sábado 31 de enero de 2009

Patagonia profunda

En algún lugar de la provincia de Río Negro, en la patagonia argentina. (Foto: M. Pisarro)

Patagonia profunda

En algún lugar de la provincia de Río Negro, en la patagonia argentina. (Foto: M. Pisarro)

viernes 30 de enero de 2009

Bernabé Lucero, Robert Johnson, el Diablo y una Les Paul


No es que la gente que ya no cree en Dios no crea en nada, dijo una vez G. K. Chesterton. La gente que ya no cree en Dios, cree en todo.

Es una expresión ingeniosa, y me gustaría combinarla con una de Clifford Geertz: los antropólogos son incorregibles.

Agregaré además que hay montones de cosas que podemos discutir; que podemos intercambiar opiniones y contrastar pareceres, y que cada uno de estos puntos de vista encontrados tendrá su valor. Ya saben: tenemos que ser abiertos, escuchar al otro, ser flexibles ante las consideraciones ajenas. Todo eso que se oye tan lindo.

Existen sin embargo un puñado de afirmaciones existencia de Dios, la fuerza de gravedad, la naturaleza del arte, la materia prima de las hamburguesas de McDonald’s, la capacidad lectocomprensiva de quienes llegan por equivocación a este blog. Pero nadie podrá discutir, jamás, que la Gibson Les Paul es el objeto más cool del universo. Si Dios existiese, sería una Les Paul.

Mejor aún: si Dios existiese, crearía la Les Paul y luego se autodestruiría para no hacerle sombra.

Hago estas aclaraciones para ahorrarme la tarea de llenar los intersticios de las afirmaciones que vienen a continuación. Tenemos una Les Paul, tenemos que los antropólogos son incorregibles y tenemos que quienes no creen en Dios, creen en cualquier cosa. Eso basta para rellenar los huecos.

Entonces cuento:

Hace poco miraba, en el escaparate de una tienda, una Les Paul Custom, año 1959. Bellísima, 37.000 dólares. Y aunque no es de las más económicas, tampoco es de las más costosas. Pensé en mi Les Paul, cubierta de telas de araña, juntando polvo en casa de mis padres. Las cuerdas están rotas, una clavija fue sustituida por un clavo y las partes que podían oxidarse, se oxidaron. El perro también colaboró en su decadencia instrumental, meándola y mordiéndola cada vez que tuvo oportunidad. No faltó la chica del momento a la que se le cayera de las manos (“¡uh! ¡se cayó!”) o que la arrojara contra la pared al grito de “¡No me gusta tu estilo de vida!”. Tampoco hay que descartar la hipótesis de que la guitarra intentara suicidarse para evitar que la tocara del modo en que lo hacía. Es una sobreviviente, esa pobre guitarra.

Quizás, si algún día llego a estar hambriento, algún coleccionista me la cambie por un pancho y una Coca Cola. O quizás el coleccionista la observe y estalle en cólera, justificadamente:

―¿Ésta es forma de tratar al objeto más cool del universo?

La Gibson Les Paul es un invento de Les Paul, como se conoce a Lester William Polsfuss, guitarrista de jazz nacido en 1915 y todavía activo (en 2006 ganó dos premios Grammy por su disco Les Paul & friends: American made world played). Les Paul, el hombre, es responsable de montones de técnicas de grabación modernas (por ejemplo, el overdubbing, el delay, el phaser o la grabación multipista), pero ante todo es reconocido como pionero en el diseño de guitarras de cuerpo sólido, de las que su invención para Gibson sigue siendo insuperable (el objeto más cool del universo es, por definición, insuperable).

La lista de notables guitarristas asociados a Les Paul, la guitarra, habla por sí misma. Hay de todo y para todos los gustos. Por ejemplo: The Edge (U2), Jimmi Page (Led Zeppelin), Steve Jones (Sex Pistols), Mick Jones (The Clash), Bob Marley, Joe Perry (Aerosmith), Marc Bolan (T-Rex), John Fogerty (Creedence Clearwater Revival), Jeff Beck, Peter Frampton, Keith Richards, Billy Joe Armstrong (Green Day), Johnny Winter, Bob Dylan, Ace Frehley (Kiss), John Lennon, George Harrison y Paul McCartney, Slash (Guns N’ Roses), Johnny Thunders, Mike Ness (Social Distortion), Pete Townshend (The Who), por nombrar poco, acotado y gringo. Todos ellos han declarado su admiración por el objeto más cool del universo.

Pero hay alguien más a quien podríamos agregar a la lista. Nunca tocó una Les Paul, pues murió antes de que fueran inventadas (1941, si consideramos “The Log” de Les Paul, el hombre, como su primera versión) y puestas en el mercado (1952). Pero sí usó una Gibson L-1 acústica y, de hecho, la compañía lanzó un modelo en su honor, que lleva su nombre.

Robert Johnson hubiese reconocido al objeto más cool del universo.

Robert Johnson hubiese usado una Les Paul.

Y de andar escaso de efectivo, hubiese vendido su alma al diablo para conseguir la Custom 59 que vi en el escaparate de la tienda.

Robert Leroy Johnson nació el 8 de mayo de 1911 y murió el 16 de agosto de 1938. La rotundidad de las fechas es fingida. Los datos son inciertos, su vida y obra fue reconstruida durante todo el siglo XX con retazos de historias y anécdotas, con certificados y documentos que se contradicen entre sí, mientras intentaban rastrearse y conservarse las grabaciones que dejó. Las únicas dos fotos que se conocían hasta hace poco se encontraron recién en 1973 y se publicaron a fines de los 80. Una tercera foto apareció en 2005 en eBay (su vendedor pensó que se trataba de una foto antigua de B. B. King) y fue publicada en noviembre del año pasado en Vanity Fair. El artículo asegura que hay otras.

El director Martin Scorsese escribió: “Lo interesante de Robert Johnson es que sólo existe en sus discos. Fue pura leyenda”.

Tiene razón. Johnson se dedicó a hacer música y si todavía podemos hablar sobre él es porque existen sus discos. Entonces, además de las grabaciones, sólo hay tres cosas que vale la pena decir sobre Robert Johnson: una, que fue uno de los mejores guitarristas del siglo XX; dos, que fue el más grande músico de blues de todos los tiempos.

Y tres, que para lograrlo sólo debió venderle su alma al diablo en un cruce de caminos.

La ventaja de no creer en Dios es que uno puede creer en cualquier cosa, y de todas las historias que podrían pasar por ciertas la única que vale la pena ser contada, más allá de toda cavilación, es la que relata cómo Johnson cambió su alma por el don de tocar la guitarra. Vale la pena ser contada porque uno podría fijar las pruebas con una fecha y un lugar: viernes 27 de noviembre de 1936 en San Antonio, Texas. Ese día, en ese lugar, Johnson grabó “Cross Road Blues”, y sólo hace falta escuchar esa grabación para darle crédito a la historia que se disfrazó de leyenda.

Cuando uno escucha esa canción, y observa su foto más conocida (cruzado de piernas, sonriente, el sombrero levemente inclinado, los dedos largos y esqueléticos sobre la guitarra), empieza a sentir un escalofrío en la nuca. Hay algo rotundo en la mirada de Johnson, y al escuchar su voz, en las circunstancias adecuadas, esa rotundidad es capaz de ponerte los pelos de punta.

A nadie le importa que, en su canción, Johnson diga que fue al cruce de caminos a pedirle a Dios por su alma (algunos historiadores han concluido que eso es lo que haría un negro, en las décadas del 20 y el 30, en un cruce de caminos del sur profundo de los Estados Unidos, pues lo más probable es que fuese linchado si lo agarraban solo y desprevenido). No es eso lo que está diciendo la foto, ni la música, ni el tono de su voz. Si fue a ese cruce de caminos, a la medianoche, fue porque el Diablo le ofreció una vida corta, una muerte misteriosa y grabar 29 canciones como nadie lo había hecho antes, y como nadie lo haría después.

Y Johnson dijo que sí.

Johnson vivía y trabajaba en una plantación de la zona rural de Mississippi, que es a lo único que podía aspirar un negro en esa época y en esa parte del mundo. También tocaba la guitarra, tocaba blues (Delta blues, uno de los estilos más primigenios de música blues), y no quería pasarse toda la vida partiéndose la espalda en una plantación: quería ser el más grande músico de blues de todos los tiempos.

Siguió las reglas, o quizás sólo se topó con ellas: justo a la medianoche, en el cruce de las polvorientas rutas 8 y 1, en Rosedale, un pueblucho de Mississippi que hoy tiene un poco más de 2.000 habitantes, se topó con un hombre alto vestido de negro: el Diablo.

El Diablo tomó la guitarra de Johnson e hizo lo que, quizás, Johnson debió haber hecho desde el principio: la afinó. Luego de afinarla, tocó un par de canciones y se la devolvió a Johnson, que obtuvo así el don. A cambio de su alma, Johnson escribiría, tocaría y cantaría las más grandiosas canciones de blues de todos los tiempos. “Fui al cruce de caminos…”, cantó años después Johnson, en esa sesión del viernes 27 de noviembre de 1936, aunque sea ambiguo sobre qué fue a hacer allí.

Hay al menos seis canciones de Johnson que mencionan al Diablo o algo parecido al Diablo. En “Me and The Devil”, canta:

Temprano en la mañana,
cuando golpeaste mi puerta.
Temprano en la mañana,
cuando golpeaste mi puerta.
Y yo dije: “Hola, Satanás,
creo que es tiempo de marcharnos”.


Murió envenenado, a los 27 años, se dice que por meterse en la cama con la chica del tipo equivocado. No se sabe dónde fue enterrado (hay tres tumbas diferentes), aunque sí se sabe dónde está su alma: rostizándose en el infierno.

Aprieto play y escucho los primeros ocho segundos de “Cross Road Blues”. Retrocedo, vuelvo a escucharlos una y otra vez. Es fantástico. Esa música fue grabada hace más de setenta años en un estudio de morondanga, en una toma, y su sonido conserva un misterio que todavía no pudo ser revelado. No pudo ser revelado a pesar del tiempo, y no pudo ser revelado sobre todo por el paso del tiempo.

Me pregunto si vale la pena vender el alma por algo así.

Las circunstancias son correctas, pues los antropólogos son incorregibles y quienes ya no creen en Dios, creen en cualquier cosa. Hay lugares y lugares para hacerse las preguntas correctas, y cuando ―magia de la tecnología mediante― Johnson cuenta que fue al cruce de caminos a buscar quién sabe qué (¿redención? ¿condenación?), yo me pregunto, solo, en un cruce de caminos de la Patagonia profunda: si encontraras la Cueva del Gualicho, ¿seguirías los pasos de Bernabé Lucero y entrarías a enfrentarte contra víboras y toros a cambio del don de tocar la guitarra?

El Bajo del Gualicho es un lugar que todos conocen en la Provincia de Río Negro, pero donde nadie querría vivir. Ubicado al sudeste de la Provincia, es una planicie cuyo mayor punto de depresión alcanza los 72 metros bajo el nivel del mar. Allí está la salina, un mar cristalizado datado en unos 300 millones de años de antigüedad, situado entre el triángulo delimitado por Valcheta, San Antonio Oeste y General Conesa.

