad”, gruñía de mal modo el tipo de informes. “No se puede pasar”, gruñía de peor modo el tipo de seguridad frente a las puertas cerradas de la sala. Patovicas, sólo que sacudiendo un bastón oral.

Mesa redonda en el segundo subsuelo: “La tradición filosófica judía y la tragedia de Gaza”. Lo anunciaron en Canal 7, se corría la voz; por eso hay tanta gente. ¿Y no es de viejos mirar Canal 7?
Algunos, los que tenían doble programa, estaban perplejos: no sabían si quedarse en las escaleras o alrededor de la puerta cerrada de la sala, o si irse a hacer tiempo hasta que empezara, en Esmeralda y Corrientes, la milonga frente al Teatro Maipo. Y encima seguía llegando gente, caminando despacio, en silencio, tambaleante, la vista medio perdida por el imprevisto sofocón. Queda mal decir que parecía “La noche de los muertos vivientes”, pero parecía.

Ya estaba oscuro frente al centenario -o sea viejo- Teatro Maipo. El presentador en el escenario, de punta en blanco y gomina, anunció una clase magistral a cargo de María Nieves, bailarina, actriz, símbolo. Ovación sostenida.

María Nieves es como la abuela porteña perfecta. Habla tan canchero con esa voz aguardentosa de barrio, tan justo, tan piola. Lo primero que dijo fue que no puede darle una clase a nadie, que ya está grande, que es del 34 y que va para los 75 (“siete cinco”). Que ahora se baila distinto el tango. Que los jóvenes bailan cortito, apretado, todo chiquito, moviendo mucho el culito; antes, explicó Nieves, se bailaba largo.

Entonces bailó. Y era un placer verla bailar largo, disfrutándolo, sin el gesto concentrado de los jóvenes que movían mucho el culito y parecían estar emulando a Jackie Chan más que a Benito Bianquet, el Cachafaz.

Le pidieron otra técnica, otro consejo. María Nieves suspiró: “¿Para qué? Si no me dan bola”.
Antes se bailaba largo, se lo ve en las películas de Canal 7. Antes, cuando todavía existían los viejos, y los jóvenes les hacían caso.

Revista Ñ, 282, febrero de 2009

Juventud divino tesoro

Sucedió en algún momento del siglo XX: la juventud dejó de ser una edad para convertirse en un concepto. El concepto dio pie a un mercado, y el mercado generó sus propios valores, que pronto se convirtieron en la moral predominante en buena parte de Occidente. La juventud se volvió un bien preciado, y decir que alguien ya no es joven (pues, convertida en concepto, ¿qué es la juventud más que un “estado del alma”?) se parece a señalar que alguien no tiene boca, o nariz, u orejas.

Sin embargo, los datos empíricos son enfáticos: el promedio etario de las personas que el lunes se arremolinaban en el Centro Cultural de la Cooperación superaba con creces la edad jubilatoria. Queda mal decir que estaba lleno de viejos, pero estaba lleno de viejos. Y lleno en serio.

Faltaba media hora para que empezara la charla y la sala ya estaba colmada. Un caos en la recepción. “No hay más capacidad”, gruñía de mal modo el tipo de informes. “No se puede pasar”, gruñía de peor modo el tipo de seguridad frente a las puertas cerradas de la sala. Patovicas, sólo que sacudiendo un bastón oral.

Mesa redonda en el segundo subsuelo: “La tradición filosófica judía y la tragedia de Gaza”. Lo anunciaron en Canal 7, se corría la voz; por eso hay tanta gente. ¿Y no es de viejos mirar Canal 7?
Algunos, los que tenían doble programa, estaban perplejos: no sabían si quedarse en las escaleras o alrededor de la puerta cerrada de la sala, o si irse a hacer tiempo hasta que empezara, en Esmeralda y Corrientes, la milonga frente al Teatro Maipo. Y encima seguía llegando gente, caminando despacio, en silencio, tambaleante, la vista medio perdida por el imprevisto sofocón. Queda mal decir que parecía “La noche de los muertos vivientes”, pero parecía.

Ya estaba oscuro frente al centenario -o sea viejo- Teatro Maipo. El presentador en el escenario, de punta en blanco y gomina, anunció una clase magistral a cargo de María Nieves, bailarina, actriz, símbolo. Ovación sostenida.

María Nieves es como la abuela porteña perfecta. Habla tan canchero con esa voz aguardentosa de barrio, tan justo, tan piola. Lo primero que dijo fue que no puede darle una clase a nadie, que ya está grande, que es del 34 y que va para los 75 (“siete cinco”). Que ahora se baila distinto el tango. Que los jóvenes bailan cortito, apretado, todo chiquito, moviendo mucho el culito; antes, explicó Nieves, se bailaba largo.

