miércoles 28 de julio de 2010

La ignorancia es una bendición: por qué no es necesario leer a Manuel Puig

La ignorancia es una bendición, y afirmo esto como condición epistemológica de todo proyecto de conocimiento. Y vale desdecirse. ¿A que no suena raro?

Esta semana Ñ publicó un especial sobre el escritor argentino Manuel Puig, a propósito del vigésimo aniversario de su muerte. No mentiré diciendo que leí la treintena de páginas dedicadas a su vida y obra, pero sí que leí varias de ellas y que eché un vistazo a otras tantas. Tampoco mentiré diciendo que leí, o que eché un vistazo siquiera, a algún libro de Puig, pues no lo hice. Y mucho menos mentiré diciendo que las jóvenes generaciones (y también las otras) estarán condenadas a la mutilación educativa si no leen los libros de Puig, o si no leen al menos lo que tienen para opinar las revistas culturosas sobre los libros de Puig, pues estoy convencido de que tendrán vidas largas, felices y sabias sin hacerlo.

Leer a Puig puede hacer tu vida mucho más plena, pero también puede hacer tu vida mucho más plena no leer a Puig. Eso es lo que los queridos críticos y analistas literarios olvidan demasiado a menudo.

Casualmente ayer a la noche me preguntaron qué opinión tenía de El túnel, la novela de Ernesto Sábato. No tengo ninguna opinión, respondí, sólo un buen recuerdo: fue el primer libro que aseguré haber leído cuando en realidad no lo había hecho. Me alcanzó con el texto de la contratapa para argumentar sobre sus virtudes, personajes principales, complicaciones de la trama y posibles moralejas existenciales. La profesora de literatura del cole evaluó como muy provechosa la exposición y me calificó con una excelente nota. Desde entonces dejé de confiar en la mayor parte de quienes opinan sobre literatura; especialmente cuando lo hacen en revistas culturosas.

—¿Pero después lo leíste, no? —me preguntaron anoche.

—Claro —mentí.

Sábato y Puig y otro montón de apellidos —que se me mezclan, confunden y escapan, que se relacionan con títulos de obras convertidas en santo y seña, con periodos de un lejano esplendor literario local y con una industria regional que no logró superar su caduca moda pasajera— forman parte de un continente para mí inexplorado. No digo desconocido, pues tengo noticias de su existencia; digo inexplorado, y con esto quiero enfatizar la tautología: digo inexplorado porque no tuve oportunidad, o tiempo, o deseos, de explorarlo.

Y entonces tenemos que hablar sobre la condición epistemológica de todo conocimiento: restar, no sumar.

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lunes 26 de julio de 2010

Una película extraña, sucia, jugada, orillera, entretenida y llena de onda


Aunque muchos recordaron Repo! The genetic opera, el film de 2008 con el mismo —mismísimo— argumento, cuando leí sobre Repo men (2010) supuse que se trataba de una remake de la película Repo man (1984). Estaba equivocado, no hay relación. Ahora que lo pienso fue una idea apresurada y bastante absurda. ¿Quién querría hacer una remake de Repo man? ¿Por qué? ¿Para qué?

A la hora de las traducciones, no conozco una palabra en español que sea tan específica, y que suene tan bien, como “repo man”. ¿Confiscador? ¿Recuperador? ¿Reclamador? Es un trabajo, seguramente no tan digno como otros, pero trabajo al fin: confiscar bienes de deudores morosos. O como decía el eslogan de aquella película: robar autos legalmente.

Repo man (1984) es una película extraña, sucia, jugada, orillera, entretenida, llena de onda. Recuerdo haberla visto en 1985 o 1986, cuando tenía diez u once años, cuando las tiendas de alquiler de video se llenaron de muchas otras películas extrañas, sucias, jugadas, orilleras, entretenidas y llenas de onda.