Esta es tierra del Gualicho, del Diablo, y hay que tener cuidado con lo que se pide, lo que se desea, lo que uno quiere encontrar. En un relato recopilado por Berta E. Vidal De Battini (prolífica investigadora y viajera, folklorista, filóloga, académica, nacida en 1900 y fallecida en 1984), una mapuche contaba en 1971:

Dicen que una chica se metió al Bajo del Gualicho y se perdió. Ni rastro de ella encontraron. Nada. Nada. Se perdió cuidando ovejas. Porque antes se cuidaban los animales a pie. No había caballos. Cuando yo era chica no teníamos caballos. Después mi padre tuvo capital, y los compró en Río Colorado. Llevó tejido, sobrepuesto, matra y los cambió.
Se perdió la chica. Después dicen que la encontraron petrificada arriba de un banco de sal. Los que la vieron se asustaron y escaparon. Fueron a avisar al padre y a la madre, pero cuando regresaron a verla ya no estaba. Ni rastros hallaron.
Dicen que nadie podía llegar allí. Corría viento y llovía. ¡Un temporal!
La chica no apareció más. Tenía que ser el Gualicho. Eso contaron por ahí.
Nosotros sabemos esto por la conversación de la gente que contaba todo. Se llama Bajo del Gualicho porque el diablo vive allí.


Bernabé Lucero, “el salamanquero del Bajo Gualicho”, había entrado a la cueva y había obtenido lo que buscaba: que el Diablo le enseñara a tocar la guitarra. No sabía leer ni escribir, vivía en una cueva, comía lo que encontraba, chupaba mucho vino, andaba siempre solo y, por sobre todas las cosas, tocaba la guitarra como si el mismísimo Robert Johnson estuviera guiándole los dedos (sólo que Lucero no tocaba blues, sino música criolla, pues el Diablo, como toda buena corporación, piensa globalmente pero actúa localmente). Las coincidencias exceden la casualidad de unos cuantos elementos en común, y es más interesante observar cómo en el interior profundo de países americanos de la primera mitad del siglo XX emergen apropiaciones de la historia del Fausto que desde el Medioevo recorren Europa y arraigaron en varias versiones de literatura decimonónica local. Pienso en artefactos culturales tan ajenos, y similares entre sí, como el Fausto Criollo (1866) de Estanislao del Campo o “The Devil and Tom Walker” (1824) de Washington Irving.

Es fácil llenar los intersticios.

Llegué tarde para hablar con José Severo Lucero, medio hermano de Bernabé Lucero e intendente de Valcheta entre 1963 y 1966. Falleció hace dos meses, en Valcheta, a los 86 años. Recordé la expresión de un amigo, que una vez me dijo: “Yo soy el que siempre llega cinco minutos tarde a todo, el que llega cuando todos están diciendo: qué increíble el ovni que acaba de aparecerse hace cinco minutos”.

Quien sí llegó a entrevistarlo fue la escritora María Sonia Cristoff, hace unos pocos años, para su libro Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia. Allí José Severo le contó que su hermano, el salamanquero, a veces iba a pasar unos días a Valcheta. Que dormía en un galponcito del fondo, que desaparecía por unos días y nadie sabía dónde había estado (lo mismo contaban de Robert Johnson).

A él le consta, dice el medio hermano: había noches en las que volvía tarde de la casa de unos vecinos de por allá, adonde solía ir a jugar a las cartas, y alumbraba con la linterna el galponcito para ver en qué andaba Bernabé y no lo encontraba ni aunque revolviera hasta las última bolsa de arpillera. Al día siguiente, cuando tomaban el mate, le preguntaba dónde había estado a la noche, y el otro le decía que durmiendo en el galpón, que dónde más iba a estar. Era raro, muy raro. Ni palabra decía. Y mucho menos cuando él le preguntaba cómo es que había aprendido a tocar la guitarra.


Un día, borracho de más, se lo contó, dice Cristoff que le dijo José Severo. De chico había visto a un guitarrista eximio (un tipo alto, vestido de negro), que luego se le apareció en sueños y le dijo que, si quería tocar como él, debía meterse en la Cueva del Gualicho. Si tenía coraje, saldría tocando la guitarra como nadie; si no, perdería la chaveta.

No se sabe bien dónde está la cueva, pero queda cerca de un camino hecho por los indios. Si uno pasa por ahí lo más recomendable es dejar algo (un billete, un cigarrillo, un paquete de Merengadas), para andar más tranquilo y no mosquear a la entidad mitológica equivocada. Si no lo hace, probablemente se pierda y un día lo encuentren petrificado sobre un banco de sal.

Cuenta Cristoff lo que Don Lucero le contó a su hermano José Severo:

Había hecho lo que le dictaba el hombre de los sueños, se había metido en la cueva ésa donde todos dicen que habita el Diablo. Y ahí, parece, había tenido que pasar por varias pruebas: primero un nido de víboras, y después unos toros que se enfrentaban entre sí hasta matarse y a los que hay que saber sortear por el medio justo en el momento en que se separan para tomar envión y trenzarse nuevamente, y así otra serie de cosas. Y como parece que pudo con todo eso fue que pudo también con la guitarra. Había veces en las que Bernabé venía desaliñado y decía que en el bosque se había estado peleando con el Demonio, que se había aparecido en forma de toro. Otras veces, en cambio, se empezaba a preparar despacito para tocar algo ahí, tranquilos, algo íntimo se diría, y Bernabé le decía que esa noche su guitarra iba a tocar divinamente, como sola, porque venía su Amigo a acompañarlo. O sea que con el Diablo a veces se llevaba mal pero otras resulta que era su amigo. Un poco como nos pasa con todo el mundo.


No sé qué pasó con Don Bernabé Lucero. Son cuentos, dicen en los pueblos, y se enojan cuando uno insiste porque en la ciudad tratamos a los de los pueblos del interior como si fueran unos supersticiosos, unos ignorantes que creen en cualquier cosa. Que creen en todo.

Pero los antropólogos son incorregibles. Es posible encontrar la misma estructura narrativa en varios relatos que nos son comunes, cotidianos, acá en nuestras grandes ciudades seculares e inmunes a cualquier superstición e ignorancia. Que para llegar a determinado lugar, que para alcanzar ciertas metas, siempre hay que pagar un precio. Y que cuanto más arriba quiera llegar uno, más alto será el precio a pagar.

Y cuando concluyo que no, que ni en pedo entraría a la Cueva del Gualicho, ni haría tratos en un cruce de caminos en la medianoche para tocar como nadie la Les Paul mordida por el perro y golpeada por chicas de virtudes ligeras, empiezo a preguntarme cuántas veces vendimos el alma para estar donde estamos, para ser quienes somos, para llegar adonde llegamos, y que ni siquiera nos dimos cuenta.

Es lo que se pregunta una preciosa canción de Bruce Springsteen, “Devils & dust”:

Tengo a Dios de mi lado
Y simplemente estoy tratando de sobrevivir.
¿Pero qué pasa si lo que hacés para sobrevivir
mata las cosas que amás?
El miedo es una cosa poderosa, nena.
Podés confiar en que volverá negro tu corazón
Tomará tu alma llena de Dios
Y la llenará de demonios y polvo.


No es que la gente que ya no cree en Dios no crea en nada, dijo una vez G. K. Chesterton. La gente que ya no cree en Dios, cree en todo.

Yo creo que es inevitable venderle el alma al Diablo cada tanto, pero que el truco está en saber recuperarla a tiempo.

Se la vendés. Después se la robás.

Y corrés.

Corrés lo más rápido que puedas.

Nerds All Star, 30 de enero de 2009

Bernabé Lucero, Robert Johnson, el Diablo y una Les Paul


No es que la gente que ya no cree en Dios no crea en nada, dijo una vez G. K. Chesterton. La gente que ya no cree en Dios, cree en todo.

Es una expresión ingeniosa, y me gustaría combinarla con una de Clifford Geertz: los antropólogos son incorregibles.

Agregaré además que hay montones de cosas que podemos discutir; que podemos intercambiar opiniones y contrastar pareceres, y que cada uno de estos puntos de vista encontrados tendrá su valor. Ya saben: tenemos que ser abiertos, escuchar al otro, ser flexibles ante las consideraciones ajenas. Todo eso que se oye tan lindo.

Existen sin embargo un puñado de afirmaciones existencia de Dios, la fuerza de gravedad, la naturaleza del arte, la materia prima de las hamburguesas de McDonald’s, la capacidad lectocomprensiva de quienes llegan por equivocación a este blog. Pero nadie podrá discutir, jamás, que la Gibson Les Paul es el objeto más cool del universo. Si Dios existiese, sería una Les Paul.

Mejor aún: si Dios existiese, crearía la Les Paul y luego se autodestruiría para no hacerle sombra.

Hago estas aclaraciones para ahorrarme la tarea de llenar los intersticios de las afirmaciones que vienen a continuación. Tenemos una Les Paul, tenemos que los antropólogos son incorregibles y tenemos que quienes no creen en Dios, creen en cualquier cosa. Eso basta para rellenar los huecos.

Entonces cuento:

Hace poco miraba, en el escaparate de una tienda, una Les Paul Custom, año 1959. Bellísima, 37.000 dólares. Y aunque no es de las más económicas, tampoco es de las más costosas. Pensé en mi Les Paul, cubierta de telas de araña, juntando polvo en casa de mis padres. Las cuerdas están rotas, una clavija fue sustituida por un clavo y las partes que podían oxidarse, se oxidaron. El perro también colaboró en su decadencia instrumental, meándola y mordiéndola cada vez que tuvo oportunidad. No faltó la chica del momento a la que se le cayera de las manos (“¡uh! ¡se cayó!”) o que la arrojara contra la pared al grito de “¡No me gusta tu estilo de vida!”. Tampoco hay que descartar la hipótesis de que la guitarra intentara suicidarse para evitar que la tocara del modo en que lo hacía. Es una sobreviviente, esa pobre guitarra.

Quizás, si algún día llego a estar hambriento, algún coleccionista me la cambie por un pancho y una Coca Cola. O quizás el coleccionista la observe y estalle en cólera, justificadamente:

―¿Ésta es forma de tratar al objeto más cool del universo?

La Gibson Les Paul es un invento de Les Paul, como se conoce a Lester William Polsfuss, guitarrista de jazz nacido en 1915 y todavía activo (en 2006 ganó dos premios Grammy por su disco Les Paul & friends: American made world played). Les Paul, el hombre, es responsable de montones de técnicas de grabación modernas (por ejemplo, el overdubbing, el delay, el phaser o la grabación multipista), pero ante todo es reconocido como pionero en el diseño de guitarras de cuerpo sólido, de las que su invención para Gibson sigue siendo insuperable (el objeto más cool del universo es, por definición, insuperable).

