El tema, en The New Yorker, es “la cultura del gate-crashing”, la práctica social del momento: ingresar en exclusivos eventos sin invitación. O en buen criollo: colarse. ¿Las razones? Tomar fotografías de celebridades o dignatarios, ser fotografiado a su lado, beber y comer gratis, activismo variopinto, robar, proponer negocios, figurar.
El antropólogo James Clifford, autor del genial Dilemas de la cultura (Gedisa), comenta: “Un banquete exclusivo crea (a) status de élite o de pertenencia; (b) envidia, una mala sensación acerca de las distinciones y las jerarquías; (c) rumores, qué pasa ‘realmente’ adentro; y (d) transgresiones”.
Para ser efectivas, todas estas funciones (jerarquías, envidias, rumores, transgresiones) deben ser públicas. Para que el gate-crashing tenga sentido, el colado debe ser atrapado, debe dejarse ver: debe convertir su acción individual en un acto público. No hay gate-crashing si uno se cuela a una fiesta y nadie se entera, si no se lo cuenta a nadie, si pasa desapercibido.
“La transgresión depende de la ley ―sigue Clifford―. La vanguardia necesita de la burguesía; el contrabandista necesita de la policía para crear el valor de las mercaderías. Pero si alguien entra de colado con una bomba y vuela a todo el mundo, entonces es difícil pensar en el gate-crashing como una forma inocente de performance social”.
Qué lejos quedó el tango “Media noche”, de Troilo y Gagliardi, de 1934: “¿Qué harán los muchachos?/ Seguro en el feca, jugando al billar/ O andarán colados en un casamiento/ ¡Qué solo me siento! ¡Qué ganas de llorar!”.