viernes 11 de diciembre de 2009

Los nombres de las calles

Leo en el diario que están habilitando al público nuevas calles en el Dique 1 de Puerto Madero. Una de estas nóveles arterias, emplazada entre Pierina Dealessi y el boulevard Elvira Rawson de Dellepiane, todavía no ha sido bautizada. Se supone que las calles deben tener nombres, no tanto para que sus ocupantes puedan recibir las facturas del cable y del gas en sus buzones de correo, sino porque una calle sin nombre dramatiza el avance de la barbarie sobre la civilización, la supremacía del baldío y la corredera de tierra en el bien ganado orden urbano: asfaltado, iluminado y, valga la redundancia, ordenado.

Una calle sin nombre es como el gato sin nombre de Desayuno en Tiffany’s, la nouvelle de 1958 de Truman Capote. “¡Pobre infeliz!”, exclama Holly Golightly, la chica rica que tiene tristezas, la muchacha que bien podría ser el primer amor literario de cualquier lector. “¡Pobre infeliz sin nombre!”.

Lo mismo podría exclamar algún vecino de Puerto Madero frente a esta calle: ¡Pobre calle infeliz! ¡Pobre calle infeliz sin nombre!

A fin de evitarle el mal trago a algún contribuyente o paseante, se puso en marcha una convocatoria para elegir el nombre de la calle a través de una votación por Internet. El consorcio de propietarios de Dique 1 propuso siete candidatos y se solicitará a la Legislatura porteña que la arteria lleve el nombre más votado.

“Se trata, sin dudas ―dice el sitio web―, de una propuesta única y novedosa: será la primera vez que los habitantes de nuestra ciudad podrán influir en la elección del nombre de una calle”.

Siguiendo lo establecido por la ordenanza municipal, los siete nombres propuestos corresponden a mujeres con alguna incidencia en la vida pública, presente y pretérita: Ana Díaz, la única mujer que viajó con Juan de Garay en 1580 para refundar Buenos Aires; Aurelia Vélez, la novia de Domingo Faustino Sarmiento durante treinta años; Camila O'Gorman, la muchacha de veinte años fusilada por Juan Manuel de Rosas por haberse enamorado y fugado junto a un cura, también él fusilado; Rebeca Gerschman, bioquímica, fisióloga, bióloga, académica; Alejandra Pizarnik, poeta, escritora; Niní Marshall, actriz; y María Luisa Bemberg, cineasta, empresaria.

Intuyo que ganarán Pizarnik o Marshall, o que acaso Bemberg dé el sorpresivo batacazo. Por las dudas, por aquel brío almafuertista de no darse por vencido ni aún vencido, aporté mi granito de arena y le sumé un voto a mi favorita, Rebeca Gerschman, en reconocimiento a su tesis doctoral sobre el potasio plasmático y a sus trabajos sobre la toxicidad del oxígeno.

Además, sería interesante vivir en la calle Gerschman, y ―a propósito de las observaciones de Arturo Cancela respecto al modo en que los chauffeurs de Buenos Aires pronunciaban el nombre de la calle Jean Jaurès― sentarse a escuchar cómo la nueva generación de chauffeurs pronuncia Gerschman: Guermán, Jermán, Jérchman.

Pues se da por descontado que lo pronunciarán mal. El etnocentrismo ganó la batalla hace rato. Sólo resta pegarse codazos y hacerse un lugar en el vagón de los vencedores.

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