Entonces bailó. Y era un placer verla bailar largo, disfrutándolo, sin el gesto concentrado de los jóvenes que movían mucho el culito y parecían estar emulando a Jackie Chan más que a Benito Bianquet, el Cachafaz.

Le pidieron otra técnica, otro consejo. María Nieves suspiró: “¿Para qué? Si no me dan bola”.
Antes se bailaba largo, se lo ve en las películas de Canal 7. Antes, cuando todavía existían los viejos, y los jóvenes les hacían caso.

Revista Ñ, 282, febrero de 2009

lunes 16 de febrero de 2009

Romance del enamorado y la chica-tortuga

El sábado se festejó en buena parte del mundo civilizado el Día de San Valentín, el Día de los Enamorados. El único comportamiento justificado en estas celebraciones consiste en bajar las persianas, no prender la tele, no abrir los periódicos, no leer las cadenas de correo electrónico, ni siquiera usar Google (una de las “o” de cuyo logo fue sustituida por un corazón, y adornado con dos pajarillos enamorados y felices). Sólo así es posible evitarse la vergüenza ajena que provoca ver a personas adultas haciendo el ridículo. Por algo nuestra civilización inventó a los adolescentes. Para que sean ellos quienes cometen las estupideces, no nosotros.

Pero la gente sensata hace cosas muy estúpidas cuando está enamorada. Y si algún listillo de mercadotecnia anuncia que en San Valentín hay que demostrar cuán enamorado está uno, las personas sensatas se pelean por ver quién hace la cosa más estúpida. De pronto todo el mundo parece tener trece años y la cara llena de granos.

Por supuesto, no voy a tirar la primera piedra, pues los pecados de juventud están para ser cometidos y luego lamentados. Recuerdo que una vez, en San Valentín, cometí la torpeza de regalarle a una pretérita chica del momento una tortuga de cerámica. Movía la cabeza y todo, la tortuga. La chica miró la tortuga como si estuviese observando un sorete de perro que acababa de encontrarse tirado en la vereda y, en lugar de “¡qué linda!” o “¡gracias!”, exclamó:

―¡Dejá de regalarme tortugas!

No es que anduviese por la vida regalando tortugas, pero, como esta muchacha había manifestado su gusto por estos reptiles, ya le había obsequiado una con no sé qué excusa (la tortuga anterior era de peluche, para peor). En otra ocasión, estando en Mar del Plata, me levanté temprano para comprar facturas y sorprenderla con el desayuno. También quería llevarle, junto al diario y las medialunas, algún obsequio. Pero era domingo, apenas amanecía, y sólo conseguí uno de esos tradicionales lobos marinos en miniatura. Puse el paquete junto a su taza de café, feliz, esperando su reacción.

―¡Es la cosa más espantosa que he visto en mi vida!

Creo que fue ese día cuando me sugirió que, cada vez que tuviera ganas de hacerle uno de los regalos horribles que le hacía, guardara la plata y que, cuando juntara un buen monto, le comprara algo que no pareciese encontrado en el fondo de un tacho de la basura.

Pensándolo a la distancia, creo que fue esta chica la que convirtió mi candoroso corazón juvenil en una baldosa cínica y manipuladora. Cada vez que hacía algo medianamente romántico, y solía hacerlo con molesta frecuencia, esta chica se encargaba de arrojarle cubos de agua helada. Su reacción inmediata era amonestarme.

Una vez crucé media Patagonia sólo para invitarla a tomar un café, por tierra, en medio de una rampante huelga de transporte y con trayectos de horas que se convertían en días por la escasez de combustible. Iba a ser una sorpresa, el gesto caballeroso que lleva a que las chicas se sientan queridas y halagadas. Viajé tres días, llegué exhausto, sucio y con medio centavo en el bolsillo. La llamé por teléfono y anuncié muy heroicamente mi presencia en la ciudad, donde ella vacacionaba con su familia. La imaginé corriendo hacia mí, sacudiendo los brazos, una orquesta con mil violines sonando de fondo, los testigos sonriendo y emocionándose por la escena, algún descendiente de Alfred Eisenstadt sacando una fotografía para la revista Life.

―¿Querés tomar un café? ―le pregunté, con un aire casi retórico, esperando oír su alegría.

―No sé ―dijo, desinteresada―. Si vos querés, sí; si no, no…

Sus frases predilectas eran “no puedo, tengo que estudiar” y “no puedo, tengo que salir con mis amigas”. Si le llevaba flores, exclamaba: “¡Te dije que no me gustan las flores!”. Si quería tomarle una fotografía, se tapaba el rostro o hacía el gesto de fuck you. Su forma más común de demostrar lo que ella llamaba “cariño” era extender su dedo índice y tocarte alguna parte de tu cuerpo (el brazo, la cabeza, el pecho) con la actitud que tienen los niños que le pican los ojos con un palo a un bicho muerto que encontraron tirado en la playa. Más que sentirme querido, cuando hacía eso me sentía parte de un experimento científico.

