viernes 7 de octubre de 2011

La comunidad inconfesable (1)


Es un mundo maravilloso. Está formado por buscavidas, soñadores, viajeros, vendedores de drogas, investigadores, aspirantes a artistas, resentidos sociales, marginales, aventureros, solitarios, vanidosos, fugitivos, místicos delirantes, cobardes, personas que cada día salen a ganarse el pan como pueden. Y entre todos tejemos un mundo maravilloso. Una comunidad inconfesable, pienso a veces que diría Maurice Blanchot.

Siempre el mismo recorrido, siempre distinto. Desayuno mirando el noticiero en el comedor en penumbras. La chica me guarda el tentempié —café, jugo, pan, dulces, rollitos de manteca— porque sabe que me despierto tarde y que me paso de la hora límite. Me cae bien; es recatada, amable, simpática. Todavía no cumple los veinte. Cuando la conocí era flaquita, chiquita, una nena asumiendo responsabilidades de grandes. Después estaba inflada como un globo. Después se desinfló y andaba con el changuito del bebé de acá para allá. Ahora el bebé es más grande pero sigue en un changuito. El papá del bebé también era flaquito cuando lo conocí; lo sigue siendo. Ella se encarga de los desayunos y de tender las camas y de reponer los jaboncitos en los baños y de repartirles las órdenes a las otras mujeres; él friega los pisos y hace los mandados. También me cae bien, hablamos de fútbol y a veces miramos algún partido por las noches. Ella vive aquí en La Paz, en una habitación del hotel; él baja de El Alto. Dice que algún día se casarán; ella espera.

Paso un rato en el lobby. Los turnos de los encargados de la recepción varían según el día y la semana. Puede estar la mujer, con la tele sintonizada en alguna película mexicana o argentina, tratando de hacerse entender en un inglés tartamudo con los gringos que constituyen la casi totalidad de la clientela. O puede estar el muchacho más grande, que es rápido, eficaz y te consigue lo que necesites, dentro o fuera de la ley; sonríe y hace brillar un diente de oro. O puede estar el muchacho menos grande, que es bastante tonto el pobre; se empeña y no le sale, se te queda mirando y no te entiende; pone cumbia villera —argentina, explica a las gringuitas hambrientas de exotismo— muy fuerte y cuando viene la dueña le pega un reto de esos que a los involuntarios testigos les provoca vergüenza ajena antes que un silencioso placer. O puede estar el otro muchacho, que no sé si es más grande o más chico, que en general ocupa el turno de madrugada y que no habla mucho, especialmente porque duerme, y duerme, y duerme, en un sillón, en el mostrador, en un rincón; tanto duerme que sospecho —aunque no puedo probarlo— que padece algún cuadro de narcolepsia. Ahora está el muchacho diligente que te consigue todo. Me pregunta si vi el partido; le digo que no, que nos quedamos en Toby hasta tarde, que vi un resumen en el noticiero. Me dice que no me perdí de nada glorioso; le digo que ya sé. Me sonríe y muestra su diente brillante.

En el lobby se habilita el buen wifi. Nos sentamos con nuestras portátiles, miramos a la cámara y hablamos a nuestros seres queridos. Heterogloxia bajtiana, choque cultural, todo eso. A veces se oyen enérgicas risotadas, a veces alguien rompe en llanto, a veces son susurros y miradas que acaban en melancolía. Entran y salen personajes estrafalarios todo el tiempo, como si fuese una comedia de situación con rutinas prefijadas: el marido de la dueña del hotel; la hija buscona de la dueña del hotel; el repartidor de agua Vital; los músicos que tocan en la peña de junto y que terminan cada noche con “El humahuaqueño” (o “El carnavalito” o “El quebradeño”, nunca sé cómo se llama esa canción, la de Edmundo Zaldivar, la que compuso sin jamás haber pisado Jujuy o nada más al norte de Plaza Italia); los técnicos del ascensor que se estropea cada dos por tres; el doctor que vive al frente y que tiene una pequeña clínica pasando la Max Paredes, siempre con sombrero y traje marrón de hace cincuenta años, con quien a veces compartimos mesa en el snack de una cuadra arriba donde me gusta almorzar. No hablamos mucho en esos almuerzos; comentamos los partidos, o la vida universitaria, o los problemas de Bolivia. Lo usual. No se habla mucho al comer, aquí.

Me cruzo el bolso de Jack Bauer y salgo. Saludo a la chica de la lavandería. Saludo a los dos tipos de la casa de cambio. Saludo a la mujer de la casa turística. Saludo a la mujer de la tienda de fruslerías andinas. Saludo al artesano, que a veces está con los hijos y a veces no (me enojo, le digo que no los haga faltar a la escuela, me dice que no, que por supuesto que no, pero al otro día están ahí, tonteando, habiéndose perdido el día de clases). Tengo que bajar tres cuadras hasta la avenida. A 3.600 metros, bajar siempre es más grato que subir. Saludo a la chica del locutorio y saludo al vigilante del banco, que con su traje de Robocop y sus anteojos a la Poncherello disimula que apenas es un nene con un arma. Saludo al viejo de la asociación de veteranos de la Guerra del Chaco. Saludo a la mujer del puesto de empanadas salteñas. Saludo al hombre de la librería. Saludo a la mujer de los panes. Saludo al hombre que vende fósiles. Le pregunto que qué consiguió, me muestra, no sirven, los turistas adinerados se los llevarán con gusto. El tipo de los pollos a la broaster levanta la mano y yo levanto la mano. Compro el diario, hago algún comentario sobre el gobierno y sobre las huelgas y sobre el partido de anoche y no sé qué; sigo bajando.

