Al final no sería desacertado comparar a la metafísica con las cucarachas: aunque se piense que fueron erradicadas de la casa, allí están, prontas a asomar sus antenitas y corretear por la sala de estar. El relato que Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Versalles) está siguiendo en El señor, el amante y el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica, publicado por Eterna Cadencia, es similar: aunque se le haya tirado todo el Flit posible, aunque se la haya dado por muerta y enterrada, la pregunta metafísica no sólo sobrevivió sino que estuvo, y está, en el corazón del pensamiento contemporáneo.
“La metafísica busca conocer el porqué de cualquier cosa, su condición de aparición, y a ese porqué lo llama causa primera. Prima causa, a decir verdad, es la expresión latina que los escolásticos escogieron para traducir una locución griega: arjê. Sólo que arjê no significaba únicamente causa, origen o principio sino también fundamento, soberanía y poder”.
La pregunta de la metafísica ―explica Scavino― es por qué hay algo en vez de nada. Se la juzgó ridícula, pues responderla significaría hablar de algo que existía antes de que existiese algo. Estos interrogantes, creía Kant, desembocan en antinomias y paralogismos insuperables, así que lo más recomendable es no hacerse estas preguntas y, ante todo, no intentar responderlas. Antes de que hubiese algo no había nada; y nada (o sea, alguna cosa) surge de la nada. Y sin embargo, aunque el pensamiento moderno haya renunciado a estas cuestiones, la arjê, “olvidada, irrelevada, latente o, si se prefiere, inaudita, sigue siendo el asunto filosófico por excelencia donde está en juego la cuestión de la alienación y la desalienación del hombre, de su sujeción o su de-sujeción a los poderes de turno”.
Aunque con diferentes nombres y formas, a esta pregunta por la arjê se la encuentra en Friedrich Nietzsche, en Aristóteles, Richard Rorty, Jacques Lacan, Judith Butler, David Hume, Jacques Derrida y en cualquiera que se pregunte por la dominación o el poder. “El día en que Michel Foucault anunció que su pensamiento era una ‘arqueología’ o una ‘genealogía’, tampoco se desvió de la dirección señalada dos mil quinientos años antes por los filósofos griegos. La metafísica siempre fue un discurso sobre el génos o la arjê, y por este motivo se convirtió en la rival de esos mitos que hasta entonces narraban esos orígenes, aunque a veces ―y a decir verdad, muchas veces― ella misma elaborase narraciones semejantes, sobre todo a la hora de abordar la cuestión de los comienzos, los fundamentos o los principios”.
En sus versiones metafísica y teológica-política, afirma Scavino, la arjê ha recibido numerosos nombres a lo largo del tiempo: Uno, Dios, Sujeto, producción, poder, significante-amo, performatividad, poeta vigoroso, clinamen, acontecimiento, archi-huella, y más. “Estos nombres suelen aludir a una excepción, un fundador excesivo, pavoroso, unheimlich, ápolis, obsceno o sacer, un centro marginal, para proseguir con los oxímoron, en donde la filosofía encuentra un límite, un silencio místico o traumático, que la lleva a bascular hacia la poesía o hacia la narración mítica. Cada época se da así sus fundamentos y se confronta, por consiguiente, con algún indecible. Y cada época ve aparecer en torno a estos indecibles a sus poetas. Desde muy temprano, no obstante, la propia metafísica comprendió que ese indecible no era, paradójicamente, sino el decir mismo”.
Nietzsche anunció la voluntad de poder del ser humano, el deseo de dominar todos los entes (personas, otras especies, la tierra). La voluntad divina se sustituyó por la voluntad humana. Las especies vivas se convirtieron en una suma de contingencias evolutivas; los átomos de la materia se volvieron manipulables. “La naturaleza no tiene ninguna ‘naturaleza’, ninguna ‘esencia’, ninguna ‘identidad’ eterna e inmutable. Sólo hay, para nosotros, contingencias más o menos perdurables. Nada le impide al hombre modificarlas, y como nada se lo impide, lo hace y lo va a seguir haciendo”.
Este nuevo escenario supone preguntas que, en las ciencias humanas, parecen responderse en el campo de la biogenética, la neurobiología, el cognitivismo y la etología. Sin embargo, propone Scavino, la pregunta metafísica perdura. “Desplazamos la arjê para decirnos que el hombre tal como lo conocemos, el hombre de la bio-genética y la física sub-atómica, el hombre de los organismos genéticamente modificados y las centrales nucleares, también obedece y responde a un llamado, aunque ese llamado no provenga de una voz inaudible sino de su propia voz, de las palabras que profiere cada día cuando se consagra a la ciencia, a la política, a la poesía e incluso al amor”. La filosofía debe preguntarse no si el conocimiento científico es ético, sino a qué llamado histórico obedece. Es lo que la metafísica siempre quiso saber, y todavía continúa en eso.
(+) Marcelo Pisarro, Revista Ñ, Diario Clarín, 28 de marzo de 2009.