Estas películas poseían una extraña alquimia: algunas personas respondían y otras no. Pero si respondías, si de alguna forma esas películas de VHS rayado y banda de sonido oída en tele con parlante en mono te provocaban una conmoción incapaz de describir (pues no poseías el lenguaje necesario para hacerlo), si accionaban algún interruptor en tu Área de Broca e iluminaban una habitación llena de artefactos extraños cuya existencia desconocías, entonces toda tu historia cultural —la historia cultural de tu vida, los caminos que recorrerías al crecer, al volverte un adolescente, un joven, un adulto— podía encontrar allí una simiente, un punto de inflexión, una justificación. Lo sabías, lo intuías.

A mí me alcanzaron unos pocos segundos del tráiler de El regreso de los muertos vivos, la película de Dan O’Bannon de 1985, para darme cuenta. En el cementerio lluvioso un esqueleto salía de la tumba, abría la boca y se oía la canción “Party time”, con la voz chillona de Dinah Cancer, la vocalista de 45 Grave, una banda de horror punk. Y entonces yo también quise formar parte de esa cultura extraña, sucia, jugada, orillera, entretenida y llena de onda.

Es el tipo de cacofonía que producía Repo man, la clase de señal que admite una respuesta absoluta o que no lo hace. Los reclamadores robando legalmente autos, el ambiente punk angelino de la década de 1980, la banda de sonido (Iggy Pop, Black Flag, Suicidal Tendencies, Circle Jerks, en sintonía con las musiquitas de los muertos vivos: The Damned, T.S.O.L., The Cramps, The Flesh Eaters), los diálogos imposibles sobre platillos voladores y literatura de ciencia ficción, el Chevrolet Malibú modelo 64 que desintegraba atómicamente a aquellos que abrían el baúl. Accionaba el interruptor o no lo accionaba. Entre medio, nada.

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viernes 23 de julio de 2010

Repo men: los confiscadores van por tus riñones


Se estrenó, o se está estrenando en estos días, Repo men, la película de 2010 del director Miguel Sapochnick. Está bien. Un amigo se queja cuando me pide alguna opinión sobre una película y yo le digo que está bien. “¡Deberías ser crítico de cine!”, se queja. Sin embargo, que una película esté bien me parece una interesante definición y un atinado juicio de valor: es un buen artefacto cultural, es entretenida, se la ve de buena gana. Está bien.

Situada en algún futuro no muy lejano, la película trata sobre un grupo de repos de la corporación The Union. “Repos” son los confiscadores, los recuperadores: aquellos que recuperan los bienes puestos en garantía por deudores morosos. En ese futuro tecnocrático, desalmado y tan próximo, The Union se encarga de manufacturar, vender y trasplantar órganos artificiales. Cuando un cliente no puede pagar los altísimos precios de un corazón, un pulmón, un hígado o lo que fuere, adquiere el órgano con un crédito de obscenos intereses. Y cuando no puede afrontar estas cuotas de obscenos intereses, la corporación envía a los repos a reclamar los bienes: destripan al deudor moroso y le extraen el órgano artificial para que, a su vez, éste sea revendido a otro cliente.

El negocio —se explica— reside en que los clientes no abonen en efectivo, sino en que se endeuden, en que paguen los altos intereses y que al final, cuando la deuda se vuelva desmesurada, la compañía recupere los órganos. Un sistema redondo, eficaz.

—Mi trabajo es simple —dice el repo interpretado por el actor Jude Law—. Si no podés pagar tu auto, el banco te lo quita. Si no podés pagar tu casa, el banco te la quita. Si no podés pagar tu hígado, bueno, ahí es donde entro yo.

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miércoles 21 de julio de 2010

El futuro que esperabas


Hace semanas, acaso meses ya, que paso por la puerta, lo miro y pienso en que de seguro alguien más habrá notado la perversa ironía. Está en la zona céntrica de la localidad de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense. Forma parte de la serie de enormes pintadas callejeras, encargadas por la administración municipal, para conmemorar el Bicentenario de la Revolución de Mayo. El eslogan se repite en todas ellas: “Lomas, el futuro que esperabas”.