La australiana me ve y se apresura a saludarme. Acelera el paso por la fila angosta de baldosas que hace de vereda, poniendo un pie alternativamente en el empedrado, todo en pendiente, demasiado cerca de las trufis y de los taxis. Tengo ganas de ahorcarla. Es delgada, linda, en su treintena; tiene la piel, el cabello, los ojos muy claros; no puede dominar las erres del español; y sé que está riéndose mientras lee esto (just stuck in the k-hole again!). Hace siete u ocho años que vive en La Paz, pero a veces desaparece, se va, luego vuelve, luego se va de nuevo; soy feliz cuando coincidimos, si no, parece que falta algo, alguien. A veces se viste como chola e intenta seguir algunas prácticas que asocia a la cultura andina. Otras veces se aburre y vuelve a los borceguíes, los pantalones cargo y las musculosas blancas. Tiene un hijito —dos años, ya— al que lleva en un aguayo. Siempre se le cae. Hace mal los nudos, o los dobleces, o no sé qué, y el nene se le cae al suelo de cabeza. A veces le invento que existen razones biológicas que impiden que los blancos usen aguayos, esperando que desista; otras veces voy por lo sobrenatural y menciono maldiciones y perdiciones de antiguos diosecillos incaicos. Siempre pienso que la convencí y siempre descubro que no.

Ahora la veo al trote, viniendo a saludarme, con el nene en la espalda, en el aguayo mal atado, y le hago gestos para que vaya más lento, para que no corra, para que se quede ahí donde está que cruzo yo. En general nos encontramos más tarde, en la noche o en la madrugada. Todos la conocen acá. La australiana de la Calle de las Brujas. Nadie la molesta, les vende a los gringuitos que van o vienen de Machu Picchu o del lago. Consigue ketamina, lo cual es raro en estos lados. Sus amigos me caen mal y yo les caigo mal a sus amigos. Trato de evitarlos y ellos hacen lo mismo conmigo, excepto uno, un argentino, que tiene la cabeza tan quemada que no se da cuenta de que no lo aguanto por más de dos minutos, que me enerva, que me incomoda. Es alto, todo chupado, tics paranoicos; cada treinta segundos se golpea el pecho y anuncia que nació en El Palomar. Como nunca me acuerdo de su nombre, o como finjo no recordarlo para demostrar desinterés, lo llamo “el de El Palomar”. Así que trato de sacarla de ahí, a la australiana, o ella me saca a mí, cuando ve que ya no soporto a sus amigos; nos vamos al mercado o a la plaza Murillo o a un barcito o al Toby o al Burger King o al zoológico de Mallasa o me acompaña hasta la universidad y después se vuelve en trufi para nuestra calle.

Nuestra calle, bien digo.

—Just stuck in the k-hole again —repetimos a modo de muletilla, refrendando la melodía de una canción y jugando con la expresión. Desvirtuamos el sentido de k-hole, su jerga boba callejera de algún hemisferio que no es el nuestro. Decimos k-hole y queremos decir: acá, en nuestra calle, en casa.

Y me acuerdo que en esa canción dicen eso que siempre dicen: que el hogar está donde está el corazón.

Bajo por nuestra calle y llego a la avenida.

miércoles 5 de octubre de 2011

Regina Spektor: alta fidelidad


Escuché la canción la otra tarde mientras husmeaba en una tienda de discos. Hacía rato que no la oía y me acordé de cuánto me gusta, de cuánto me gusta ese disco y de cuánto me gusta la música de Regina Spektor.

“Fidelity”, se llama la canción. Fue escrita e interpretada por esta cantante y pianista ahora neoyorquina, nacida en la Unión Soviética en 1980, criada por papá violinista y mamá maestra de música, en su disco de 2006, Begin to hope, el cuarto de su carrera, y, si me preguntan, uno de los más interesantes álbumes de comienzos del siglo veintiuno. “Fidelity” es una de esas canciones pop que —como escribió Nick Hornby en 31 canciones, su libro de 2003— te obligan a escucharla montones de veces al día; Hornby dice diez o quince, pero cuando se interpone en mi camino, cuando me atrae a su universo y no me permite escapar, yo la escucho todavía más, mucho más. Obsesivamente, por supuesto, pero allí reside la magia de la música pop, esos mundos narrativos de dos, tres, cuatro minutos que uno podría pasarse una vida entera intentando desenredar. Son canciones que tienen —luego volveré sobre esto— algo que uno debe resolver.

Escribió Hornby, a propósito de una canción de Nelly Furtado:


Oh, por supuesto que comprendo a las personas que desprecian la música pop. Sé que gran parte, casi toda ella, es una porquería, sin imaginación, mal escrita, producida con ligereza, inane, repetitiva y juvenil (aunque por lo menos cuatro de estos adjetivos podrían emplearse también para describir los ataques incesantes al pop que todavía se pueden encontrar en periódicos y revistas piolas); yo también sé, créanme, que Cole Porter era “mejor” que Madonna o Travis, que la mayoría de las canciones pop están apuntando cínicamente al blanco de un público tres décadas más joven que yo, que en cualquier caso la edad de oro fue hace treinta y cinco años y ha habido pocas cosas de valor desde entonces. Pero simplemente es que oí esta canción por la radio, y compré el CD, y ahora necesito escucharla diez o quince veces al día…

Esto es lo que me intriga de los que piensan que el pop contemporáneo (y utilizo la palabra para abarcar el soul, reggae, country, rock…, cualquier cosa y todo lo que pueda considerarse una porquería) está por debajo de ellos, o detrás de ellos, cualquier preposición que denote distancia, en cualquier caso. ¿Significa esto que nunca escuchan, o al menos nunca disfrutan con canciones nuevas, que todo lo que silban o tararean se escribió hace años, décadas, siglos? ¿De verdad que se niegan a sí mismos el placer de aprender una melodía (un placer, por cierto, al que su generación quizás sea la primera en la historia de la humanidad en renunciar) porque tienen miedo de que les haga parecer como si no supieran quién es Harold Bloom? Guau. Apuesto a que son unos tipos divertidos en las fiestas.


