Llevo un buen rato sentado al costado de la ruta 205, a la vera de donde empieza Cañuelas (o de donde termina, si uno entra por la otra punta, por la estación de trenes que conserva cierto provincianismo fin de siècle). Son unos kilómetros más allá de donde acaba el Gran Buenos Aires y empieza la llanura bonaerense, rica planicie marcada con cicatrices de malones, gauchos y peronistas. Espero el 88, colectivo que me dejará en el pueblucho de Uribelarrea, una veintena de kilómetros más adelante y algunos más tierra adentro. Desde acá veo el hotel-bar donde desayuné, la avenida Libertad ―una calle ancha con varios negocios―, un monolito dando la bienvenida a los automovilistas, quizás tentándolos: “Cañuelas, tierra de oportunidades”.
Nada que hacer más que esperar, dejar correr la imaginación, permitir las conexiones más involuntarias, más efímeras. Pienso en las excusas y en las resignificaciones, en las decisiones mal tomadas y en las decisiones cuyas razones jamás conoceremos. El cielo está despejado, el sol pica la piel mientras avanza hasta la posición que indicará el mediodía, el viento sacude el polvo. A veces se oye el ruido de autos y camiones, otras veces se oye ese ruido de falta de ruido típico de las rutas cuando no pasa ningún vehículo.
Frente a mí hay toda clase de yuyos: están esos cardos con flores amarillas y compactas; ésos que parecen pequeñas margaritas; ésos que simulan largas espigas y que los chicos suelen ponerse en la boca quién sabe por qué. Decisiones que jamás conoceremos: ¿quién resolvió que éstos son “yuyos”, que estas flores no valen ni el esfuerzo de mirarlas? ¿Quién determinó que hay que sacarlas cuando crecen en el jardín en vez de organizar concursos para establecer su excelencia?
Todo retórica: ya sé que no hay un “quién”.
Las otras decisiones son también incógnitas, aunque tengamos buenas historias que las corroboren.
Las buenas historias ―me digo― son artilugios para excusarnos por no haber resuelto las incógnitas.
En esta época del año se imponen las preguntas trascendentales: quiénes somos, dónde vamos, de dónde venimos, con qué propósito. Todo eso.
Sigo la corriente.
Ya ni me acuerdo de por qué me dedico a lo que me dedico, por qué aprendí sobre usos y costumbres de sociedades lejanas y cercanas, sobre los misterios de la genética y la evolución, sobre cómo ver lo que no está en los restos que sí están. Quizás alguna vez lo supe, pero ahora la explicación no sería más que un relato prefabricado, sucio, empañado con estantes de libros y teorías fallidas: sería solo otro cuento, arrojar un dardo en la oscuridad y recién después dibujar el blanco en la pared.
Cuando uno entra a la casa del Destino ―uno de los siete hermanos de The Sandman, comic escrito por Neil Gaiman y publicado entre 1988 y 1996― descubre que frente a sí tiene todo un laberinto. Pero cuando avanza y mira hacia atrás, sólo ve una línea recta.
Esa línea recta son las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida.
Los “cómo llegué a este punto” son siempre historias relatadas desde el laberinto, cuando ya hay una línea recta por detrás; cuando tenemos una historia que contar; cuando estamos a salvo; cuando poseemos un pasado que perder mucho más valioso que un futuro por ganar.
Pero quizás estos sean sólo divagues provocados por el sol y la espera. Puedo decir, sí, que lo que hago (lo que sea que hago) siempre sirvió de pretexto: para pasar el día tirado en la cama leyendo (“estoy examinando bibliografía”), para salir a vagabundear con rumbo desconocido (“estoy haciendo trabajo de campo”). Es un pretexto para estar solo, para holgazanear, para posponer responsabilidades, para que las noches sigan siendo más largas que los días, para vivir la vida de la manera en que uno quiere vivirla y no de la manera en que se supone que debe hacerlo por pertenecer a determinada franja social, etaria, económica, profesional. Un pretexto para seguir explorando el laberinto en lugar de pavonearse con la línea que va quedando atrás.
En el prólogo de la novela gráfica The Sandman: Endless nights (2003), Gaiman escribió: “El rey de los sueños aprende que uno debe cambiar o morir, y entonces toma una decisión”. Y acto seguido escucho que alguien dice: “Este año aprendí que las cosas no siempre resultan como uno quisiera, pero que en algún momento tiene que decidir que ya fue suficiente; que hay que seguir adelante”.
Le pongo mute.
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