Cuando terminamos nuestra relación, y yo le explicaba en plena vía pública las razones por las cuales no debíamos terminarla mientras lloraba patéticamente cuan John Cusack en Alta fidelidad, ella contaba las monedas para el colectivo, atendía el celular y le decía a sus amigas: “Sí, sí, ahora voy”.

―Me quiero ir. Estoy llegando tarde. Dale, decime lo que me quieras decir. Te doy cinco minutos y me voy.

―¡Esto es importante! ―mariconeaba yo, con las lágrimas cayéndome por la cara y tratando de decir cualquier cosa conveniente como todo hombre con el corazón roto que quiere quedarse cinco minutos más al lado de la chica que le gusta, aunque sea para pelearse y sentirse miserable; John Cusack lo entendería―. ¡No nos vamos a ver nunca más en la vida! ¡Ya nunca dormirás sobre mi pecho! ¡Ya nunca acariciaré tu rostro al despertarte!

―Tampoco es tan grave ―me decía ella, tranquila, marcando el celular y buscando alguien a quien pedirle fuego para su cigarrillo―. La gente se separa todos los días… ¿Hola, chicas? ¡Sí, ya termino esto y salgo para allá!

Por supuesto que le seguí mandando mails, llamándola, apareciéndome en la puerta de su trabajo, haciendo todas esas cosas que nunca, bajo ningún punto de vista y bajo ninguna circunstancia, hay que hacer. Si hubiese existido YouTube le habría mandado canciones tristes de Johnny Cash o Bob Dylan para explicarle cuán roto estaba mi corazón y cuánto la extrañaba; si hubiese tenido plata, habría contratado un grupo de mariachis para ir a tocarle serenatas en la puerta de su casa. Todo lo que podía hacerse mal, lo hice mal.

La última vez que la vi hizo lo que, al fin de cuentas, acaban haciendo todas las pretéritas chicas del momento: amenazarme con hacer una denuncia a la policía.

Y lo peor es que parece que exagero. Pero no. Sólo le doy un tinte literario, pero no exagero.

Pensándolo bien, lo peor de todo es que estaba verdaderamente enamorado de la chica-tortuga y que me hubiese arrastrado por el suelo miles de kilómetros para que volviera a utilizarme para sus experimentos científicos.

La conclusión es que, por obra y gracia de quién sabe qué, solemos hacer cosas muy estúpidas cuando estamos enamorados. Por estar enamorado, por ejemplo, me volví vegetariano, fan de Kenny Rogers, leí libros de metafísica y estuve a un pelo de solicitar la ciudadanía rumana. Y regalé tortugas para el Día de San Valentín.

¿Hay algo peor que estar enamorado? ¿A quién se le ocurre celebrar semejante cosa?

El problema con el Día de San Valentín es que se celebra algo inconcluso. Estar enamorado es sólo una parte del proceso, pero no es el producto terminado: es sólo una etapa de una sucesión de etapas que terminan con gritos, llantos, denuncias policiales y tortugas de cerámica estrellándose contra la pared.

Festejar el Día de los Enamorados es como batir unos huevos, señalarlos con orgullo y exclamar: “¡Esta es una torta!”.

Y no, no es una torta. Las personas no deberían decir “¡qué rica torta!” cuando uno recién ha batido los huevos, al igual que no deberían pasearse por la ciudad con tortugas de peluche sabiendo por experiencia que la eventual chica del momento se olvidará de uno ―diría mi amigo IGN― más rápido de lo que lleva pelar una Bananita Dolca.

Este fin de semana, los periódicos repitieron la regla noticiosa de cada año: el sábado hablaron de los enamorados y se preguntaron por las razones químicas que hacen que uno se enamore; el domingo publicaron informes donde explicaban por qué las relaciones ya no duran y las parejas se separan cada vez más.

Empiezo a preguntarme por la dinámica de las separaciones: rupturas de noviazgos, divorcios de matrimonios. Busco bibliografía medianamente seria sobre el tema y no encuentro nada rescatable. Entonces lo entiendo: como sociedad, cometimos la imprudencia de depositar el análisis de las rupturas de parejas en manos de psicólogos y filósofos. Y nos desentendimos del tema. Les dijimos: Miren, nosotros tenemos que estudiar cosas importantes, ustedes encárguense de esto.

Y les dimos el tema.

Y por haberles dado el tema tenemos a la chica-tortuga diciendo que bueno, que qué cagada, que es parte de la vida y ya se me va a pasar.