“Fidelity” es una canción pequeña, hermosa, luminosa, compleja; compuesta —contó Spektor— tras ver en la televisión Alta fidelidad, la película basada en la novela de Hornby. Parecía incontestable que iba a convertirse en un hit, que iba a alcanzar picos en los charts de las radios y empujar las ventas del álbum al oro. Un álbum, al margen, formado por canciones pequeñas, hermosas, luminosas, complejas, las mejores entre ellas pensadas para un piano que se quiebra, que se rompe, que escamotea notas, que deja de tocar el próximo sonido que uno esperaba oír.

La música pop es previsible, pero hasta cierto punto; de hecho eso es lo que comparte con toda la música. Tiene que haber sorpresa, pero no tanta; tiene que haber previsibilidad, pero no puede haber obviedades. Cuanto mayor nerviosismo se establece entre estos dos parámetros (entre lo que uno espera y lo que uno recibe), mayores serán los riesgos, mayores serán las apuestas, y a veces, mejores serán los resultados.

Begin to hope es un ejemplo de lo que alguien puede hacer con un piano, una educación en la industria de cancioncitas pop (ya sabemos el inventario: Billie Holiday, Cat Power, Joni Mitchell, Bob Dylan), algunas buenas lecturas (reconocerás a Hemingway, Scott Fitzgerald, Woolf, Boris Pasternak, Pound, Wharton, a la que personalmente venero; ya no recuerdo cuántas veces leí su Ethan Frome, en especial el prólogo), algunas anécdotas, algunos paisajes hastiados de misticismo urbano (como en “That time”, una canción —que es puro bajo y batería, como Warsaw, pero sin Ian Curtis y sin oscuridades explícitas— graciosa, punk, melancólica, que viaja de lecturas de Shakespeare a cajas de cereales, sobredosis, esperas en salas de urgencias, marcas de cigarrillos, gorriones con alas rotas y jugos frutales), un par de referencias que te hacen sonreír (el estribillo de la bella “On the radio”: “En la radio/ Escuchábamos ‘November rain’/ Ese solo es realmente largo/ Pero es una linda canción/ La oímos dos veces/ Porque el DJ estaba dormido”), una buena técnica vocal y unas cuantas —muchas— ideas.

A Spektor se la asocia —o se la asoció, no sé— con alguna clase de sonido, de jerga, de mapa conceptual llamado “anti-folk”, una suma desarticulada de artistas y de discos que van del punk al folk, del underground del East Village al indie pop o el post-punk. Pero basta oír la última canción de Begin to hope, “Summer in the city”, una pieza maravillosa —una chica judía nacida en un sitio que ya no existe, la Unión Soviética, sentada en un piano, una noche de verano en una ciudad norteamericana, cantando acerca de quedarse bebiendo hasta tarde mientras le cuenta cosas personales a gente que no conoce, acerca de sentirse tan sola que va a una protesta sólo para irritar a los extraños; una chica judía sentada en un piano que pide que, vaya, no la malinterpreten, que en general está todo bastante bien, pero que es verano y la ciudad parece tan segmentada y que entonces, a veces, extraña a alguien— que deja atrás, muy lejos, cualquier intento de convertir el impulso particular de esta música en una retrospectiva de colectividad. Digamos que una canción como “Après moi” está más cerca de los años de depresión de Serguéi Rajmáninov que del “Do-Wah-Do” de Kate Nash. Digamos que —en fin— Spektor tiene suficiente tela como para cortarse sola.

Hornby señalaba una hipótesis que atribuía al escritor Dave Eggers: que quienes escuchamos las canciones una y otra vez, obsesivamente, lo hacemos porque tenemos que “solucionarlas”. “Y es cierto que en nuestras primeras relaciones con una canción nueva, y en el cortejo de la misma, hay una fase semejante a una especie de perplejidad emocional”.

Cuando estaba cortejando a “Fidelity” años atrás, cuando saboreaba el fuerte e impostado acento neoyorquino de Spektor,


Nunca quise a nadie completamente
Siempre un pie sobre la tierra
Y por proteger mi corazón de verdad
Me perdí en los sonidos.

Escucho en mi mente todas estas voces
Escucho en mi mente todas estas palabras
Escucho en mi mente toda esta música.


me preparaba, en realidad, para los tramos que debía “solucionar”, para los tramos que debía resolver. Spektor cantaba:


Y me rompe el corazón
Y me rompe el corazón
Y me rompe el corazón
Cuando me rompe el corazón.


Sólo que en su interpretación oías:


Y me rompe el co-ra-ra-ra-ra-ra-zón
Y me rompe el co-ra-ra-ra-ra-ra-zón
Y me rompe el co-ra-ra-ra-ra-ra-zón.


