domingo 25 de enero de 2009

En qué despercié enero (3 de 4)

Bailando bajo la lluvia

Nuestra vida social tiene un tremendo bache en sus presupuestos culturales aceptados y nosotros acá, lo más panchos, papando moscas como si nada. Necesitamos más convenciones. Necesitamos más comportamientos consensuados. Todos sabemos que si llueve en un partido de fútbol o un concierto de rock al aire libre, el show debe continuar y el público debe mantenerse estoico, por eso de “la pasión” y “el aguante”. Esa es una convención. Si caen dos gotas en un encuentro de tenis, en cambio, se suspende el match y el público corre a buscar refugio como si cayera lluvia ácida. Esa es otra convención.

¿Pero cómo hay que comportarse si llueve cuando el bailarín Iñaqui Urlezaga se propone bailar la versión de “Carmina Burana” de Carl Orff frente al Obelisco? ¿Hay que cancelar todo y correr a buscar refugio? ¿Hay que permanecer bajo la lluvia, reboleando la remera y gritando “¡Eh, aguante Iñaqui!”? ¿Cuál es la convención?

Miradas hacia el cielo. “¡Se viene, se viene!” finalmente se convirtió en “¡se largó!”. Y se largó nomás, tremendo chaparrón, faltando un rato para iniciarse el espectáculo. Los más tempraneros recogieron sus sillas playeras y huyeron bajo los árboles, toldos, halls de comercios y edificios. ¿Se suspende? Un funcionario importante (importante de veras) preguntó a su equipo de trabajo: “Si se larga diez minutos antes de prender el asado, ¿dejás todo y pedís una pizza?”. Nadie le respondió.

La lluvia menguó. La temperatura bajó de 38º a 22º. Alguien tomó el micrófono: “Secamos el escenario y empieza”.

Y empezó.

Fue como organizar la fiesta de “El Padrino” y que sólo asistieran tres invitados (incluyendo a los novios). La 9 de Julio, cortada y vacía y fantasmal, parecía un ABC de la ciencia ficción. Fuentes oficiales dijeron que hubo 20.000 personas. Exageraban. Los diarios dijeron 10.000, 5.000 y 4.000. También exageraron.

Los vendedores ambulantes refunfuñaban. Quienes apostaron a los banquitos y binoculares, perdieron, pues nadie estaba a más de un metro del vallado. Tampoco se vendieron pilotos ni paraguas, pues los paraguas se volaban y los pilotos de bolsa de nylon... son lo menos para ver ballet. Un pelado que vendía pan relleno salió hecho y la pareja de las empanadas santiagueñas habrá llenado el freezer con lo que le sobró. “Ni pungas hay”, se rió un policía. Pero pronto apareció uno y tuvo que correrlo.

Un espectáculo de danza frente al Obelisco no tiene nada que ver con la danza. Lo que importa es el “yo testimonial”: yo estuve ahí, viendo en puntitas de pie, a dos cuadras de distancia, cómo Julio Bocca bailó por última vez.
Una señora con un improvisado dispositivo anti-lluvia (una bolsa de supermercado en la cabeza) se fotografiaba con el escenario de fondo. Yo estuve ahí, podrá decir luego, viendo a Iñaqui bajo la lluvia.

Iñaqui, que jugó, por un rato, a ser Gene Kelly.


El balneario de los pobres

Salió en todos los noticieros: la Ciudad de Buenos Aires tiene ahora dos playas. Una en Parque Roca, otra en Parque de los Niños. Una en el sur, otra en el norte. Una más pobretona, otra menos pobretona. Se llenó de curiosos, periodistas, funcionarios y civiles con ganas de tomar unos mates bajo el sol. Pero en diferentes días, a diferentes horas, se vio también unas extrañas versiones del Jueves de Chesterton. Merodeaban, miraban, se sentaban un rato en la arena. Tienen un nombre estos infiltrados: intelectuales profesionales. Y algunos de renombre. Que nadie se sorprenda si de acá al final del verano los suplementos culturales y revistas domingueras vienen con sesudas crónicas disecando a los veraneantes de estas playas con mar en ducha. Playas que, por cierto, se agradecen.


Todos contra Brickles

No tiene paz, el pintor Eduardo Iglesias Brickles. “Errores, desinteligencias, desinformación, automatismo, inercia o simplemente negligencia”, escribió en su blog, Testigo Ocular, llevaron a que las agendas culturales anuncien que su muestra “Transiciones”, en el Museo Evita (Lafinur 2988), terminaba el 15 de enero. No es así. Termina el 1º de marzo (y no el 28 de febrero, como se indica en la puerta del museo). También está exponiendo en el C. C. Borges, en “Despertando la mirada”, muestra homenaje a Guido Di Tella que exhibe la impresionante colección de Edward Shaw y María Padilla de Shaw. “¡Ojo con los curadores!”, escribió en dicho blog, al ver dónde habían colgado su obra: presidiendo una puerta clausurada con dos sillas de plástico. No le peguen, es Brickles.