La psicología y la filosofía convirtieron lo que es una guerra despiadada en una profunda experiencia de superación personal. Terminar una relación es lo más parecido que uno puede encontrar a una destrucción mutua garantizada: una de las partes terminará mejor que la otra, y lo que uno debe hacer, siempre, es tomar ventaja y aniquilar a su adversario. Uno tiene que tomar elecciones sabiendo que una mejoría en la propia situación dependerá del empeoramiento de la situación de la otra persona.

Hay una expresión que escuché infinidad de veces, y quizás sea una casualidad o quizás no, pero siempre la oí en boca de mujeres dando consejos a otras mujeres despechadas: “Hay que ser egoísta, tenés que hacer lo que a vos te conviene”.

Lo que más me sorprende es que John Forbes Nash tiene mucho más para decir sobre esto que Eric Fromm. Pero seguimos leyendo (y citando) a Fromm. A Nash lo vamos a ver al cine, y sólo porque está Russell Crowe.

El final de una relación de pareja no es ajeno a alguna reformulación de la teoría de juegos, como el Dilema del prisionero, problema originalmente concebido en la década de los 50 por Merrill Flood y Melvin Dresher para la Corporación RAND (compañía de investigación y análisis que por entonces trabajaba para las Fuerzas Armadas norteamericanas) y, años después, formalizado por el matemático canadiense Albert W. Tucker.

La versión clásica del Dilema del prisionero dice que la policía arrestó a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y entonces, tras ponerlos en celdas diferentes e incomunicadas, los interroga por separado y les ofrece el mismo trato: confesar y salvarse. Si uno de los sospechosos confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el que confesó será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá los diez años y será el cómplice quien salga libre. Si ambos permanecen callados, todo lo que la policía podrá hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años.

Las opciones de los prisioneros son sólo dos: confesar o permanecer en silencio. Lo interesante es que las consecuencias de estas elecciones dependen de las elecciones del cómplice, y que uno y otro no saben qué eligió la contraparte.

Si se cree que el cómplice elegirá cooperar con uno y que permanecerá en silencio, la elección óptima sería confesar, salir libre al instante y dejarlo al otro encerrado durante diez años. Si uno piensa que su cómplice confesará, lo mejor es confesar también y, en vez de quedarse preso diez años, se quedará seis, al igual que el cómplice. Si ambos decidieran cooperar, quedarse en silencio y no confesar, saldrían al cabo de sólo seis meses.

La mayoría de los cómplices confiesan, y creo que lo mismo sucede con las parejas. Fue lindo mientras duró, y estuvo bien tramar el golpe para quedarse con el botín, pero ahora es tiempo de sálvese quien pueda, de que cada uno piense en sí mismo, de que sea egoísta y haga lo que más le conviene. Los prisioneros, sea cual fuere la elección de su cómplice, saben que pueden reducir la sentencia confesando: pueden salir libres en el acto o pueden permanecer presos seis años, pero siempre evitarán la condena máxima. La confesión implica beneficiarse, sabiendo que se perjudica al antiguo socio.

Dado que en general ambos prisioneros confiesan, los dos suelen recibir seis años de prisión. Este comportamiento regular produce un resultado que no es óptimo, en el sentido de la Eficiencia de Pareto: todavía se puede alcanzar una situación de optimización en la que es posible beneficiarse sin empeorar la situación del otro. Si, en lugar de confesar, ambos se callaran la boca y cooperaran, saldrían en seis meses y no en seis años. Pero no lo hacen.

Las parejas que se separan tampoco siguen elecciones de este tipo. No eligen cooperar, sino generar el escenario más adecuado a sabiendas de que conseguirlo supone, como diría mi yo más joven y melodramático, perjudicar a la persona sobre cuyo pecho uno se dormía. Uno puede decir también que lo que más desea es el bien de ambos, el bien del conjunto, pero la teoría de juegos también contempla los engaños, las mentiras y los embustes.

A la larga, las parejas siempre cumplen seis años de prisión cuando serían perfectamente capaces de purgar seis meses.

Al final de todo, a la hora de los bifes, todos somos unos cretinos.

Se dirá que uno no debería sentarse a ver si se cumple el Equilibrio de Nash en el final de una relación de pareja, pero eso es sólo fruto de nuestra irresponsabilidad primera: haber delegado el estudio de la vida de pareja, olvidando que se trata de interacciones en estructuras formalizadas donde hay incentivos y procesos de decisión. Que, aunque en los hechos se nos rompa el corazón, podemos objetivar el proceso y verlo funcionar en un modelo de reglas simples.