El modo de vocalizar la “a” de “corazón” (heart) era exagerado, articulado por la glotis de manera oclusiva, entrecortado, obstruyendo la corriente de aire en la extensión vocal, y lo que oías era delicioso. Hornby creía que estos trucos —él seguía con Nelly Furtado— acaban resultando escasos y rancios; que pronto uno soluciona la canción y no quiere escucharla mucho más; que los misterios de una canción pop de tres minutos no pueden durar mucho más que eso. Yo no estoy de acuerdo. A pesar de haberla “solucionado” todavía la escucho con sorpresa y algo de fascinación; supongo que puede tratarse de eso que viene luego de la perplejidad emocional del flirteo, y que a la sazón, siempre es lo mejor.

Paso las páginas de 31 canciones, Hornby escribe sobre un concierto de Patti Smith a beneficio de una capilla londinense. Dice que cuando Smith tocó “Pissing in a river”, con el púlpito de la iglesia y los cristales de las ventanas como escenario, uno podía ver cómo el público se enamoraba de Smith, de la canción y de la noche.

“Fue uno de esos raros momentos —milagroso, en el contexto de un espectáculo de rock— que te hacen sentir agradecido por la música que conoces, por la música que todavía no has oído, por los libros que has leído y los que vas a leer, quizás incluso por la vida que vives. No puedes pedir mucho más que eso por tus veinticinco libras (incluidas las reparaciones de la capilla). Y aunque es demasiado esperar tener una epifanía de este tipo regularmente, me parece una cosa por la que merece la pena pelear”.

Y ahora, mientras en el pasadiscos Regina Spektor sigue tocando las canciones de Begin to hope, volteo otras páginas del libro de Hornby, llego hasta la parte en la que habla de “Thunder road” de Bruce Springsteen y concuerdo con él en que la vida es algo trascendental y triste, pero que no destruye todas las esperanzas, y que acaso eso haga, de uno, un depresivo que exagera su papel o un idiota feliz, y que sin embargo, insisto en ello, no destruye todas las esperanzas.

Y eso —aunque sea en los tres minutos que dura una canción pop— es algo por lo que vale la pena sentirse agradecido.

lunes 3 de octubre de 2011

Churros con canela y sistemas dinámicos inestables


Bien, necesito que presten atención. Las relaciones no son obvias y no tengo intención de explicitarlas. Acaso ni siquiera haya relaciones que explicitar, acaso no sean más que ocurrencias aisladas abotonadas por la coincidencia de un espacio textual en común. Pero, en cualquier caso, todas provienen de un mismo impulso intelectual.

Estaba dándole vueltas a algunos problemas de los sistemas dinámicos inestables y me dieron ganas de comer churros. Pensaba en que la física del no equilibrio y la ley de crecimiento de la entropía enseñan lecciones fundamentales acerca de la estructura del universo, pero que acaso podrían enseñarnos también algo sobre los churros. O acaso no, aunque de pronto tenía unas tremendas ganas de comer churros.

Destacaré tres sitios donde pueden comprar churros si se encuentran en América Latina. Puedo nombrar más, pero estos tres lugares me agradan por diferentes razones. En Buenos Aires, Argentina, pueden comer churros en La Giralda, que es un bar tradicional de la calle Corrientes, en el centro de la ciudad, donde se sirven acompañados de submarinos, que es como se llama al vaso largo de leche chocolatada caliente, que se sujeta con un adminículo de metal que le da aspecto de jarrito; los churros de La Giralda son decididamente malos, suelen estar rígidos y secos y con demasiado azúcar encima, pero el bar aporta una escenografía porteña demodé que es capaz de paliar cualquier carencia de los churros per se. En Arequipa, Perú, hay un puestito callejero detrás de la Catedral, en una suerte de espacio público que es mitad pasaje y mitad plazoleta. Los churros no son excelentes, de hecho suelen estar bastante grasosos y un poco crudos; pero pueden pedirlos rellenos con lúcuma o fresa, lo cual, si han nacido en ciertas latitudes y no en otras, le otorga un dejo exótico esnob que sabrán aprovechar. En el Distrito Federal, México, tienen que moverse hacia el sur de la ciudad, a San Ángel, un barrio de arquitectura colonial, tiendas artísticas de precios obscenos, algunas buenas librerías (no muy lejos de allí está la increíble ciudad universitaria de la UNAM), barcitos para turistas y… los churros de El Convento. Estos son los mejores. Están espolvoreados con canela y vienen rellenos con cajeta, que es un dulce de leche de cabra, azúcar morena y (más) canela. Deben pedirlos con chocolate caliente, también aquí.

Ahora, todo esto puede ser así pero puede ser de otra manera. En los sistemas inestables las leyes de la naturaleza son fundamentalmente probabilísticas; expresan que algo es posible, no que sea cierto. En el sistema hay fluctuaciones, incluso bifurcaciones. Quién sabe: probablemente alguno prefiera los churros grasosos y húmedos antes que los secos y crujientes, o la canela no le agrade, o el sabor de la lúcuma le parezca muy ácido, o se acerque a La Giralda y la encuentre cerrada, o el puestito de churros de Arequipa se haya corrido de sitio, o ya no queden churros de cajeta en El Convento y uno deba conformarse con los azucarados regulares sin relleno que mucho no se diferencian de los que venden en los andenes de la estación de trenes de Constitución. No podemos negar los eventos nuevos, como bien nos enseña el darwinismo; una ciencia que sólo trata de leyes y no de sucesos está condenada a fracasar.

