miércoles 9 de diciembre de 2009

Sarmiento, el primer punk

Todas las mañanas y todas las tardes el hombre estaciona su bicicleta frente al número 21 de la calle Sarmiento, sur, en la ciudad de San Juan, capital de la homónima provincia cuyana. Los caños y las soldaduras hicieron de la bicicleta un pequeño tractor, un pequeño camión de carga. Pedaleando, cada mañana y cada tarde el hombre lleva los dos enormes canastos desde su casa de fondo amplio hasta el frente del número 21 de la calle Sarmiento, sur. Luego hace el mismo recorrido, en dirección inversa, con los canastos más o menos vacíos según el día de la semana, el clima, la suerte, la marcha de la economía, la época del año.

El hombre vende higos secos. Dos con cincuenta la bolsita. No sería exagerado sostener que son los higos secos más ricos de San Juan, pero, en cualquier caso, más vale titubear en base al condicional: podrían serlo. Y uno podría apostar a favor.

El barrio es El Carrascal, aunque ahora sea parte del centro de la ciudad de San Juan. En el número 21 de la calle Sarmiento, sur, está la casa donde vivió el hombre que daría nombre a esa arteria: Domingo Faustino Sarmiento, político, escritor, docente, Senador, Gobernador de San Juan, Presidente de la Nación entre 1868 y 1874, finalmente prócer, nombre de calles y plazas y pueblos, lección que aprender en la escuela y mito que enaltecer o vilipendiar.

Sarmiento, inmortal, ejemplo de educación y tesón, padre fundador de la patria, alumno que nunca se perdió una clase, personaje protagónico para representar en los actos escolares, figura que desdeñar y convertir en chasco durante la secundaria, vida y obra que descontextualizar, tergiversar, en ese ejercicio eternamente adolescente que los malos historiadores de la televisión llaman “revisionismo”. Sarmiento, autor de una obra riquísima, fundamental, inevitable pero aun así evitada; Sarmiento, trivializado en un busto de cabeza calva, pintarrajeado por mocosos idiotas, cagado por palomas, deshonrado por viejas boludas que se llevan la mano al pecho antes de pronunciar “maestro”, “aula”, “educación” y “patria” con mucha solemnidad. Sarmiento, póster de Billiken y Anteojito. Sarmiento, metáfora muerta. Sarmiento, peleador callejero. Sarmiento, padre del aula. Sarmiento, inmortal.

Sarmiento, el primer punk: el hombre que venía de una calle de porquería, de un barrio de porquería, de una ciudad de porquería, de una provincia de porquería, de un país de porquería, de un continente de porquería; el hombre con el barro hasta las rodillas que entendió que debía seguir el eslogan más exitoso de la industria cultural del siglo XX, el concepto mejor tallado de la factoría de musiquitas adolescentes que llegarían a dominar el mercado cultural de Occidente, ése que acuñaron Johnny Rotten y Joe Strummer y que siguen repitiendo como loritos los montones de zánganos con remeras de Ramones (“Bueno, no me importa historia/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll/ Porque no es ahí donde quiero estar/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll/ Odio a los profesores y al director/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll/ No quiero ser educado para ser un tonto/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll”) que todavía hoy pintarrajean el busto de cabeza calva como señal de distinción y rebeldía empaquetada en un supermercado: que el significado del “no future” es que uno debe construirse su propio futuro.

Y nadie en el cono sur del continente representó mejor ese eslogan, ese cliché para ovejas con peinados mal tuneados, que Domingo Faustino Sarmiento, padre del aula, primer punk.

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