Pienso en perversas ironías porque reconozco el edificio agrietado y frío, de paredes descascaradas y gruesas rejas cuya función es doble: evitar entradas pero también prevenir salidas. Instituto Emilia y Manuel Patiño, se llama. Nunca recuerdo el nombre técnico, pues los nombres técnicos cambian todos los días con estas violentas olas de corrección política que sacuden las costas de la corrección lingüística, pero hasta no hace mucho habríamos dicho que se trataba de un instituto de menores (la palabra “menores”, por ejemplo, ya no es válida para designar estos ámbitos; hay que decir “niños, niñas y adolescentes”). Ahora decimos que es un instituto asistencial para niñas y adolescentes; antaño era simplemente un instituto de menores. La función, como la canción, sigue siendo la misma.

Aunque la palabra “menores” ya no sea correcta, el otro vocablo todavía se emplea sin resquemores: “instituto”. Pues el término operativo es “institucionalizar”. Son niñas y adolescentes institucionalizadas. ¿Sería ése el futuro que esperaban? ¿Estar confinadas en una institución? ¿Estar institucionalizadas? ¿Las niñas y las adolescentes esperan ese futuro, la institucionalización?

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lunes 19 de julio de 2010

Sigue la fresca (y el mito de la sensación térmica)


Sigue el frío en Buenos Aires y la extraña condición imaginada hace unos días, inspirada en la falta de prepucio del comediante Jerry Seinfeld, continúa dando tela para cortar.

Imaginamos a una persona incapaz de sentir frío o calor, como anestesiada frente a los vaivenes climáticos estacionarios, a mitad de camino entre un selk’nam y un glande hebreo. Ahora imaginemos a esta persona mirando un televisor, en momentos en que la temperatura es noticia, cuando cada treinta segundos se escucha o se lee la expresión “sensación térmica”. ¿Qué pensaría esta persona? ¿Se sentiría discriminada? ¿Creería que se está perdiendo de algo importante y que todos se lo refriegan en la cara? ¿La sensación térmica es un parámetro tan fiable para entender las condiciones inmediatas y transitorias del hábitat? ¿Alguien incapaz de experimentar sensación térmica debería saberse incapacitado para comprender el mundo y su lugar en él? ¿Deberíamos utilizar la expresión “persona con capacidades sensitivas diferentes” o la expresión “persona con necesidades sensitivas especiales”? ¿Las personas con capacidades sensitivas diferentes pueden contraer matrimonio entre sí?

Sostengo la hipótesis de que la sensación térmica es una aberración conceptual, pergeñada e hipostasiada por los medios masivos de comunicación con el propósito de construir acontecimientos noticiosos.

En su libro Efectos de agenda, siguiendo el truco barthesiano de escribir sobre sí mismo en tercera persona, el semiólogo Eliseo Verón observó:

No conocía ningún otro país en el que se midiera, como en la Argentina, la “sensación térmica”. En todo caso, en ningún país europeo existe semejante información, y nunca había entendido cómo se puede construir. Porque el concepto de sensación reenvía forzosamente a lo que los teóricos de las ciencias cognitivas llaman los qualia, fenómenos que forman parte estrictamente del ámbito de la subjetividad individual. La sensación térmica sólo se podría medir con una encuesta diaria representativa de la población del país. Seguramente no era así como se obtenía ese dato. En todo caso, le parecía interesante que una información banalizada hasta ese punto transmitiera a toda la sociedad, día tras día, una hipótesis epistemológica fundamental: la realidad es una cosa, la experiencia subjetiva de la realidad es otra.

Si uno presta atención a los noticieros televisivos argentinos (también se lo verá en radios y periódicos, pero es en la televisión donde resulta más llamativo) notará que la temperatura ha pasado a un segundo plano cuando se trata de construir el acontecimiento climático. La noticia es la sensación térmica, pues, como si de magia se tratase, permite moverse de 5º de temperatura al mucho más tremebundo 1º de sensación térmica, o asimismo, de 37º grados de temperatura al más bochornoso 43º de sensación térmica.

Lo interesante es el modo en que esta información, imposible de calcular con la ecuanimidad con que se la presenta (y probablemente de ninguna otra manera), se desliza en la vida cotidiana como dato articulador. No se dice: “Hay 5º de temperatura”. Más bien: “Hay 1º de sensación térmica”.

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