viernes 18 de diciembre de 2009

Yo quiero tener un millón de amigos homosexuales

Es una suerte que en los tiempos del Facebook la palabra “amigo” haya perdido su antigua sustancia. La expresión dejó de lado su protocolo y su solemnidad. No es necesario ya hacer pactos de sangre para sellar hermandades eternas, ni siquiera se necesita estar particularmente informado acerca de la identidad de estas amistades. Quien antaño era etiquetado en nuestra vida social como conocido, vecino, compañero de escuela, ex compañero de escuela, colega, compañero de trabajo, jefe, ex pareja, compañero de viaje, mozo de confianza, conocido de la cancha, conocido del potrero, conocido de la esquina, conocido de recitales, conocido de un conocido, incluso quien antaño era etiquetado como completo desconocido, hoy puede entrar en nuestro círculo social con el marbete de “amigo”.

―¿Quién es?

―Es un amigo de Facebook.

Podrán hacerse muchas objeciones respecto a la cuota de pereza intelectual que conlleva equiparar la resignificación de un término de uso corriente con la resignificación de los vínculos sociales, políticos y culturales que el uso corriente de ese término presupone, pero mejor dejémoslas correr. Si la única máxima periodística que vale la pena tener en cuenta es aquella que establece que el molesto asunto de la verdad no debe interferir con una buena historia, en este caso puede establecerse que el molesto asunto de la verdad no debe interferir con una buena coartada.

Cuantos más amigos tengamos, mejores serán nuestras coartadas. Incluso, con el relajamiento de la palabra “amigo”, hasta puede que estas coartadas sean más que coartadas: puede que estemos diciendo la verdad.

¿Y no es lindo, para variar, decir alguna vez la verdad?

Esta expresión se repite en casi todas las lenguas, o para empezar a decir la verdad, en casi todas las lenguas que yo conozco. Tomo “lenguas” en su sentido antropológico más mecánico, ése que equipara una lengua = una cultura = una identidad. El recorte de la acepción terminológica permite, pues, afirmar que la expresión, y por ende la coartada, existen en casi todas las sociedades. Podemos llamarla, a falta de un nombre mejor, la coartada del millón de amigos.

La coartada del millón de amigos permite decir cualquier barrabasada apoyándose en aquello que en retórica clásica se llama concessio, una concesión: se comienza señalando las similitudes y coincidencias con el contrincante, para luego enfatizar todo aquello que no son similitudes ni coincidencias. Podríamos establecer, entonces, a modo de anexo de la Retórica de Aristóteles, que la coartada del millón de amigos es una de las formas que adopta la concessio, y que invariablemente comienza con la misma expresión: “Algunos de mis mejores amigos son...”.

#TEXTO COMPLETO