Lo más irritante sea, acaso, reconocerse en estos modelos de matemática aplicada, que parecen tan… racionales. Reconocer que llegado el caso, uno busca su propio beneficio y que es capaz de perjudicar o dañar a su cómplice…, su pareja. Es irritante porque luego uno piensa, como los prisioneros mientras purgan los seis años de prisión, que debió haber actuado de otra manera; que debió haber cooperado, buscando el bien común, en lugar de hacer lo que fuera para salir en una pieza. Que no debió haber perjudicado a la contraparte, como la contraparte no debió haberlo perjudicado a uno. Pero para entonces quedan seis años de prisión por delante. Sólo actuamos con altruismo cuando tenemos el resultado en la mano, nunca antes.

En el Prefacio de El arte de amar, Fromm escribió:


La lectura de este libro defraudará a quien espere fáciles enseñanzas en el arte de amar. Por el contrario, la finalidad del libro es demostrar que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Su finalidad es convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. En una cultura en la cual esas cualidades son raras, también ha de ser rara la capacidad de amar. Quien no lo crea, que se pregunte a sí mismo a cuántas personas verdaderamente capaces de amar ha conocido.


En cierta manera la chica-tortuga tenía razón: no era tan grave, y la gente se separa todos los días. Todo pasa a la larga, todo se olvida. El fracaso, escribió Fromm, es regla.

Con el tiempo la chica-tortuga se fue convirtiendo en parte de un pasado cada vez más lejano. Una imagen que uno tiene al pasar por alguna calle, al entrar en algún bar, al encontrar una pila de fotos viejas en algún baúl del desván. Todo se supera. No es tan grave.

La moraleja que a todos nos gusta escuchar es que son estas decisiones las que nos hacen las personas que somos o queremos ser. Que se aprende a los golpes; que se crece superando etapas como si fuese una partida de Ludo. Que hay que tomar decisiones difíciles y salir lo mejor parado que se pueda. Que así nos volvemos adultos, personas de bien.

No sé si me lo creo. En lo personal no le daría mucho crédito a alguien capaz de regalar tortugas que mueven la cabeza para el Día de San Valentín, pero, hasta donde sé, cada vez que uno deja atrás a una persona querida, nunca gana. Siempre pierde algo.

Siempre.

“Nunca podés irte sin dejar un pedazo de juventud”, dice una canción de Smashing Pumpkins, año 1995, que parece formar parte, cada vez más, de un pasado vago y distante, que es el pasado vago y distante de la propia juventud.


Y nuestras vidas están en permanente cambio.
Nunca seremos los mismos.
Más cambiás, menos sentís.


Sólo hay que dar vuelta el disco, pues en el pasado vago y distante de la propia juventud los discos se daban vuelta, y escuchar que Billy Corgan canta: “No necesitas disculparte, te conozco mejor de lo que fingís”.



Las calles calientan la urgencia del sonido.
Como podés ver, no hay nadie alrededor.


Romance del enamorado y la chica-tortuga

El sábado se festejó en buena parte del mundo civilizado el Día de San Valentín, el Día de los Enamorados. El único comportamiento justificado en estas celebraciones consiste en bajar las persianas, no prender la tele, no abrir los periódicos, no leer las cadenas de correo electrónico, ni siquiera usar Google (una de las “o” de cuyo logo fue sustituida por un corazón, y adornado con dos pajarillos enamorados y felices). Sólo así es posible evitarse la vergüenza ajena que provoca ver a personas adultas haciendo el ridículo. Por algo nuestra civilización inventó a los adolescentes. Para que sean ellos quienes cometen las estupideces, no nosotros.

Pero la gente sensata hace cosas muy estúpidas cuando está enamorada. Y si algún listillo de mercadotecnia anuncia que en San Valentín hay que demostrar cuán enamorado está uno, las personas sensatas se pelean por ver quién hace la cosa más estúpida. De pronto todo el mundo parece tener trece años y la cara llena de granos.

Por supuesto, no voy a tirar la primera piedra, pues los pecados de juventud están para ser cometidos y luego lamentados. Recuerdo que una vez, en San Valentín, cometí la torpeza de regalarle a una pretérita chica del momento una tortuga de cerámica. Movía la cabeza y todo, la tortuga. La chica miró la tortuga como si estuviese observando un sorete de perro que acababa de encontrarse tirado en la vereda y, en lugar de “¡qué linda!” o “¡gracias!”, exclamó:

―¡Dejá de regalarme tortugas!

No es que anduviese por la vida regalando tortugas, pero, como esta muchacha había manifestado su gusto por estos reptiles, ya le había obsequiado una con no sé qué excusa (la tortuga anterior era de peluche, para peor). En otra ocasión, estando en Mar del Plata, me levanté temprano para comprar facturas y sorprenderla con el desayuno. También quería llevarle, junto al diario y las medialunas, algún obsequio. Pero era domingo, apenas amanecía, y sólo conseguí uno de esos tradicionales lobos marinos en miniatura. Puse el paquete junto a su taza de café, feliz, esperando su reacción.

