La práctica es mañanera. Sucede a la hora del desayuno, sobre todo los fines de semana. También se lo ve por las tardes, a la hora de la merienda de cualquier día laboral, pero el momento crítico se sitúa los días sábados y domingos a la hora del desayuno. Puede ser en cualquier bar de la ciudad de Buenos Aires con mesas en las veredas, aunque por algún motivo los bares de las esquinas transitadas son los más elegidos, especialmente si son los bares de las esquinas transitadas de barrios tradicionalmente acomodados: Palermo, Barrio Norte, Recoleta. También se lo ve en barrios como Caballito, y acá en el sur de la ciudad, en San Telmo o San Cristóbal. Concluyo, pues, que la práctica está extendida, aunque no de manera homogénea: se lo nota con más frecuencia en Puerto Madero que en Barracas.
La costumbre consiste en sentarse a desayunar acompañado del perro y permitir que dicho perro meta las patas sobre la mesa, que la mordisquee, que la chupetee, que la babosee a su gusto. Empeora con esos perritos pedorros con forma de pompón de algodón y vestiditos maricones, mascotas de señoras y señores cuyo alto nivel económico suele ser equivalente a su alto nivel de desprecio por el espacio público. En estos casos la mascota suele estar sobre las faldas de sus dueños, chupeteando platos, tazas, manteles y demás superficies que quizás cinco minutos más tarde entrarán en contacto con nuestras ingenuas y desprevenidas personas.
Por esas cosas de las asociaciones espontáneas (por eso del Rolex en la corriente de la conciencia, diría, quizás, la escritora Vlady Kociancich), mientras veía cómo un perro baboseaba un platito de galletitas sobre la mesa del bar de la esquina de Independencia y Entre Ríos, pensé en la babosa. Hacía años que no pensaba en la babosa. Técnicamente, nunca había pensado en la babosa; nunca lo había puesto dentro de los márgenes de mi radar más allá de cuando aparecía en él. Pero en este caso, pensé en la babosa.
Y al instante experimenté un pegajoso escalofrío en la nuca.
En la década de 1990 escribía en la revista Madhouse, publicación de marginales estilos musicales de la industria cultural. Se me hace un tanto difícil explicar de qué se trataba Madhouse, pero a fines de ilustrar con una idea aproximada para los no enterados, que estimo son la mayoría, citaré unos fragmentos de la introducción de Días de ron, la novela que Hunter S. Thompson escribió a comienzos de la década de 1960 y que se publicó recién en 1998:
"En el News trabajaban hombres de toda clase: desde turbulentos jóvenes extremistas que querían reducir el mundo a escombros y empezar todo de nuevo, hasta carcamanes cansados y barrigones de tanto beber cerveza, que lo único que deseaban era vivir en paz antes de que un puñado de fanáticos redujeran el mundo a escombros.
Cubrían la gama completa que iba desde talentos genuinos y hombres honestos a degenerados y fracasados sin esperanzas que casi no sabían escribir una postal: chiflados y fugitivos y borrachos peligrosos... [...]
En aquella época no había escasez de gente con la que compartir un trago. Nunca duraban mucho, pero no cesaban de aparecer. Yo los llamo periodistas vagabundos porque ningún otro término resultaría igualmente válido. No había dos iguales. Eran profesionales distintos, pero tenían algunas cosas en común: dependían, más que nada por hábito, de los periódicos y las revistas para el grueso de sus ingresos; su vida estaba calibrada para las oportunidades a largo plazo y los movimientos repentinos, juraban no deberle lealtad a ninguna bandera y la única moneda que les resultaba valiosa eran la buena suerte y los buenos contactos.
Algunos eran más periodistas que vagabundos y otros, más vagabundos que periodistas, pero con pocas excepciones trabajan por horas, de manera independiente o eran aspirantes a corresponsales extranjeros y, por una u otra razón, vivían a cierta distancia del establishment periodístico. [...]
En cierto sentido yo era uno de ellos ―más competente que algunos y más estable que otros― y en los años en que enarbolé ese cartel andrajoso, rara vez estaba sin empleo. [...] Hice algunas amistades interesantes, gané suficiente dinero para moverme y aprendí sobre el mundo cosas que jamás habría aprendido de ninguna otra manera.
Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido buscalíos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos ―un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente catástrofe por el otro― era lo que me mantenía vivo".
Excepto por las partes de alcanzar la cima (o de haber ganado dinero), diría que es una buena introducción para desprevenidos. Algo así era Madhouse.
Uno nunca se aburría.
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