La probabilidad y la irreversibilidad son dos instrumentos poderosos que dejan la puerta entreabierta para cualquier posibilidad. Hay que esperar lo inesperado; esa es la regla, no la excepción. Me recuerda una escena que me gusta, de la novela Delirio, del canadiense Douglas Cooper. Izzy Darlow mira por la mirilla de la puerta de su departamento. Sexto piso, sin ascensor; “algunos tardan más que otros en subir”. En el pasillo espera una muchacha de cabello largo y rojo, de un rojo que no existe en la naturaleza; se llama Arianna e Izzy no la conoce. Los ojos de la chica son celestes, tristes e inteligentes; su piel es lechosa; sólo se peina el lado derecho de su cabello rojo, jamás el izquierdo, que está enmarañado y parece representar la ausencia de cordura.

—Lamento presentarme así —le dice Arianna a Izzy—. Si querés, puedo irme.

—No, no quiero —dice Izzy—. ¿Cómo conseguiste mi número?

—Tenemos un conocido en común. No hablemos de eso ahora.

—De acuerdo… ¿De qué hablamos entonces?

—No sé —dice Arianna, encogiéndose de hombros—. ¿De qué habla la gente?

—No recuerdo.

—Yo tampoco.

Cooper, encargado de contar la escena, anota: “Se miran, compartiendo esto: un momento de alineamiento. Siempre es inesperado”.

viernes 30 de septiembre de 2011

Intento fallido de escribir sobre una canción del primer disco de The Seeds


Todavía sigue sorprendiéndome lo bueno que es el primer disco de The Seeds. Y al volver a escucharlo, me sorprende aún más lo buena que es su primera canción, “Can’t seem to make you mine”. En diciembre de 1993, cuando The Ramones publicó su treceavo disco de estudio, Acid eaters, y encontré que la novena canción de ese álbum era “Can’t seem to make you mine”, fue como entrar con Adán y Eva al paraíso. Todas las asociaciones y las conexiones parecían correctas. Todas las tareas para el hogar parecían haber sido aprobadas con un diez felicitado entre signos de admiración. Todas las sospechas se confirmaban, todas las insinuaciones se volvían certidumbres.

Acid eaters es un buen disco de rock. Si uno considera la discografía de The Ramones con un poco de distancia crítica encuentra que no hay discos realmente malos. Hay unos pocos que son en verdad buenos (el primero, el segundo, el tercero, el quinto, el doceavo, contando sólo las placas de estudio; pueden agregar el primero en vivo y la primera compilación); los demás son mediocres o insulsos, prescindibles, cargan “el castigo del fun” (revisando a Theodor Adorno en su Teoría estética), pero no son necesariamente malos. Acid eaters es uno de los buenos.

Son doce versiones de canciones originalmente compuestas y registradas en la década de 1960 (excepto una, “Have you ever seen the rain?” de Credence Clearwater Revival, que se editó en diciembre de 1970, en el disco Pendulum). Estas canciones podrían ser utilizadas como un mapa para moverse en un territorio vasto y recóndito que sería capaz de hacerte perder el rumbo con facilidad: el garage, el acid rock, el surf, el rock psicodélico de los años 60. Son puntos de partida y sitios de descanso, referencias, mojones. Como si uno le dijera a algún novato de suplemento juvenil de periódico: OK, novato, acá tenés el primero de The Stooges, los dos de New York Dolls, el Kick out the jams de MC5, el Go girl crazy! de The Dictators, el primero de Velvet Underground, el primero de Small Faces, Horses de Patti Smith, Chelsea girl de Nico, los dos primeros de Roxy Music, el Trout mask replica de Captain Beefheart, el segundo, el tercero y el quinto de David Bowie, Transformer y Berlin de Lou Reed, el primero de The Modern Lovers, el segundo de Black Sabbath, el quinto, el sexto y el séptimo de The Kinks, el primero de Neu!, Blank generation de Richard Hell & The Voidoids, Lust for life de Mr. Pop, Never mind the bollocks de Sex Pistols, el primero y el tercero de The Clash, Marquee moon de Television y Presenting the Fabulous Ronettes featuring Veronica de The Ronettes; con esto tenés para no perderte, ahora salí ahí afuera y buscá el resto.

Dicen —lo encontré en un libro de Guy Debord, pero seguramente lo picoteó de algún otro lado— que si uno ha leído un par de libros buenos, éstos le permitirán llegar a los otros libros buenos (o escribir los que faltan). Lo mismo puede decirse de una buena colección de canciones ahora reservadas a los anaqueles de los anticuarios: si uno sigue ese mapa marcado con crucecitas, recoge la pala y hace su parte del trabajo arqueológico, encontrará tesoros maravillosos sepultados bajo la basura y los escombros de la industria cultural. Así que no seas holgazán. No esperes que te den todo servido en bandeja de plata. Tampoco confundas ese ejercicio esnob de nostalgia mainstream llamado “retro” (hoy los ochentas son cool en Buenos Aires y los chicos se paran en la puerta de Niceto con sus recién comprados walkmans: ¡guau!) con el solitario trabajo del melómano apasionado. A nadie le importan VH1 ni las retrospectivas cinematográficas del Malba; a nadie le importa que te hayas conseguido un pasadiscos y unos discos de Frank Sinatra. No seas perezoso. Tomá el pico y empezá a sudar la gota gorda. ¿O qué te pensabas? ¿Que Howard Carter compró un paquete turístico para abrir la tumba de Tutankamon? Tuvo que esforzarse.

