No es que uno quiera ponerse en quisquilloso. Se sabe que en la ciudad de Buenos Aires, y en cualquier otro lado, algunos problemas son más apremiantes que otros. Las prioridades son inevitables, como bien estableció el dibujante y escritor Quino a través de su personaje Mafalda: lo urgente no deja tiempo para lo importante.
En el caso de que se considere importante escribir correctamente los nombres de las calles. Puede que no. Sabemos que un Premio Nobel de Literatura instó a jubilar la ortografía, y aunque el de Literatura sea algo así como el Premio Nobel Consuelo, el premiecito nobelcito, sigue tratándose de una voz autorizada. Ningún ganador de un Premio Nobel de verdad instaría, por ejemplo, a jubilar la tabla periódica de los elementos o el estudio del cuerpo humano. Pero si la ortografía no le importa ni a los mismos escritores, ¿por qué debería importarnos al resto de los mortales?
También podría pensarse que ni lo urgente, ni lo importante, dejan tiempo para las exquisiteces. Que basta con señalizar más o menos las calles, que se entiende qué queremos decir, que alcanza y sobra con la aproximación. Una cosa es escribir Zarmiento o Velgrano, animalada que amerita el bonete de burro sin muchas cavilaciones; pero otra muy distinta es comerse un acento o dos, saltearse una letra, confundirse de vocal. Si uno está buscando la calle Ortega y Gasset, y encuentra un cartel que dice “Ortega y Gaset”, con una s de menos, probablemente no empiece a preguntarse si está en la senda correcta o si la calle Ortega y Gaset es diferente de la calle Ortega y Gasset. Se entiende. Lo mismo ocurrirá si descubre un letrero de Matheu sin h, Tupiza con s, Repetto con una sola t. A fin de cuentas, ¿usted qué prefiere? ¿Un letrero mal escrito? ¿O un espacio vacío donde debería estar emplazado un ausente cartel bien escrito? Entre dos males, mejor quedarse con el mal menor.
Y aún así, el caso de la calle Virrey Cevallos, o Ceballos, no deja de producir sarpullido, que en todo caso también podría ser zarpullido o sarpuyido. Será porque vivo en el sur de la ciudad y camino por esa calle todos los días. O porque no creo que haya que jubilar la ortografía, aunque uno no sea escritor y se contente con proteger la integridad de la tabla periódica de los elementos. O porque la opción de elegir entre dos males resulta un despropósito cuando cuesta tan poco hacer las cosas bien.
En fin, menos cuento: ¿qué tal si todos escribimos Virrey Cevallos de la misma manera y jubilamos, no a la ortografía, sino al buen Virrey Ceballos?
La calle Virrey Cevallos (si es que se llama así, ahora empiezo a dudarlo) se extiende desde la Avenida Rivadavia, entre la Plaza del Congreso y la Plaza Moreno, hasta la Avenida Caseros, donde choca contra el Hospital Británico y muere. En esa veintena de cuadras es posible observar cómo el sur de la ciudad se va volviendo más redundante, más olvidable, menos representable en el discurso oficial. Podría pensarse, cuando se camina del 0-100 al 2100-2200 de la calle Cevallos, que al alcanzar la avenida Caseros uno se caerá del mapa de la ciudad, que allí simplemente se acabará todo, que habrá vacas y yuyos, o baldíos siniestros, o el infierno del suburbio, o alguna nada blancuzca de ciencia ficción. Pero no, la ciudad sigue, aunque a veces parezca que ya está, que allí se terminó, que allí se baja el telón. Aunque parezca que si cruzando Rivadavia las cosas importan poco, y que cruzando San Juan importan menos, cruzando Caseros dejan de importar del todo.
Es una cuestión de símbolos, pero los símbolos no habitan una dimensión abstracta o poética. Son artefactos materiales, concretos, que forman parte de la ciudad y con los que convivimos a diario. Por eso resulta interesante que en las primeras diez cuadras de Cevallos no se vean divergencias ortográficas, pero que en cuanto la calle se adentra en el sur olvidado, el sur de chorros e ilegalidades, el sur de pibes sospechosos por llevar gorrita y capucha, el sur de asados en la vereda y chicos jugando a la pelota en el medio de la calle, el sur que sólo cobra sentido como margen, como orilla, incluso las concesiones de la lengua vayan volviéndose más laxas.
El 1200 de Cevallos se encuentra con la avenida San Juan y allí está la frontera, el límite más allá del límite. Si las primeras diez cuadras todavía son salvables, si todavía pueden formar parte del discurso público de la ciudad, al cruzarla ―al marchar hacia la autopista, la Plaza Garay, la avenida Brasil, luego Caseros y luego el fin del mundo― se pierde todo incentivo de encontrar un lenguaje en común. La ciudad converge hacia sus centros, y también lo hace el lenguaje.
Los símbolos son poderosos, y los carteles del cruce con San Juan aseguran que se está en la calle Virrey Cevallos y en la calle Virrey Ceballos, enfrentados en diagonal, como si chocaran dos componentes diferentes de la ciudad, como si al pasar ese límite dentro del límite poco importaran los nombres de las calles.
Luego se avanza, se sube según los números y se baja según la percepción de las jerarquías del entramado urbano, y los letreros que indican los nombres de las calles exponen diversas capas geológicas de señalética, restos arqueológicos que alternan a Cevallos y a Ceballos sin mayores reparos. Ya en Caseros, donde la calle acaba, el Virrey Cevallos y el Virrey Ceballos se miran frente a frente, a pocos metros de distancia. Ninguno se impone sobre el otro: se entiende qué queremos decir, alcanza con la aproximación.
En las orillas hay que conformarse con poco.
Pero las marcas de telefonía celular que coronan los letreros no presentan inconvenientes. Nokia es Nokia, qué duda cabe.
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