La ignorancia es una bendición, y afirmo esto como condición epistemológica de todo proyecto de conocimiento. Y vale desdecirse. ¿A que no suena raro?
Esta semana Ñ publicó un especial sobre el escritor argentino Manuel Puig, a propósito del vigésimo aniversario de su muerte. No mentiré diciendo que leí la treintena de páginas dedicadas a su vida y obra, pero sí que leí varias de ellas y que eché un vistazo a otras tantas. Tampoco mentiré diciendo que leí, o que eché un vistazo siquiera, a algún libro de Puig, pues no lo hice. Y mucho menos mentiré diciendo que las jóvenes generaciones (y también las otras) estarán condenadas a la mutilación educativa si no leen los libros de Puig, o si no leen al menos lo que tienen para opinar las revistas culturosas sobre los libros de Puig, pues estoy convencido de que tendrán vidas largas, felices y sabias sin hacerlo.
Leer a Puig puede hacer tu vida mucho más plena, pero también puede hacer tu vida mucho más plena no leer a Puig. Eso es lo que los queridos críticos y analistas literarios olvidan demasiado a menudo.
Casualmente ayer a la noche me preguntaron qué opinión tenía de El túnel, la novela de Ernesto Sábato. No tengo ninguna opinión, respondí, sólo un buen recuerdo: fue el primer libro que aseguré haber leído cuando en realidad no lo había hecho. Me alcanzó con el texto de la contratapa para argumentar sobre sus virtudes, personajes principales, complicaciones de la trama y posibles moralejas existenciales. La profesora de literatura del cole evaluó como muy provechosa la exposición y me calificó con una excelente nota. Desde entonces dejé de confiar en la mayor parte de quienes opinan sobre literatura; especialmente cuando lo hacen en revistas culturosas.
—¿Pero después lo leíste, no? —me preguntaron anoche.
—Claro —mentí.
Sábato y Puig y otro montón de apellidos —que se me mezclan, confunden y escapan, que se relacionan con títulos de obras convertidas en santo y seña, con periodos de un lejano esplendor literario local y con una industria regional que no logró superar su caduca moda pasajera— forman parte de un continente para mí inexplorado. No digo desconocido, pues tengo noticias de su existencia; digo inexplorado, y con esto quiero enfatizar la tautología: digo inexplorado porque no tuve oportunidad, o tiempo, o deseos, de explorarlo.
Y entonces tenemos que hablar sobre la condición epistemológica de todo conocimiento: restar, no sumar.
#TEXTO COMPLETO
Esta semana Ñ publicó un especial sobre el escritor argentino Manuel Puig, a propósito del vigésimo aniversario de su muerte. No mentiré diciendo que leí la treintena de páginas dedicadas a su vida y obra, pero sí que leí varias de ellas y que eché un vistazo a otras tantas. Tampoco mentiré diciendo que leí, o que eché un vistazo siquiera, a algún libro de Puig, pues no lo hice. Y mucho menos mentiré diciendo que las jóvenes generaciones (y también las otras) estarán condenadas a la mutilación educativa si no leen los libros de Puig, o si no leen al menos lo que tienen para opinar las revistas culturosas sobre los libros de Puig, pues estoy convencido de que tendrán vidas largas, felices y sabias sin hacerlo.
Leer a Puig puede hacer tu vida mucho más plena, pero también puede hacer tu vida mucho más plena no leer a Puig. Eso es lo que los queridos críticos y analistas literarios olvidan demasiado a menudo.
Casualmente ayer a la noche me preguntaron qué opinión tenía de El túnel, la novela de Ernesto Sábato. No tengo ninguna opinión, respondí, sólo un buen recuerdo: fue el primer libro que aseguré haber leído cuando en realidad no lo había hecho. Me alcanzó con el texto de la contratapa para argumentar sobre sus virtudes, personajes principales, complicaciones de la trama y posibles moralejas existenciales. La profesora de literatura del cole evaluó como muy provechosa la exposición y me calificó con una excelente nota. Desde entonces dejé de confiar en la mayor parte de quienes opinan sobre literatura; especialmente cuando lo hacen en revistas culturosas.
—¿Pero después lo leíste, no? —me preguntaron anoche.
—Claro —mentí.
Sábato y Puig y otro montón de apellidos —que se me mezclan, confunden y escapan, que se relacionan con títulos de obras convertidas en santo y seña, con periodos de un lejano esplendor literario local y con una industria regional que no logró superar su caduca moda pasajera— forman parte de un continente para mí inexplorado. No digo desconocido, pues tengo noticias de su existencia; digo inexplorado, y con esto quiero enfatizar la tautología: digo inexplorado porque no tuve oportunidad, o tiempo, o deseos, de explorarlo.
Y entonces tenemos que hablar sobre la condición epistemológica de todo conocimiento: restar, no sumar.
#TEXTO COMPLETO