Algunas elecciones de Acid eaters parecen más bien obvias, un poco ajustadas, pero tienen cierta coherencia, son atinadas, de algún modo necesarias. “Substitute” de The Who o “My back pages” de Bob Dylan, por ejemplo; también la composición de Credence o “Out of time” de Rolling Stones, del disco Aftermath de 1966, que en la versión de Ramones le debe más al formato compacto de Chris Farlowe que a la original, que dura cinco minutos y medio y tiene esos instrumentos pedorros (marimbas, en este caso) que obsesionaban a Brian Jones. Me gusta más la versión de Ramones que la de Rolling Stones, pero de igual modo me gusta más la de Farlowe que la de Ramones. Sospecho que Jagger estaría de acuerdo. Después de todo, la versión de Farlowe está producida por Jagger: no le falta nada, pero tampoco le sobra nada, en especial marimbas.

Otras canciones de Acid eaters asumen recorridos extraños, como “Somebody to love”. Apareció en 1966 sin pena ni gloria, interpretada por The Great Society, una banda folk que pronto se convertiría en una nota a pie de página de la historia de Jefferson Airplane, cuando la cantante Grace Slick dejó a los primeros, se sumó a los segundos y se llevó su canción “Somebody to love” para grabarla en el disco Surrealistic pillow de 1967. Ahora “Somebody to love” suele inmiscuirse en las listas de (digamos) mejores 500 canciones de todos los tiempos. En lo personal no la incluiría entre las 500 mejores, ni entre las mejores 1000, pero entiendo por qué tantas personas lo hacen. Sí incluiría “White rabbit”, que tiene un recorrido parecido a “Somebody to love”: Slick se la llevó de The Great Society y la grabó con Jefferson Airplane en Surrealistic pillow. El crescendo raveliano está descaradamente inspirado en los trabajos de Miles Davis y Gil Evans en Sketches of Spain, pero, ¿y qué? Le calza perfecto.

La primera canción de Acid eaters es “Journey to the center of the mind”, tomada del segundo disco de The Amboy Dukes, editado en 1968, que lleva el mismo título que la composición y que abre la cara dos. The Amboy Dukes es todo un caso. Suele señalárselos como precursores del heavy metal y del rock progresivo; yo siempre los escuché, más bien, como modelos de rock sureño lisérgico de finales de los sesentas, un poco más opaco y duro que lo habitual, pero rock sureño al fin, aunque preservando ciertos ecos pastorales hippones en las voces. En cualquier caso The Amboy Dukes se cartografía como la-banda-en-la-que-tocaba el guitarrista Ted Nugent antes de lanzarse a su carrera solista. No le fue mal. Scream dream, de 1980, es un gran disco de hard rock (aunque pasó desapercibida por canciones más chillonas y llamativas, como la infame “Wango tango” —una especie de ironía acerca del rock gritón y los solos de guitarra que fue recibida sin su ironía y escuchada literalmente, sin comillas, sin sonrisas—, en Scream dream hay sitio para composiciones de veras notables, como “Terminus El Dorado”, que tiene un groove funk excepcional).

La versión de Ramones de “Journey to the center of the mind” no es buena; cantada por el bajista C. J. Ramone, parece un ejercicio poco imaginativo de un puñado de adolescentes intentando agregarle velocidad y distorsión a una canción que ya estaba bien como estaba. Tampoco el guitarrista Johnny Ramone tenía la soltura de Nugent, aunque ambos votaban a los mismos candidatos presidenciales y eran igualmente imbéciles (Nugent lo sigue siendo y cada tanto se lo puede encontrar instigando a otros norteamericanos blancos a que se armen y les disparen a animales tontos como conejos, ciervos o mexicanos ilegales; Johnny Ramone murió en 2004, no antes de pedirle a Dios que bendijera al Presidente George W. Bush Jr. durante las invasiones a Medio Oriente). Pero entonces llega “Substitute”, que es uno de los puntos fuertes del disco, una canción en la que el guitarrista, el bajista y en especial el baterista hacen todo bien. Pete Townshend, el cantante y guitarrista de The Who que escribió la canción, le hace los coros a Joey Ramone.

“Substitute” es una de esas canciones perfectas que sólo un troglodita podría arruinar si es capaz de tocarla. Al igual que es fácil escribir un texto si uno sabe escribir textos, y al igual que es fácil manejar un avión si uno sabe manejar aviones, tocar “Substitute” debería ser sencillo si uno sabe tocar “Substitute”. Aquí la regla se cumple.

El video de “Substitute” es muy entretenido y aparecen montones de caras conocidas (o al menos conocidas por cierto número de personas, seguramente nacidas con una cuchara de plástico en la boca). Pero obliga a ser un poco más preciso en el uso de las herramientas arqueológicas. Algunos restos fósiles se observan y desentierran con facilidad: Lemmy Kilmister, bajista y cantante de Motörhead, por ejemplo; o Sean Yseult, que en ese momento tocaba el bajo en White Zombie. Otros cachivaches merecen herramientas de extracción más meticulosas. Uno podrá ver a Lux Interior, el difunto cantante de The Cramps, un tipo interesantísimo; o incluso a Johnny Legend, un músico de rockabilly de barba a la ZZ Top que suele incursionar en el cine cada tanto. Otros artefactos, en ese video, podrían impresionar todavía más a los arqueólogos ya no de la música pop sino del cine clase B. Si te gustan las películas de zombies y de asesinos seriales, si te gusta el cine de terror, verás rostros que no se te pueden escapar.