La lista de notables guitarristas asociados a Les Paul, la guitarra, habla por sí misma. Hay de todo y para todos los gustos. Por ejemplo: The Edge (U2), Jimmi Page (Led Zeppelin), Steve Jones (Sex Pistols), Mick Jones (The Clash), Bob Marley, Joe Perry (Aerosmith), Marc Bolan (T-Rex), John Fogerty (Creedence Clearwater Revival), Jeff Beck, Peter Frampton, Keith Richards, Billy Joe Armstrong (Green Day), Johnny Winter, Bob Dylan, Ace Frehley (Kiss), John Lennon, George Harrison y Paul McCartney, Slash (Guns N’ Roses), Johnny Thunders, Mike Ness (Social Distortion), Pete Townshend (The Who), por nombrar poco, acotado y gringo. Todos ellos han declarado su admiración por el objeto más cool del universo.

Pero hay alguien más a quien podríamos agregar a la lista. Nunca tocó una Les Paul, pues murió antes de que fueran inventadas (1941, si consideramos “The Log” de Les Paul, el hombre, como su primera versión) y puestas en el mercado (1952). Pero sí usó una Gibson L-1 acústica y, de hecho, la compañía lanzó un modelo en su honor, que lleva su nombre.

Robert Johnson hubiese reconocido al objeto más cool del universo.

Robert Johnson hubiese usado una Les Paul.

Y de andar escaso de efectivo, hubiese vendido su alma al diablo para conseguir la Custom 59 que vi en el escaparate de la tienda.

Robert Leroy Johnson nació el 8 de mayo de 1911 y murió el 16 de agosto de 1938. La rotundidad de las fechas es fingida. Los datos son inciertos, su vida y obra fue reconstruida durante todo el siglo XX con retazos de historias y anécdotas, con certificados y documentos que se contradicen entre sí, mientras intentaban rastrearse y conservarse las grabaciones que dejó. Las únicas dos fotos que se conocían hasta hace poco se encontraron recién en 1973 y se publicaron a fines de los 80. Una tercera foto apareció en 2005 en eBay (su vendedor pensó que se trataba de una foto antigua de B. B. King) y fue publicada en noviembre del año pasado en Vanity Fair. El artículo asegura que hay otras.

El director Martin Scorsese escribió: “Lo interesante de Robert Johnson es que sólo existe en sus discos. Fue pura leyenda”.

Tiene razón. Johnson se dedicó a hacer música y si todavía podemos hablar sobre él es porque existen sus discos. Entonces, además de las grabaciones, sólo hay tres cosas que vale la pena decir sobre Robert Johnson: una, que fue uno de los mejores guitarristas del siglo XX; dos, que fue el más grande músico de blues de todos los tiempos.

Y tres, que para lograrlo sólo debió venderle su alma al diablo en un cruce de caminos.

La ventaja de no creer en Dios es que uno puede creer en cualquier cosa, y de todas las historias que podrían pasar por ciertas la única que vale la pena ser contada, más allá de toda cavilación, es la que relata cómo Johnson cambió su alma por el don de tocar la guitarra. Vale la pena ser contada porque uno podría fijar las pruebas con una fecha y un lugar: viernes 27 de noviembre de 1936 en San Antonio, Texas. Ese día, en ese lugar, Johnson grabó “Cross Road Blues”, y sólo hace falta escuchar esa grabación para darle crédito a la historia que se disfrazó de leyenda.

Cuando uno escucha esa canción, y observa su foto más conocida (cruzado de piernas, sonriente, el sombrero levemente inclinado, los dedos largos y esqueléticos sobre la guitarra), empieza a sentir un escalofrío en la nuca. Hay algo rotundo en la mirada de Johnson, y al escuchar su voz, en las circunstancias adecuadas, esa rotundidad es capaz de ponerte los pelos de punta.

A nadie le importa que, en su canción, Johnson diga que fue al cruce de caminos a pedirle a Dios por su alma (algunos historiadores han concluido que eso es lo que haría un negro, en las décadas del 20 y el 30, en un cruce de caminos del sur profundo de los Estados Unidos, pues lo más probable es que fuese linchado si lo agarraban solo y desprevenido). No es eso lo que está diciendo la foto, ni la música, ni el tono de su voz. Si fue a ese cruce de caminos, a la medianoche, fue porque el Diablo le ofreció una vida corta, una muerte misteriosa y grabar 29 canciones como nadie lo había hecho antes, y como nadie lo haría después.

Y Johnson dijo que sí.

Johnson vivía y trabajaba en una plantación de la zona rural de Mississippi, que es a lo único que podía aspirar un negro en esa época y en esa parte del mundo. También tocaba la guitarra, tocaba blues (Delta blues, uno de los estilos más primigenios de música blues), y no quería pasarse toda la vida partiéndose la espalda en una plantación: quería ser el más grande músico de blues de todos los tiempos.

Siguió las reglas, o quizás sólo se topó con ellas: justo a la medianoche, en el cruce de las polvorientas rutas 8 y 1, en Rosedale, un pueblucho de Mississippi que hoy tiene un poco más de 2.000 habitantes, se topó con un hombre alto vestido de negro: el Diablo.

El Diablo tomó la guitarra de Johnson e hizo lo que, quizás, Johnson debió haber hecho desde el principio: la afinó. Luego de afinarla, tocó un par de canciones y se la devolvió a Johnson, que obtuvo así el don. A cambio de su alma, Johnson escribiría, tocaría y cantaría las más grandiosas canciones de blues de todos los tiempos. “Fui al cruce de caminos…”, cantó años después Johnson, en esa sesión del viernes 27 de noviembre de 1936, aunque sea ambiguo sobre qué fue a hacer allí.

Hay al menos seis canciones de Johnson que mencionan al Diablo o algo parecido al Diablo. En “Me and The Devil”, canta:

Temprano en la mañana,
cuando golpeaste mi puerta.
Temprano en la mañana,
cuando golpeaste mi puerta.
Y yo dije: “Hola, Satanás,
creo que es tiempo de marcharnos”.


Murió envenenado, a los 27 años, se dice que por meterse en la cama con la chica del tipo equivocado. No se sabe dónde fue enterrado (hay tres tumbas diferentes), aunque sí se sabe dónde está su alma: rostizándose en el infierno.

Aprieto play y escucho los primeros ocho segundos de “Cross Road Blues”. Retrocedo, vuelvo a escucharlos una y otra vez. Es fantástico. Esa música fue grabada hace más de setenta años en un estudio de morondanga, en una toma, y su sonido conserva un misterio que todavía no pudo ser revelado. No pudo ser revelado a pesar del tiempo, y no pudo ser revelado sobre todo por el paso del tiempo.

Me pregunto si vale la pena vender el alma por algo así.

Las circunstancias son correctas, pues los antropólogos son incorregibles y quienes ya no creen en Dios, creen en cualquier cosa. Hay lugares y lugares para hacerse las preguntas correctas, y cuando ―magia de la tecnología mediante― Johnson cuenta que fue al cruce de caminos a buscar quién sabe qué (¿redención? ¿condenación?), yo me pregunto, solo, en un cruce de caminos de la Patagonia profunda: si encontraras la Cueva del Gualicho, ¿seguirías los pasos de Bernabé Lucero y entrarías a enfrentarte contra víboras y toros a cambio del don de tocar la guitarra?

El Bajo del Gualicho es un lugar que todos conocen en la Provincia de Río Negro, pero donde nadie querría vivir. Ubicado al sudeste de la Provincia, es una planicie cuyo mayor punto de depresión alcanza los 72 metros bajo el nivel del mar. Allí está la salina, un mar cristalizado datado en unos 300 millones de años de antigüedad, situado entre el triángulo delimitado por Valcheta, San Antonio Oeste y General Conesa.

Esta es tierra del Gualicho, del Diablo, y hay que tener cuidado con lo que se pide, lo que se desea, lo que uno quiere encontrar. En un relato recopilado por Berta E. Vidal De Battini (prolífica investigadora y viajera, folklorista, filóloga, académica, nacida en 1900 y fallecida en 1984), una mapuche contaba en 1971:

Dicen que una chica se metió al Bajo del Gualicho y se perdió. Ni rastro de ella encontraron. Nada. Nada. Se perdió cuidando ovejas. Porque antes se cuidaban los animales a pie. No había caballos. Cuando yo era chica no teníamos caballos. Después mi padre tuvo capital, y los compró en Río Colorado. Llevó tejido, sobrepuesto, matra y los cambió.
Se perdió la chica. Después dicen que la encontraron petrificada arriba de un banco de sal. Los que la vieron se asustaron y escaparon. Fueron a avisar al padre y a la madre, pero cuando regresaron a verla ya no estaba. Ni rastros hallaron.
Dicen que nadie podía llegar allí. Corría viento y llovía. ¡Un temporal!
La chica no apareció más. Tenía que ser el Gualicho. Eso contaron por ahí.
Nosotros sabemos esto por la conversación de la gente que contaba todo. Se llama Bajo del Gualicho porque el diablo vive allí.


Bernabé Lucero, “el salamanquero del Bajo Gualicho”, había entrado a la cueva y había obtenido lo que buscaba: que el Diablo le enseñara a tocar la guitarra. No sabía leer ni escribir, vivía en una cueva, comía lo que encontraba, chupaba mucho vino, andaba siempre solo y, por sobre todas las cosas, tocaba la guitarra como si el mismísimo Robert Johnson estuviera guiándole los dedos (sólo que Lucero no tocaba blues, sino música criolla, pues el Diablo, como toda buena corporación, piensa globalmente pero actúa localmente). Las coincidencias exceden la casualidad de unos cuantos elementos en común, y es más interesante observar cómo en el interior profundo de países americanos de la primera mitad del siglo XX emergen apropiaciones de la historia del Fausto que desde el Medioevo recorren Europa y arraigaron en varias versiones de literatura decimonónica local. Pienso en artefactos culturales tan ajenos, y similares entre sí, como el Fausto Criollo (1866) de Estanislao del Campo o “The Devil and Tom Walker” (1824) de Washington Irving.

Es fácil llenar los intersticios.

Llegué tarde para hablar con José Severo Lucero, medio hermano de Bernabé Lucero e intendente de Valcheta entre 1963 y 1966. Falleció hace dos meses, en Valcheta, a los 86 años. Recordé la expresión de un amigo, que una vez me dijo: “Yo soy el que siempre llega cinco minutos tarde a todo, el que llega cuando todos están diciendo: qué increíble el ovni que acaba de aparecerse hace cinco minutos”.

Quien sí llegó a entrevistarlo fue la escritora María Sonia Cristoff, hace unos pocos años, para su libro Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia. Allí José Severo le contó que su hermano, el salamanquero, a veces iba a pasar unos días a Valcheta. Que dormía en un galponcito del fondo, que desaparecía por unos días y nadie sabía dónde había estado (lo mismo contaban de Robert Johnson).

A él le consta, dice el medio hermano: había noches en las que volvía tarde de la casa de unos vecinos de por allá, adonde solía ir a jugar a las cartas, y alumbraba con la linterna el galponcito para ver en qué andaba Bernabé y no lo encontraba ni aunque revolviera hasta las última bolsa de arpillera. Al día siguiente, cuando tomaban el mate, le preguntaba dónde había estado a la noche, y el otro le decía que durmiendo en el galpón, que dónde más iba a estar. Era raro, muy raro. Ni palabra decía. Y mucho menos cuando él le preguntaba cómo es que había aprendido a tocar la guitarra.


