Fue obviamente impertinente, el escritor Stephen King, cuando sostuvo que era el equivalente literario del Big Mac y las papas fritas. ¿Lo fue? Basta pensar en su carrera en Hollywood. Su obra inspiró más películas que ningún otro escritor vivo, y probablemente más que muchos escritores muertos. El hombre es —parafraseando al antropólogo Clifford Geertz a propósito de su colega Claude Lévi-Strauss— una máquina infernal de la cultura. Claro que muchos platillos dejan al comensal indignado, comparando la sabrosa hamburguesa de los afiches (o los libros) con el anodino objeto aplastado que le han servido (en las salas). King lo dice todo el tiempo. Las adaptaciones no siempre salen como uno espera, pero es parte del juego. Cuando le preguntan si no le encabrona que arruinen sus libros, se encoge de hombros. Los libros no están arruinados, suele responder. Los libros siguen allí, tal como estaban, para cualquiera que quiera leerlos.
Cuando se han hecho tantas adaptaciones de la obra de alguien, hay muchas —pero muchas— chances de que los bodrios superen a las películas buenas. O que los bodrios sean realmente muy bodrios. Basta ver Los niños del maíz, Sleepwalkers, The boogeyman o Sometimes they come back. Son simplemente bodrios.
“Me volvería loco si tratara de mantener un control de calidad —dijo King en una entrevista—. Trato sí de tener buena gente involucrada. La cosa es que, cuando juntás un guión, un director y todas las otras variables, nunca sabés en realidad cómo va a salir. Entonces partís de la idea de que es como un partido de baseball: ponés en el campo el mejor equipo que podés, y sabés que vas a ganar la mayoría de las veces. Y en mi caso, haciendo eso, la mayoría de las veces —si exceptuamos cosas como Return of Salem’s Lot, Los chicos del maíz 4, Los chicos del maíz conocen al Leprechaun o como se llame— vas a tener algo al menos interesante. Esto no significa que ocasionalmente no vayas a tener una cosa que sea como un accidente de trenes, como Cazador de sueños, porque pasa, ¿o no?”.
Pasa, y pasa seguido. Aunque últimamente King se haya cruzado de brazos y afirme que disfruta viendo cómo alguien más hace eso que los semiólogos llaman transposición, nunca ocultó que algunas le gustaron más que otras. Por ejemplo, El resplandor de Stanley Kubrick no le gustó nada.
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