Entre los debates literarios desapercibidos de 2009, acaso uno de los más interesantes haya sido el que incumbe a la traducción al castellano del título del libro del critico musical Alex Ross, The rest is noise. Listening to the Twentieth Century (2007). Este notable ensayo acerca de la música clásica del siglo XX se convirtió en un instantáneo libro-que-tenés-que-leer-sí-o-sí. Ganó premios, vendió mucho, sedujo a melómanos quisquillosos y a escuchas principiantes. Ross se merece cada uno de los millones que embolsó, y seguirá embolsando, con The rest is noise.
La filial española de Seix Barrial lo publicó en castellano bajo el título El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música. Al traductor, Luis Gago, le llovieron cascotazos de todos lados. ¿Cómo convirtió El resto es ruido en El ruido eterno? Justificó la elección señalando que los lectores españoles no podrían relacionar “El resto es ruido” con “El resto es silencio” (The rest is silence), últimas célebres palabras del Príncipe Hamlet. Gago señaló además que se basó en la traducción de Leandro Fernández de Moratín de la obra de William Shakespeare: “Para mí sólo queda ya... silencio eterno”.
El crítico Diego Fischerman, a quién la traducción no le gustó nada, escribió en su blog: “No debería olvidarse que se trata de un libro sobre música, y no sobre Hamlet, y que la idea de que ‘el resto es ruido’ no resulta ni de cerca reemplazable por la de un ‘ruido eterno’. La eternidad del ruido es, en todo caso, la de Babel y aquel excesivo castigo de un dios soberbio cuando, sólo para evitar que los hombres y mujeres del mundo llegaran al cielo, resolvió confundir sus lenguas para que ya no se entendieran entre sí. Y creó a los traductores españoles”.
Uno de los lectores de ese blog recordaba que Gago transformó Music: A very short introduction, el libro de 1998 de Nicholas Cook, en De Madonna al canto gregoriano. Una muy breve introducción a la música. Y que ahí no hubo ningún Moratín al que echarle la culpa.
Pero en general las traducciones de los títulos de los libros (sean obras de ficción o de cualquier otro tipo) no suelen despertar tantos resquemores, acaso porque suelen ser un tanto más literales o aceptables, acaso porque el mercado no es tan grande como el del cine, donde se escuchan los mayores reproches.
Ya se volvió un lugar común preguntarse cuál es el criterio para traducir los nombres de las películas anglosajonas que se estrenan en países de habla hispana. ¿Qué volteretas lingüísticas permiten traducir Home alone como Mi pobre angelito? ¿Qué matiz de la lengua convierte The game en Al filo de la muerte? ¿Walk the line en Johnny y June, pasión y locura? ¿Trading places en De mendigo a millonario? ¿Seven en Pecados capitales? ¿The devils wears Prada en El diablo viste a la moda, Coming to America en Un príncipe en Nueva York, Beverly Hills Cop en Un detective suelto en Hollywood?
Y así.
Es cierto que las traducciones literales no siempre son fáciles ni deseables. Por saltar del cine a la música, conservo un casete de The Ramones, It’s alive, en edición nacional, donde “Blitzkrieg bop” se presenta como “El bop de la guerra relámpago”, que es una traducción literal aunque desmañada (curiosamente esta elección también aparece en una edición canadiense de 1991, ya en CD, del disco Learning English del grupo alemán Die Toten Hosen, sólo que sin el primer artículo: “Bop de la guerra relámpago”). En ese mismo disco de Ramones, la canción “Chainsaw”, que incluso empieza con el sonido de una motosierra para darle pistas al traductor, se convirtió en “La cadena vió” (también el acento de "vió" forma parte de la traducción).
Entre traducciones literales desmañadas y traducciones simplemente incorrectas, a veces los inventos de los tituladores fílmicos hispanos no parecen tan terribles.
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