Un día, borracho de más, se lo contó, dice Cristoff que le dijo José Severo. De chico había visto a un guitarrista eximio (un tipo alto, vestido de negro), que luego se le apareció en sueños y le dijo que, si quería tocar como él, debía meterse en la Cueva del Gualicho. Si tenía coraje, saldría tocando la guitarra como nadie; si no, perdería la chaveta.

No se sabe bien dónde está la cueva, pero queda cerca de un camino hecho por los indios. Si uno pasa por ahí lo más recomendable es dejar algo (un billete, un cigarrillo, un paquete de Merengadas), para andar más tranquilo y no mosquear a la entidad mitológica equivocada. Si no lo hace, probablemente se pierda y un día lo encuentren petrificado sobre un banco de sal.

Cuenta Cristoff lo que Don Lucero le contó a su hermano José Severo:

Había hecho lo que le dictaba el hombre de los sueños, se había metido en la cueva ésa donde todos dicen que habita el Diablo. Y ahí, parece, había tenido que pasar por varias pruebas: primero un nido de víboras, y después unos toros que se enfrentaban entre sí hasta matarse y a los que hay que saber sortear por el medio justo en el momento en que se separan para tomar envión y trenzarse nuevamente, y así otra serie de cosas. Y como parece que pudo con todo eso fue que pudo también con la guitarra. Había veces en las que Bernabé venía desaliñado y decía que en el bosque se había estado peleando con el Demonio, que se había aparecido en forma de toro. Otras veces, en cambio, se empezaba a preparar despacito para tocar algo ahí, tranquilos, algo íntimo se diría, y Bernabé le decía que esa noche su guitarra iba a tocar divinamente, como sola, porque venía su Amigo a acompañarlo. O sea que con el Diablo a veces se llevaba mal pero otras resulta que era su amigo. Un poco como nos pasa con todo el mundo.


No sé qué pasó con Don Bernabé Lucero. Son cuentos, dicen en los pueblos, y se enojan cuando uno insiste porque en la ciudad tratamos a los de los pueblos del interior como si fueran unos supersticiosos, unos ignorantes que creen en cualquier cosa. Que creen en todo.

Pero los antropólogos son incorregibles. Es posible encontrar la misma estructura narrativa en varios relatos que nos son comunes, cotidianos, acá en nuestras grandes ciudades seculares e inmunes a cualquier superstición e ignorancia. Que para llegar a determinado lugar, que para alcanzar ciertas metas, siempre hay que pagar un precio. Y que cuanto más arriba quiera llegar uno, más alto será el precio a pagar.

Y cuando concluyo que no, que ni en pedo entraría a la Cueva del Gualicho, ni haría tratos en un cruce de caminos en la medianoche para tocar como nadie la Les Paul mordida por el perro y golpeada por chicas de virtudes ligeras, empiezo a preguntarme cuántas veces vendimos el alma para estar donde estamos, para ser quienes somos, para llegar adonde llegamos, y que ni siquiera nos dimos cuenta.

Es lo que se pregunta una preciosa canción de Bruce Springsteen, “Devils & dust”:

Tengo a Dios de mi lado
Y simplemente estoy tratando de sobrevivir.
¿Pero qué pasa si lo que hacés para sobrevivir
mata las cosas que amás?
El miedo es una cosa poderosa, nena.
Podés confiar en que volverá negro tu corazón
Tomará tu alma llena de Dios
Y la llenará de demonios y polvo.


No es que la gente que ya no cree en Dios no crea en nada, dijo una vez G. K. Chesterton. La gente que ya no cree en Dios, cree en todo.

Yo creo que es inevitable venderle el alma al Diablo cada tanto, pero que el truco está en saber recuperarla a tiempo.

Se la vendés. Después se la robás.

Y corrés.

Corrés lo más rápido que puedas.

Nerds All Star, 30 de enero de 2009

jueves 29 de enero de 2009

Cielos patagónicos

En los caminos de El Cóndor, en Río Negro, donde la Patagonia apenas comienza. (Foto: M. Pisarro)

Cielos patagónicos

En los caminos de El Cóndor, en Río Negro, donde la Patagonia apenas comienza. (Foto: M. Pisarro)

martes 27 de enero de 2009

Asado

Preparando el fuego para un asado a la parrilla. (Foto y asado: M. Pisarro)

Asado

Preparando el fuego para un asado a la parrilla. (Foto y asado: M. Pisarro)

domingo 25 de enero de 2009

En qué despercié enero (3 de 4)

Bailando bajo la lluvia

Nuestra vida social tiene un tremendo bache en sus presupuestos culturales aceptados y nosotros acá, lo más panchos, papando moscas como si nada. Necesitamos más convenciones. Necesitamos más comportamientos consensuados. Todos sabemos que si llueve en un partido de fútbol o un concierto de rock al aire libre, el show debe continuar y el público debe mantenerse estoico, por eso de “la pasión” y “el aguante”. Esa es una convención. Si caen dos gotas en un encuentro de tenis, en cambio, se suspende el match y el público corre a buscar refugio como si cayera lluvia ácida. Esa es otra convención.

¿Pero cómo hay que comportarse si llueve cuando el bailarín Iñaqui Urlezaga se propone bailar la versión de “Carmina Burana” de Carl Orff frente al Obelisco? ¿Hay que cancelar todo y correr a buscar refugio? ¿Hay que permanecer bajo la lluvia, reboleando la remera y gritando “¡Eh, aguante Iñaqui!”? ¿Cuál es la convención?

Miradas hacia el cielo. “¡Se viene, se viene!” finalmente se convirtió en “¡se largó!”. Y se largó nomás, tremendo chaparrón, faltando un rato para iniciarse el espectáculo. Los más tempraneros recogieron sus sillas playeras y huyeron bajo los árboles, toldos, halls de comercios y edificios. ¿Se suspende? Un funcionario importante (importante de veras) preguntó a su equipo de trabajo: “Si se larga diez minutos antes de prender el asado, ¿dejás todo y pedís una pizza?”. Nadie le respondió.

La lluvia menguó. La temperatura bajó de 38º a 22º. Alguien tomó el micrófono: “Secamos el escenario y empieza”.

Y empezó.

Fue como organizar la fiesta de “El Padrino” y que sólo asistieran tres invitados (incluyendo a los novios). La 9 de Julio, cortada y vacía y fantasmal, parecía un ABC de la ciencia ficción. Fuentes oficiales dijeron que hubo 20.000 personas. Exageraban. Los diarios dijeron 10.000, 5.000 y 4.000. También exageraron.

Los vendedores ambulantes refunfuñaban. Quienes apostaron a los banquitos y binoculares, perdieron, pues nadie estaba a más de un metro del vallado. Tampoco se vendieron pilotos ni paraguas, pues los paraguas se volaban y los pilotos de bolsa de nylon... son lo menos para ver ballet. Un pelado que vendía pan relleno salió hecho y la pareja de las empanadas santiagueñas habrá llenado el freezer con lo que le sobró. “Ni pungas hay”, se rió un policía. Pero pronto apareció uno y tuvo que correrlo.

Un espectáculo de danza frente al Obelisco no tiene nada que ver con la danza. Lo que importa es el “yo testimonial”: yo estuve ahí, viendo en puntitas de pie, a dos cuadras de distancia, cómo Julio Bocca bailó por última vez.
Una señora con un improvisado dispositivo anti-lluvia (una bolsa de supermercado en la cabeza) se fotografiaba con el escenario de fondo. Yo estuve ahí, podrá decir luego, viendo a Iñaqui bajo la lluvia.

Iñaqui, que jugó, por un rato, a ser Gene Kelly.


El balneario de los pobres

Salió en todos los noticieros: la Ciudad de Buenos Aires tiene ahora dos playas. Una en Parque Roca, otra en Parque de los Niños. Una en el sur, otra en el norte. Una más pobretona, otra menos pobretona. Se llenó de curiosos, periodistas, funcionarios y civiles con ganas de tomar unos mates bajo el sol. Pero en diferentes días, a diferentes horas, se vio también unas extrañas versiones del Jueves de Chesterton. Merodeaban, miraban, se sentaban un rato en la arena. Tienen un nombre estos infiltrados: intelectuales profesionales. Y algunos de renombre. Que nadie se sorprenda si de acá al final del verano los suplementos culturales y revistas domingueras vienen con sesudas crónicas disecando a los veraneantes de estas playas con mar en ducha. Playas que, por cierto, se agradecen.


Todos contra Brickles

No tiene paz, el pintor Eduardo Iglesias Brickles. “Errores, desinteligencias, desinformación, automatismo, inercia o simplemente negligencia”, escribió en su blog, Testigo Ocular, llevaron a que las agendas culturales anuncien que su muestra “Transiciones”, en el Museo Evita (Lafinur 2988), terminaba el 15 de enero. No es así. Termina el 1º de marzo (y no el 28 de febrero, como se indica en la puerta del museo). También está exponiendo en el C. C. Borges, en “Despertando la mirada”, muestra homenaje a Guido Di Tella que exhibe la impresionante colección de Edward Shaw y María Padilla de Shaw. “¡Ojo con los curadores!”, escribió en dicho blog, al ver dónde habían colgado su obra: presidiendo una puerta clausurada con dos sillas de plástico. No le peguen, es Brickles.


Milonga aeróbica

Todavía es de día cuando arranca la milonga, organizada por el Gobierno de la Ciudad, frente al Monumento al Tango de Puerto Madero. Lo primero es lo primero, dicen desde el escenario, y antes de bailar hay que aprender. Micrófono inalámbrico en el cachete y los instructores inician la clase. Un centenar de personas obedecen. Es bastante sencillo, anuncia el instructor: “Y... ¡Abro! ¡Abro! ¡Piso! ¡Reboooooto! ¡Vuelvo!”. Y entonces un centenar de personas (hombres de un lado, mujeres del otro) abren, abren, pisan, rebooooootan y vuelven. Es fantástico. Cualquier paseante desprevenido pensará que es una clase de aerobic que, en lugar del punchi-punchi de costumbre, viene en formato tango. Hasta puede que alguien se pregunte: “¿Serán los Tango Pilates de Tamara Di Tella?”. Luego todo se complica. A la fórmula aeróbica original se agregan idas y venidas, vueltas, giros, contoneos, cortes, quebradas, retorcijones. Para seguir el paso se necesita un doctorado en el MIT, caso contrario uno podría morir estrangulado. Cuando la clase finaliza, los bailarines olvidan la fórmula y hacen lo que pueden. No les sale nada mal. Ya cayó la noche y sigue la curiosa milonga, donde los bailarines cargan sus mochilas y bolsos, bajo las relucientes torres de Puerto Madero.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 278, Diario Clarín, sábado 24 de enero de 2009.