Milonga aeróbica

Todavía es de día cuando arranca la milonga, organizada por el Gobierno de la Ciudad, frente al Monumento al Tango de Puerto Madero. Lo primero es lo primero, dicen desde el escenario, y antes de bailar hay que aprender. Micrófono inalámbrico en el cachete y los instructores inician la clase. Un centenar de personas obedecen. Es bastante sencillo, anuncia el instructor: “Y... ¡Abro! ¡Abro! ¡Piso! ¡Reboooooto! ¡Vuelvo!”. Y entonces un centenar de personas (hombres de un lado, mujeres del otro) abren, abren, pisan, rebooooootan y vuelven. Es fantástico. Cualquier paseante desprevenido pensará que es una clase de aerobic que, en lugar del punchi-punchi de costumbre, viene en formato tango. Hasta puede que alguien se pregunte: “¿Serán los Tango Pilates de Tamara Di Tella?”. Luego todo se complica. A la fórmula aeróbica original se agregan idas y venidas, vueltas, giros, contoneos, cortes, quebradas, retorcijones. Para seguir el paso se necesita un doctorado en el MIT, caso contrario uno podría morir estrangulado. Cuando la clase finaliza, los bailarines olvidan la fórmula y hacen lo que pueden. No les sale nada mal. Ya cayó la noche y sigue la curiosa milonga, donde los bailarines cargan sus mochilas y bolsos, bajo las relucientes torres de Puerto Madero.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 278, Diario Clarín, sábado 24 de enero de 2009.

domingo 18 de enero de 2009

En qué despercié enero (2 de 4)



¡Sangre, tripas, vómitos, fluidos corporales!

Si uno no tuviese más referencias que el lugar en sí mismo, si hubiese sido teletransportado como el Capitán James T. Kirk y no supiese dónde, apostaría a que se encuentra en algún depósito en ruinas okupado por un colectivo de artistas, vagabundos y teóricos revolucionarios. Hay cierto tipo de roña, de dejadez, que no se actúa. Cierta mugre en las paredes, cierto abandono, cierta rotura en los vidrios, cierto caos que no se escenifica.

Pero un letrero en la puerta avisa que se trata de un espacio libre de humo, entonces uno sospecha que en realidad sí es una gran puesta en escena. Y otro letrero dice que disculpen las molestias, que están refaccionando, y entonces sospecha que el desorden no está montado. Y otro letrero indica que los menores de 18 años sólo pueden entrar acompañados por sus padres, y entonces vuelve a la primera sospecha.

¿Esto es de verdad o es cartón pintado?

El lugar es la filial de San Telmo de Appetite (la otra está en Brooklyn), galería dirigida por Daniela Luna, recientemente llamada “la Nazarena Vélez de ArteBA”. La muestra, curada por Magalí Pallero, se titula “Gore” y, nazarenavelezmente hablando, los artistas (Gary Baseman, Lux Lindner, Ruy Krygier son algunos) se rajarán las entrañas por llamar tu atención.

Mejor imposible. Allí, en Appetite, funcionaba una carnicería y frigorífico. En la entrada está el mostrador, balanza incluida, muy cerca de la obra donde Superman y Jesús se besan apasionados tras haberse dado maza con sus respectivos superpoderes.

Uno podría quedarse horas ahí parado, pensándolo: ¿Quién ganaría? ¿Jesús o Superman?

“El Gore, ese género o subgénero del horror con vocación de impacto y metodología explícita donde la sangre chorrea y salpica, y los órganos y vísceras no pueden quedarse en su sitio, es claramente un hijo del cine...” (#@*!), escribió en un volante Ricardo Ottone, a cargo del ciclo fílmico junto a Fabio Manes. “Es sabido: el Gore se pasa por alto los buenos modales y no respeta nada en su afán de impactar”.

La matiné continuada (¡pandilleros! ¡tripas! ¡culos y tetas! ¡fetos abortados!) no podría ser más grindhouse. Sillón destartalado con pinta de haber sido levantado de la calle, sillas de plástico, puffs con base de cajón de gaseosas. No parecen esperar a más de diez personas, y no se aparecen más de diez personas.

