lunes 21 de diciembre de 2009

¡No te compres libros!

Entre las tradiciones navideñas familiares de las que puedo dar cuenta está la ancestral reprimenda de mi abuela. Cuando suenan las campanas anunciando el comienzo de Navidad, un infatigable Papá Noel hace su arribo anual con la bolsa cargada de regalos. Mi abuela suele tajear en partes iguales su jubilación, introducir estas partes iguales en sobrecitos confeccionados con papel de regalo y mandarlos a la bolsa navideña para que sean distribuidos entre sus cinco nietos (de menor a mayor: mi primo, mi hermano, mi hermana, mi otro primo, yo).

Insisto en que tajea su jubilación, o una buena parte de ella. Dado que mi abuela no es Amalita de Fortabat, Ernestina de Noble, Mirtha Legrand, Cristina Fernández de Kirchner o alguna otra anciana acaudalada de renombre, el monto se mantiene dentro de parámetros jubilatorios estándar. Es de mal gusto andar cuantificando en público el regalo navideño de tu abuela, sin mencionar que suele actualizarse según los embates inflacionarios (“una sensación”, estimo que diría alguna de las ancianas acaudaladas mencionadas), pero indiquemos que alcanza con holgura para una sólida novedad de librería y un combo de McDonald’s.

Pongamos por caso: un Stieg Larsson y un McCombo Triple Mac.

En cuanto a mí respecta, es el regalo navideño perfecto: novedad editorial + combo grande de comida chatarra. Por algo las abuelas son abuelas.


Siguiendo con la ancestral práctica navideña, uno le agradece a su abuela por el obsequio y se siente un crápula por no haberle comprado nada. Los otros cuatro nietos reciben más o menos la misma réplica:

―Gracias, abuela.

―De nada. Para que te compres algo que te guste...

O también:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate lo que quieras...

Los puntos suspensivos del final son una puerta entreabierta a cualquier alternativa. Pero a mí no me dice nada de todo eso. Ningún punto suspensivo del final. El libre albedrío que se le concede a mis hermanos y primos está, en mi caso, seriamente coartado de raíz.

El diálogo sería más o menos así:

―Gracias, abuela.

―¡No te compres libros!

Otras veces el diálogo tiene ciertas variantes. Por ejemplo:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate algo que te guste...

―Sí, probablemente compre...

―¡No te compres libros!

Una recomendación similar tiene lugar en marzo, con el sobrecito que funciona como regalo de cumpleaños:

―¡No te compres libros!

Incluso, si la época la encuentra con iniciativa y ganas de corregir mi comportamiento desviado, llama a mi madre y le pegunta qué puede regalarme.

―Si le regalo plata se la gasta en libros.

Es genial el modo en que exclama que no compre libros. Suena como si dijera: “¡No te compres drogas!” o “¡No te lo gastes en prostitutas en un cabaret!” o “¡No lo dones a Greenpeace!”.

#TEXTO COMPLETO