En qué despercié enero (3 de 4)

Bailando bajo la lluvia

Nuestra vida social tiene un tremendo bache en sus presupuestos culturales aceptados y nosotros acá, lo más panchos, papando moscas como si nada. Necesitamos más convenciones. Necesitamos más comportamientos consensuados. Todos sabemos que si llueve en un partido de fútbol o un concierto de rock al aire libre, el show debe continuar y el público debe mantenerse estoico, por eso de “la pasión” y “el aguante”. Esa es una convención. Si caen dos gotas en un encuentro de tenis, en cambio, se suspende el match y el público corre a buscar refugio como si cayera lluvia ácida. Esa es otra convención.

¿Pero cómo hay que comportarse si llueve cuando el bailarín Iñaqui Urlezaga se propone bailar la versión de “Carmina Burana” de Carl Orff frente al Obelisco? ¿Hay que cancelar todo y correr a buscar refugio? ¿Hay que permanecer bajo la lluvia, reboleando la remera y gritando “¡Eh, aguante Iñaqui!”? ¿Cuál es la convención?

Miradas hacia el cielo. “¡Se viene, se viene!” finalmente se convirtió en “¡se largó!”. Y se largó nomás, tremendo chaparrón, faltando un rato para iniciarse el espectáculo. Los más tempraneros recogieron sus sillas playeras y huyeron bajo los árboles, toldos, halls de comercios y edificios. ¿Se suspende? Un funcionario importante (importante de veras) preguntó a su equipo de trabajo: “Si se larga diez minutos antes de prender el asado, ¿dejás todo y pedís una pizza?”. Nadie le respondió.

La lluvia menguó. La temperatura bajó de 38º a 22º. Alguien tomó el micrófono: “Secamos el escenario y empieza”.

Y empezó.

Fue como organizar la fiesta de “El Padrino” y que sólo asistieran tres invitados (incluyendo a los novios). La 9 de Julio, cortada y vacía y fantasmal, parecía un ABC de la ciencia ficción. Fuentes oficiales dijeron que hubo 20.000 personas. Exageraban. Los diarios dijeron 10.000, 5.000 y 4.000. También exageraron.

Los vendedores ambulantes refunfuñaban. Quienes apostaron a los banquitos y binoculares, perdieron, pues nadie estaba a más de un metro del vallado. Tampoco se vendieron pilotos ni paraguas, pues los paraguas se volaban y los pilotos de bolsa de nylon... son lo menos para ver ballet. Un pelado que vendía pan relleno salió hecho y la pareja de las empanadas santiagueñas habrá llenado el freezer con lo que le sobró. “Ni pungas hay”, se rió un policía. Pero pronto apareció uno y tuvo que correrlo.

Un espectáculo de danza frente al Obelisco no tiene nada que ver con la danza. Lo que importa es el “yo testimonial”: yo estuve ahí, viendo en puntitas de pie, a dos cuadras de distancia, cómo Julio Bocca bailó por última vez.
Una señora con un improvisado dispositivo anti-lluvia (una bolsa de supermercado en la cabeza) se fotografiaba con el escenario de fondo. Yo estuve ahí, podrá decir luego, viendo a Iñaqui bajo la lluvia.

Iñaqui, que jugó, por un rato, a ser Gene Kelly.


El balneario de los pobres

Salió en todos los noticieros: la Ciudad de Buenos Aires tiene ahora dos playas. Una en Parque Roca, otra en Parque de los Niños. Una en el sur, otra en el norte. Una más pobretona, otra menos pobretona. Se llenó de curiosos, periodistas, funcionarios y civiles con ganas de tomar unos mates bajo el sol. Pero en diferentes días, a diferentes horas, se vio también unas extrañas versiones del Jueves de Chesterton. Merodeaban, miraban, se sentaban un rato en la arena. Tienen un nombre estos infiltrados: intelectuales profesionales. Y algunos de renombre. Que nadie se sorprenda si de acá al final del verano los suplementos culturales y revistas domingueras vienen con sesudas crónicas disecando a los veraneantes de estas playas con mar en ducha. Playas que, por cierto, se agradecen.


Todos contra Brickles

No tiene paz, el pintor Eduardo Iglesias Brickles. “Errores, desinteligencias, desinformación, automatismo, inercia o simplemente negligencia”, escribió en su blog, Testigo Ocular, llevaron a que las agendas culturales anuncien que su muestra “Transiciones”, en el Museo Evita (Lafinur 2988), terminaba el 15 de enero. No es así. Termina el 1º de marzo (y no el 28 de febrero, como se indica en la puerta del museo). También está exponiendo en el C. C. Borges, en “Despertando la mirada”, muestra homenaje a Guido Di Tella que exhibe la impresionante colección de Edward Shaw y María Padilla de Shaw. “¡Ojo con los curadores!”, escribió en dicho blog, al ver dónde habían colgado su obra: presidiendo una puerta clausurada con dos sillas de plástico. No le peguen, es Brickles.


Milonga aeróbica

Todavía es de día cuando arranca la milonga, organizada por el Gobierno de la Ciudad, frente al Monumento al Tango de Puerto Madero. Lo primero es lo primero, dicen desde el escenario, y antes de bailar hay que aprender. Micrófono inalámbrico en el cachete y los instructores inician la clase. Un centenar de personas obedecen. Es bastante sencillo, anuncia el instructor: “Y... ¡Abro! ¡Abro! ¡Piso! ¡Reboooooto! ¡Vuelvo!”. Y entonces un centenar de personas (hombres de un lado, mujeres del otro) abren, abren, pisan, rebooooootan y vuelven. Es fantástico. Cualquier paseante desprevenido pensará que es una clase de aerobic que, en lugar del punchi-punchi de costumbre, viene en formato tango. Hasta puede que alguien se pregunte: “¿Serán los Tango Pilates de Tamara Di Tella?”. Luego todo se complica. A la fórmula aeróbica original se agregan idas y venidas, vueltas, giros, contoneos, cortes, quebradas, retorcijones. Para seguir el paso se necesita un doctorado en el MIT, caso contrario uno podría morir estrangulado. Cuando la clase finaliza, los bailarines olvidan la fórmula y hacen lo que pueden. No les sale nada mal. Ya cayó la noche y sigue la curiosa milonga, donde los bailarines cargan sus mochilas y bolsos, bajo las relucientes torres de Puerto Madero.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 278, Diario Clarín, sábado 24 de enero de 2009.

En qué despercié enero (3 de 4)

Bailando bajo la lluvia

Nuestra vida social tiene un tremendo bache en sus presupuestos culturales aceptados y nosotros acá, lo más panchos, papando moscas como si nada. Necesitamos más convenciones. Necesitamos más comportamientos consensuados. Todos sabemos que si llueve en un partido de fútbol o un concierto de rock al aire libre, el show debe continuar y el público debe mantenerse estoico, por eso de “la pasión” y “el aguante”. Esa es una convención. Si caen dos gotas en un encuentro de tenis, en cambio, se suspende el match y el público corre a buscar refugio como si cayera lluvia ácida. Esa es otra convención.

¿Pero cómo hay que comportarse si llueve cuando el bailarín Iñaqui Urlezaga se propone bailar la versión de “Carmina Burana” de Carl Orff frente al Obelisco? ¿Hay que cancelar todo y correr a buscar refugio? ¿Hay que permanecer bajo la lluvia, reboleando la remera y gritando “¡Eh, aguante Iñaqui!”? ¿Cuál es la convención?

Miradas hacia el cielo. “¡Se viene, se viene!” finalmente se convirtió en “¡se largó!”. Y se largó nomás, tremendo chaparrón, faltando un rato para iniciarse el espectáculo. Los más tempraneros recogieron sus sillas playeras y huyeron bajo los árboles, toldos, halls de comercios y edificios. ¿Se suspende? Un funcionario importante (importante de veras) preguntó a su equipo de trabajo: “Si se larga diez minutos antes de prender el asado, ¿dejás todo y pedís una pizza?”. Nadie le respondió.

La lluvia menguó. La temperatura bajó de 38º a 22º. Alguien tomó el micrófono: “Secamos el escenario y empieza”.

Y empezó.

Fue como organizar la fiesta de “El Padrino” y que sólo asistieran tres invitados (incluyendo a los novios). La 9 de Julio, cortada y vacía y fantasmal, parecía un ABC de la ciencia ficción. Fuentes oficiales dijeron que hubo 20.000 personas. Exageraban. Los diarios dijeron 10.000, 5.000 y 4.000. También exageraron.

Los vendedores ambulantes refunfuñaban. Quienes apostaron a los banquitos y binoculares, perdieron, pues nadie estaba a más de un metro del vallado. Tampoco se vendieron pilotos ni paraguas, pues los paraguas se volaban y los pilotos de bolsa de nylon... son lo menos para ver ballet. Un pelado que vendía pan relleno salió hecho y la pareja de las empanadas santiagueñas habrá llenado el freezer con lo que le sobró. “Ni pungas hay”, se rió un policía. Pero pronto apareció uno y tuvo que correrlo.

Un espectáculo de danza frente al Obelisco no tiene nada que ver con la danza. Lo que importa es el “yo testimonial”: yo estuve ahí, viendo en puntitas de pie, a dos cuadras de distancia, cómo Julio Bocca bailó por última vez.
Una señora con un improvisado dispositivo anti-lluvia (una bolsa de supermercado en la cabeza) se fotografiaba con el escenario de fondo. Yo estuve ahí, podrá decir luego, viendo a Iñaqui bajo la lluvia.

Iñaqui, que jugó, por un rato, a ser Gene Kelly.


El balneario de los pobres

Salió en todos los noticieros: la Ciudad de Buenos Aires tiene ahora dos playas. Una en Parque Roca, otra en Parque de los Niños. Una en el sur, otra en el norte. Una más pobretona, otra menos pobretona. Se llenó de curiosos, periodistas, funcionarios y civiles con ganas de tomar unos mates bajo el sol. Pero en diferentes días, a diferentes horas, se vio también unas extrañas versiones del Jueves de Chesterton. Merodeaban, miraban, se sentaban un rato en la arena. Tienen un nombre estos infiltrados: intelectuales profesionales. Y algunos de renombre. Que nadie se sorprenda si de acá al final del verano los suplementos culturales y revistas domingueras vienen con sesudas crónicas disecando a los veraneantes de estas playas con mar en ducha. Playas que, por cierto, se agradecen.


Todos contra Brickles

No tiene paz, el pintor Eduardo Iglesias Brickles. “Errores, desinteligencias, desinformación, automatismo, inercia o simplemente negligencia”, escribió en su blog, Testigo Ocular, llevaron a que las agendas culturales anuncien que su muestra “Transiciones”, en el Museo Evita (Lafinur 2988), terminaba el 15 de enero. No es así. Termina el 1º de marzo (y no el 28 de febrero, como se indica en la puerta del museo). También está exponiendo en el C. C. Borges, en “Despertando la mirada”, muestra homenaje a Guido Di Tella que exhibe la impresionante colección de Edward Shaw y María Padilla de Shaw. “¡Ojo con los curadores!”, escribió en dicho blog, al ver dónde habían colgado su obra: presidiendo una puerta clausurada con dos sillas de plástico. No le peguen, es Brickles.