―¡Es la cosa más espantosa que he visto en mi vida!

Creo que fue ese día cuando me sugirió que, cada vez que tuviera ganas de hacerle uno de los regalos horribles que le hacía, guardara la plata y que, cuando juntara un buen monto, le comprara algo que no pareciese encontrado en el fondo de un tacho de la basura.

Pensándolo a la distancia, creo que fue esta chica la que convirtió mi candoroso corazón juvenil en una baldosa cínica y manipuladora. Cada vez que hacía algo medianamente romántico, y solía hacerlo con molesta frecuencia, esta chica se encargaba de arrojarle cubos de agua helada. Su reacción inmediata era amonestarme.

Una vez crucé media Patagonia sólo para invitarla a tomar un café, por tierra, en medio de una rampante huelga de transporte y con trayectos de horas que se convertían en días por la escasez de combustible. Iba a ser una sorpresa, el gesto caballeroso que lleva a que las chicas se sientan queridas y halagadas. Viajé tres días, llegué exhausto, sucio y con medio centavo en el bolsillo. La llamé por teléfono y anuncié muy heroicamente mi presencia en la ciudad, donde ella vacacionaba con su familia. La imaginé corriendo hacia mí, sacudiendo los brazos, una orquesta con mil violines sonando de fondo, los testigos sonriendo y emocionándose por la escena, algún descendiente de Alfred Eisenstadt sacando una fotografía para la revista Life.

―¿Querés tomar un café? ―le pregunté, con un aire casi retórico, esperando oír su alegría.

―No sé ―dijo, desinteresada―. Si vos querés, sí; si no, no…

Sus frases predilectas eran “no puedo, tengo que estudiar” y “no puedo, tengo que salir con mis amigas”. Si le llevaba flores, exclamaba: “¡Te dije que no me gustan las flores!”. Si quería tomarle una fotografía, se tapaba el rostro o hacía el gesto de fuck you. Su forma más común de demostrar lo que ella llamaba “cariño” era extender su dedo índice y tocarte alguna parte de tu cuerpo (el brazo, la cabeza, el pecho) con la actitud que tienen los niños que le pican los ojos con un palo a un bicho muerto que encontraron tirado en la playa. Más que sentirme querido, cuando hacía eso me sentía parte de un experimento científico.

Cuando terminamos nuestra relación, y yo le explicaba en plena vía pública las razones por las cuales no debíamos terminarla mientras lloraba patéticamente cuan John Cusack en Alta fidelidad, ella contaba las monedas para el colectivo, atendía el celular y le decía a sus amigas: “Sí, sí, ahora voy”.

―Me quiero ir. Estoy llegando tarde. Dale, decime lo que me quieras decir. Te doy cinco minutos y me voy.

―¡Esto es importante! ―mariconeaba yo, con las lágrimas cayéndome por la cara y tratando de decir cualquier cosa conveniente como todo hombre con el corazón roto que quiere quedarse cinco minutos más al lado de la chica que le gusta, aunque sea para pelearse y sentirse miserable; John Cusack lo entendería―. ¡No nos vamos a ver nunca más en la vida! ¡Ya nunca dormirás sobre mi pecho! ¡Ya nunca acariciaré tu rostro al despertarte!

―Tampoco es tan grave ―me decía ella, tranquila, marcando el celular y buscando alguien a quien pedirle fuego para su cigarrillo―. La gente se separa todos los días… ¿Hola, chicas? ¡Sí, ya termino esto y salgo para allá!

Por supuesto que le seguí mandando mails, llamándola, apareciéndome en la puerta de su trabajo, haciendo todas esas cosas que nunca, bajo ningún punto de vista y bajo ninguna circunstancia, hay que hacer. Si hubiese existido YouTube le habría mandado canciones tristes de Johnny Cash o Bob Dylan para explicarle cuán roto estaba mi corazón y cuánto la extrañaba; si hubiese tenido plata, habría contratado un grupo de mariachis para ir a tocarle serenatas en la puerta de su casa. Todo lo que podía hacerse mal, lo hice mal.

La última vez que la vi hizo lo que, al fin de cuentas, acaban haciendo todas las pretéritas chicas del momento: amenazarme con hacer una denuncia a la policía.

Y lo peor es que parece que exagero. Pero no. Sólo le doy un tinte literario, pero no exagero.

Pensándolo bien, lo peor de todo es que estaba verdaderamente enamorado de la chica-tortuga y que me hubiese arrastrado por el suelo miles de kilómetros para que volviera a utilizarme para sus experimentos científicos.

La conclusión es que, por obra y gracia de quién sabe qué, solemos hacer cosas muy estúpidas cuando estamos enamorados. Por estar enamorado, por ejemplo, me volví vegetariano, fan de Kenny Rogers, leí libros de metafísica y estuve a un pelo de solicitar la ciudadanía rumana. Y regalé tortugas para el Día de San Valentín.