“Holocausto caníbal” es el número central del programa. Dirigida por Ruggero Deodato y estrenada en 1980, es una verdadera maravilla (si cabe el término) del cine exploitation. Jóvenes documentalistas viajan al Amazonas para filmar a Yanomanos y Shamataris, indios caníbales y violentos. Desaparecen. Llaman a Harold Monroe, famoso antropólogo, para que vaya a rescatarlos. Monroe los encuentra muertos pero recupera sus filmaciones. Un canal de televisión decide emitirlas, pero al ver el bruto descubren que estos documentalistas se dedicaban a matar, violar, quemar y empalar, adjudicarle las canalladas a los primitivos y poner cara de qué terrible, qué horror.

Se la prohibió en decenas de países; a Deodato lo arrestaron por cargos de obscenidad. Y aunque argumento y estética son excusas para filmar violaciones y empalamientos, para matar animales (en serio), también se pueden encontrar pinceladas de Gualtiero Jacopetti, Jean Rouch o Roberto Tossellini. “Querido Ruggero, ¡qué película! ―le escribió Sergio Leone a Deodato―. La segunda parte es una obra de arte del realismo cinematográfico, pero todo parece tan real que vas a meterte en problemas con medio mundo”.
Imposible decir si la chica de mirada inocente que se acercó a Appetite y cierra los ojos cuando desguazan una tortuga gigante o decapitan un mono, está pensando en Tossellini y Rouch.

¿Esto es de verdad o es cartón pintado?

(#@*!) “...hijo no totalmente reconocido, uno con no muy buen aspecto, del cual papá y mamá no se sentirán orgullosos para dejar entrar sus producciones en el panteón de los consagrados”.

Nunca se sabe. Este año, o el siguiente, Deodato estrena secuela: “Caníbales”.
¿Irá al Bafici o muere en Appetite?


XIX & XXI

En la Plaza Monseñor de Andrea, en Córdoba y Anchorena, está terminando “Inmigrantes”. La obra de teatro, dirigida por Illay Martínez, transcurre en 1898, antes, durante y después del viaje de unos emigrados que esperan echar raíces en Buenos Aires. No faltan la pareja de judíos rusos, la italiana, el gallego, el francés, el alemán. Las valijas viejas atadas con sogas, el violín y el bandoneón, toda la iconografía del inmigrante pobretón con una mano atrás y otra adelante. Hacia el final de la puesta, tres chicos de la calle, con esa mezcla entre desfachatez, naturalidad y prepotencia que tienen para apropiarse del espacio público, se escabullen entre los actores y toquetean sus valijas, sus instrumentos, sus ropas. Dura unos segundos, luego alguien los saca. La imagen, imprevista, es poderosa: los inmigrantes pobres de fin du siècle interactúan con los pibitos descalzos y mugrosos del siglo XXI. Un tipo toma fotos, incrédulo. “¿Viste eso?”, le pregunta a su mujer. Todos lo vimos, pero hacemos como que no.


Los límites del costumbrismo

En el microcine de la Dirección General de Museos, en el octogenario edificio de la Costanera Sur donde funcionaba la Cervecería Munich, están proyectando “Balnearios”, el documental de 2002 de Mariano Llinás, a sala llena. La película tiene diferentes historias, diferentes segmentos, y el que se lleva mayores risas y aplausos es el “Episodio de las playas” que disecciona una específica fauna marina local: la clase media que veranea en balnearios del Partido de La Costa. El costumbrismo funciona porque el espectador se identifica con lo que ve, se reconoce, se burla de sus propias pautas culturales. Empieza con una sonrisa, sigue con una carcajada y termina con una mueca melancólica: la certeza de que el momento, y la costumbre, pasará. Finaliza el segmento y una mujer sigue riéndose a carcajadas. Nadie más lo hace. Una señora le chista y le susurra a su compañera: “Ahora hay que hacer un documental sobre espectadores de espectáculos culturales veraniegos”. Esa sí es una fauna peculiar.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 277, Diario Clarín, sábado 17 de enero de 2009.

domingo 11 de enero de 2009

En qué desperdicié enero (1 de 4)



Ensayo meticulosamente improvisado

El lunes comienza en Santiago de Chile el IX Festival Internacional de Música Contemporánea. Organizado por la Universidad de Chile y dirigido por el compositor Eduardo Cáceres, se presentarán, hasta el jueves, 43 obras y más de cien artistas en la Sala Isidora Zegers de la Facultad de Artes. Podrían llenarse tres páginas citando o parafraseando las gacetillas, pero basta decir que se trata de un festival con prestigio. Como Rock in Rio, pero sin playas, sin Axel Rose y con menos público.