Por ejemplo, Linnea Quigley, la rubia de la barra que le pega un sopapo a nuestro héroe. ¿A que no la recuerdan interpretando a Trash, la pelicorti pelirroja punk con tendencia a desnudarse de El regreso de los muertos vivientes, la película de Dan O’Bannon de 1985? Quigley actuó también en Night of the demons, un clásico de 1988 arruinado por secuelas y remakes, y antes en Silent night, deadly night, otro clásico, éste de 1984 y conocido en español con el sutil título de Sangriento Papá Noel. El resto de la foja de servicios de Quigley incluye películas de zombies tan malas que ni siquiera sus actores se habrán atrevido a verlas enteras. Hace poco la vi en Stripperland, con uno de los hermanos Baldwin, y todavía exijo que me devuelvan esos noventa minutos de mi vida. Trash, sin embargo, es uno de los grandes personajes del cine.

La señora Karen Black, que también tiene una breve participación en el video de “Substitute”, es otra petite légende entre los buscadores de chatarra cultural. Por nombrar unos pocos personajes: fue Mother Firefly en La casa de los 1000 cuerpos y The Devil’s rejects, ambas de Rob Zombie (ahora que lo escribo, la estética del video de “Substitute” —dirigido por un tal Tom C. Rainone, encargado de efectos especiales en películas como El regreso de los muertos vivientes III, La novia de Re-animator o Los chicos del maíz III, o sea, un Don Nadie con suerte— se parece bastante a la de La casa de los 1000 cuerpos); fue Karen en Easy Rider; fue Rayette Dipesto en Mi vida es mi vida de Bob Rafelson; fue Faye Greener en la increíble The day of the locus, una pieza bastante olvidada de John Schlesinger (y ahora que lo escribo, también esto, recuerdo que el personaje principal, un contador interpretado por Donald Shuterland, se llama Homer Simpson); y a no olvidarla como la azafata Nancy Pryor en Aeropuerto 1975. También fue Fran, en Family plot, la última de Alfred Hitchcock, pero es una película que nunca me gustó demasiado. O nada, más bien. Soy de la idea de que los directores —y los escritores, los músicos, los actores, ¿y por qué no?, los antropólogos— deberían morirse luego de ciertos picos creativos, no cuando atraviesan épocas de magras cosechas. Hitchcock se murió mal; Amy Winehouse murió bien. Ernesto Sabato se murió tarde; también Claude Lévi-Strauss, pero éste llevaba una existencia más bien contemplativa. Johnny Cash murió muy bien, me parece.

“Luzco todo blanco pero mi papá fue negro”, cantaba Pete Townshend y luego Joey Ramone, así que junto a la señora Karen Black, en el video, haciéndole cuchi cuchi al bebé, verán a un negro de gorrita cuadriculada. Ese es Rudy Ray Moore, cantante, actor, comediante, icono inevitable de películas del género del blaxploitation, como Dolemite, estrenada en 1975 y con un soundtrack que ya mismo deberían estar comprando o pidiendo prestado o robando; al año siguiente, en 1976, vino la secuela: The human tornado. Eran buenos años y buenas películas. Todos queríamos voltearnos a Pam Grier y todos queríamos ser tan cool como John Shaft; el funk y el soul jamás sonaron tan bien, tan desfachatados, tan deseosos de impresionar, como en esas películas. En la década de 1970 todavía se podía explotar a los negros, escurrirlos para que compusieran grandes canciones, para que las mujeres mostraran sus grandes pechos, para que los hombres exhibieran sus grandes peinados afro. Ahora el mundo es bastante más aburrido. Las mujeres negras son deportistas raquíticas que corren maratones y los hombres negros usan pantalones tres talles más grandes que les dejan el trasero al aire. Y nadie dice “mujeres negras” u “hombres negros”. La magia está rota. Ya sabés lo que seguiría cantando Pete Townshend: “Me veo bastante joven, pero soy simplemente anticuado”.

De Nicholas Worth, estrella del video, no puedo decir que lo recuerde de alguna mala cinta de zombies. Pero sale en películas como La cosa del pantano, de 1982, de Wes Craven; y es el chiflado de No respondas el teléfono, un pequeño clásico de Robert Hammer estrenado en 1980. Su mejor papel fue en este clip. Tuvo que haberse muerto luego de filmarlo, aunque vivió otros quince años y los trekkies ñoños ahora lo reconocen por sus actuaciones en varios capítulos de Star Trek: voyager y Star Trek: Deep space nine. Mala muerte artística, insisto. De todas maneras, Worth tuvo un pequeño cameo no acreditado en Scream Blacula scream, otra blax de 1973, sobre el terrible Drácula negro. Allí actúa Pam Grier —Pam Grier cuando tenía 24 años—, o sea que quizás se la cruzó en el set, o sea que Worth tuvo una buena vida. No importa que haya muerto en mal momento.

William Smith tiene bastante cámara en el video; se la merece. O quizás no, luego de su papel de Lord Zombie en la película de 2003 Zombiegeddon. Pero estuvo en algunas buenas series de televisión de los sesentas, como Laredo (interpretaba al cowboy Joe Riley), y en algunas buenas películas, como Any which way you can, de 1979 o 1980, donde se enfrenta a Clint Eastwood (y pierde, claro); también fue el último Marlboro man, pero odio los cigarrillos y odio todavía más las publicidades de cigarrillos. Fumar no es cool; la gente que fuma no se ve cool. Al contrario, cada vez que inhalan ponen caras de estar pisando caca.