¿Hay algo peor que estar enamorado? ¿A quién se le ocurre celebrar semejante cosa?

El problema con el Día de San Valentín es que se celebra algo inconcluso. Estar enamorado es sólo una parte del proceso, pero no es el producto terminado: es sólo una etapa de una sucesión de etapas que terminan con gritos, llantos, denuncias policiales y tortugas de cerámica estrellándose contra la pared.

Festejar el Día de los Enamorados es como batir unos huevos, señalarlos con orgullo y exclamar: “¡Esta es una torta!”.

Y no, no es una torta. Las personas no deberían decir “¡qué rica torta!” cuando uno recién ha batido los huevos, al igual que no deberían pasearse por la ciudad con tortugas de peluche sabiendo por experiencia que la eventual chica del momento se olvidará de uno ―diría mi amigo IGN― más rápido de lo que lleva pelar una Bananita Dolca.

Este fin de semana, los periódicos repitieron la regla noticiosa de cada año: el sábado hablaron de los enamorados y se preguntaron por las razones químicas que hacen que uno se enamore; el domingo publicaron informes donde explicaban por qué las relaciones ya no duran y las parejas se separan cada vez más.

Empiezo a preguntarme por la dinámica de las separaciones: rupturas de noviazgos, divorcios de matrimonios. Busco bibliografía medianamente seria sobre el tema y no encuentro nada rescatable. Entonces lo entiendo: como sociedad, cometimos la imprudencia de depositar el análisis de las rupturas de parejas en manos de psicólogos y filósofos. Y nos desentendimos del tema. Les dijimos: Miren, nosotros tenemos que estudiar cosas importantes, ustedes encárguense de esto.

Y les dimos el tema.

Y por haberles dado el tema tenemos a la chica-tortuga diciendo que bueno, que qué cagada, que es parte de la vida y ya se me va a pasar.

La psicología y la filosofía convirtieron lo que es una guerra despiadada en una profunda experiencia de superación personal. Terminar una relación es lo más parecido que uno puede encontrar a una destrucción mutua garantizada: una de las partes terminará mejor que la otra, y lo que uno debe hacer, siempre, es tomar ventaja y aniquilar a su adversario. Uno tiene que tomar elecciones sabiendo que una mejoría en la propia situación dependerá del empeoramiento de la situación de la otra persona.

Hay una expresión que escuché infinidad de veces, y quizás sea una casualidad o quizás no, pero siempre la oí en boca de mujeres dando consejos a otras mujeres despechadas: “Hay que ser egoísta, tenés que hacer lo que a vos te conviene”.

Lo que más me sorprende es que John Forbes Nash tiene mucho más para decir sobre esto que Eric Fromm. Pero seguimos leyendo (y citando) a Fromm. A Nash lo vamos a ver al cine, y sólo porque está Russell Crowe.

El final de una relación de pareja no es ajeno a alguna reformulación de la teoría de juegos, como el Dilema del prisionero, problema originalmente concebido en la década de los 50 por Merrill Flood y Melvin Dresher para la Corporación RAND (compañía de investigación y análisis que por entonces trabajaba para las Fuerzas Armadas norteamericanas) y, años después, formalizado por el matemático canadiense Albert W. Tucker.

La versión clásica del Dilema del prisionero dice que la policía arrestó a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y entonces, tras ponerlos en celdas diferentes e incomunicadas, los interroga por separado y les ofrece el mismo trato: confesar y salvarse. Si uno de los sospechosos confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el que confesó será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá los diez años y será el cómplice quien salga libre. Si ambos permanecen callados, todo lo que la policía podrá hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años.

Las opciones de los prisioneros son sólo dos: confesar o permanecer en silencio. Lo interesante es que las consecuencias de estas elecciones dependen de las elecciones del cómplice, y que uno y otro no saben qué eligió la contraparte.

Si se cree que el cómplice elegirá cooperar con uno y que permanecerá en silencio, la elección óptima sería confesar, salir libre al instante y dejarlo al otro encerrado durante diez años. Si uno piensa que su cómplice confesará, lo mejor es confesar también y, en vez de quedarse preso diez años, se quedará seis, al igual que el cómplice. Si ambos decidieran cooperar, quedarse en silencio y no confesar, saldrían al cabo de sólo seis meses.

La mayoría de los cómplices confiesan, y creo que lo mismo sucede con las parejas. Fue lindo mientras duró, y estuvo bien tramar el golpe para quedarse con el botín, pero ahora es tiempo de sálvese quien pueda, de que cada uno piense en sí mismo, de que sea egoísta y haga lo que más le conviene. Los prisioneros, sea cual fuere la elección de su cómplice, saben que pueden reducir la sentencia confesando: pueden salir libres en el acto o pueden permanecer presos seis años, pero siempre evitarán la condena máxima. La confesión implica beneficiarse, sabiendo que se perjudica al antiguo socio.