En una vieja casona de techos altos de Virrey Cevallos y Chile, barrio de Montserrat, el dúo Conde Larrosa ensaya a doble turno. Alcides Larrosa (Junín, 1951) toca la guitarra española de ocho cuerdas, con y sin trastes, y Luis Conde (1965) se encarga de los vientos: clarinetes soprano y bajo, y shakuhachi, una flauta japonesa que se sujeta verticalmente (como la dulce, no como la traversa). Serán el bicho raro del encuentro chileno, si es que el estilo soporta la definición de “bicho raro”: en estos festivales priman las obras creadas por un compositor y luego ejecutadas por un intérprete (como en Rock in Rio). Conde y Larrosa se encuadran en lo que llaman improvisación libre contemporánea: la creación espontánea de la pieza musical, frente al público y dentro de la estética contemporánea, en el momento mismo en que es ejecutada. Composición e interpretación coinciden. Cada obra es irrepetible y no está destinada a ser ejecutada posteriormente. Dura lo que dura, y allí se acaba.

“¿Y para qué ensayar si después van a improvisar?”, pregunta un casual espectador, con un poco de escepticismo y otro de malicia. “En el ensayo improvisamos de manera similar a como lo hacemos en público”, explica Larrosa. “Luego nos detenemos sobre algunos procesos que se dieron espontáneamente y analizamos el comportamiento que asumieron los distintos parámetros musicales, cómo y en qué medida las intencionalidades subjetivas lograron concatenarse en función de la creación común”.

El ensayo, se entusiasma Larrosa, sirve para profundizar la unidad conceptual, para agudizar la escucha y la significación de los objetos y procesos que aparecen en la obra improvisada.

Y entonces vuelven a ensayar. O sea, a improvisar. Cada ensayo, al igual que cada concierto, es único. Ensayar, dentro de este paradigma, es sinónimo de crear.


Las chicas quieren novios

En el sótano de un bar pipí cucú de Puerto Madero han montado una feria de modas, de ésas que pueden verse en los recovecos de Palermo Soho. Pocos visitantes y mucho calor, 95% de asistencia femenina. Una chica que vende zapatos (de diseño) saca un libro y retoma donde marca el señalador: Cita a ciegas de Lucía González. “¡Yo tengo el otro!”, exclama su vecina puestera, una chica que ofrece tejidos étnicos-hippies (de diseño). Extrae de su morral (de diseño) un ejemplar de Quiero un novio de Lorena Bassani y empiezan a discutir quién se copió de quién. La vecina de más allá, que vende remeras (de diseño), avisa que salió uno nuevo: Mi libertad por un novio de Viviana Kahn. Chick-lit, que le dicen.


Todo tiene que ver con todo

En un rincón de la fiesta anual de la Revista RSVP, Juan Carlos Quattordio y Raúl Manrupe le entran a unas salchichitas parrilleras. Un poco más allá, una funcionaria del Observatorio de Discriminación en Radio y Televisión kirchnerista y un tendero chino devenido en estrella gourmet (lo llaman Dios, porque está en todos lados) escuchan cómo la mujer de Greenpeace que hace unos meses se descolgó del Obelisco a la hora pico se jacta de su arresto transmitido en directo. Quattordio, historietista marplatense, saca una carpeta con la saga que está publicando en Fierro sobre el heavy metal de los 80. Un poco de autopromoción. Manrupe, que coordina la programación de Cine y Video del Centro Cultural Rojas, lamenta que esté todo parado hasta febrero. Hay que pasar enero, dice, y para eso le pone ganas a un sitio sobre publicidad (www.historiadelapublicidad.com). Ecología, medios, publicidad, promoción y un chino figurón. Todo tiene que ver con todo, diría Don Pancho Ibáñez.


Casi una intervención

Falta media hora para que largue el Rally Dakar en el Obelisco. Calles cortadas, cámaras profesionales y amateurs, helicópteros, rostros e idiomas distantes, una multitud agolpándose en cada hueco disponible. Las dos chicas son estudiantes de antropología. Escribieron el volante, lo diseñaron, lo imprimieron en papel verde chillón. Advierten sobre el impacto ambiental, arqueológico, cultural, de la competencia. Destacan la función del turismo, pero señalan sus límites. El texto, ajeno a cualquier jerga militante institucionalizada, es una pinturita: bien argumentado, bien escrito, hasta citan a Michel Leiris en L’Afrique fantôme. Llega la hora de volantear y... no se animan. Es una buena intervención, sólo que nadie se entera. Las chicas acaban en el McDonald’s de Corrientes, con la pila de volantes verde chillón. “Lo subimos a Internet y listo”, se resignan.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 276, Diario Clarín, sábado 10 de enero de 2009.

 

Lo que hay

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