Smith protagoniza también una película que se llama Nam’s Angels que vale la pena ser vista. Se filmó en las Filipinas y se estrenó en 1970, dirigida por Jack Starret, quien además dirigió otras grandes películas: Cleopatra Jones, de 1973, otra joya del blaxploitation protagonizada por Tamara Dobson; Race with the Devil, de 1975, con Peter Fonda; y además hace de Sgt. Bingham en Hells Angels on wheels y de Sgt. Arthur Galt en la primera de John Rambo. Como sea, Nam’s Angels, dirigida por Starret, protagonizada por Smith, originalmente titulada The losers, asoma brevemente en una habitación de hotel en la película de 1994 Pulp fiction, de Quentin Tarantino, quien de joven —contó— se masturbaba viendo a Pam Grier y a Tamara Dobson. En esa escena Butch Coolidge (Bruce Willis) le pregunta a la boba de Fabienne (María de Medeiros) qué está viendo. “Una película de motociclistas”, le responde Fabienne. “No sé cómo se llama”.

Y así siguen las referencias, las conexiones, todo en unos pocos minutos de canción. ¿Lo tienen a Michael Berryman? También aparece en el video de “Substitute”, es fácil reconocerlo: el más feo, quien hacía de Pluto en The hills have eyes, la película de 1977 de Wes Craven, y en su secuela de 1985 (ahora que nombro a Craven, recuerdo que Linnea Quigley, la pelicorti Trash, aparece en la cuarta entrega de Pesadilla en la calle Elm, estrenada en 1988; ese mismo año participó, ya que menciono su papel de Trash, en Dead heat, un genial policial sobre zombies donde además actúa Vincent Price). No quiero cargar las tintas con los zombies, pero debo decir que en el video de Ramones tiene también su breve rol Ken Foree, quien interpreta a Peter, el negro de El amanecer de los muertos, la película de 1978 de George Romero. Tanto Berryman como Foree salen en The Devil’s rejects de Rob Zombie. ¿No sienten que Adán y Eva están invitándolos a entrar al paraíso con ellos? ¿Que las conexiones son correctas?

Como sea, sólo llegué hasta la segunda canción de Acid eaters y de lo que quería hablar era de una canción del primer disco de The Seeds. Me recuerda, no sé bien por qué, pero ya lo averiguaré, una fugaz observación perdida en la página 26 de la edición de bolsillo de Anagrama de Las partículas elementales de Michel Houellebecq: “El relato de una vida humana puede ser tan largo o tan breve como uno quiera. Naturalmente se recomienda, por su extrema brevedad, la opción metafísica o trágica, que se limita al fin y al cabo a las fechas de nacimiento y muerte grabadas clásicamente en una lápida”.

Ya saben lo que viene ahora: la promesa —o la amenaza— de que algún día, ni demasiado cercano ni demasiado lejano, esta historia continuará.

miércoles 28 de septiembre de 2011

Viajar es lindo y es un verbo


Lo que pasa es esto: no quiero mezclar niveles de análisis. Si me gusta un disco o una película o un libro, prefiero escribir sobre ese disco, película o libro sin pedir ninguna opinión a sus autores empíricos. Nada tiene que ver que sea un vago y que odie tener que forjar encuentros, hablar, fingir interés, todo eso. Tampoco que sea un soberbio que piensa que todos son más idiotas que yo. Para nada. Todo se trata de niveles. En serio. Incluso puedo inventar excusas convincentes. Vean si no.

Es como el ejemplo que Gregory Bateson empleaba en El temor de los ángeles, su libro póstumo firmado en colaboración con su hija Mary Catherine Bateson. Bateson (padre) escribía sobre las verdades eternas de San Agustín, sobre los teoremas de los pitagóricos, y entonces recordó que si un hombre está pasando arena de un recipiente a otro, ese hombre no tiene ni idea del número de unidades, de granos de arena del saco. Pero el número de unidades sigue estando allí más allá de que alguien se ponga a contar los granos o no.

Así pues, si el simpatizante de un equipo de fútbol golpea al simpatizante de un equipo rival, y yo hago una interpretación del hecho, preguntarle al atacante el por qué del golpe no es parte de un proceso de validación o una suerte de contrastación empírica; es sólo un experimento teórico que señala la distancia entre la intentio operis y la intentio auctoris. Los autores empíricos son irrelevantes a la hora de entender cómo se produce el sentido de un fenómeno social: por qué algo significa lo que significa.

El error habitual de las personas más tontas que uno —periodistas, por ejemplo— es mezclar niveles de análisis teóricamente incompatibles: mantener en el plano discursivo a un sujeto (o conjunto de sujetos) como entidad psicobiológica. Lean esta frase en voz alta: “Viajar es lindo y es un verbo”. Sí, viajar es lindo, y también es un verbo, entonces, ¿cuál es el problema con la expresión? ¿Por qué se oye tan mal, a pesar de que gramaticalmente es correcta? Porque hay dos niveles diferentes superpuestos (el nivel lingüístico y el nivel meta-lingüístico), entremezclados.

Por usar de modo libre una vieja discusión lingüística, se asemeja a ignorar la teoría “Fido”—Fido, en la versión de Bertrand Russell. “Fido” es el nombre del perro Fido; “‘Fido’” es el nombre del nombre de ese perro. “’Fido’—Fido” suele llamarse a la distinción russelliana entre la “mención” de una palabra (para decir que Fido tiene dos vocales y dos consonantes) y el “uso” de una palabra (para decirle a Fido que deje de ladrar y que se vaya a la cucha). Incluir al sujeto empírico cuando uno hace una interpretación de algún fenómeno social, de algún artefacto cultural, implica ignorar una distinción semejante: mezclar niveles de análisis incompatibles. Implica afirmar que viajar es lindo y es un verbo; que Fido tiene dos vocales, dos consonantes, cuatro patas y una cola.

Propongo pues que no importunemos a la lógica, pues hacerlo es un arma de doble filo. Como nos lo recuerda Umberto Eco: los autores son poco interesantes y a menudo mienten; no así sus obras.