Milonga aeróbica

Todavía es de día cuando arranca la milonga, organizada por el Gobierno de la Ciudad, frente al Monumento al Tango de Puerto Madero. Lo primero es lo primero, dicen desde el escenario, y antes de bailar hay que aprender. Micrófono inalámbrico en el cachete y los instructores inician la clase. Un centenar de personas obedecen. Es bastante sencillo, anuncia el instructor: “Y... ¡Abro! ¡Abro! ¡Piso! ¡Reboooooto! ¡Vuelvo!”. Y entonces un centenar de personas (hombres de un lado, mujeres del otro) abren, abren, pisan, rebooooootan y vuelven. Es fantástico. Cualquier paseante desprevenido pensará que es una clase de aerobic que, en lugar del punchi-punchi de costumbre, viene en formato tango. Hasta puede que alguien se pregunte: “¿Serán los Tango Pilates de Tamara Di Tella?”. Luego todo se complica. A la fórmula aeróbica original se agregan idas y venidas, vueltas, giros, contoneos, cortes, quebradas, retorcijones. Para seguir el paso se necesita un doctorado en el MIT, caso contrario uno podría morir estrangulado. Cuando la clase finaliza, los bailarines olvidan la fórmula y hacen lo que pueden. No les sale nada mal. Ya cayó la noche y sigue la curiosa milonga, donde los bailarines cargan sus mochilas y bolsos, bajo las relucientes torres de Puerto Madero.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 278, Diario Clarín, sábado 24 de enero de 2009.

sábado 24 de enero de 2009

Leyendo el periódico en McDonald's

Un hombre lee el periódico en un local de McDonald's de Buenos Aires. Walter Benjamin lo entendería. (Foto: M. Pisarro)

Leyendo el periódico en McDonald's

Un hombre lee el periódico en un local de McDonald's de Buenos Aires. Walter Benjamin lo entendería. (Foto: M. Pisarro)

viernes 23 de enero de 2009

¿El lector peatonal respeta los derechos del escritor?

Temo por mi vida. Ya no por mi trabajo, mi entereza física, mi capacidad de hablar y moverme sin muletas. Ahora temo por mi vida. Sospecho que me vigilan. Intuyo un punto rojo, movedizo, deambulando sobre mi sien. Quizás un francotirador dispare a través de la ventana y mi cabeza se desplome sobre un plato de sopa. Quizás un vehículo sin identificar no detenga su loca carrera y me atropelle en una esquina solitaria. Quizás me encuentren colgado en la cocina, con una misteriosa nota de despedida.

Por favor, biógrafos del futuro, no crean en muertes accidentales. Habré sido asesinado con un solo propósito: silenciarme.

Pero ya no puedo echarme atrás. Ya no puedo mantener este mutismo. Si el precio que debo pagar es la pérdida de la capacidad de respirar, que así sea. Hablaré, caiga quien caiga. Pueden llamarme “soplón” si así lo desean. Puede acusarme de traidor y no titubearé.

Llega un momento en la vida de todo hombre en que debe enfrentar su destino. Un momento en que debe hacerse la pregunta inevitable, obligada, trascendental: ¿Quién tiene razón? ¿Ambrose Bierce o Ezequiel Martínez?

Ahora lo saben. Una noche de luna llena me hice esta pregunta y sospecho que saben cuál fue la respuesta. Presiento que soy un hombre marcado.

Ezequiel Martínez, que me vigila desde el blog de acá al lado, intentará silenciarme. Es un hombre poderoso y temo su ira.

Pero está equivocado y el mundo conocerá la verdad. Esto es como Zeitgeist, la película de Peter Joseph de 2007, sólo que la verdad revelada será sobre el alter ego de Martínez: el lector peatonal.

Pues lo que está haciendo Martínez es simple y llana apología del delito.

Debemos detenerlo.

El lector peatonal es un infractor. En palabras de Bierce: “El escritor posee derechos que el lector se encuentra obligado a respetar”. Y como el lector peatonal no respeta estas obligaciones podemos decir que es, simplemente, un infractor.

Martínez contaba que, cuando no tenía auto, una de las mayores felicidades en su vida de peatón eran “los minutos y las horas ganadas para la lectura en los medios de transporte público”. Agregó que no entendía por qué los demás viajeros de trenes subterráneos y colectivos no empleaban el tiempo que mediaba entre la partida y el destino para leer. Llegó a decir: “A veces hasta me alegraba de algún desvío provocado por un corte de calles, con los atascos del tránsito o por la sucesión de semáforos rojos, porque me regalaban el placer de más páginas antes de llegar a mi destino”.

Su alter ego, el lector peatonal, volvió a aparecer cuando relató un tortuoso trámite burocrático. Terminaba preguntándose por qué las personas se pasaban horas mirando las mudas pantallas de televisión en lugar de llevarse un libro.

Para rematarlo, hace poco, explicó que se deshizo de su automóvil, que volvió a su condición de lector peatonal y que le gratifica saber que hay gente que, “en vez de malgastar sus horas muertas en los medios de transporte, comparte ese contagioso virus de la lectura tan pública y a la vez tan privada”.

El lector peatonal es aquella persona que lee libros, preferentemente de narrativa, en colectivos, trenes, salas de espera del dentista y mesas de bares. Pero no sólo eso: el lector peatonal sabe que es un lector peatonal, y se jacta de ello.

Lo que no sabe el lector peatonal es, sencillamente, que lo que hace está mal.

No hay atenuantes: leer en la vía pública está mal.

Lo fundamentaré tangencialmente. He notado que mi amigo IGN, el experto en mujeres que se rostiza en su cubículo, tiene una curiosa tirria contra los aplausos. No objeta los aplausos en sí; más bien, sostiene que las personas no saben aplaudir. Noté que su enojo se acentuaba todavía más en el Teatro Colón: según IGN, el aplauso debe empezar después de que cese todo sonido de los instrumentos, ni un segundo antes. ¿Por qué? Por qué la obra termina cuando termina su último sonido, no antes, no cuando alguien del público decide ponerse de pie y aplaudir.

El músico posee derechos que aquel que lo escucha está obligado a respetar. El que escucha está obligado a oir hasta el último sonido y, recién allí, ponerse a aplaudir.

Podemos decirlo de otra manera: si usted quiere escuchar en directo la Tercera Sinfonía de Beethoven, lo mejor es que vaya a una sala de conciertos y no a un barsucho de mala muerte donde unos rudos marineros desdentados juegan a los dardos.

¿Quiere escucharla en un barsucho, rodeado de ebrios, vómitos y mujerzuelas de insinuantes caderas? Está bien. Pero que nadie se sorprenda si Beethoven resucita y exclama: “¡El músico posee derechos que el oyente se encuentra obligado a respetar!”.

Lo mismo sucede con los libros. En su cuento “Las circunstancias correctas”, el irrepetible escritor y periodista Ambrose Bierce, nacido en 1842 y fallecido probablemente en 1914 (combatiendo vampiros mexicanos, según Del crepúsculo al amanecer 3), situó un diálogo entre dos conocidos en un tranvía. Uno de ellos es escritor y esa mañana ha publicado un relato de fantasmas en el periódico. El otro hombre va leyéndolo en el tranvía, absorto. “Mejor todavía, sumergido”, le dice al escritor.

El escritor le señala que lo está haciendo mal: que se está perdiendo el placer de la lectura.

―No lo entiendo ―contestó el primero al tiempo que doblaba el periódico y lo guardaba en su bolsillo―. Ustedes, los escritores, qué extraños son. A ver, dígame qué hice mal, o qué no hice. ¿En qué depende de mí el placer que me produzca o no pueda producirme su obra?
―De usted depende muchísimo. Yo le pregunto ahora: si lo tomase en este tranvía, ¿le gustaría su desayuno? Busquemos otro ejemplo, imaginemos un fonógrafo tan bueno que pudiese transmitir una ópera completa: canto, orquestación y todo el resto. ¿Usted cree que le daría un placer enorme si lo escuchara en su oficina, durante la jornada de trabajo? ¿De verdad le importaría la serenata de Schubert escuchándola durante la mañana, en el ferry, interpretada por un apasionado violinista italiano? ¿Se encuentra usted siempre dispuesto a admirar, más allá de las circunstancias? ¿Es que responde siempre su ánimo ante cualquier estímulo?


Lo que el escritor de Bierce le propone al lector peatonal es que debe cumplir los deberes de sus privilegios. El periódico que compró le pertenece y puede hacer con él lo que quiera, dice el escritor. Puede leerlo dónde, cómo y cuándo se le antoje. “Pero mi relato tiene otras características”, argumenta el escritor. “En él no encontrará las ‘últimas novedades de la tierra de los fantasmas’; no se supone que esté usted au courant del acontecer del reino de los espectros. Mi relato mantendrá su vigencia siempre que disponga usted del ocio preciso para sentirse en un estado de ánimo adecuado para el sentimiento que se expresa en él, y me animo a decir que no alcanzará semejante estado de ánimo dentro del tranvía, incluso siendo su único pasajero. No resulta esa la soledad que exige su lectura. El escritor posee derechos que el lector se encuentra obligado a respetar”.

¿Qué derechos?

El escritor nombró uno: el derecho a la atención absoluta. “No dársela resulta inmoral. Empujarlo a compartirla con el movimiento del tranvía, con el panorama fluctuante de la multitud en las calles y los edificios atrás (con cualquiera de estas distracciones innumerables que conforman el medio que habitualmente nos rodea) es tratarlo con injusticia grosera. ¡Por Dios, es infame!”.

El escritor está diciendo que leer su cuento de fantasmas en el tranvía es como descorchar un buen Vega Sicilia y echarle un sifonazo de soda. Sí, está dentro de lo posible, sobre gustos no hay nada escrito y, de cada culo, una flor. El problema es que, al echarle el chorro de soda, uno dilapida el placer de un buen Vega Sicilia, al igual que, leyendo un buen texto en el colectivo o en la sala de espera del dentista, uno dilapida el placer de una buena lectura.

Disfrutar, verdaderamente, de la lectura supone ciertas condiciones: las circunstancias correctas, al decir de Bierce. Leer en el tren o en la cola del banco es como ver El padrino en el televisor de 14 pulgadas de un micro de larga distancia. No, no, rectifico: es como ver El padrino, por primera vez, en un micro de larga distancia. Uno pudo disfrutarla en las circunstancias correctas y, en el micro, verla sabiendo qué viene a continuación, casi rememorándola. Pero no son las circunstancias correctas y sería terrible para el espectador desperdiciar esa primera vez en esas circunstancias incorrectas.

Leer en la vía pública significa dilapidar el placer que un posible buen texto puede ofrecer. Significa echarle soda al buen vino y, ya que estamos, dos cubitos de hielo y un chorrito de Coca Cola. Significa arruinar el vino, la soda, los cubitos y la Coca Cola.

Leer en la vía pública está mal. Así de simple.

He dicho.

Señores investigadores: si en los días siguientes este blog, o mi persona, desaparecen sin dejar rastros, ya saben la puerta de quién deben tirar abajo.

¿El lector peatonal respeta los derechos del escritor?

