martes 22 de julio de 2008

Entrevista: Alberto Rex González, arqueólogo



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Entrevista con Alberto Rex González: Marcelo Pisarro, "La arqueología del azar", Revista Ñ, 251, Diario Clarín, sábado 19 de julio de 2008, pags. 14-15

Está medio tristón Alberto Rex González. Se quiere ir a excavar a los yacimientos. “Desgraciadamente, me la paso todo el día mirando el techo. Yo era lo que, en la jerga profesional, se llama ‘arqueólogo militante’: el que trabaja en el terreno, excava, elabora hipótesis, saca conclusiones. Pero hace unos cinco años tuve una fractura de una vértebra lumbar, y ya no puedo hacer trabajo de campaña. Es bastante triste para mí. El trabajo de campaña era lo que me fascinaba de la arqueología. El arqueólogo se mueve alrededor del hallazgo, del asombro: enfrentar lo desconocido y recuperar culturas, pueblos que no tienen historia escrita, vidas del pasado. No hablo de individualidades, nunca, pues lo que uno recupera es el conjunto, la cultura. Pero bueno, acá estoy todavía. Mirando el techo. Leo todo lo que puedo, escribo alguna cosita, pero ya tengo 90 años...
—Tiene 89.
—Tiene razón, cumplo 90 en noviembre. Y sigo acá, aunque cada vez se vayan olvidando más de uno. Cada vez estoy más lejos de la vida académica. Cuando usted está en la universidad, tiene muchos alumnos, dirige tesis, participa de trabajos activos. Voy cada tanto a alguna conferencia, porque creo que todavía estoy más o menos lúcido, pero la realidad es que uno se aleja. Lo olvidan, y a su vez, uno olvida. Es un acontecer lógico de la existencia.
Debería haber una cláusula tácita que estableciera que si se escribe sobre un arqueólogo, no debería mencionarse jamás a Indiana Jones. Debería ser un acuerdo sobrentendido: el que escribe no menciona al Dr. Jones; si lo hace, el lector deja de leer de inmediato. Pero, como excepción a la regla (y proponer excepciones a la regla es la base del trabajo científico), puede señalarse una curiosidad que involucra a Indiana Jones: Rex González le es contemporáneo.
En la Biblioteca Nacional hay un trabajo suyo, Arqueología del yacimiento indígena de Villa Rumipal (Provincia de Córdoba), publicado por la UNC en 1943. Las páginas están amarillentas y tienen olor a polillas muertas. Empieza así: “Tuvimos la primera noticia de la existencia de un yacimiento arqueológico a orillas del lago del Río Tercero a principios del año 1938. Un compañero, al regresar de una excursión de pesca, nos trajo algunas muestras de alfarería recogidas frente a Villa Rumipal”. Es decir que este hombre, que mira por la ventana de un quinto piso de San Telmo y pregunta que qué hay de cenar (sopa, le dicen; “¿con fideos?”, quiere saber), ya le dedicaba sus días a la arqueología en los mismos años en que, ficción cinematográfica mediante, Indiana Jones buscaba el Arca de la Alianza.
Otra época, en lo más rotundo de la expresión: no es que no existía Google Earth para encontrar ruinas desde casa, sino que en Argentina ni siquiera se usaba la escobilla y el cucharín. Los arqueólogos locales todavía se comportaban como Indiana Jones: lo importante era recuperar piezas, no el contexto ni la excavación. Se trataba —Rex González lo dice a menudo— de una arqueología de museo.
—El trabajo de campaña fue el gran cambio que trajo mi generación. Los arqueólogos anteriores, sobre todo en Argentina, hacían la reconstrucción arqueológica en base a libros de historia colonial. Lo que hoy se llama etnohistoria. Creían que todo lo que se encontraba pertenecía a los mismos pueblos con que tropezó la conquista española. Todo lo que se hallaba en México era maya o azteca; en Perú, inca; en el norte argentino, diaguita. No era una interpretación realmente arqueológica. Fue recién con la técnica del Carbono 14 que se pudo conseguir mayor precisión en los fechados, y de esa forma señalar que lo que se creía diaguita era cientos o miles de años anterior. Que pertenecía a diferentes culturas.
—De ahí su insistencia en la importancia del fechado.
—Por supuesto. La arqueología es una ciencia histórica. Sin cronología, no hay historia. Una historia que sucede toda en un mismo tiempo no es historia. El tiempo relativo se tenía con la estratigrafía —el estrato más antiguo se sitúa en la parte inferior, el más reciente, en la superior—, pero necesitábamos el tiempo absoluto —de qué fecha es esto, de qué fecha es esto otro— y eso se solucionó con la datación por radiocarbono.
—Técnica que usted introdujo en el país.
—En cierta manera. Leí los primeros informes mientras hacía mi doctorado en la Universidad de Columbia. En ese momento, a fines de los 40 y comienzos de los 50, hubo una gran discusión entre quienes decían que la técnica de Willard Libby era correcta y quienes decían que no. Las pruebas me convencieron. Cuando volví a la Argentina, traté de hacer la mayor cantidad de fechados con material de acá, mandándolo a laboratorios norteamericanos. Después convencí a Bernardo Houssay de que era importante para la ciencia del país, y el CONICET creó el Laboratorio de Tritio y Radiocarbono (LATYR), que todavía funciona en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. El fechado es, pues, esencial. Una cultura arqueológica se define como los vestigios de algún tipo de entidad humana organizada del pasado, con rasgos temporales y espaciales específicos que la distinguen de otras culturas que le fueron contemporáneas, además de las culturas que la precedieron y la sucedieron.
—¿No se corre, a veces, el riesgo de hacer asociaciones demasiados lineales entre un lugar + un tiempo = una cultura? Es decir: convertir los procesos dinámicos en objetos estáticos.
—Es un problema epistemológico. Si trabajo con una cultura determinada, tengo que poner límites de espacio y tiempo para poder manipularla. Obviamente es más importante determinar el proceso que los elementos que lo componen. Pero si el trabajo está bien hecho, no hay nada de qué preocuparse.
 