Dado que en general ambos prisioneros confiesan, los dos suelen recibir seis años de prisión. Este comportamiento regular produce un resultado que no es óptimo, en el sentido de la Eficiencia de Pareto: todavía se puede alcanzar una situación de optimización en la que es posible beneficiarse sin empeorar la situación del otro. Si, en lugar de confesar, ambos se callaran la boca y cooperaran, saldrían en seis meses y no en seis años. Pero no lo hacen.

Las parejas que se separan tampoco siguen elecciones de este tipo. No eligen cooperar, sino generar el escenario más adecuado a sabiendas de que conseguirlo supone, como diría mi yo más joven y melodramático, perjudicar a la persona sobre cuyo pecho uno se dormía. Uno puede decir también que lo que más desea es el bien de ambos, el bien del conjunto, pero la teoría de juegos también contempla los engaños, las mentiras y los embustes.

A la larga, las parejas siempre cumplen seis años de prisión cuando serían perfectamente capaces de purgar seis meses.

Al final de todo, a la hora de los bifes, todos somos unos cretinos.

Se dirá que uno no debería sentarse a ver si se cumple el Equilibrio de Nash en el final de una relación de pareja, pero eso es sólo fruto de nuestra irresponsabilidad primera: haber delegado el estudio de la vida de pareja, olvidando que se trata de interacciones en estructuras formalizadas donde hay incentivos y procesos de decisión. Que, aunque en los hechos se nos rompa el corazón, podemos objetivar el proceso y verlo funcionar en un modelo de reglas simples.

Lo más irritante sea, acaso, reconocerse en estos modelos de matemática aplicada, que parecen tan… racionales. Reconocer que llegado el caso, uno busca su propio beneficio y que es capaz de perjudicar o dañar a su cómplice…, su pareja. Es irritante porque luego uno piensa, como los prisioneros mientras purgan los seis años de prisión, que debió haber actuado de otra manera; que debió haber cooperado, buscando el bien común, en lugar de hacer lo que fuera para salir en una pieza. Que no debió haber perjudicado a la contraparte, como la contraparte no debió haberlo perjudicado a uno. Pero para entonces quedan seis años de prisión por delante. Sólo actuamos con altruismo cuando tenemos el resultado en la mano, nunca antes.

En el Prefacio de El arte de amar, Fromm escribió:


La lectura de este libro defraudará a quien espere fáciles enseñanzas en el arte de amar. Por el contrario, la finalidad del libro es demostrar que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Su finalidad es convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. En una cultura en la cual esas cualidades son raras, también ha de ser rara la capacidad de amar. Quien no lo crea, que se pregunte a sí mismo a cuántas personas verdaderamente capaces de amar ha conocido.


En cierta manera la chica-tortuga tenía razón: no era tan grave, y la gente se separa todos los días. Todo pasa a la larga, todo se olvida. El fracaso, escribió Fromm, es regla.

Con el tiempo la chica-tortuga se fue convirtiendo en parte de un pasado cada vez más lejano. Una imagen que uno tiene al pasar por alguna calle, al entrar en algún bar, al encontrar una pila de fotos viejas en algún baúl del desván. Todo se supera. No es tan grave.

La moraleja que a todos nos gusta escuchar es que son estas decisiones las que nos hacen las personas que somos o queremos ser. Que se aprende a los golpes; que se crece superando etapas como si fuese una partida de Ludo. Que hay que tomar decisiones difíciles y salir lo mejor parado que se pueda. Que así nos volvemos adultos, personas de bien.

No sé si me lo creo. En lo personal no le daría mucho crédito a alguien capaz de regalar tortugas que mueven la cabeza para el Día de San Valentín, pero, hasta donde sé, cada vez que uno deja atrás a una persona querida, nunca gana. Siempre pierde algo.

Siempre.

“Nunca podés irte sin dejar un pedazo de juventud”, dice una canción de Smashing Pumpkins, año 1995, que parece formar parte, cada vez más, de un pasado vago y distante, que es el pasado vago y distante de la propia juventud.


Y nuestras vidas están en permanente cambio.
Nunca seremos los mismos.
Más cambiás, menos sentís.


Sólo hay que dar vuelta el disco, pues en el pasado vago y distante de la propia juventud los discos se daban vuelta, y escuchar que Billy Corgan canta: “No necesitas disculparte, te conozco mejor de lo que fingís”.



Las calles calientan la urgencia del sonido.
Como podés ver, no hay nadie alrededor.