Temo por mi vida. Ya no por mi trabajo, mi entereza física, mi capacidad de hablar y moverme sin muletas. Ahora temo por mi vida. Sospecho que me vigilan. Intuyo un punto rojo, movedizo, deambulando sobre mi sien. Quizás un francotirador dispare a través de la ventana y mi cabeza se desplome sobre un plato de sopa. Quizás un vehículo sin identificar no detenga su loca carrera y me atropelle en una esquina solitaria. Quizás me encuentren colgado en la cocina, con una misteriosa nota de despedida.

Por favor, biógrafos del futuro, no crean en muertes accidentales. Habré sido asesinado con un solo propósito: silenciarme.

Pero ya no puedo echarme atrás. Ya no puedo mantener este mutismo. Si el precio que debo pagar es la pérdida de la capacidad de respirar, que así sea. Hablaré, caiga quien caiga. Pueden llamarme “soplón” si así lo desean. Puede acusarme de traidor y no titubearé.

Llega un momento en la vida de todo hombre en que debe enfrentar su destino. Un momento en que debe hacerse la pregunta inevitable, obligada, trascendental: ¿Quién tiene razón? ¿Ambrose Bierce o Ezequiel Martínez?

Ahora lo saben. Una noche de luna llena me hice esta pregunta y sospecho que saben cuál fue la respuesta. Presiento que soy un hombre marcado.

Ezequiel Martínez, que me vigila desde el blog de acá al lado, intentará silenciarme. Es un hombre poderoso y temo su ira.

Pero está equivocado y el mundo conocerá la verdad. Esto es como Zeitgeist, la película de Peter Joseph de 2007, sólo que la verdad revelada será sobre el alter ego de Martínez: el lector peatonal.

Pues lo que está haciendo Martínez es simple y llana apología del delito.

Debemos detenerlo.

El lector peatonal es un infractor. En palabras de Bierce: “El escritor posee derechos que el lector se encuentra obligado a respetar”. Y como el lector peatonal no respeta estas obligaciones podemos decir que es, simplemente, un infractor.

Martínez contaba que, cuando no tenía auto, una de las mayores felicidades en su vida de peatón eran “los minutos y las horas ganadas para la lectura en los medios de transporte público”. Agregó que no entendía por qué los demás viajeros de trenes subterráneos y colectivos no empleaban el tiempo que mediaba entre la partida y el destino para leer. Llegó a decir: “A veces hasta me alegraba de algún desvío provocado por un corte de calles, con los atascos del tránsito o por la sucesión de semáforos rojos, porque me regalaban el placer de más páginas antes de llegar a mi destino”.

Su alter ego, el lector peatonal, volvió a aparecer cuando relató un tortuoso trámite burocrático. Terminaba preguntándose por qué las personas se pasaban horas mirando las mudas pantallas de televisión en lugar de llevarse un libro.

Para rematarlo, hace poco, explicó que se deshizo de su automóvil, que volvió a su condición de lector peatonal y que le gratifica saber que hay gente que, “en vez de malgastar sus horas muertas en los medios de transporte, comparte ese contagioso virus de la lectura tan pública y a la vez tan privada”.

El lector peatonal es aquella persona que lee libros, preferentemente de narrativa, en colectivos, trenes, salas de espera del dentista y mesas de bares. Pero no sólo eso: el lector peatonal sabe que es un lector peatonal, y se jacta de ello.

Lo que no sabe el lector peatonal es, sencillamente, que lo que hace está mal.

No hay atenuantes: leer en la vía pública está mal.

Lo fundamentaré tangencialmente. He notado que mi amigo IGN, el experto en mujeres que se rostiza en su cubículo, tiene una curiosa tirria contra los aplausos. No objeta los aplausos en sí; más bien, sostiene que las personas no saben aplaudir. Noté que su enojo se acentuaba todavía más en el Teatro Colón: según IGN, el aplauso debe empezar después de que cese todo sonido de los instrumentos, ni un segundo antes. ¿Por qué? Por qué la obra termina cuando termina su último sonido, no antes, no cuando alguien del público decide ponerse de pie y aplaudir.

El músico posee derechos que aquel que lo escucha está obligado a respetar. El que escucha está obligado a oir hasta el último sonido y, recién allí, ponerse a aplaudir.

Podemos decirlo de otra manera: si usted quiere escuchar en directo la Tercera Sinfonía de Beethoven, lo mejor es que vaya a una sala de conciertos y no a un barsucho de mala muerte donde unos rudos marineros desdentados juegan a los dardos.

¿Quiere escucharla en un barsucho, rodeado de ebrios, vómitos y mujerzuelas de insinuantes caderas? Está bien. Pero que nadie se sorprenda si Beethoven resucita y exclama: “¡El músico posee derechos que el oyente se encuentra obligado a respetar!”.

Lo mismo sucede con los libros. En su cuento “Las circunstancias correctas”, el irrepetible escritor y periodista Ambrose Bierce, nacido en 1842 y fallecido probablemente en 1914 (combatiendo vampiros mexicanos, según Del crepúsculo al amanecer 3), situó un diálogo entre dos conocidos en un tranvía. Uno de ellos es escritor y esa mañana ha publicado un relato de fantasmas en el periódico. El otro hombre va leyéndolo en el tranvía, absorto. “Mejor todavía, sumergido”, le dice al escritor.

El escritor le señala que lo está haciendo mal: que se está perdiendo el placer de la lectura.

―No lo entiendo ―contestó el primero al tiempo que doblaba el periódico y lo guardaba en su bolsillo―. Ustedes, los escritores, qué extraños son. A ver, dígame qué hice mal, o qué no hice. ¿En qué depende de mí el placer que me produzca o no pueda producirme su obra?
―De usted depende muchísimo. Yo le pregunto ahora: si lo tomase en este tranvía, ¿le gustaría su desayuno? Busquemos otro ejemplo, imaginemos un fonógrafo tan bueno que pudiese transmitir una ópera completa: canto, orquestación y todo el resto. ¿Usted cree que le daría un placer enorme si lo escuchara en su oficina, durante la jornada de trabajo? ¿De verdad le importaría la serenata de Schubert escuchándola durante la mañana, en el ferry, interpretada por un apasionado violinista italiano? ¿Se encuentra usted siempre dispuesto a admirar, más allá de las circunstancias? ¿Es que responde siempre su ánimo ante cualquier estímulo?


Lo que el escritor de Bierce le propone al lector peatonal es que debe cumplir los deberes de sus privilegios. El periódico que compró le pertenece y puede hacer con él lo que quiera, dice el escritor. Puede leerlo dónde, cómo y cuándo se le antoje. “Pero mi relato tiene otras características”, argumenta el escritor. “En él no encontrará las ‘últimas novedades de la tierra de los fantasmas’; no se supone que esté usted au courant del acontecer del reino de los espectros. Mi relato mantendrá su vigencia siempre que disponga usted del ocio preciso para sentirse en un estado de ánimo adecuado para el sentimiento que se expresa en él, y me animo a decir que no alcanzará semejante estado de ánimo dentro del tranvía, incluso siendo su único pasajero. No resulta esa la soledad que exige su lectura. El escritor posee derechos que el lector se encuentra obligado a respetar”.

¿Qué derechos?

El escritor nombró uno: el derecho a la atención absoluta. “No dársela resulta inmoral. Empujarlo a compartirla con el movimiento del tranvía, con el panorama fluctuante de la multitud en las calles y los edificios atrás (con cualquiera de estas distracciones innumerables que conforman el medio que habitualmente nos rodea) es tratarlo con injusticia grosera. ¡Por Dios, es infame!”.

El escritor está diciendo que leer su cuento de fantasmas en el tranvía es como descorchar un buen Vega Sicilia y echarle un sifonazo de soda. Sí, está dentro de lo posible, sobre gustos no hay nada escrito y, de cada culo, una flor. El problema es que, al echarle el chorro de soda, uno dilapida el placer de un buen Vega Sicilia, al igual que, leyendo un buen texto en el colectivo o en la sala de espera del dentista, uno dilapida el placer de una buena lectura.

Disfrutar, verdaderamente, de la lectura supone ciertas condiciones: las circunstancias correctas, al decir de Bierce. Leer en el tren o en la cola del banco es como ver El padrino en el televisor de 14 pulgadas de un micro de larga distancia. No, no, rectifico: es como ver El padrino, por primera vez, en un micro de larga distancia. Uno pudo disfrutarla en las circunstancias correctas y, en el micro, verla sabiendo qué viene a continuación, casi rememorándola. Pero no son las circunstancias correctas y sería terrible para el espectador desperdiciar esa primera vez en esas circunstancias incorrectas.

Leer en la vía pública significa dilapidar el placer que un posible buen texto puede ofrecer. Significa echarle soda al buen vino y, ya que estamos, dos cubitos de hielo y un chorrito de Coca Cola. Significa arruinar el vino, la soda, los cubitos y la Coca Cola.

Leer en la vía pública está mal. Así de simple.

He dicho.

Señores investigadores: si en los días siguientes este blog, o mi persona, desaparecen sin dejar rastros, ya saben la puerta de quién deben tirar abajo.

domingo 18 de enero de 2009

En qué despercié enero (2 de 4)


¡Sangre, tripas, vómitos, fluidos corporales!

Si uno no tuviese más referencias que el lugar en sí mismo, si hubiese sido teletransportado como el Capitán James T. Kirk y no supiese dónde, apostaría a que se encuentra en algún depósito en ruinas okupado por un colectivo de artistas, vagabundos y teóricos revolucionarios. Hay cierto tipo de roña, de dejadez, que no se actúa. Cierta mugre en las paredes, cierto abandono, cierta rotura en los vidrios, cierto caos que no se escenifica.

Pero un letrero en la puerta avisa que se trata de un espacio libre de humo, entonces uno sospecha que en realidad sí es una gran puesta en escena. Y otro letrero dice que disculpen las molestias, que están refaccionando, y entonces sospecha que el desorden no está montado. Y otro letrero indica que los menores de 18 años sólo pueden entrar acompañados por sus padres, y entonces vuelve a la primera sospecha.

¿Esto es de verdad o es cartón pintado?

El lugar es la filial de San Telmo de Appetite (la otra está en Brooklyn), galería dirigida por Daniela Luna, recientemente llamada “la Nazarena Vélez de ArteBA”. La muestra, curada por Magalí Pallero, se titula “Gore” y, nazarenavelezmente hablando, los artistas (Gary Baseman, Lux Lindner, Ruy Krygier son algunos) se rajarán las entrañas por llamar tu atención.

Mejor imposible. Allí, en Appetite, funcionaba una carnicería y frigorífico. En la entrada está el mostrador, balanza incluida, muy cerca de la obra donde Superman y Jesús se besan apasionados tras haberse dado maza con sus respectivos superpoderes.

Uno podría quedarse horas ahí parado, pensándolo: ¿Quién ganaría? ¿Jesús o Superman?