Aunque los comienzos formales de la arqueología argentina se remontan a la década de 1880, las carreras de antropología y arqueología no existieron en las universidades nacionales hasta 1958. Para ese momento, Rex González ya se había recibido de médico cirujano, había cambiado su profesión por su vocación y había completado su doctorado en antropología. Es un arqueólogo de la vieja escuela, que en su momento fue la nueva escuela y un día se decretó que ya no era nueva sino tradicional (o sea, vieja); es un evolucionista convencido y un investigador de campo. Su legajo es impresionante: profesor de varias universidades, integrante de innumerables expediciones alrededor del mundo, investigador del CONICET, autor de más de un centenar de textos, director de museo, consultor de la UNESCO, máxima autoridad sobre el NOA, ciudadano ilustre, ganador de premios y doctorados Honoris Causa, padre, abuelo, bisabuelo.
“Inevitablemente la vida nos trae cada día buenos y malos momentos —escribió en el maravilloso Tiestos dispersos—. Pero por lo general tratamos de aceptar conformes su designio. Es raro encontrar a alguien que en la vejez reniegue totalmente de su existencia. Creo que la mayoría termina más o menos satisfecho y reconciliado con lo que le tocó. El hombre se acomoda —inevitablemente— a su destino, según los bellos versos de Neruda”. Y quizás por esto (porque —como escribió Greil Marcus a propósito de Guy Debord— se trata de un punto de inflexión en que la historia se niega a cambiar de rumbo y, como faro del futuro, no ilumina nada tan vívidamente como el pasado), Rex González vuelve una y otra vez a sus primeros hallazgos, siendo apenas un chico, en sus pagos de Pergamino. Cuenta del arroyo homónimo; detalla sus sedimentos; habla de la formación pampeana, de la fauna cuaternaria, del Holoceno; describe megaterios, gliptodontes, toxodontes; menciona como tutores teóricos a Florentino Ameghino y Charles Darwin.
—Se vive para adelante, se cuenta para atrás, según el viejo dicho español que repetía Ortega. Viví hacia delante tratando de hacer lo que me agradaba. Supongo que soy uno de los pocos seres humanos que ha tenido la felicidad, la suerte, de hacer lo que realmente le gustaba. Fui educado en un colegio católico, pero muy temprano empecé a leer libros sobre el origen del hombre. Aunque la arqueología argentina empezó con Juan Bautista Ambrosetti, el verdadero impulsor fue Ameghino. Me interesaron sus teorías evolucionistas. Entonces cambié la verdad revelada de la religión por la verdad construida de la ciencia. Creía en la ciencia. Y aunque la arqueología me gustó desde la niñez, no empezó como arqueología sino como paleontología. Esto se explica porque nací en Pergamino, y allí está el arroyo, bastante profundo, que luego se convierte en el Río Arrecifes que va al Paraná.
Y vuelve al arroyo y su megafauna, pero que no se crea que son achaques de la vejez. Para nada. Está enfatizando un principio básico del primer libro de la Metafísica de Aristóteles: que el asombro mueve a las ciencias.
—Hacer una excursión por el arroyo y encontrar esa megafauna era asombroso. Y el asombro es lo que impulsa el conocimiento. Tengo una anécdota sobre esto. En los azares de mi vida me tocó participar de la expedición de rescate de los monumentos de la Nubia sudanesa, a orillas del Nilo. Cuando volví, los periodistas me dijeron: “Vaya, qué experiencia extraordinaria ir a rescatar los sitios de Nubia a orillas del Nilo, ¿no?”. Y yo dije que no, que para mí era más importante trabajar acá. La razón es sencilla: el asombro, ese impulso creador que mueve al investigador. A orillas del Nilo estaba todo descrito y estudiado, pero cuando trabajo acá, en mi tierra, en Catamarca o a orillas del arroyo Pergamino, encuentro algo nuevo. Queda mucho por descubrir y hacer. Aún es posible asombrarse. Así que sostengo, todavía, que esa aproximación juvenil a través del asombro es la correcta.
