lunes 14 de diciembre de 2009

Socio Nº 12.746

Un amigo suele argumentar que soy el típico hincha de Independiente: que sólo voy a la cancha ―no exageremos: que al menos me molesto en mirar los resultados de los partidos en el diario― cuando el equipo está por salir campeón. Luego suele usar la palabra “amargo”. De hecho, insiste bastante en esa palabra, “amargo”. Nunca deja de apelar a cierto efecto que se balancea entre la sinécdoque y la hipérbole, que lo lleva a concluir que todos los del rojo son amargos. La retórica es impecable.

La amargura, en fútbol, suele asociarse a los hinchas de Independiente. Ensayando una explicación muy superficial, se sostiene que el histórico empacho de títulos y éxitos produjo en los aficionados una actitud entre apática, desdeñosa y distante. Por eso de seguir dándoles la razón a las estructuras dicotómicas opuestas binarias de Claude Lévi-Strauss, el caso simétrico e inverso sería el de Racing, rival barrial de Independiente, equipo que obtiene un título cada quinientos años pero sus hinchas viven cada derrota y cada fracaso con exultante pasión. Eso se llama “aguante”, y en fútbol el par binario estructuralista viene en el formato amargura/ aguante.

El aguante es bueno y deseable, la amargura no.

Aunque acepto el calificativo de “amargo” de buena gana, diré también que el “aguante” está sobrevalorado. De alguna manera se trata de un germen que estuvo atrincherado en la industria cultural durante décadas, siempre pugnando por salir pero nunca lográndolo, hasta que en la primera mitad de la década de 1990 ese continente sumergido salió a flote. “La rebelión de los perdedores”, la llamó un directivo de Sub Pop, el sello discográfico que había fichado a Nirvana y había llevado la cultura del perdedor a los primeros puestos de los rankings de todo el mundo.

Ser un perdedor se había vuelto una cosa bien vista, y la cultura del aguante encontró allí su punto de apoyo, su legitimidad histórica y social. Una vez un asustadizo Dave Mustaine, que cantaba y tocaba la guitarra en el grupo de heavy metal Megadeth, me preguntó qué coreaban los fanáticos que se habían congregado en los alrededores de un canal de televisión porteño. Los pibes coreaban un mecánico “Megadeth, aguante Megadeth” con la canción “Symphony of destruction” como silenciosa e imaginada base, y no supe cómo traducir “aguante”. Recuerdo haberme inclinado por “hang on”, pensando en el conocido poster del gatito colgado de una soga de tender la ropa. Aguantá, gato. Aguantá, Dave. Aguantá, hincha de Racing.

Los exégetas populares asociarán el aguante con la resistencia, con un pintoresco “somos pulenta”, pero en ese momento ―y también ahora― se me antojó que podía vincularse más bien con la resignación, con la cabeza que rueda en el piso mientras muerde y vocifera vengadora, con el gatito resignado a aguantar todo lo que pueda antes de caerse de la soga y romperse los huesos. El aguante es una forma de agregarle épica al permanente acto de perder, una manera de legitimar la exclusión y la falta de oportunidades, de aceptar la bota sobre la nuca y el rostro en el barro.

La música que mejor se lleva con el aguante es la canción “Que será, será”, y como bien acotó el crítico Greil Marcus, “Que será, será” es siempre contrarrevolucionario. También aquí la retórica es impecable: el aguante es siempre contrarrevolucionario.

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