“El Gore, ese género o subgénero del horror con vocación de impacto y metodología explícita donde la sangre chorrea y salpica, y los órganos y vísceras no pueden quedarse en su sitio, es claramente un hijo del cine...” (#@*!), escribió en un volante Ricardo Ottone, a cargo del ciclo fílmico junto a Fabio Manes. “Es sabido: el Gore se pasa por alto los buenos modales y no respeta nada en su afán de impactar”.

La matiné continuada (¡pandilleros! ¡tripas! ¡culos y tetas! ¡fetos abortados!) no podría ser más grindhouse. Sillón destartalado con pinta de haber sido levantado de la calle, sillas de plástico, puffs con base de cajón de gaseosas. No parecen esperar a más de diez personas, y no se aparecen más de diez personas.

“Holocausto caníbal” es el número central del programa. Dirigida por Ruggero Deodato y estrenada en 1980, es una verdadera maravilla (si cabe el término) del cine exploitation. Jóvenes documentalistas viajan al Amazonas para filmar a Yanomanos y Shamataris, indios caníbales y violentos. Desaparecen. Llaman a Harold Monroe, famoso antropólogo, para que vaya a rescatarlos. Monroe los encuentra muertos pero recupera sus filmaciones. Un canal de televisión decide emitirlas, pero al ver el bruto descubren que estos documentalistas se dedicaban a matar, violar, quemar y empalar, adjudicarle las canalladas a los primitivos y poner cara de qué terrible, qué horror.

Se la prohibió en decenas de países; a Deodato lo arrestaron por cargos de obscenidad. Y aunque argumento y estética son excusas para filmar violaciones y empalamientos, para matar animales (en serio), también se pueden encontrar pinceladas de Gualtiero Jacopetti, Jean Rouch o Roberto Tossellini. “Querido Ruggero, ¡qué película! ―le escribió Sergio Leone a Deodato―. La segunda parte es una obra de arte del realismo cinematográfico, pero todo parece tan real que vas a meterte en problemas con medio mundo”.
Imposible decir si la chica de mirada inocente que se acercó a Appetite y cierra los ojos cuando desguazan una tortuga gigante o decapitan un mono, está pensando en Tossellini y Rouch.

¿Esto es de verdad o es cartón pintado?

(#@*!) “...hijo no totalmente reconocido, uno con no muy buen aspecto, del cual papá y mamá no se sentirán orgullosos para dejar entrar sus producciones en el panteón de los consagrados”.

Nunca se sabe. Este año, o el siguiente, Deodato estrena secuela: “Caníbales”.
¿Irá al Bafici o muere en Appetite?


XIX & XXI

En la Plaza Monseñor de Andrea, en Córdoba y Anchorena, está terminando “Inmigrantes”. La obra de teatro, dirigida por Illay Martínez, transcurre en 1898, antes, durante y después del viaje de unos emigrados que esperan echar raíces en Buenos Aires. No faltan la pareja de judíos rusos, la italiana, el gallego, el francés, el alemán. Las valijas viejas atadas con sogas, el violín y el bandoneón, toda la iconografía del inmigrante pobretón con una mano atrás y otra adelante. Hacia el final de la puesta, tres chicos de la calle, con esa mezcla entre desfachatez, naturalidad y prepotencia que tienen para apropiarse del espacio público, se escabullen entre los actores y toquetean sus valijas, sus instrumentos, sus ropas. Dura unos segundos, luego alguien los saca. La imagen, imprevista, es poderosa: los inmigrantes pobres de fin du siècle interactúan con los pibitos descalzos y mugrosos del siglo XXI. Un tipo toma fotos, incrédulo. “¿Viste eso?”, le pregunta a su mujer. Todos lo vimos, pero hacemos como que no.


Los límites del costumbrismo

En el microcine de la Dirección General de Museos, en el octogenario edificio de la Costanera Sur donde funcionaba la Cervecería Munich, están proyectando “Balnearios”, el documental de 2002 de Mariano Llinás, a sala llena. La película tiene diferentes historias, diferentes segmentos, y el que se lleva mayores risas y aplausos es el “Episodio de las playas” que disecciona una específica fauna marina local: la clase media que veranea en balnearios del Partido de La Costa. El costumbrismo funciona porque el espectador se identifica con lo que ve, se reconoce, se burla de sus propias pautas culturales. Empieza con una sonrisa, sigue con una carcajada y termina con una mueca melancólica: la certeza de que el momento, y la costumbre, pasará. Finaliza el segmento y una mujer sigue riéndose a carcajadas. Nadie más lo hace. Una señora le chista y le susurra a su compañera: “Ahora hay que hacer un documental sobre espectadores de espectáculos culturales veraniegos”. Esa sí es una fauna peculiar.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 277, Diario Clarín, sábado 17 de enero de 2009.

En qué despercié enero (2 de 4)


¡Sangre, tripas, vómitos, fluidos corporales!

Si uno no tuviese más referencias que el lugar en sí mismo, si hubiese sido teletransportado como el Capitán James T. Kirk y no supiese dónde, apostaría a que se encuentra en algún depósito en ruinas okupado por un colectivo de artistas, vagabundos y teóricos revolucionarios. Hay cierto tipo de roña, de dejadez, que no se actúa. Cierta mugre en las paredes, cierto abandono, cierta rotura en los vidrios, cierto caos que no se escenifica.

Pero un letrero en la puerta avisa que se trata de un espacio libre de humo, entonces uno sospecha que en realidad sí es una gran puesta en escena. Y otro letrero dice que disculpen las molestias, que están refaccionando, y entonces sospecha que el desorden no está montado. Y otro letrero indica que los menores de 18 años sólo pueden entrar acompañados por sus padres, y entonces vuelve a la primera sospecha.

¿Esto es de verdad o es cartón pintado?

El lugar es la filial de San Telmo de Appetite (la otra está en Brooklyn), galería dirigida por Daniela Luna, recientemente llamada “la Nazarena Vélez de ArteBA”. La muestra, curada por Magalí Pallero, se titula “Gore” y, nazarenavelezmente hablando, los artistas (Gary Baseman, Lux Lindner, Ruy Krygier son algunos) se rajarán las entrañas por llamar tu atención.

Mejor imposible. Allí, en Appetite, funcionaba una carnicería y frigorífico. En la entrada está el mostrador, balanza incluida, muy cerca de la obra donde Superman y Jesús se besan apasionados tras haberse dado maza con sus respectivos superpoderes.

Uno podría quedarse horas ahí parado, pensándolo: ¿Quién ganaría? ¿Jesús o Superman?

“El Gore, ese género o subgénero del horror con vocación de impacto y metodología explícita donde la sangre chorrea y salpica, y los órganos y vísceras no pueden quedarse en su sitio, es claramente un hijo del cine...” (#@*!), escribió en un volante Ricardo Ottone, a cargo del ciclo fílmico junto a Fabio Manes. “Es sabido: el Gore se pasa por alto los buenos modales y no respeta nada en su afán de impactar”.

La matiné continuada (¡pandilleros! ¡tripas! ¡culos y tetas! ¡fetos abortados!) no podría ser más grindhouse. Sillón destartalado con pinta de haber sido levantado de la calle, sillas de plástico, puffs con base de cajón de gaseosas. No parecen esperar a más de diez personas, y no se aparecen más de diez personas.

“Holocausto caníbal” es el número central del programa. Dirigida por Ruggero Deodato y estrenada en 1980, es una verdadera maravilla (si cabe el término) del cine exploitation. Jóvenes documentalistas viajan al Amazonas para filmar a Yanomanos y Shamataris, indios caníbales y violentos. Desaparecen. Llaman a Harold Monroe, famoso antropólogo, para que vaya a rescatarlos. Monroe los encuentra muertos pero recupera sus filmaciones. Un canal de televisión decide emitirlas, pero al ver el bruto descubren que estos documentalistas se dedicaban a matar, violar, quemar y empalar, adjudicarle las canalladas a los primitivos y poner cara de qué terrible, qué horror.

Se la prohibió en decenas de países; a Deodato lo arrestaron por cargos de obscenidad. Y aunque argumento y estética son excusas para filmar violaciones y empalamientos, para matar animales (en serio), también se pueden encontrar pinceladas de Gualtiero Jacopetti, Jean Rouch o Roberto Tossellini. “Querido Ruggero, ¡qué película! ―le escribió Sergio Leone a Deodato―. La segunda parte es una obra de arte del realismo cinematográfico, pero todo parece tan real que vas a meterte en problemas con medio mundo”.
Imposible decir si la chica de mirada inocente que se acercó a Appetite y cierra los ojos cuando desguazan una tortuga gigante o decapitan un mono, está pensando en Tossellini y Rouch.

¿Esto es de verdad o es cartón pintado?

(#@*!) “...hijo no totalmente reconocido, uno con no muy buen aspecto, del cual papá y mamá no se sentirán orgullosos para dejar entrar sus producciones en el panteón de los consagrados”.

Nunca se sabe. Este año, o el siguiente, Deodato estrena secuela: “Caníbales”.
¿Irá al Bafici o muere en Appetite?


XIX & XXI

En la Plaza Monseñor de Andrea, en Córdoba y Anchorena, está terminando “Inmigrantes”. La obra de teatro, dirigida por Illay Martínez, transcurre en 1898, antes, durante y después del viaje de unos emigrados que esperan echar raíces en Buenos Aires. No faltan la pareja de judíos rusos, la italiana, el gallego, el francés, el alemán. Las valijas viejas atadas con sogas, el violín y el bandoneón, toda la iconografía del inmigrante pobretón con una mano atrás y otra adelante. Hacia el final de la puesta, tres chicos de la calle, con esa mezcla entre desfachatez, naturalidad y prepotencia que tienen para apropiarse del espacio público, se escabullen entre los actores y toquetean sus valijas, sus instrumentos, sus ropas. Dura unos segundos, luego alguien los saca. La imagen, imprevista, es poderosa: los inmigrantes pobres de fin du siècle interactúan con los pibitos descalzos y mugrosos del siglo XXI. Un tipo toma fotos, incrédulo. “¿Viste eso?”, le pregunta a su mujer. Todos lo vimos, pero hacemos como que no.


Los límites del costumbrismo

En el microcine de la Dirección General de Museos, en el octogenario edificio de la Costanera Sur donde funcionaba la Cervecería Munich, están proyectando “Balnearios”, el documental de 2002 de Mariano Llinás, a sala llena. La película tiene diferentes historias, diferentes segmentos, y el que se lleva mayores risas y aplausos es el “Episodio de las playas” que disecciona una específica fauna marina local: la clase media que veranea en balnearios del Partido de La Costa. El costumbrismo funciona porque el espectador se identifica con lo que ve, se reconoce, se burla de sus propias pautas culturales. Empieza con una sonrisa, sigue con una carcajada y termina con una mueca melancólica: la certeza de que el momento, y la costumbre, pasará. Finaliza el segmento y una mujer sigue riéndose a carcajadas. Nadie más lo hace. Una señora le chista y le susurra a su compañera: “Ahora hay que hacer un documental sobre espectadores de espectáculos culturales veraniegos”. Esa sí es una fauna peculiar.

(+) Marcelo Pisarro, Flora y fauna, Revista Ñ, 277, Diario Clarín, sábado 17 de enero de 2009.