—En sus trabajos aparece permanentemente la idea de necesidad y azar...
—Es básico. La evolución es un juego dialéctico entre lo que sucede dentro de determinadas leyes y lo que sucede de manera aleatoria. Algunos insisten en reducir la evolución cultural a la evolución biológica, pero son dos cosas distintas. La evolución biológica tiene leyes más firmes, más exactas. Hay mucha información arqueológica y paleontológica sobre el proceso evolutivo, y la genética no ha hecho más que reforzarlo. No hay ninguna duda. Aunque algunos siguen negando el proceso evolutivo.
—¿A qué se debe?
—A sus creencias religiosas y políticas. Estas cosmovisiones tienen un núcleo básico: se cree o no se cree. La creencia es aceptar o no aceptar, sin mayores búsquedas de prueba. La ciencia, por el contrario, consiste en buscar pruebas de lo que uno afirma. Si yo afirmo que el hombre es producto de un proceso evolutivo, lo esencial es que muestre las pruebas.
—Con la emergencia de la llamada “Nueva arqueología”, en los años 60 y 70, comenzó a hablarse de dos arqueologías casi incompatibles. Hoy en los cursos introductorios universitarios se enseña que hay una arqueología tradicional y una nueva: una es pesimista, otra optimista; una inductiva, otra deductiva; una comparativa, otra cuantitativa. ¿Es tan así?
—No. Y se ha visto que en el fondo esa nueva arqueología no era tan nueva. Cambiaron los paradigmas y las búsquedas, el modelo de contrastación fue un aporte importante. Pero el método deductivo, a secas, no puede suplantar completamente al hipotético-deductivo. Si usted cree que hay leyes, puede aplicar una arqueología deductiva: la ley es así, aplico la ley y saco un resultado. Pero es diferente si usted cree que no hay leyes, sino que hay procesos. Si es así, elabora una hipótesis a través de la inducción y la confronta, obteniendo nuevas hipótesis. Éste sigue siendo el principal método lógico de la ciencia.
—Usted ha escrito que “resulta muy difícil comprender cómo la pura especulación literaria, metafísica o ideas surgidas de campos alejados o distintos a la arqueología, pueden cuestionar su quehacer o postulados básicos”. ¿Por qué se la cuestiona?
—Porque se trata de acusaciones de gente que nunca ha hecho ni una sola investigación arqueológica en su vida, que nunca ha hecho trabajo directo ni conoce la disciplina. Sólo así se entiende que puedan despotricar contra la labor de los arqueólogos.
—¿La sociedad entiende de qué se trata la arqueología?
—No del todo. De ahí la importancia de la divulgación. Hay que explicar de qué se trata la disciplina, qué hace, cuál es su importancia; cuál es la diferencia entre un objeto encontrado por cualquiera, sustraído y comercializado en detrimento de objetos recuperados por el investigador, con su contexto completo y las circunstancias del hallazgo. Es lamentable, pero sólo escribimos para otros investigadores. Es un círculo cerrado, una torre de marfil. La divulgación —para investigadores de otras disciplinas y para el público en general— es muy importante. Un gran divulgador fue el finado Guillermo Magrassi, una gran persona; por desgracia murió joven.
—¿Cuál es la utilidad de un museo?
—Transferir, al gran público o a profesionales, diversos conocimientos y materiales, bien expuestos y correctamente ubicados. No es un depósito de cosas viejas. Es un transmisor de conocimiento. Por eso hay que renovarlo constantemente. Aunque es difícil: siempre faltan investigadores, curadores, elementos. Los presupuestos son misérrimos.
—Siempre habla de lo dura que es la profesión de arqueólogo. ¿Lo es?
—No me refiero al trabajo en sí, porque el trabajo en sí produce placer. La dureza viene de la dificultad para conseguir los medios para investigar y subsistir. Hay que sortear todo tipo de contrariedades. Por ejemplo, trabajé durante mucho tiempo en el Museo de La Plata, hasta que vinieron los gobiernos militares de los 70 y me despidieron. Cuando le preguntaron a un ministro por qué, respondió que porque me dedicaba a una ciencia muy subversiva.
—¿Tenía razón?
—Lógicamente la ciencia siempre cuestiona, no acepta las cosas como son. La ciencia es anti-fundamentalista. No cree en los dogmas sino en la verdad descubierta, y esa verdad se renueva constantemente. Es un quehacer permanente.
Tiestos dispersos y Arte precolombino: Cultura Aguada se publicaron con pocos años de diferencia. Ambos tienen un dejo a conclusión, a balance. Uno de una vida, el otro de un aporte teórico. ¿Puede ser?
—Puede ser. Tiestos dispersos lo escribí pensando en mis nietos y bisnietos. Tengo cinco bisnietos y eso me da una buena idea de la prolongación en el tiempo. Arte precolombino es un libro técnico sobre una cosa puntual: el arte desde una perspectiva arqueológica. Lo escribí bajo la influencia de mi finada esposa, una mujer extraordinariamente inteligente y sensible, una artista, una compañera maravillosa. Se debe a ella, y siempre lamenté que no llevara la firma de ambos. Ya está agotado. Estábamos por hacer una nueva edición, pero mi editor murió cuando empezábamos el proyecto. La próxima edición no será nunca.
—O quizás sí.
—No creo. Ya tengo 90 años y lo único que puedo proyectar es la muerte.
—Tiene 89, y hace como diez que viene repitiendo lo mismo.
—No tengo miedo a la muerte. Desaparecer es un destino humano inexorable. La arqueología respondió el misterio humano de “¿de dónde venimos?”. El “¿a dónde vamos?” lo sabremos después de la muerte. O no lo sabremos nunca.
—¿Y si mejor se concentra en disfrutar de su merecida jubilación?
—Sí, mirando el techo. Fíjese que mis colegas, mis amigos, mis contemporáneos, todos están muertos. Se paga un precio alto por vivir tanto.
El hombre vuelve a mirar el techo y vuelve a refunfuñar por no poder ir a excavar a los yacimientos. Se le mencionan sus aportes teóricos, sus aventuras, el respeto de los colegas. Cita el Eclesiastés: Sic transit gloria mundi (Transitorias son las glorias de este mundo). Pero de todos modos insiste con el arroyo Pergamino, los gliptodontes, el asombro; con su mujer, con el NOA, con haber hecho lo que quiso.
—Tuvo suerte.
—Muchísima suerte.
—¿Es verdad que, si volviera a nacer, volvería a ser arqueólogo?
—Sin lugar a dudas.

(+) Entrevista con Alberto Rex González: Marcelo Pisarro, "La arqueología del azar", Revista Ñ, 251, Diario Clarín, sábado 19 de julio de 2008, pags. 14-15

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Estas son las notas a pie de página del otro blog, Nerds All Star, publicado por la Revista Ñ del Diario Clarín. Todo lo que queda afuera. Lo que no alcanza para extenderse y lucirse en la marquesina de la industria cultural. Un breviario.

Las premisas científicas: saquear asquerosamente a otros sitios y que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Las conclusiones: será breve y afanado. Bien recargado.

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